Se preparó un café, miró por la
ventana, el cielo azul del amanecer estaba impecable; marcó el número de Rosa
Río-Zugmann; escuchó su voz, de hembra, de mujer profundamente dormida, no su
voz profesional, no la que estaba en su recuerdo, y cortó. Pensó que no tenía
sentido haberla molestado. Terminó el café, encendió un cigarrillo y salió a
caminar. Le gustaba pensar caminando.
El ayudante o secretario del almirante a cargo del Canal Nacional de
Televisión, le había dicho a Carlos Juan Molineros que llamaría de nuevo.
Querían que participara en un programa que se efectuaba los viernes a las diez
de la noche. Molineros pensó en Rosa Río-Zugmann, que fuese una sugerencia
suya. Se la imaginó, con desparpajo y delicadeza, arreglándose el sostén. Le
pareció verla otra vez sacándose una hebra de tabaco. No se había llevado la
mano a la boca: había sido la cabeza y el busto que se habían acercado a la
mano y al brazo inmóvil; el codo no se había movido de su rodilla. Luego se
tocó la comisura de los labios. Otras mujeres, constantemente, se arreglan el
cabello o la falda; Rosa Río-Zugmann se acomodó una vez el sostén y varias
veces se tocó la comisura de los labios. Que sea una sugerencia suya,
pensó. Pero al mismo tiempo le pareció exagerado suponer que esa mujer pensase
en él. Sin embargo tenía la certeza que iba a decir que sí.
A las ocho, su madre le sirvió una sopa de mariscos; luego estaban
prometidos duraznos con crema y otras delicias que no había probado en sus quince
años en Europa. Al poco rato llaman a la puerta. Su madre sospecha que se
trata de algún vecino. Como siempre, se cubre las manos; y abre.
Con sorpresa y alegría ven surgir la figura de Mario Venegas, acompañado de
una mujer que no es de por esos lados. Mario se ve bien; su acompañante, mejor.
Le dice que trabajan en Public Relations. La mujer, además de tener todo
bien dispuesto, tiene una mirada inteligente. Ignoran, o dan por entendido, el
verdadero trasfondo. Conversan con soltura y cinismo. Mientras discuten,
Molineros se dirige a ella; compara sus rasgos con los de Rosa Río-Zugmann.
Está inspirado, elocuente. Pero Mario es persistente. Molineros piensa que
darle buenas razones a los militares es ayudarlos a convencerse de lo contrario.
A las nueve salen para el Canal. Ella conduce. Quieren que haga su número de
intelectual jodido, pero con autenticidad. Con algo de actualidad,
pero discordante, le dice Mario. Molineros piensa en los duraznos con crema.
Algo discordante. No puede evitar recordar, con cierta nostalgia, la
última vez que se vieron en Río Blanco, en 1966, en el regimiento Escuela de
Alta Montaña. Habían terminado su servicio de conscripción militar; Molineros
regresaba a Santiago, y Mario partía a Colina; había sido aceptado en la
Escuela de Fuerzas Especiales del Ejército.
La mujer conduce con pericia y dedicación, no participa en el diálogo.
Durante todo el trayecto Molineros la mira; es más bien plana, pero sus ancas
son de antología. Por la calidad de la ropa que lleva, Molineros se imagina el
grado que debe tener. Mario, desde el asiento de atrás, hace su trabajo con
ahínco y delicadeza. Molineros piensa: Estoy obligado a reconocer que me
sorprendes, muchacho. Mario es el que trabaja; Molineros concluye entonces
que es de menor graduación. Mientras lo escucha, se le ocurren preguntas para
la mujer, pero no se las hace. No es bonita, pero tiene un rostro agraciado.
Molineros está seguro de que ella lo percibe: desde que los vio aparecer en la
entrada de la casa de sus padres, la ha observado con atención. Le gusta esa
sonrisa que la mujer puede mantener indefinidamente, pero ahora que va
concentrada le gusta más. Le gustaría ponerla furiosa, sacarla de ese papel
enigmático, y que la mujer, sin dejar su elegancia, le dijese, sin dramatismo:
Bien, hablemos.
Llegan al Canal; los otros invitados consumen bebidas refrescantes y cafecitos,
mientras son empolvados por muchachas encantadoras y homosexuales que exageran
su homosexualidad. Los invitados no hablan entre sí. Reina un ambiente de
peluquería inglesa. Algunos fuman puros. Primeramente, Molineros pensó que el
nerviosismo del personal del Canal era simplemente una pose, pero realmente
estaban, si no nerviosos, inquietos, expectantes. Una vez maquillados, pasan al
Estudio B. Son seis, sin contar al Moderador: un capitán de carabineros que, de
civil, parece dependiente de sastrería antigua.
Se encienden las luces rojas de las cámaras. Comienza el Prisma Político y
Cultural de los Viernes: Improvisado y desde todos los ángulos... El
Moderador hace las presentaciones. Desde la ubicación de Molineros es imposible
guiarse por uno de los monitores; de manera que no tiene la sensación de estar
en pantalla. Molineros trata de juntar argumentos y busca la mejor manera para
dilatarlos en diez minutos... Algo discordante.
El número Uno es un plato fuerte: un señor habituado a las cámaras,
de voz y de aspecto agradables. Censurado hasta hace poco, tiene un curriculum
vitae de varias páginas: comunista, diplomático durante Salvador Allende,
después del golpe de Estado de 1973 tomó la rara decisión personal de
regresar al país y dedicarse a los negocios. Habla de sus amigos, casi todos
muertos o en el exilio. Su relato ágil, entretenido y bien enhebrado puede
durar horas. A los nueve minutos el Moderador le hace una seña; pero el hombre
está en sus recuerdos.
A los doce lo interrumpe abiertamente: el invitado le pide paciencia y le
dice que hace más de dieciséis años que no habla con su pueblo. Ocupa quince
minutos.
Molineros comienza a relajarse. Le agrada comprobar una de sus teorías: los
comunistas cuando son burgueses verdaderamente cultos, no tocan temas
doctrinarios, y están a este lado del Muro, son realmente encantadores.
Interviene un partidario del régimen militar. Un señor que es famoso porque
es sacerdote, porque no habla bien, pero fundamentalmente porque ha sabido
eludir la Justicia con espectacular impudencia. Todo el mundo comenta que es
homosexual. Incluso ha sido acusado de homicidio, pero es una persona que se
maneja muy bien, tanto en los bajos fondos, donde —se dice— busca relajar
sus tensiones, como en las altas esferas militares y eclesiásticas. Es fácil
acusarlo, lo difícil es probar las acusaciones. Algunos se han atrevido, pero
han terminado flotando en el río Mapocho o electrocutados. Es uno de los
rectores de una agrupación ilícita llamada Logia Blanca. Se dice
también que es del Opus Dei. Denigra, con pasión, a algunas de las figuras
mencionadas por el invitado anterior. Dice que se siente en la obligación de
hacerlo. Justifica lo injustificable: las detenciones arbitrarias, los
fusilamientos, las torturas y descree de los desaparecidos. Habla sin
interrupción: dieciocho minutos. Molineros piensa en Rosa Río-Zugmann que lo
definió como repelente. Se la imagina en el mismo Estudio, sonriente,
equilibrada, sesuda, calculadora. Bella y sola, como la muerte. Como esa idea
que Molineros tiene de la muerte: un sopor orillero, suave, penetrante, que
adormece y que no es la brusca solución de ningún enigma. Le excita pensar en
la muerte y en Rosa Río-Zugmann, siente un cosquilleo que lo obliga a cruzar y
descruzar las piernas, le gustaría poder acomodarse los genitales, simplemente
por hacerlo, ya que en realidad no le molestan.
En tercer lugar interviene un editor de revistas, un militante de la
resistencia en el exilio, un arquitecto del engaño. Lo mira antes de comenzar;
hace varias alusiones a la doble disidencia; lo cita en una. Molineros se
siente casi culpable de no gustarle y de no escribir como los autores de su
combativa colección. Entrega un informe amplio, insulso e indigno, del quehacer
de Los concertados. Se demora doce minutos, y pide disculpas. El
exponente es una especie de santón, de casi dos metros y que con el pelo corto
o largo es un adefesio. Se comenta que hay que mantenerse a distancia de este
exponente de la cultura: huele mal; para algunos, por su popular halitosis, para
otros por el mal olor de sus ropas. Como autor, no es gran cosa, pero sabe
obtener recursos.
Luego habla una mujer con un cuello de piel; feísima; que dice la fecha y su
lugar de nacimiento, y ser hija, esposa y madre de soldados. Habla de la Alta
Poesía. Cita sólo nombres extranjeros. Molineros desconoce la exacta
dicción de los nombres chinos, persas y japoneses que menciona; pero tiene la
certeza de que los italianos, franceses, ingleses y alemanes han sido todos mal
pronunciados. Molineros recuerda la descripción que hicieron de ella en una
revista de la Resistencia: Tiene las piernas más delgadas que los brazos; el
cuello muy largo, la cabeza chica y el pelo muy corto. De los senos para arriba,
parece un avestruz, y de los senos para abajo, también. De los autores
nacionales, la mujer destaca a un historiador de temas militares, famoso por sus
libretos radiales, y anuncia su poema Al soldado. Molineros mira el
reloj, divertido interiormente. Pero el Moderador logra imponerse. La señora
termina brevemente invitando a los telespectadores patriotas a presenciar la Parada
Militar, mañana, en el Parque Cousiño.
El Moderador corrige la información señalando que ya no se llama así, sino
Parque General Bernardo O’Higgins.
Mientras habla el penúltimo invitado, el Moderador le hace una seña a
Molineros, con los dedos le indica: cuatro, para la persona que está hablando y
tres para él. Molineros le contesta de la misma manera, señalándole que le
basta con uno. El Moderador se muestra amable y le hace la V de la victoria con
los dedos, indicándole el tiempo que le corresponderá. Molineros se pone
nervioso. No tiene nada que le pueda agradar a Rosa Río-Zugmann y que sea de
actualidad y discordante.
El tema de la mujer que habla es El antimilitarismo y la antimuerte.
Se declara poeta de invención varia y ecologista; y explica el argumento
de uno de sus cuentos que ha titulado El amor a la vida, el odio a la muerte.
De izquierda, pero una anticomunista fervorosa. Tematiza los países del Campo
Socialista; se confunde en la mención de las capitales de Hungría y Rumania; y
algunos hechos ocurridos en Checoslovaquia los sitúa en Polonia. Para Chile no
es grave situar la famosa Primavera de Praga en Polonia. A los cuatro
minutos exactos el Moderador le da las gracias. La mujer no es vulgar, pero
parece vulgar. Es inteligente, pero no tiene clase. Molineros piensa que en
Chile, excepto Rosa Río-Zugmann, nadie tiene clase. La mujer es lo que en Chile
se llama una gorda de población. Esa mujer ha publicado cuatro libros;
para Molineros, tres muy malos y uno muy bueno, el primero. Es perfectamente
ubicable; si no está en su casa, o en alguna de las revistas donde publica,
está en la cárcel. No es fea, es común. Molineros se siente atraído; y
piensa que es mujer para luchar junto a ella; si los partidos políticos no
existieran, habría que inventarlos para personas como ella.
Silencio. Molineros se siente perdido. Recurre a Borges. Cada vez que lo
hace, encubre su falta de imaginación, confesándola. Pero esta vez, no sabe
por qué, no lo hace.
—El suicidio..., en Japón..., un pueblo guerrero, es, me parece, una
doctrina, y creo que la esencia de su práctica comporta una severa disciplina
del honor. Algo de lo que se han olvidado nuestros vistosos generales... Con
alguna incomodidad siento que soy injusto; pero acabo de leer La Guerra de
las Malvinas, La Guerra Antisubversiva en Centroamérica, y... A mí no
me han desplazado, que son las confesiones literarias de un general
bruscamente dado de baja y ahora dedicado a la gastronomía. Se dice que Homero
se ahorcó por no haber entendido la adivinanza de los pescadores; que Festo,
uno de los favoritos de Domiciano, se mató para disimular los estragos de una
enfermedad a la piel... Y así también conocemos los ejemplos de: Catón,
Séneca, Temístocles, etc... He citado estos ejemplos porque sospecho que
todavía se sigue pensando que el suicidio es una forma de cobardía... Acabo de
ver en Europa una serie de televisión donde aparece con detalles el suicidio de
Hitler... En 1973, aquí, se argumentó el suicidio; y se negó, porque para
todos el suicidio es una forma poco honorable de morir, y judicialmente nadie
quiere cargar con la muerte de un presidente, menos históricamente... Para mí,
el cine norteamericano ha comercializado con productos baratos las artes
marciales que no son capaces de imitar, porque sus guerreros no tienen la
magnificencia de los grandes vencedores ni el necesario honor que debe tener
todo vencido. Nosotros, que presumimos de justos y de valientes, pensamos igual:
no toleramos que nuestro enemigo sea una persona honorable.
Silencio. Molineros mira al Moderador. El Moderador lo mira con los ojos muy
abiertos. Molineros no sabe qué decir ni qué hacer. Se saca los lentes.
Al terminar, nadie se despide de él; sólo la mujer de El amor a la vida,
el odio a la muerte le dice que no lo van a entender; que con esos aires a
lo Borges, no será bien visto por los antipoetas que postulan un discurso
desnudo de toda retórica. Le recomienda un texto suyo, inédito, de entre
varios manuscritos fotocopiados que le obsequia y le argumenta que está hecho
para ser leído en Europa. Lo ha titulado, y se lo hace notar, simplemente: Ella.
Mario lo lleva de vuelta a casa; conduce lentamente, con indolencia.
Molineros se da cuenta de que no necesitan comportarse como cínicos, ya que
esencialmente, y sin esfuerzo, lo son. Mario le pregunta si está casado; le
contesta que sí, pero que vive solo. Después lo interroga sobre las alemanas;
y Molineros le cuenta lo que se le cuenta a un muchacho hijo de una empleada
doméstica, que conduce un Cadillac blanco, que no es propio, con una abolladura
del porte de un zapallo en la puerta derecha. Luego hablan de filatelia. Mario
le dice que finalmente se ha decidido por los sellos chinos. Al bajarse
Molineros le dice que esa es una de las mierdas que más odia.
—Pensé que habrías cambiado —le contesta Mario.
Molineros no dice ni sí ni no. Mario parte. No han quedado de juntarse otra
vez. A los pocos metros, Mario se detiene, pone marcha atrás con violencia y se
detiene justo frente a Molineros:
—Le caíste bien a F A —le dice y parte de nuevo con violencia. No le
deja tiempo para preguntar ¿quién es F A?
En casa de sus padres no vieron el programa. En uno de los otros canales
daban: ¡Mírame a los ojos, María!, cap. Nº 975 de Herencia del
destino, una de las 15 teleseries diarias que ofrece la programación
nacional. Puedo estar tranquilo, piensa Molineros. Los duraznos con crema
no han cambiado, tienen el mismo sabor y la misma elegancia de postre de día
domingo de hace quince años. Esa suavidad de seno, de nalga, núbil. Esos
senos, para Molineros, siempre son los senos de su mujer. Su mujer
provocándolo.
Después de un café con crema, una copita de coñac, un puro fumado con
muchas ganas y la cómplice satisfacción de su madre y de sus hermanas de verlo
disfrutar: teléfono. Un amigo periodista le pregunta cómo se le ocurrió
meterse en ese lío, que si con Borges ha pretendido granjearse la simpatía de
los intelectuales de derecha, ha elegido mal el tema; que si su idea fue seducir
a los literatos de izquierda que manipulan didácticamente sus declaraciones,
también se ha fregado. Le explica que La Concertación es una realidad,
que lo habían considerado, que a pesar de sus irreverencias lo consideraban,
los seguían considerando, pero que eso había cambiado radicalmente. Le anuncia
contundente réplica en la mejor revista del país. Luego le pregunta:
—¿No te ha llamado nadie más?
Molineros piensa en Rosa Río-Zugmann, que le debe una respuesta, que le
había dicho que les fascinaba su sapiencia pero que les aterraban sus
comparaciones con la realidad, y devuelve la pregunta:
—¿Debo esperar la llamada de alguien?
A medianoche recurre a su mujer; la llama a Alemania y le cuenta la
brutalidad que ha cometido.
—No creo que pase nada —le dice su mujer—. ¿Qué importancia tiene que
tú hayas sugerido que los generales son cobardes?
Esta interpretación no le gusta a Molineros, y se preocupa, porque su mujer
nunca ha sido radical en su manera de pensar. ¿Qué me puedo esperar de los
que se han quedado anclados en los extremos y ven solamente en blanco y negro?,
se pregunta preocupado.
Borrosamente percibe el argumento de un relato o artículo que le permita
defenderse. En la cuarta o quinta copita de coñac se da cuenta de que no tiene
opinión sobre el tema militar; pero sí sobre las instituciones; respecto al
individuo frente a las instituciones. Al fin y al cabo todas pretenden
"ordenar", "uniformar", "militarizar", piensa
un tanto molesto.
Se da cuenta de que le cuesta pensar. Le resulta más fácil y placentero
imaginar. No quiere recordar, pero recuerda.
Lo militar, para Molineros, no puede ser más que un mosaico de puntuales
antipatías. Comenzó a anotar, para descubrirse, para ver hasta dónde podía
llegar, para saber lo que pensaba, para convencerse de que le daba igual que los
militares, pasados y presentes, fuesen o no valientes. Escribió valientes, pero
originalmente pensó cobardes. Anotó: No me interesa su doctrina (y ninguna
doctrina en particular). Pero dudó. Tachó el verbo rechazar que lo había
puesto en primera persona; y al margen anotó dos términos: desinterés
y desagrado. Pensó: Si la verdad absoluta no existe, entonces lo que
tenemos, hasta el momento, es pura lotería; pero no lo escribió.
Se imagina que Rosa Río-Zugmann lo llama y, finalmente, acepta. Se imagina
que le habla de La conjura de los concertados, de la transversalidad.
Piensa en los orígenes: jura, con jura, conjurados. Certeza, cierto, con
cierto, con certeza, concertados, concertación. Concertación transversal. Se
imagina un buen artículo sobre la tolerancia y el equilibrio, a partir de la
ética. Se siente bien. Pero no le sale la primera frase. Para distraerse hojea
las fotocopias que le entregó la autora de El amor a la vida, el odio a la
muerte. En diagonal lee la primera página de Ella, pero en la
segunda se concentra. La gorda de población lo distrae, lo entretiene, pero se
cansa de leer; no se le ocurre nada; la gorda común y el coñac lo ayudan a
tranquilizarse, pero no a encontrar la primera frase. Y sabe que es pésima
receta empezar a producir sin haberla parido o copiado. La maldita, fundamental
y maniática primera frase. Suena el teléfono. Atiende. Su mujer lo llama desde
Colonia: Camilo, su único hijo, quiere hablar con él. Camilo le pregunta —en
alemán—, si en Chile es tan conocido como para salir en la tele. Molineros le
contesta que en Chile cualquiera sale en la tele; pero se arrepiente y le agrega
que en su caso es mera casualidad. Luego habla con su mujer y ella le repite que
cree que no va a pasar nada, que más podría pasar para el otro lado, pues se
podría interpretar como que los generales de izquierda ya deberían... hace
mucho tiempo... y no...
La comunicación es defectuosa. Molineros quiere explicarle que la Izquierda
no tiene generales; pero se da cuenta de que no vale la pena. Su mujer le
pregunta si se ha tomado las cápsulas contra la gastritis. Le dice que sí. ¿Cuáles?...
Unas que hay en Chile. Le pregunta si ha ido al médico y a qué médico.
Molineros le dice que en Chile son las cinco de la mañana. Silencio. Le
pregunta qué está haciendo. Molineros miente: Escribiendo, le dice.
Cortan. La vieja receta funciona.
Se prepara un café, se siente confundido, y marca el número de Rosa Río-Zugmann;
escucha su voz, de hembra, de mujer profundamente dormida, no su voz
profesional, no la que está en su recuerdo. Corta. Piensa que no tiene sentido
haberla molestado. Termina el café, enciende un cigarrillo y sale a caminar.