Ningún problema tiene solución. Ninguno de nosotros desata el
nudo gordiano; todos nosotros o desistimos o lo cortamos. Decidimos bruscamente,
con el sentimiento, los problemas de la inteligencia, y lo hacemos o por el
cansancio de pensar, o por timidez de sacar conclusiones, o por la necesidad
absurda de encontrar un apoyo, o por el impulso gregario de regresar a los
demás y a la vida.
Como nunca podemos conocer todos los datos de una cuestión,
nunca podemos resolverla.
Para llegar a la verdad nos faltan datos suficientes, y
procesos intelectuales que agoten la interpretación de esos datos.
Fernando Pessoa. Libro del desasosiego
uno.
Nadie debería estar solo, piensa ahora Mercado. Le sirve otra copita de
ginebra a su amigo Juan Bender y sirve una para él. Bender vacía la ginebra en
dos sorbos. Mercado le mira esa zona de la cara que va desde la nariz hasta la
pera, mira especialmente los labios, y piensa que nadie debería estar solo.
Bender disfruta el gusto áspero de la ginebra bajando por su carne y empieza
a sentir las puntadas de una melancolía inevitable en el pecho. A pesar del
calor de esta noche se ha abrigado con el grueso gamulán que usa siempre. Tose.
Están en un bar, sentados en taburetes, frente al mostrador. El tipo de la
barra los espía mientras seca copas y canta entre dientes una milonga que se
llama La bifurcada. Levanta la voz en esa parte que dice: "Si te
llevás la tele, chuchi, dejame el colchón". Mercado se ríe. ¿Quién
canta eso?, pregunta. Qué, dice el tipo. ¿Quién canta eso?. No sé, la pasan
en la radio. Me gusta, dice Mercado. "Andá por la sombra y cerrá bien el
portón", canta el tipo. Me gusta, dice Mercado.
Haciendo un gran esfuerzo para no desperdiciar ni una gota, el pulso flojo,
Bender sirve ginebra para tres. Tomá un poco que te va hacer bien, dice.
Gracias, acepta el tipo de la barra —calvo, petiso, gentil. Yo los invito en
la próxima vuelta, dice. Salú, propone Bender y se limpia los labios con la
manga del gamulán. Salú, responden los otros. Como en los libros de Hemingway,
dice Bender. ¿De quién?, pregunta el tipo. Éste sabe de libros, dice Mercado,
palmeando a Juan Bender. Hemingway, dice Bender. Salú, repite el tipo. Salú,
repite Mercado. Un lugar limpio y bien iluminado, dice Bender, eso es. Claro,
dice el tipo. Hacía años que no venía por acá, se confiesa Mercado. Colinas
como elefantes blancos, dice Bender. Todo está distinto, dice Mercado, todo
cambia. En el club no pude reconocer a nadie. El mar cambia, se ríe Bender. El
viejo Ricardi está muerto, dice Mercado. Ahora el casero es el boludo del hijo,
y ni se acordaba de mí. El equipo anda bastante bien, dice el tipo. Bender
vuelve a llenar las copas. Solamente Darío Villa llegó a jugar en primera,
dice Mercado. Villa, repite el tipo, jugaba de once. Los otros fueron quedando
en el camino, dice Mercado. Villa anduvo bastante bien, dice el tipo. Yo lo
entrené, dice Mercado, podía haber sido un gran jugador. ¿Y ahora qué hace?
No sé, dice Mercado. Y se toma su ginebra. Hemingway, dice Bender. Ernesto. Su
amigo está borracho, dice el tipo. La puta, como estoy, dice Mercado. Ya casi
es de día, dice el tipo. Desaparece por una puerta lateral y vuelve, unos
minutos después, con una escoba. Perdonen pero tengo que preparar todo, dice. Y
empieza a poner las sillas sobre las mesas y a barrer. Tenemos que irnos, dice
Mercado, en voz baja. Bender está con la cabeza apoyada en el mostrador, los
ojos cerrados, golpea la pared con la punta de sus mocasines. No sé para qué
volví, dice Mercado.
dos.
Salen del bar y caminan hasta la cancha, casi sin darse cuenta. Al llegar al
portón cerrado, al observar, con pena, las luces apagadas, las tribunas
vacías, comprenden que ya es hora de buscar un lugar cómodo donde pasar la
noche.
Se conocen desde que eran chicos, Bender y Mercado. Vivían en el mismo
barrio, formaron parte del mismo grupo de amigos, compartieron el banco en la
escuela primaria. En la escuela secundaria ya no estuvieron juntos porque
Mercado no tenía paciencia para el estudio y le sobraba fortaleza física para
el desarrollo de los deportes. Practicó varios, mal, hasta que se dio cuenta
que lo suyo era el fútbol. Pero se dio cuenta tarde, porque a los veinte años
no lo admitieron en ningún club de las cuatro categorías profesionales y tuvo
que buscar otra alternativa. Probó con una gran cantidad de trabajos: fue
albañil, chofer de taxi, vendedor ambulante, cartero, hasta que su amigo Bender
le presentó al presidente de un club de fútbol de la cuarta división y lo
contrataron como entrenador para las categorías infantiles. Así se produjo el
encuentro entre Mercado y el club, un romance lleno de idas y vueltas que
duraría veinte años.
Hay que dormir, dice Mercado y Bender asiente. A pesar de la borrachera
conserva intactos los reflejos, el sentido de la realidad.
Caminan hasta la ruta. Suben a un colectivo y sacan dos boletos para volver a
la ciudad. Ocupan dos de los asientos del fondo.
Bender es canoso, alto, panzón. Ya pasó los cincuenta años. Mercado es
petiso, ancho, gordo, tiene la misma edad que su amigo pero parece más gastado,
más viejo, como si ya hubiera superado los sesenta. La calvicie avanza sin
piedad sobre su cabeza dejando zonas arrasadas. Sin embargo, todavía conserva
un puñado de pelos ondulados, sin canas.
tres.
Luego de tantos años de entrenar chicos en la escuela de fútbol, de comer
fideos con tuco los domingos al mediodía, antes de ir al club; y comer asado
los domingos a la noche, cuando volvía del club.
Luego de tantos años de acostarse en una cama que tenía el colchón hundido
en el medio, para dormir siempre con la misma mujer, que se fue poniendo cada
vez más agria, más gritona, más insatisfecha. Dormir espalda contra espalda.
No tocar, no ser tocado, no desear, no ser deseado, compartir, tan sólo, el
chalet sin revoque, con pintura vieja, arruinada, la comida, las conversaciones
desganadas, triviales, y sentir que la vida se escabulle, el amor se va, se
transforma en tedio, en sequedad, no vuelve. Luego de tantos años de buscar
otras mujeres en las esquinas, en los prostíbulos, pagar por el goce de una
descarga rápida pero no intensa, que apenas servía para calmar la necesidad; y
olvidar, enseguida, lo que acababa de hacer, volver al mundo gris, sin gusto.
Luego de tantos años de enamorarse en secreto de las madres de sus pequeños
jugadores, pero nunca poder decirlo, espiarlas desde la ventanita del vestuario,
o desde la boletería, mientras tomaba mate con el viejo Ricardi.
Luego de tantos años de lavar su Valiant blanco una vez por semana,
dedicarle cuarenta minutos a la entusiasta ceremonia que se dividía en los
siguientes pasos: limpiar, mojar, enjabonar, enjuagar, secar, lustrar.
Luego de tantos años de levantarse tarde, dormirse tarde, fumar cuatro
paquetes diarios de cigarrillos, es decir, ochenta cigarrillos por día; y
tirarse la ceniza en la ropa.
Luego de tantos años de vivir así, así, ahora camina por una calle
céntrica de la ciudad, junto con su amigo Juan Bender, ambos esquivan gente, se
cubren de la lluvia, conversan.
Luego de tantos años en el club, en el chalet sin terminar, en el Valiant
que finalmente tuvo que vender cuando perdió el trabajo, Mercado ha tomado la
decisión de cambiar de vida. Hace tres días fue abandonado por su mujer, o,
para expresarlo mejor, hace tres días su ex mujer le pidió por favor que se
fuera, que se buscara otro lugar para vivir, que la dejara en paz. Y él ha
decidido viajar, dejarse llevar a dónde lo empuje la suerte, saltar el cerco,
morder la cola del futuro, quebrar el letargo, la inercia, la indolencia, irse
al carajo de una reputísima vez.
cuatro.
A partir de la muerte de su esposa, la vida ha comenzado a resultar más
difícil para Bender. Desde lo más elemental: cocinar, lavar los platos, la
ropa, hasta lo más complejo, llenar el vacío de los días con ocupaciones,
proyectos, planes para el futuro; o planes para la semana siguiente.
Intentó continuar con las rutinas adquiridas en los últimos años, pero ya
no era posible levantarse a la hora habitual, tomar el colectivo, dar sus clases
de lengua y literatura en el colegio, almorzar, volver a casa, dormir siesta,
salir otra vez, dar sus clases en el profesorado; regresar tarde, cenar, ver los
noticieros saltando canales; dormirse en el sillón, vestido. Por eso dejó el
trabajo sin avisarle a nadie, sin renunciar, sin recuperar sus libros, sus
papeles. Y también abandonó el departamento que había compartido con ella
durante treinta y dos años. Juntó el dinero y lo distribuyó en su billetera,
las caras de los próceres apiladas, derechitas; desenchufó los
electrodomésticos, trabó las ventanas, cerró la puerta, tiró la llave en el
hueco del ascensor.
Tampoco volvieron a verlo en el bar donde solía tomar su ginebra de los
sábados por la noche, su cerveza de los domingos por la tarde. Hace tres días
se reencontró con su viejo amigo, alquilaron una habitación de hotel en el
centro de la ciudad, viajaron en trenes, en subtes, en colectivos; volvieron al
barrio donde habían compartido el impreciso territorio de la infancia; vaciaron
en sus cuerpos una buena cantidad de botellas de vino, de ginebra, de whisky, de
cerveza, y fumaron hasta perder el gusto del tabaco, hasta sentir que la lengua
se volvía insensible, hasta quedar con el paladar seco.
Sin embargo, cada vez que Bender se acuerda de su mujer tiene que hacer un
gran esfuerzo para sentir pena, tristeza, para extrañarla. Mercado se suele
preguntar, sin atreverse a formular esta pregunta en voz alta, por qué su amigo
se desestabilizó tanto cuando ella murió. Tomando en cuenta que no sólo
había dejado de quererla, sino que ni siquiera le importaba lo que pasara con
ella, es extraño que se haya derrumbado hasta el extremo de perder el eje, el
interés por sus ocupaciones, sus placeres y abandonarlo todo.
cinco.
Se volvieron a encontrar, como en las épocas en que compartían el banco en
la escuela, como en las épocas de las primeras salidas nocturnas, que incluían
ginebra, putas, otros amigos: pasar las horas jugando al billar, pasar las horas
en los prostíbulos, usando mujeres viejas que mentían con deleite y amaban sin
pasión, que mentían con pasión y amaban sin deleite.
Se volvieron a encontrar. Una llamada telefónica de Mercado bastó para que
Bender saliera de su letargo de viudo reciente y recuperara el gusto por las
caminatas, los tragos, la conversación.
Ahora los despierta el sol, que les entibia la cara. Tenés un pucho,
pregunta Mercado, los ojos cerrados todavía. Qué, dice Bender, sin
incorporarse, tapado hasta el cuello con una frazada verde, mugrienta. Un
cigarro, ¿tenés? Se acabaron. ¿Se acabaron? Ni uno queda.
Salen de las pequeñas camas, vestidos —no se habían tomado el trabajo de
quitarse la ropa—, y se abrigan. Mercado con un saco. Bender con el gamulán.
Luego de ponerse los zapatos abandonan la habitación, recuperan sus bolsos,
avanzan rápido por el pasillo, se cruzan con dos empleados del hotel y les
piden cigarrillos. Ninguno de los dos fuma. Estos deben ser putos, dice Mercado,
en voz baja y Bender sonríe sin mostrar los dientes. Cómo que no fuman. ¿Para
qué viven, entonces?, murmura Mercado, mientras cruzan el hall de entrada,
esquivan gente, llegan al kiosco, se mojan, porque ha comenzado a llover, así
es el clima en esa parte del mundo. Compran cinco paquetes de cigarrillos y los
distribuyen en los bolsillos.
A dónde vamos, pregunta Bender. A donde nos lleve la vida, responde Mercado,
que ya tiene la ropa manchada con ceniza.
seis.
Basilio Bartel se despierta molesto, con un fuerte dolor en uno de los dedos,
se trata del dedo índice de la mano derecha. Comprueba que la botella sigue
ahí, atorada. Trata de recordar el momento en que ese objeto ingresó a su vida
pero nada sucede, no hay respuestas: no le alcanza con hacer el esfuerzo,
concentrarse, ayudar a la memoria asociando libremente los hechos vividos en los
últimos días.
Hace fuerza con la otra mano para sacarla pero la botella ni siquiera se
mueve. Comienza a pensar que tendrá que continuar viviendo así, con una
botella de cerveza adherida al cuerpo. Si se tratara de la mano izquierda sería
diferente, la usa menos, con ella no escribe, no come, tampoco abre la puerta de
su casa, no pasa las páginas de los libros, es su mano inútil, y en general lo
incita a protagonizar las peores torpezas: casi toda la vajilla que rompió en
su vida la tuvieron como protagonista absoluta.
Pero su extremidad superior derecha es, en verdad, tan importante como sus
ojos, su nariz, sus piernas; sin la diestra ya no sabría cómo manejarse.
Además, a nadie le gusta dar un apretón de manos con la zurda, ni ser palmeado
con una botella.
Se baja de la cama, entra en el baño sin prender la luz, no posee la fuerza
de voluntad necesaria para observarse en el espejo con atención. No quiere ver
su cabeza mal rapada, su cara mal afeitada. Aprisiona el sexo con la mano torpe
y se mira a sí mismo orinar larga, copiosamente y salpicar la tapa del inodoro.
Levanta el dedo embotellado y lo acerca, con furia contenida, al espejo del
botiquín. Amaga dar el golpe pero enseguida baja la mano, abre la canilla, deja
correr el agua. Con mucho jabón humedece el pico del envase. Prueba, sin
violencia, pero la botella no cede, parece que hubiera nacido ahí. Utiliza
todas sus fuerzas, lastimándose, y lo único que consigue es aumentar el dolor.
Se sienta en el bidet, cierra los ojos, apoya la espalda contra los azulejos.
siete.
Considerando los obstáculos, repite Bartel, en voz baja, acordándose de la
frase escrita por otro, la distancia más corta entre dos puntos puede ser la
línea sinuosa. Camina por el departamento, desnudo todavía, sin resolver qué
es lo que hará: y no sólo qué hará con la botella. Qué hará con su mujer,
con su hijo, con el trabajo en la biblioteca, con la vida que ha venido llevando
en los últimos años.
Es hora de cambiar, dice, pero esta vez usa toda la voz, lo afirma con
decisión, como si tuviera un interlocutor a pocos metros de distancia. Y de
rajar, dice.
Se viste con dificultad, no está acostumbrado al uso intensivo de la mano
izquierda. Guarda un poco de ropa en un bolso de mano. Agrega libros, todo el
dinero que encuentra en la casa. Entra en el baño, prende la luz, se concentra
en la observación de su cabeza. Busca una máquina de afeitar descartable, se
enjabona el cuero cabelludo, la cara. Usa la mano izquierda con torpeza.
Rápidamente comienzan a brotar delgados hilos de sangre. Cubre las heridas con
pedacitos de papel higiénico.
Unos minutos después su aspecto se ha modificado. Tiene marcas, cortes, en
la cabeza, en la cara. No puedo salir así, piensa. Pero tampoco está dispuesto
a esperar. Tampoco estoy dispuesto a esperar, piensa. La única alternativa que
se le ocurre se encuentra en el fondo de uno de los cajones del ropero. Se apura
para llegar al dormitorio, busca la bolsa de papel madera donde su mujer ha
guardado la barba, la peluca. Se trata de unos postizos que él nunca usó pero
que no quiso devolver, fueron prestados por un pariente para ser lucidos en una
fiesta a la que finalmente no asistieron.
La peluca le da calor, pero cubre su cabeza por completo. La barba le pica,
le molesta, pero él sabe que no tiene otra opción. No tengo otra opción,
piensa. Se mira en el espejo del baño y no le resulta desagradable su nuevo
aspecto. Ahora luce el pelo largo: le llega hasta la altura de los hombros; y la
barba recortada, pareja, prolija, negra. El único elemento que desentona en su
apariencia es ésa botella. Por más que se esfuerce no consigue sacarla,
tampoco consigue recordar en qué circunstancias ha metido el dedo índice de la
mano derecha en el envase de cerveza. No podría explicar desde cuándo ese
recipiente vacío ha comenzado a formar parte de su cuerpo.
ocho.
Bartel siente que no lo miran, a pesar de la peluca, la barba. Camina con
prisa, sin rumbo, concentrado en el núcleo de la idea que se le acaba de
ocurrir, analizando los aspectos menos convincentes, los riesgos que podría
correr. Pisa baldosas rotas, hunde las zapatillas en charcos de agua, esquiva
las bolsas de basura, los excrementos con que los perros van cubriendo cada día
las veredas de la ciudad. Ha comenzado a olvidar que de su mano derecha cuelga,
incomodándolo cada vez menos, la botella.
Hay gente en los bares, en las paradas de colectivo, gente protagonizando
largas colas frente a puertas entreabiertas, un diario doblado bajo el brazo,
gente pidiendo monedas, escarbando en la basura, cruzando calles, avenidas.
Entra en un sitio pequeño, poco iluminado y se ubica en una mesa que está
pegada a la ventana. Pide café con leche, medialunas. Hace el esfuerzo de
perfeccionar la idea que le da brillo a sus ojos, a sus dientes, pero no
consigue agregar detalles, imaginar de qué forma podría llevar a cabo la
acción. En principio, es evidente que no lo hará solo. Tiene que buscar dos
socios, o tres.
Humedece las facturas en el café. Las traga casi sin masticarlas. Llama al
mozo para pedirle más medialunas, más café.
Se levanta, camina hasta el baño. Estudia la cara que le presenta el espejo.
Se ve más viejo, a pesar de que la peluca cubre por completo su cabeza. Parece
otro. Soy otro, piensa. Soy otro, dice, en voz alta.
Abre la canilla, deja correr el agua sobre sus manos, sus dedos. La botella
perdió los últimos restos del papel que le adjudicaba un nombre al líquido
que contenía.
Vuelve a la mesa. Mira por la ventana. Mastica. Traga. Mastica. La lluvia,
leve, comienza a caer, sin furia, sobre el asfalto.
nueve.
Ahora los ve llegar, mojados, fumando; estudia los movimientos de ambos, la
forma en que se acomodan en las sillas, la manera de llevarse las facturas a la
boca, de tomar el café, de encender los cigarrillos. Trata de oír lo que dicen
pero le resulta difícil, trabajoso. No sólo por la distancia que hay entre su
mesa y la de ellos, sino por el modo en que hablan: lento, en un volumen bajo,
dejando transcurrir largos silencios entre las palabras de uno y las palabras de
otro; es, además, una conversación poblada de sobreentendidos, de gestos,
muecas, movimiento de las manos.
Al verlos entrar al bar comprendió, en forma automática, que se trataba de
las personas que estaba necesitando. Se levanta, elige una mesa cercana al lugar
que ellos ocupan. Trata de adivinar qué dicen, qué piensan, mientras elabora
un plan rápido para llegar al diálogo en forma natural. Ninguno de los dos
advierte la cercanía del intruso. Continúan con un intercambio de palabras que
sólo podría seguir una persona familiarizada con la lógica que manejan esos
hombres. Suele ocurrir que los amigos que llevan mucho tiempo juntos accedan a
una zona imaginaria común, a un universo de símbolos compartidos, y construyan
una sociedad difícil de comprender para los ajenos, los extraños.
Bartel sabe que debe evitar la obviedad, no puede presentarse ante ellos y
decirles tengo un plan, los invito a colaborar conmigo, en calidad de socios,
para dar el golpe que nos cambiará la vida. Además, por supuesto, debe tomar
en cuenta que su situación de hombre con el dedo en una botella no es la mejor
para llevar adelante su nuevo perfil de negociante.
Llama al mozo, pide una cerveza, tres vasos. Esconde su mano menos
presentable detrás de la espalda. Hay que apurarse, piensa. Puede ocurrir que
se levanten y se vayan, no me den tiempo para entrar, convencerlos. Se para, se
muda de mesa, en forma brusca, dejando de lado el protocolo, las precauciones
que deben tomarse en estos casos; se traslada con la cerveza, los vasos, la
silla.
¿Puedo?, pregunta mientras se acomoda y llena los vasos.
Puede, responde Mercado, dejándose llevar por la curiosidad. Bender asiente,
seducido por el vaso con cerveza que ha quedado a centímetros de sus manos.
Soy Bartel, dice él. Bender, dice Mercado, señalando a su amigo. Mercado,
dice, señalándose a sí mismo.
No me gusta tomar solo, dice Bartel. Hizo bien en venir, dice Mercado.
Permiso, dice Bender y se apodera del vaso.
El silencio pesa, se alarga, Bartel no sabe cómo empezar, de dónde sacar
las palabras necesarias.
Cómo llueve, dice, de pronto, mirando por la ventana. Mucho, dice Bender,
volviendo a llenar su vaso.
A qué se dedican, se arriesga Bartel, sabe que esa pregunta puede resultar
peligrosa, pero ya la hizo, ya se lanzó a la caza de compañeros de ruta, de
socios. Al notar que la respuesta no llega, que no le queda otra alternativa,
sabe que debe profundizar el ataque. Yo soy bibliotecario, dice, y los mira a
los ojos. Trabajo en una biblioteca, dice. Yo era profesor, dice Bender, pasando
los dedos por el vaso, vacío. ¿Se jubiló?, pregunta Bartel. Dejé de ir, dice
Bender, me aburría. Y él, dice Bender, señalando a Mercado, era director
técnico de un equipo de fútbol, pero lo echaron. Mercado deja salir el humo
del cigarrillo por la boca, por la nariz, la cerveza se entibia en su vaso. En
unos minutos, seguramente, Bender se apropiará de ella. ¿Le gustan los
libros?, pregunta Bender, animado por los tragos —a medio vaso de la
borrachera. Mucho, responde Bartel, preocupado, no quiere que la conversación
derive hacia títulos de libros, argumentos, autores. A mí me gustaban, dice
Bender, ahora los odio. Mercado sonríe. Se levanta. Vamos, Juan, dice. Odio los
libros, dice Bender, y vacía el vaso de su amigo, de un sorbo.
No se vayan todavía, pide Bartel. Por qué, pregunta Mercado. Tengo un
negocio para ofrecerles, dice Bartel. Los tres se miran. Se siente la tensión
en el ambiente, el aire se vuelve denso, cuesta respirar.
Qué decís, pregunta Mercado, molesto, acercándose a Bartel. Bartel se
levanta. Queda al descubierto la botella que cuelga de su dedo.
Qué tenés ahí, pregunta Bender, acercándose a Mercado, mirando a Bartel,
comprobando que es el más alto del trío y el más corpulento.
No puedo sacar el dedo, dice Bartel. ¿Querés que te ayudemos a sacar el
dedo?, pregunta Mercado, más calmado. No, dice Bartel. ¿Entonces?, pregunta
Mercado. Nada, responde Bartel, nada, perdonen. Se mueve, los esquiva, se aleja.
Pibe, grita Mercado, vení. Qué, dice Bartel. Vos estás mal, pibe. Quiero
ayudarte, dice Mercado. No hace falta, dice Bartel, nadie podría ayudarme. Yo
sí, dice Mercado.
diez.
Compran dos pizzas, dos botellas de vino y se acomodan en la pieza del hotel,
sin zapatos, sentados en la cama. Mastican, tragan, beben, como si los tres
fueran amigos de toda la vida. A Bartel ya no le molesta la botella en el dedo,
habla moviendo las manos, como es habitual en él, en sus maneras, y más de una
vez ese constante movimiento obliga a Bender, a Mercado, a correrse, a esquivar
el botellazo involuntario que gira, dibuja círculos en el aire, se acerca
peligrosamente. De todas maneras han comenzado a tomarle cariño a ese joven que
tiene la edad del hijo que ellos no hicieron; les resulta gracioso, con los
pelos largos, la barba, la botella, el cuidado que se toma al hablar, al elegir
las palabras; ellos comprenden que se trata de un tipo culto, que ha llevado una
vida sosegada, apacible, por eso resulta patético cuando narra su plan, la idea
delirante que ha estado planeando durante días, meses; es evidente que el pibe
leyó muchos libros, piensa Bender; sólo así es posible entender la
estructura, la forma que le asignó a su extraño proyecto de enriquecimiento
espontáneo, mágico. Un blanquito que quiere hacerse el malo, piensa Bender. Un
pichi —un salame, un pancho— que quiere afanar y tiene menos calle que una
monjita de clausura, piensa Mercado.
Antes de que Bender comience a saberse borracho, y pararse en la cama e
improvisar un larguísimo discurso sobre la historia del peronismo, antes que
Bartel hable de su mujer, de su hijo, de sus compañeros de trabajo en la
biblioteca, Mercado toma la palabra, pide silencio, apoyando un dedo en sus
labios, sonríe, y, al sonreír, deja su boca despoblada al descubierto, se ve
claramente que le faltan dos dientes, tres muelas; Mercado se apropia de la
expectativa que ha generado en los otros, salta de la cama, camina alrededor,
las manos en la espalda, y, finalmente dice: amigos míos, no seamos pelotudos,
basta de perder el tiempo acá, en esta ciudad de mierda, hay que irse... —interrumpe
su monólogo, los mira, se rasca la cabeza—, hay que irse. Ahora mismo.
¿Irse?, pregunta Bartel, ¿a dónde? Al mejor lugar del mundo, dice Mercado,
satisfecho, vos seguíme, pichón, y tu vida va a tener sentido, nos vamos al
mejor lugar del mundo.
once.
Mira la lluvia. Desde que era una niña le gusta ver la lluvia cayendo sobre
los techos. Centra su mirada en la calle.
Apoyada en la ventana de su habitación de hotel observa a todos esos seres
que apuran la marcha para no mojarse, o para mojarse poco, menos. Además de la
lluvia, le gustan los cuerpos, las personas. Nunca se cansa de escuchar, de
comprender, de callarse para dejar que su amigo ocasional o su amiga de toda la
vida, hablen, cuenten, se sientan comprendidos. Su verdadero placer es ése,
saber permanecer en silencio, atenta, mientras los otros exponen, monologan,
evacuan la pena, la tristeza. En realidad, nadie tiene mucho para decir. A nadie
le ocurre algo verdaderamente importante, digno de ser recordado. No es una mala
opción ir olvidando los días a medida que van pasando, qué es lo que nos
queda, piensa ella, qué vamos a llevarnos al otro mundo, los días son iguales
entre sí, pura repetición, pura rutina, las aventuras que puede vivir una
persona se reducen al mínimo movimiento elemental, indispensable: ir al
supermercado, comprar yerba, esquivar las bolsas de basura, los perros, los
mendigos, volver a casa.
No es mucho el dinero que pudo ahorrar pero ha llegado el momento, piensa, de
cambiar de aire, de ciudad, de rutina, de hotel.
Antes de dormirse siente que su cuerpo se afloja, su mente se afloja, sus
recuerdos queman. Le vuelven esas imágenes que guarda desde que era una niña:
la lluvia cayendo sobre las calles de tierra de su pueblo, los perros ladrando,
todos los chicos de la cuadra saliendo al barro, a los charcos y ella, la ropa
empapada, el pelo mojado, largo, suelto, canta y baila, los ojos rojos como el
fuego.
La Gatita, la llaman. O Gatita, a secas. Ha sido un hombre, el único que
hubo en su vida, quien comenzó a llamarla así. Desde que él se fue, ella se
presenta como Gatita. Conserva el apodo desde la época en que era joven, gemía
despacito envuelta en el cuerpo de aquel hombre, y hundía las uñas, con
suavidad, en ese pecho, esa espalda.
doce.
Pagan en la recepción del hotel. Salen a la noche, a la lluvia, se suben a
un taxi. Bajan en una de las estaciones de trenes más grandes de la ciudad.
Compran tres boletos. Se acomodan en dos asientos dobles, las piernas estiradas,
relajados, felices, en paz. Los distrae una mujer, que pide permiso y ocupa el
asiento que ha quedado libre. Sube su valija al portaequipajes. Se sienta, sin
mirarlos, apoya la cara en la ventanilla. Se trata de la Gatita, que finalmente
ha decidido cambiar, viajar, abandonar la ciudad, instalarse en un pueblo
pequeño, empezar de nuevo. Tomó la decisión mientras veía caer la lluvia
desde su pieza de hotel. Armó la valija, no llamó a nadie —no se despidió
de nadie—, tomó un taxi hasta la estación, compró el boleto, y ahora tiene
enfrente a Mercado, a Bender, y tiene al lado a Bartel, los tres la espían con
curiosidad: no se trata de la clase de mujer que le gusta a Bartel, Bender no
mira mujeres desde que quedó viudo, sólo se dedica a beber, a emborracharse, y
Mercado odia a todas las mujeres, las que conoció, las que encuentra por la
calle, las que tuvo, las que quiso tener pero no pudo, a todas las detesta por
igual, suele decir que lo último que haría es volver a enroscarse con una de
esas perras; si lo asaltan las necesidades sexuales, las resuelve por sí mismo,
envuelto en la tibieza de las sábanas, o recurre al sexo rápido, en la calle,
con cualquier puta o travesti que le cobre un precio razonable.
A ella tampoco le ha ido bien con los hombres. A excepción de su único
amor, que la dejó hace años, que la cambió por otra cuando la Gatita
comenzaba a ponerse vieja, nunca tuvo otro romance, nunca compartió sus días,
sus noches, con otro compañero.
El viaje es largo. En general, y a pesar de la dureza e incomodidad de los
asientos, los pasajeros duermen, duermen para olvidarse del estado de
transición en que se encuentran, para suspender la incertidumbre que implica no
estar en el sitio de la partida ni en el sitio de destino, para no sentir la
angustia del movimiento hacia lo desconocido: lo que está por suceder, en otro
lugar, con otra gente.
Pero Mercado no duerme. Mira por la ventanilla. La Gatita tampoco. Cada tanto
se cruzan sus miradas y ellos están por hablar, están a punto de decirse algo,
y sonríen, mirándose abiertamente. Quedan al descubierto los dientes amarillos
de él, los dientes amarillos de ella, las arrugas de ambos, las ojeras, la luz
tenue que reflejan los ojos.
Tengo unas empanadas que están muy ricas, dice ella, sin mirarlo. Podemos
compartirlas. Gracias, dice él, pero debo confesarle que me marea comer en los
viajes. ¿Que lo marea comer en los viajes?, pregunta ella. Exactamente,
responde él. Usted se lo pierde, señor, ¿señor? Mercado.
Supongo que Mercado es su apellido, ¿pero cuál es su nombre? Mercado.
Perdone, dice ella, molesta, y hace correr el cierre de su bolso de mano. Abre
el paquete y saca una empanada. La muerde.
¿Y usted, pregunta él, cómo se llama? Gatita, dice ella, conteniendo la
risa, volviendo a morder, limpiándose los labios con una servilleta de papel.
Supongo que Gatita debe ser su apodo, a mí me gustaría saber cuál es su
nombre. Gatita, repite ella, los ojos brillosos. Claro, dice él, rascándose
una oreja.
¿Continúa su ofrecimiento de compartir las empanadas?, interroga, después,
usando su tono de voz más neutro, más impersonal. Por supuesto, dice ella, y
ofrece el paquete para que Mercado elija. Elige cuatro. Devuelve el resto,
acomoda las elegidas sobre sus piernas, cruzadas. Se mete una, entera, en la
boca, la mastica. Ella desvía su mirada, ha comenzado a sentir un malestar
creciente; la situación le revuelve el estómago, le da arcadas. Teme no poder
contener las ganas de vomitar. Cierra el paquete, lo guarda, ha perdido el
apetito en tan pocos minutos. Sabe que no podrá terminar de comer la empanada
mordida. ¿No la quiere?, pregunta Mercado, señalando la empanada que ella ha
mordido dos veces —pero que ahora no sabe dónde esconder, cómo tirarla por
la ventanilla sin llamar la atención de los otros pasajeros.
No la quiero, responde la mujer y él acerca la mano abierta.
trece.
El comisario tiene las piernas apoyadas sobre el escritorio. Se rasca los
testículos con las dos manos.
Perdone, Cabeza, pero me pica, se excusa delante de su hombre de confianza,
un oficial petiso, de pocos dientes, que se ocupa de llevar adelante los
trabajos más delicados de la brigada.
No tiene por qué disculparse, señor, para eso es el jefe. ¿Para rascarme?
No, faltaba más, señor, para no dar explicaciones.
Salvo en una sociedad completamente justa, dice el comisario, lo mejor en la
vida es ser jefe. Y se ríe. El oficial también se ríe, dejando al desnudo su
boca despoblada.
El comisario abandona el escritorio, camina sin apuro hasta un mueble
metálico que está cerrado con candado. Venga Cabeza, ordena. Abra eso. El
oficial saca la billetera, busca con los dedos arrugando los billetes de cien
pesos. Extrae una llave pequeña. La mete en la cerradura del candado, lo abre,
lo retira. El comisario se acerca. Permítame señor, dice el otro. Amontona
papeles, corre cajas, biblioratos, sellos; ahí está, dice y le entrega el
paquete al comisario. Cierra la puerta del mueble, vuelve a poner el candado.
Clausure, Cabeza, dice el comisario. Se acomoda en su silla, deposita las
piernas en el escritorio. El oficial se apresura hasta la puerta de la oficina,
la abre, mira hacia los costados, la cierra, hace girar la llave. Apaga la luz
principal, enciende un velador, desconecta el teléfono.
Venga Cabeza, en ese cajón está el alimento para el espíritu. El oficial
abre el cajón, saca la botella, elige dos vasos de whisky de la repisa que se
encuentra al costado de la puerta y donde conviven, en extraña armonía, unos
pocos libros, adornos de porcelana, fotos de niños, carpetas, más fotos: el
comisario montando un caballo, el comisario abrazando a una mujer, el comisario
abrazando a un intendente, a dos ancianos, el comisario jugando al truco, el
comisario saludando desde el interior de un patrullero. El oficial llena los
vasos. El comisario prueba: está bueno, dice, e invita a su hombre de confianza
a imitarlo. El otro bebe un buen trago, se limpia los labios con la manga.
¿Qué es?, ¿frutilla?, pregunta. Error, Cabeza, error, es guinda. Licor de
guinda. Riquísimo. Me gusta, dice el oficial, me gusta más que el de
chocolate. El de chocolate, dice el comisario, es muy amargo. Amargo como la
vida, dice el oficial. Como la suya, Cabeza, dice el comisario, mi vida es
dulce.
Bueno, agrega enseguida, basta de cháchara. Abre el paquete rompiéndolo. Se
encuentra con un nuevo envoltorio. Ay, Cabeza, dice, qué cuidadoso es usted.
Rompe el segundo envoltorio y descubre la existencia del tercero. Sonríe. Los
papeles caen el piso. El oficial se agacha, los recoge, los tira en el cesto. El
tercer envoltorio es el último. Ahora el comisario debe abrir una bolsita de
plástico y podrá tener entre sus manos, finalmente, el contenido del paquete
que el oficial, su hombre de confianza, ha preparado para él. Antes de hacerlo
se limpia las manos con una toalla. Se peina con los dedos, acomodando el pelo
hacia el centro de su cabeza, la zona más castigada por la calvicie. Se alisa
el bigote. Baja las piernas. Se pasa la lengua entre los labios. Sírvame un
poco más, Cabeza, ordena. Pero todavía tiene el vaso lleno señor, protesta el
otro. Más lleno lo quiero, completamente lleno lo quiero, que rebalse.
Rompe la bolsita y se encuentra con el puñado de fotos. Bebe, se limpia la
boca y las manos con la toalla. Acomoda las fotos sobre el escritorio. El
oficial no interviene, no se mueve, mira de lejos, cierra los ojos para beber,
suspira.
Bien, Cabeza, muy bien, dice el comisario y el otro sonríe, vuelve a
suspirar pero esta vez con más ímpetu, feliz.
El comisario se detiene en cada imagen, estudia los detalles, los gestos, las
formas, las proporciones. Dedica varios minutos a cada foto. Que buena, dice,
cuando se encuentra con una pose que llama su atención o con un cuerpo que lo
excita.
Luego de mirarlas todas les otorga un orden. Vuelve a examinarlas, cambia
algunas de lugar, se concentra en otras.
Venga Cabeza, dice después, quiero que contemple el miembro de éste sujeto.
El oficial se acerca, sus caras se juntan, sus respiraciones se mezclan.
Mire comisario qué bestia, parece el miembro de un caballo, aporta el otro,
venciendo su timidez. El comisario vuelve a pasarse la lengua entre los labios.
¿Le gusta Cabeza? Claro señor. Le pregunto si le gusta lo que ve. No entiendo
señor. Le pregunto, Cabeza, si le gusta la grandísima pija de ese sujeto. No
señor, yo soy bien macho. ¿Seguro Cabeza?, pregunta el comisario. Seguro
señor. El comisario baja sus manos, pasa los dedos por la rodilla del oficial,
por la pierna, sube la mano hasta dejarla quieta, estirada, sobre los
testículos del hombre que ahora cierra los ojos, se endurece. ¿Bien macho,
Cabeza?, ¿o bien machito? Bien macho señor. Un machote es usted, Cabeza, dice
el comisario. ¿Usted sabe que yo lo quiero Cabeza?, siempre lo quise.
El otro no habla, no contesta, permanece tenso, sin atreverse a impedir el
nuevo acoso de su superior pero sin colaborar con él. Sabe que en unos segundos
las lágrimas comenzarán a caer sobre sus mejillas, que terminará suplicando
que lo dejen en paz, que lo echen si es necesario, pero que por favor no lo
sometan a tanta humillación.
Pero el comisario le baja el cierre. Machote, dice, machote, repite, mientras
se arrodilla, mientras hunde la cabeza en las piernas abiertas, mientras se
apodera del sexo de su hombre de confianza y lo lame, lo besa, lo chupa, lo
abandona, lo escupe, lo recupera, lo cubre con saliva.
catorce.
Vestido con el uniforme de la policía provincial, el hombre al que todos
conocen como el cabo Centurión —y el comisario llama Cabeza—, sale de la
comisaria, molesto, furioso. Camina pensando: me lo hizo otra vez, el maldito
puto me lo hizo de nuevo. Mueve los brazos, el disgusto le seca la boca. Uno de
estos días lo mato, piensa. Se mete en el patrullero, apoya la cabeza en el
volante. Enseguida se incorpora, pone el auto en marcha, seca sus lágrimas.
Cruza el pueblo a gran velocidad. No quiere perder más tiempo, necesita
volver a su casa, quitarse la ropa, bañarse para expulsar de su cuerpo el
pestilente aroma que el comisario ha dejado en su memoria.
Estaciona a pocos metros del chalet que ha comprado con un crédito que le
otorgó la fuerza. Entra, enciende las luces, el televisor, abre la heladera.
Come, parado, fríos, los fideos que sobraron de la noche anterior. Siente que
el vómito se le forma en el pecho, le sube por la garganta. Se apura hasta el
baño, levanta la tapa, se arrodilla, vomita. En ese momento oye los gritos, los
disparos. Se incorpora, mareado. Corre hasta la puerta de calle, el arma
gatillada; abre con cuidado, ve pasar al hombre, que se desespera por eludir a
sus dos perseguidores. Trata de sumarse a la persecución pero los otros son
rápidos, se pierden a lo lejos, terminan la cuadra, doblan y él resbala, cae,
la frente sobre la vereda.
El hombre al que persiguen, que lleva un bolso negro apretado contra su
pecho, encuentra un hueco en el alambrado que rodea un terreno baldío, salta,
entra, siente el movimiento de la bala que ingresa en su cuerpo, se arrastra
hasta encontrar un árbol. Cierra los ojos, descubre el sabor de la muerte en su
boca. Los otros pasan de largo, no lo vieron arrojarse de cabeza contra el
alambre, caer, rodar, desangrarse.
Algunos minutos después, con el bolso apretado, la vista en blanco, consigue
volver a la calle, sabe que la estación de ferrocarril está cerca. Se le ha
ocurrido la estúpida idea de ir a esperar el tren.
quince.
Un poco antes del amanecer los tres hombres y la mujer bajan del tren, pasan
el molinete de la estación, llegan al pueblo. La mujer se adelanta, trata de
alejarse lo más rápido posible pero algo la detiene: se encuentra con la
sangre esparcida en la calle. Mercado, dice, grita. Los tres se apuran hasta ver
al hombre muerto en la vereda, a pocos metros de la estación, y lo rodean —ella
vomita—, y se miran sin saber qué hacer. Es Mercado el que toma la
iniciativa, después de todo tiene gran experiencia en el manejo de grupos.
Salgan, dice. Se arrodilla. Apoya su cabeza en el pecho del hombre que yace,
tendido boca arriba. Se levanta, enseguida encuentra los dos agujeros de bala en
el pecho. El revólver en la cintura. Roba el arma, sin saber por qué, y la
esconde en uno de los bolsillos internos del saco. Se levanta, mira a los otros,
les hace señas, les comunica, con las manos, que deben irse, que lo mejor es
seguir, olvidarse. Ella no está de acuerdo y lo dice: hay que llamar a la
policía, suplica. La policía no, dice Bartel, pensando en la botella que le
cuelga en el dedo. Y en la peluca. Y en la barba postiza. Cómo explicarlo.
Además, es probable que su mujer haya recurrido a las autoridades policiales
para que averigüen su paradero. La policía no, dice Bender, que piensa en el
colegio, que sabe, también, que el director probablemente haya recurrido a las
autoridades policiales para denunciar el abandono de las clases que ha efectuado
el profesor Bender.
Ella no se deja convencer, abandona el grupo y lo que encuentra es un bolso
negro. Se acerca. Lo patea. Bartel también se acerca. Se agacha, lo abre. Gira
la cabeza, le guiña un ojo a Mercado. Enseguida todos husmean el interior del
bolso. Rajemos, dice Bender. Lo cierran, lo llevan. Corren, arrastrando valijas.
Ven las luces de los patrulleros, oyen las sirenas. Acá, grita Mercado, y se
meten, se recluyen, en un terreno baldío. Enseguida la estación y sus
alrededores se llena de voces, de linternas, de gritos, de pasos, de perros, de
curiosos, de corridas, de luces, de policías.
dieciséis.
No podemos seguir acá, piensa Mercado. No podemos seguir acá, dice.
Escondé eso en tu valija, le dice a la mujer, y Bartel entrega el bolso, que
rápidamente es introducido entre las ropas, los cosméticos. Hay que irse,
piensa Mercado. Se levanta con la intención de encabezar la fuga, la retirada.
Hay que irse, dice.
Salen, precavidos, con miedo, pero al encontrarse con las otras personas, que
buscan, conversan, y con los policías, que tratan de persuadir, en algunos
casos, y de obligar, en otros, a la enorme cantidad de curiosos, para que
vuelvan a sus casas, comprenden, con alivio, que nadie nota la presencia de los
cuatro forasteros, que nadie los observa, que no resultan sospechosos.
Se desvían, se apartan, llegan a la ruta. Encuentran un taxi. Cargan el
porta equipajes con los bultos, se acomodan, Mercado adelante, los demás
atrás. El taxista los espía mientras enciende un cigarrillo. A dónde vamos,
pregunta, malhumorado, es evidente que se sabe el único habitante del pueblo
que no está disfrutando del único acontecimiento extraordinario que ha
ocurrido en los últimos años.
Llévenos a un hotel, al mejor hotel, piensa Mercado. Y lo dice, con voz
segura, firme, dueño de la situación y también, por qué no, de lo que vaya a
ocurrir, en el futuro inmediato. Dice, cambiando el orden de la frase que había
construido en su mente, vamos al mejor hotel del pueblo. El taxista sonríe. No
sé si es el mejor, responde, pero en esta época del año no hay otro.
Llegan en pocos minutos. Mercado paga el viaje, recuperan las valijas. A
pesar de que se trata de un pueblo que vive del turismo, al conserje le
sorprende la presencia de los cuatro extraños. Debe ser porque los turistas
acuden en verano, para gozar del sol, del mar, de la playa, por eso los otros
dos hoteles permanecen cerrados y los restaurantes y las casas de video juegos y
las pizzerías y los bares. El pueblo cambia, a partir de las últimas semanas
del año, deja de lado su aspecto solitario, sus comercios cerrados, y es
invadido por decenas de personas. Y se vuelve próspero durante casi tres meses.
Pero ahora, en el comienzo de la primavera, estos cuatro turistas constituyen
una verdadera rareza.
diecisiete.
¿Y ahora?, pregunta Bartel, emocionado, oliendo los billetes, besándolos.
¿Qué hacemos ahora? Nunca en mi vida había visto tanta guita, dice Mercado, y
se rasca la cabeza. Bender sólo fuma, sentado en la cama. Cuando termina un
cigarrillo enciende otro. Las colillas van amontonándose en el piso. La Gatita
suspira, mirando por la ventana, concentrada en su contemplación del mar.
Ahora nada, responde Mercado. Hay que comer. Y después hay que irse, lejos.
¿Irse?, pregunta Bartel. Claro, dice Mercado, si empezamos a gastar esta guita
vamos en cana. No hay que gastar ni un centavo, contesta Bartel. Y continúa:
descansemos un poco, unos días, después dividimos el dinero y nos separamos.
Yo creo que lo mejor es desaparecer ahora mismo, irnos a la mierda, afirma
Mercado, levantando la voz. Me parece que sería sospechoso, dice Bartel, a
cualquiera le resultaría extraño que nos vayamos a las dos horas de haber
llegado.
El pibe tiene razón, interviene Bender, que ha sacado una petaca de whisky
del interior de su gamulán. Guardá eso, lo reta Mercado. ¿Por qué?, se
defiende Bender. Porque te ponés en pedo enseguida, vos, y sos capaz de
contarle a todos lo de la guita. Andá a cagar, dice Bender, y destapa la
botella. Echa un trago en su boca. Retiene el líquido, hace gárgaras, lo traga
de a poco. Dejá eso, grita Mercado, acercándose. No me toqués, grita Bender,
y es inevitable darse cuenta que está enojado: se le enrojecen los ojos, se le
hinchan las venas del cuello.
Yo me voy, dice la Gatita, parándose. Vos te quedás, amenaza Mercado. Yo
también me voy y quiero mi parte, interviene Bartel, con voz débil. Nadie se
mueve de acá, ordena Mercado y los tres lo miran. Hay un revólver en su mano.
Martilla. Apunta a Bender, a Bartel, a la Gatita. Nadie se mueve de acá,
repite.
dieciocho.
Bajá eso, pide Bender, luego de algunos segundos de tensión y Mercado
retrocede. No te hagás el pelotudo si vos en tu puta vida tocaste un arma, dice
Bender. De acá no se van, grita Mercado, pero ya no les apunta, guarda el
revólver atrás, en su espalda, tal como lo ha visto en muchísimas películas.
La Gatita llora, Bartel tiembla, Bender tirita de furia. Los cuatro
permanecen inmóviles y sin mirarse.
Tenemos que hablar, propone Mercado, bajando la voz. Y se acuerda en forma
automática —así es la memoria— de su mujer. Ella fue la que dijo tenemos
que hablar. Mercado no sabe por qué ha repetido la frase que comenzó a
quitarle lo poco que aún le quedaba, la frase que ella usó para abrirle paso
al torrente de palabras agraviantes que había estado almacenando, tal vez
durante años, para esa noche, para dejarlas caer con odio sobre él.
Hablar. Mercado piensa que las personas depositan una gran expectativa en el
diálogo. Tardan demasiado en darse cuenta que las palabras engañan, que nadie
se toma el trabajo de escuchar lo que el otro tiene para decir, que nadie piensa
o cree realmente en lo que está diciendo. En general el diálogo sólo cumple
la función de aplastar el silencio, suele decir Mercado cuando está borracho,
cosa que ocurre en muy raras ocasiones.
La noche en que su mujer le dijo tenemos que hablar, él destapó la botella
de whisky que le había regalado el presidente del club unos días antes de
echarlo y llenó su vaso. Bebió de golpe, sintiendo el mareo, y se dispuso a
escuchar las quejas y los insultos de ella. Pero no pudo seguir sus argumentos
porque lo distrajo una mosca que se posó en la pava. Quiso sacarla pero el peso
de su mano golpeó el mate, desparramando la yerba caliente sobre el mantel.
No hay nada qué hablar, dice la Gatita. Yo a ustedes no los conozco, vine
acá de vacaciones, la plata no me interesa. A mí sí, dice Bartel, y quiero mi
parte. Bender termina con la botellita y la tira contra la pared. Basta, grita.
No sean imbéciles, grita. Mercado se sienta en la cama, la cara cubierta con
las manos, y le vuelve la imagen de su mujer llorando. No tengo nada para decir,
había dicho él, no creo que la vida de las personas se arregle con palabras. Y
preparó la valija. Abrió la puerta, dejó su juego de llaves sobre la mesa, se
fue sin saludar. Pero ahora la extraña.
No podemos separarnos, sería sospechoso, dice Bender. Yo no sigo con
ustedes, es más, ya mismo voy a ir a la comisaria, dice la Gatita. Vos te
quedás, amenaza Bender. Quiero mi parte, dice Bartel.
Mercado se para, los mira, sonríe. Tenemos que sacarte esa botella, le dice
a Bartel, guiñándole un ojo. Usted, Gatita, es una mujer digna. Juan, nosotros
somos amigos de toda la vida.
Camina. Se detiene, las manos en la espalda. Sabe que se le acabaron los
argumentos, no encuentra la forma de continuar, de convencerlos.
Escuchen, dice, haciendo el último esfuerzo. Esta es mi propuesta. Ya falta
poco para la noche. Dormimos acá, dividimos la guita y mañana salimos, nos
vamos. Cada uno por su lado. ¿Está bien?
Yo me quedo, dice la Gatita. Y no me interesa la plata robada.
Yo también me quedo, dice Bartel, pero con mi parte.
Mercado vuelve a sentarse, vuelve a esconder la cara entre las manos. Me
quedo, dice Bender. Me gusta este lugar. Pienso morirme acá.
Mercado se levanta, saca el arma, apunta a su amigo, a la mujer. Dame la
guita, el bolso, le ordena a ella. Se lo cuelga en el hombro derecho. Abre su
valija, extrae los documentos. Los tres retroceden, en silencio. Quietos, grita.
Sale de la habitación. Se apura. Atraviesa el pasillo, baja los dos pisos por
la escalera, llega a la recepción, a la vereda, a la calle. Empieza a correr,
se cae, se levanta. Le duelen las piernas.