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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 87
21 de febrero
de 2000
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Héctor Torres

Abrumado por el hecho de tener que tomar decisiones hasta en el más mínimo acto de su vida, sin lograr, por más que las cavilara, que fueran las más acertadas, se encontraba el señor Garminoff en un punto donde ya no deseaba más que vivir —desde esa extraña e inerte perspectiva de afuera del papel— las vidas de otros; propensión que venía desarrollando desde hace algún tiempo, pero que se agudizó notoriamente en los últimos años. Esta situación, lejos de preocuparle, le confería —pensaba él— un aire de aristocracia, ya que la consideraba una reacción de las almas sensibles ante la vulgaridad cotidiana.

Al concluir cualquier novela, noveleta, cuento o biografía apócrifa, termino inevitablemente lamentándome que la vida cotidiana nunca depara esa magia, tan previsible y sin embargo tan inesperada, que suele hallarse con tanta frecuencia en aquellas historias. La vida ordinaria resulta tan aburrida que anida en el vulgo la certeza de que sólo aquellos que ejercen oficios moralmente reprochables pueden aspirar a una vida interesante. Al resto de los mortales, aquellos que trabajan en labores comunes, sólo les resta aguardar una modesta aventura en el camino del trabajo a la casa, y siempre, o casi siempre, llegan a salvo y decepcionados.

Decidió entonces que, antes de sufrir el síndrome de Alonso Quijano y convertirse en un disparatado collage de pedacitos de esos fascinantes seres que habitaban mundos maravillosos, contrataría los servicios de un novelista que reseñara su historia. No se refería por cierto a un biógrafo que se dedicara a adornar y falsear su existencia, sino a algo realmente digno de la más genuina literatura fantástica: que fabricara el guión de su vida.

Debo buscar para eso a un hombre de mucho talento, aunque por supuesto, suficientemente desconocido; no puedo permitir que el prestigio y la fama del autor me exceda, máxime si, como va a ser el caso, le pagaré para que me proporcione una vida apasionante y original. Será mi asalariado y yo su personaje y patrono, lo que me garantizará un trato de primera y una vida magnífica, heroica, excéntrica, seductora...

 
 

Volvió de sus alucinantes ensoñaciones y puso manos a la obra. Dejó sus innumerables negocios en manos de sus también innumerables abogados. "La vida se me va en mantener a esos petimetres inútiles", y se adentró en un rastreo que supuso sería, como en efecto, arduo. Luego de fatigar su búsqueda ayudado por los más afamados consultores en reclutamiento, descubrió que los medios convencionales nunca le suministrarían al hombre que estaba buscando.

Leyendo la prensa para descansar de mi frustrante investigación, me vino la idea. Mi olfato de financista me hizo razonar que el centro de negocios más dispares que existe en el mundo es, precisamente, el único que la gente lee por simple curiosidad: coloqué avisos clasificados en la prensa local y regional de todo el país. Llamé a las redacciones de los diarios dictando el mensaje, con la enfática indicación de que lo colocaran en la sección Fantástica, que a pesar de lo que pueda creerse, existe ¡pero nadie la usa..!

 
 

Al parecer, la estrategia ha arrojado buenos resultados. En menos de un mes he recibido alrededor de doscientos sobres. Todas las noches leo con apasionante curiosidad hasta quedarme dormido. Algunas, que releeré luego, me han impresionado bastante.

Luego de lidiar con un sinfín de dragones, monstruos, caricaturas, elementos góticos trasnochados, encontró algo fino y delicadamente elaborado, algo que hablaba del exquisito gusto y la pericia del autor. Sus personajes eran, en su mayoría, fabulosos. Lo que más le gustó fue encontrar en ellos ciertas particularidades que facilitarían la empresa, como por ejemplo ese aire amoral y despersonalizado que cuadraba con su carácter. Sintió que, lejos de traumática, la operación de asumir un personaje trazado por ese pulso firme sería, sin duda, todo un éxito. Se llamaba Emilio Antúnez Morales y tenía, además de tres títulos publicados, cierto prestigio en su región. Era básicamente cuentista, pero tenía una novela inédita y comenzaba a experimentar en la dramaturgia y el guión de telenovelas. Después de releerlo estudiosamente, lo juzgó perfecto para el cargo. De inmediato lo llamó (eran las dos de la mañana) y fijaron una cita.

 
 

—¿Para escribir qué?

—Ya le dije, para escribir mi vida.

—¿Quiere decir su biografía?

—No, eso sería fácil. Yo mismo me animaría. Me refiero a mi vida por venir. A esculpir mis pasos para alcanzar una vida maravillosa, o literaria, que es decir lo mismo.

—¡Esto es una locura!, exclamó Antúnez tajante, dispuesto a retirarse...

—¿Cuánto se puede ganar escribiendo? Ponga usted la cifra que yo pongo la firma.

 
 

Al día siguiente comenzaron las reuniones de trabajo entre escritor y personaje. El primero hizo una larga lista de disposiciones y sugerencias que facilitarían la transición, mientras que el otro dejó en claro ciertas cualidades que consideraba imprescindibles. Discutidos los puntos, acordaron la fecha en la que llegaría el libreto con el primer capítulo, que sería de entregas semanales. A pesar de su ansiedad, la fecha pareció razonable al señor Garminoff. Veinte días después (tiempo suficiente para establecer sus disposiciones de negocios), tal y como estaba acordado, un sobre lo esperaba en el buzón de correo de su casa. Al leer en el dorso el nombre del remitente, el corazón le dio un salto. Entró a su casa con la certeza de que, como si lo esperase la escuela por primera vez (o la cárcel), comenzaba ese día una nueva y extraña vida.

 
 

Antúnez era un genio. ¡Qué fuerza! ¡Qué intensidad! ¡Qué elegancia! Garminoff asumió el personaje, luego de un corto período de adaptación, con pasmosa facilidad, y no le cabía duda que se debía a su diestro, vasto, hondo conocimiento del alma humana. Preparándose para comenzar su nueva vida, sonrió satisfecho al comprobar que no había equivocado su elección. Marcial Ontiveros (que así se llamaría en adelante) era adorable. Su piel ardía con las féminas, las féminas ardían con su mirada. Era impredecible y carismático. Le daba a todo un particular toque de locura, enfrentaba con gracia todas las adversidades, y cuando salía derrotado, retirábase con tal elegancia que convertía toda derrota en una secreta victoria.

Satisfizo enormemente a Garminoff la calidad e intensidad de su personaje, por lo que creyó conveniente enviar una carta de estímulo a Antúnez, indicándole su conformidad con el trabajo. La semana siguiente recibió, junto a su libreto, una carta breve y sobria donde aquél agradecía los elogios, recordándole sin embargo que ese tipo de iniciativas no contribuirían a la conformación de un personaje literario, por lo que recomendaba, para óptimos resultados, abstenerse de acciones no previstas en el libreto. El señor Garminoff, comprendiendo que debía, por su bien, obedecer las instrucciones de aquél, prometió acatarlas, mientras temblaba de gozo al ver cómo poco a poco se convertía en un auténtico personaje de literatura, y una de las últimas decisiones que tomó en su vida fue dejar instrucciones precisas a sus abogados para multiplicar los honorarios de Antúnez.

Transcurrieron tres meses donde no hubo cosa que no pudiera hacer Marcial Ontiveros con su disposición, su talento, su arrojo, su desprendimiento de toda condición humana, y además, ¡la fortuna de Garminoff!

Se deleitaba hasta el delirio con su capacidad para lograr que los demás accedieran a sus antojos, con los seductores argumentos con los cuales acompañaba magistrales deslizamientos de ropa íntima femenina, con la implacable mordacidad con que silenciaba a los contrincantes, con las melancólicas retiradas ante el fracaso. ¡Simplemente glorioso!

Se sentía tan eufórico que, en contra de la advertencia, volvió a escribir a Antúnez pidiéndole que le enviara los capítulos, no semanal como venía haciéndolo, sino diariamente. Quería enfrentar las extravagancias de su intenso ímpetu con mayor detalle, quería vivir cada una de las minuciosas acotaciones que su genio pudiera depararle, quería, en una palabra, no tener que decidir el más mínimo de sus actos, para no empañar con razonamientos humanos ninguna de las delicadas escenas que construían su esplendorosa biografía. Antúnez contestó de inmediato reprendiéndolo ferozmente por ese manejo del personaje no previsto por él, advirtiéndole que no iba a tolerar una tercera ocasión, e indicándole luego, bajando el tono, que "...debe entender que esas actitudes entorpecen el trabajo creador. En cuanto a su petición, salvados los indudables obstáculos que la misma ocasionará en mi ritmo de trabajo, considero posible este cambio a partir de la semana entrante. Vale la pena acotar que en virtud de dedicarme a su biografía de manera exclusiva, observará necesario convenir un comprensible y justo incremento en los honorarios que recibo por mi esforzada labor. Se despide, sin más,

Emilio Antúnez M.".

 
 

El alma humana es definitivamente insondable, y así como Ontiveros era un personaje dibujado por los refinamientos de un amasado ideal de cinco siglos de cultura occidental, Antúnez era, a pesar de sus ensoñaciones y desvaríos, inevitablemente humano. Quizá por eso fue que, luego de nueve meses de escribir todas las noches una historia que había llegado a trazar en sus más nimios detalles, después de crear el personaje más perfecto y humano que haya podido imaginar, de poder experimentar en el cuerpo de alguien los límites a los que puede estar expuesto un personaje, que valga la acotación, le había dado para vivir como no hubiera soñado jamás vivir de la literatura, comenzó a manifestar la necesidad de salir de esa rutina que lo estaba asfixiando. Ontiveros le aprisionaba cada una de sus neuronas y lo consumiría, tarde o temprano, junto al excéntrico viejo, que parecía haber olvidado quién era.

Recordando que sólo el contratante tenía la potestad para anular el contrato, y tomando en cuenta que aquél no parecía dispuesto a darlo por terminado, comenzó a inventarle escenas terriblemente arriesgadas, grotescas, con la viva esperanza de hacerlo desistir. Luego de experimentar durante una semana con ideas harto extravagantes, comprobó que Ontiveros era tan perfecto, y estaba tan "pulido", que había ocupado todos los recovecos del alma de Garminoff, no quedando de éste el rastro más elemental de voluntad ni de razón que le impidiera acatar las terribles empresas que su resentida mente le deparaba.

Fue entonces cuando se le ocurrió. Estaba planeando el capítulo del día siguiente cuando escribió algunas líneas mandándolo un par de días a unas montañas rocosas, alejadas de todo tipo de contacto humano. Claro, la derrota sufrida por Ontiveros durante la última semana al tratar de suplantar al presidente de la Organización, era un pretexto perfecto para alejarse un par de días de la presencia de los hombres.

Al regresar de su viaje, donde no encontró nada que destacar, Ontiveros llegó a su casa directo al buzón del correo, sospechando que el viaje fuese una estratagema de su agobiado creador, encontrando en el mismo un sobre ¡con la fecha del día siguiente!

A pesar de la promesa hecha a Antúnez, Garminoff decidió, no escribirle, sino ir personalmente a ver de qué se trataba esa locura. "Dejarme a mí la decisión de todo lo que se puede hacer en un largo día", pensaba ingenuamente mientras se dirigía hacia la calle con poseso desespero. "Tendrá que explicarme de qué se trata todo esto".

 
 

Que Garminoff, movido por la costumbre de ser la marioneta de un intelecto, haya cruzado la calle sin tomar las más elementales precauciones al respecto, que haya visto el carro pero se sentía inmortal o presumía que su autor no lo iba a desamparar, es imposible determinar, lo cierto es que si un viejo cruza una calle sin ver los carros, y en ese mismo instante esa misma calle es atravesada por un vehículo a más de ochenta kilómetros por hora, es una circunstancia que ni el narrador más experimentado puede resolver sanamente sin lesionar la credibilidad de su historia.

 
 

Los policías que levantaron el cadáver encontraron en el bolsillo de su chaqueta una carta sellada con fecha del día siguiente. Una vez iniciado el expediente de rigor, procedieron a abrirla, y por más que trataron de hallar algún vínculo con el hecho, no les pareció relevante su contenido: el libreto de un capítulo (de telenovela o algo por el estilo), donde se recreaba la escena de un funeral junto a unas acotaciones finales.

 
 

Sentado frente a su escritorio, Antúnez esperaba de un momento a otro, no al viejo, sino a la policía. No hizo el más mínimo intento de quemar las evidencias. Lejos de eso, necesitaba testigos de la doble victoria que estaba celebrando: había acabado con esa alucinante esclavitud que parecía sobrevivirlo, y había logrado el más íntimo anhelo de todo narrador, aquello que la mayoría considera una quimera: crear el personaje perfecto, creíble, palpable. Releía con morboso interés la escena donde un vehículo atropellaba a un desesperado Ontiveros, mientras imaginaba con deleite lo realista que debió haber quedado. "Sobre todo con el perfeccionamiento que he alcanzado a estas alturas".


       

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