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Editor

Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 87
21 de febrero
de 2000
Cagua, Venezuela

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Letras de la Tierra de Letras

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Trenes

Raúl Hernández Garrido

Hace tiempo, el edificio abandonado, aquél al que conduce la vía muerta, funcionaba como apeadero. Al cerrar los ojos, lo volvía a ver todo como cuando era niña: el humo emborronando con trazos grises los sembrados y el pitido largo y agudo de la locomotora quebrando la hora de la siesta. Ella entonces era una muñeca a la que vestían con mandilones de flores amarillas que olían a pan cocido y leña y que, cuando iban a ver los trenes, el hollín marcaba con caprichosos tiznes. Porque los domingos (catecismo, misa y comida en familia), cuando llegaba la tarde, era verano, salían a pasear al campo. Se juntaban los primos, todos de la misma edad. Aunque Sandra, la mayor, con ocho años y la primera comunión hecha, se creía con los mismos derechos que un adulto. Luego venían Rosita y Larita (Larita era su hermana), tan boba una como la otra; y los chicos, a los que no había más remedio que soportar: Raúl y Jaime. Y por fin ella, que sobrevivía como podía a ser la más pequeña. Tenía cinco años recién cumplidos. ¡Toda una mano extendida llena de años! Sin embargo, aún se quedaba en casa mientras los demás iban al colegio.

Con ella eran seis: Sandra, Rosita, Larita, Raúl, Jaime y ella, y los domingos por la tarde todos juntos salían de casa sin padres ni madres. Sin preocuparse por las cosas que a los mayores tanto les molestan: no revolcarse por la hierba, no ensuciar la ropa, ojo con los charcos, ni empujarse ni arañarse unos a otros, los dedos fuera de la nariz. Tía Lauri iba con ellos, cuidaba de ellos, pero tía Lauri era diferente a los otros mayores. Por ejemplo le gustaba juntarse con los niños más que con la gente de su edad. Por ejemplo les llamaba por sus nombres y no les reñía o les corregía constantemente. Por ejemplo jugaba con ellos y llegaba a hacer cosas como las que sólo ellos hacían. Y por ejemplo, y finalmente hasta a ellos llegaba a resultarles extraño aceptar que alguien, siendo tía, no tuviera ni esposo ni marido. Incluso, entre ellos no se ponían de acuerdo sobre si había un novio o no. Naturalmente, siempre alguna listilla presumía de saber más que los demás. Que había oído cosas, que juraba haber visto cosas. El qué, nunca llegaba a precisarse con exactitud. Repasaban en voz baja los nombres de aquellos del pueblo que aún no se habían casado; incluso los de algunos que sí estaban casados y hasta tenían hijos. Al fin y al cabo, quién sabe, con lo raros que son los mayores. Pese a todos los pretendientes que le atribuían, tía Lauri no dejaba de acompañarles los domingos por la tarde en vez de ir al baile. Rosita y Larita la miraban como se mira a alguien al que la cabeza no le funciona bien del todo —¡no querer ir al baile!—, mientras que Sandra las miraba a ellas con pena y compasión, con el gesto distante del que ya sabe tanto, del que ya tanto ha vivido. Se había prometido a sí misma nunca caer en la debilidad de tener un novio, y mucho menos un marido, así que calladamente aplaudía la decisión de su tía.

Lauri, que a ellos les parecía tan vieja como lo eran sus padres y sus otros tíos, apenas era una muchacha. Acababa de llegar al pueblo; venía todos los años con el verano y se iba antes de que llegara el otoño, así que a los más pequeños les costó reconocerla cuando fueron a recogerla a la estación. Algunas veces oyeron hablar de la tía Lauri, que sólo aparecía por el pueblo en vacaciones, que estudiaba en la ciudad, pero para ellos era una perfecta desconocida (¿No le das un beso a la tía, cariño?). Los niños, al principio, la rehuían. No así las niñas, que iban tras ella esperando que les contara (como si se tratara de un aventurero que, tras errar por países lejanos, retorna a casa rebosando experiencias exóticas), esperando que les explicara, con todo detalle, qué era una ciudad y les enumerara sus misteriosos atractivos. No todas las niñas. A la pequeña una inesperada timidez le embargaba cada vez que tía Lauri le dirigía la palabra.

Aquel verano ocurrió que ella por primera vez entró en la estación, cuando fue con toda la familia a por tía Lauri. O por lo menos así veía ese primer momento a través de sus recuerdos. Antes, se quedaba mirando cómo el tren era devorado por aquel vientre de piedra, y le asaltaba la tentación de ir a ver a dónde iba el tren y saber qué pasaba cuando entraba en el círculo de la estación y por qué, unas veces sí, otras veces no, en vez de emerger inmediatamente y continuar su viaje, algo le retenía allí. Ahora, ante la gran puerta de ladrillo rojo, temblaba de excitación al saber que por fin podría desentrañar tantos misterios. Y al cruzarla y atravesar el pequeño vestíbulo, oscuro y maloliente, y trasponer la puerta que finalmente daba a las vías, el tren, que para ella siempre había sido una columna de humo y un silbido, se reveló tal y como realmente era. Primero fue el estruendo del metal haciendo temblar los muros y luego, tras los cristales rotos de la última puerta, la visión de grandes moles de hierro negro, desproporcionadas cajas superpuestas chirriando, inmensas piezas de acero golpeando entre sí. Por entre el metal, ventanas tras las cuales asomaban, cabezas y brazos, los viajeros. Enfundados bajo mil atuendos insospechados: ropas ligeras de verano, chaquetas de lana, chaquetones de cuero, blusas estampadas, camisetas sin mangas; largos abrigos de paño azul, marrón, pardo, que llegaban a los pies, cortos y ceñidos a la cintura, tan holgados que parecían hechos para ser usados por toda una familia; cerrados con mil botones, sin botones, con un solo botón, ajustados con cinturones, cosidos por herméticas cremalleras; con bufandas que les cubrían hasta los ojos y con las camisas desabotonadas hasta el pecho por el calor; los viajeros, que se entreveían a través del vaho que empañaba los cristales de los vagones; los viajeros que, desde ciudades lejanas y frías, llenas de gente que hablaba demasiado deprisa y caminaban dándose la espalda unos a otros, se dirigían, tras afrontar viajes que podían durar semanas, a pequeños pueblos de casas sin tejado, llenos de sol y arena, poblados por inmensas mujeres de piel morena y hombres con grandes bigotes que les hacían escupir constantemente. De debajo del tren surgían nubes de vapor y chispas. Unas manos grandes y fuertes la apartaron del borde del andén.

—Ten cuidado y mira por donde vas.

El hombre se dio la vuelta y volvió a entrar en el vagón. Ella, haciéndose paso a codazos entre los viajeros, corrió a donde estaba su familia.

Su padre sostenía un par de maletas y su tío besaba a una chica alta y delgada, con el pelo recogido tras la nuca. La mujer les sonreía, ellos le sonreían. La pequeña quiso retroceder, huir y que nadie se diera cuenta de su ausencia. Pero al iniciar la escapada atrajo la atención de la recién llegada que, dedicándole de sus sonrisas la más amplia, se agachó frente a ella.

—Y tú, con lo que yo te quiero. ¿Tampoco tú te acuerdas de mí?

La mujer la levantó y la cubrió de besos. La niña estornudó. La viajera hundió su cara, larga y blanca como la luna, entre las ropas de la niña. El pelo de la mujer olía a manzanas. Con sus manos pequeñas, ella intentó en vano despegar la cabeza de la extraña de su cuerpo. Los ojos de tía Lauri la estaban mirando. Su boca volvió a brillar con una sonrisa llena de dientes de nieve. Dos besos espléndidos fueron inevitables.

 
 

Como era tarde de domingo, como todas las tardes de domingo, paseaban por los caminos que llevaban a la estación. Tras las chicas e inmediatamente detrás de Jaime y Raúl, tía Lauri y ella iban, siempre cogidas de la mano, cerrando la marcha. Tía Lauri hablaba mucho, le hablaba a ella. La niña escuchaba poniendo cara de atención, movía la cabeza para asentir o negar, intentando anticiparse a lo que su tía querría que ella hiciera. Tía Lauri, apenas una muchacha, empezó a contarle ciertas cosas que una niña no debería oír, o porque una niña no puede comprenderlas, o quizá por si acaso sí las llegara a comprender. Sus palabras eran cada vez más sentidas, su voz descendía al susurro, el quejido se intercalaba en sus silencios. De todas esas confidencias, es difícil pensar cuáles llegaron a ser comprendidas por la niña, cuáles llegaron siquiera a sus oídos antes de que el viento las robara. Pero sí ocurrió que, en el curso del verano, fue aprendiendo a mirar y descubrir, seguramente sin quererlo, cosas que un observador descuidado no hubiera advertido.

Casi inaudible, un silbido, y al fondo del paisaje un reflejo metálico.

—El tren, el tren. Viene el tren.

Los niños corrieron hacia la vía mientras el tren se demoraba antes de llegar al pueblo. Ella no podía correr tan deprisa como los otros niños y se quedaba atrás.

—Te vas a perder el tren. No lo vas a ver pasar. Te lo vas a perder otra vez.

Alzó los brazos hacia tía Lauri, pero ésta no pareció querer darse cuenta de lo que la pequeña le pedía. Protegiéndose del sol con la mano, la joven tía miraba cómo el punto luminoso se desplegaba hasta transformarse en un río resplandeciente. Sus ojos se encendieron con un brillo dorado. La niña tiró de la falda de la muchacha, pero ella no le hizo caso. Súbitamente se adelantó, haciendo que la niña perdiera el equilibrio. Pero ya no se atrevió a llamarla, y se quedó tendida en el suelo mientras todos, olvidándose de ella, se situaban al lado de las vías.

El pitido se fue haciendo más agudo a medida que el tren se acercaba.

 
 

El tren ahora era una llamada, algo que se anuncia en la distancia, una cita a la que no se debía faltar. No era domingo, era un día cualquiera entre semana, y solamente ella, de entre todos los primos, era la que acompañaba a tía Lauri en el paseo. Iban andando, cogidas de la mano, aunque a la vuelta muchas veces tía Lauri la tomaba en brazos y echaba a correr con ella a cuestas hasta llegar a casa, entre sofocos y risas. Esos días sí entraban en la estación, pero esto nadie más debía saberlo. No llegaban a los andenes, ni siquiera entraban por la puerta principal, sino que se colaban por una pequeña puerta de servicio que se disimulaba en un lateral de la fachada. Y no siempre; si veían gente en las inmediaciones de la estación, daban la vuelta. Aunque estuvieran a punto de cruzar su umbral, si alguien, conocido o no, del pueblo o forastero, asomaba tras la puerta de la estación o se veía su silueta a través de sus cristales, evitaban la estación dando un rodeo. Detrás suyo, el tren se aproximaba reclamándolas con estridencia.

Abrió los ojos y los volvió a cerrar con fuerza. Su historia era demasiado vieja. Tanto tiempo había pasado que todo lo que se relacionaba con el pueblo para ella no era sino recuerdos, recuerdos. En su memoria éstos se acoplaban dando la sensación de que habían transcurrido en un único verano, incluso en un tiempo menor, en menos de una semana, de tres días, o en un día en que la acción, como en una vieja película de colores gastados, se resolviera de forma precipitada. (Como mucho, dos días). Pero, organizando todo con lógica, sería difícil pensar que tantos sucesos, y con tanta disparidad en sus circunstancias, pertenecieran a un único verano. Se veía paseando al lado de Lauri tanto en días calurosos y soleados como en otros en que juntas buscaban refugio de la lluvia. Haciendo equilibrios, caminaban sobre los raíles en la noche cuajada por las estrellas y la escarcha. En otras ocasiones ella iba con un paraguas pequeño y, los pies protegidos por botas de plástico, jugaba, sin que su tía se lo reprochara, a saltar los charcos. Hubo paseos en que el frío era tan tremendo que se abrazaban una a otra, bien fuerte, para no morir congeladas, otros en que era difícil dar dos pasos sin caer abrasadas por el fuego de un viento agostador. Atravesaban grandes extensiones recubiertas de nieve y al tren le costaba deslizarse por los raíles recubiertos de hielo.

 
 

Por entonces (entonces, tal como lo recordaba, ese verano, el mismo de la llegada de tía Lauri, si la memoria no se burlaba de ella) una pequeña desgracia enturbió la monótona tranquilidad de la familia. Los dos niños, confiados por la libertad de que disfrutaban en el pueblo, solían desaparecer, ampliando el ámbito de sus juegos lejos de la casa. Un día, a la hora de la comida, con la mesa ya preparada, todos se dieron cuenta de que Raúl y Jaime faltaban. La última vez que alguien los vio fue antes del mediodía, y nadie sabía dónde podían estar.

En seguida salieron a buscarles, pero no tuvieron que ir muy lejos, porque se encontraron a Jaime en la calle, llorando. Entre llantos y silencios, a medias con zalamerías y a medias con amenazas, lograron arrancarle dónde estaba Raúl. Poco después le rescataron, herido y apenas consciente, del lecho seco del río. Una ambulancia tuvo que llevárselo a la capital. Apenas hubo abandonado el pueblo tras estremecerlo con el ulular de sus sirenas, cuando Jaime se escapó de entre las manos de los mayores, sin que pudieran alcanzarlo.

Mientras parte de la familia buscaba al huido, tía Lauri y los niños se quedaron en casa. Tía Lauri estaba pendiente del teléfono, por si llamaban con noticias de Raúl, y de la ventana, por si aparecían con Jaime. Las niñas, pasados los primeros nervios y tras llorar todo lo que se podía llorar, se aburrían, así que Sandra propuso jugar al escondite: tenían la casa entera para ellas. Sandra les dio la espalda y apoyándose contra una puerta empezó la cuenta atrás. Rosita y Larita se cogieron de la mano y con una risita compartida se desvanecieron más allá del final del pasillo, dejando a la pequeña abandonada a su suerte.

—...seis, siete, nueve, diez...

La niña miraba a Sandra y no sabía si debía echarse a llorar o salir corriendo tras de Rosita y Larita. El ojo de Sandra apareció por encima de su brazo, burlándose de su víctima, esperando al veinte fatídico para arrojarse sobre ella.

—...trece, quince, dieciocho, diecinueve, diecinueve y medio, casi veinte, veeeeeeint...

Corrió lo que le daban de sí sus cortas piernas, y más aun. Había sentido la mano de Sandra rozándole la espalda, y el aliento de su boca en su oreja. Corrió porque la vida le iba en ello. Se metió por entre los dormitorios, pensó en refugiarse debajo de las camas, en el interior de los armarios, detrás de las cortinas, pero los pasos y las risas de Sandra iban recorriendo habitación tras habitación, rastreando como un perro de caza. Evitó la salita de por las tardes, utilizando un corredor que atravesaba más cuartos llenos de maletas y con ropas esparcidas por el suelo. Se internó en la parte de la casa que nadie frecuentaba, lejos de la cocina y el comedor. Un viento frío la saludó lamiéndole la cara. Pero eso no hizo que se detuviera, porque tras de sí sentía, gigantescos, los ojos y la risa de Sandra. El miedo la paralizó y pensó que lo mejor sería dejarse caer al suelo en redondo, hecha una pelota. Unas manos invisibles la sostuvieron y la empujaron, tirando de ella hacia adelante. Al final, doblando un recodo, una escalera le brindó, hacia arriba, posibilidad de escape. Cerró los ojos y no se atrevió ni a respirar hasta asegurarse de que el peligro se alejaba definitivamente. Al volver a abrirlos no veía nada, sólo oscuridad. Dejó que la vista se acostumbrara a la penumbra del desván. No es que tuviera miedo allí, pero si se alejaba de las escaleras quizá no pudiera encontrar el camino de vuelta. Se agachó entre dos cajones, ante el hueco de la escalera, con la espalda apoyada contra la pared. Allí se quedó escuchando el silencio, observando el movimiento de las sombras en las tinieblas, apretando las rodillas entre las manos entrelazadas.

 
 

Debió de quedarse dormida porque, cuando hubo abierto los ojos, vio cómo a través del tragaluz se colaba, tiñendo todo de un halo mortecino, la luz de cobre del atardecer. En la penumbra, dos ojos brillaban.

—No les dirás que estoy aquí, ¿verdad?

Por la escalera subían los gritos de la casa, y por la ventana los de la calle, llamándoles primero a uno, luego al otro, luego a los dos a la vez. Una punzada de hambre le retorcía el estómago y el reseco le llenaba la boca de tierra. Pero lo peor de todo era cómo se movían a su alrededor aquellos ojos.

—Jaime, ¿eres tú?

Durante un tiempo atroz no hubo respuesta.

—¿Jaime? ¿Eres tú?

—Cállate. ¿Para qué has venido?

No debían estar allí, todos les estaban buscando. Los ojos de Jaime se perdían en la oscuridad del desván.

—Tengo miedo. Vamos abajo.

—Vete tú, si quieres.

—¿De qué te escondes?

—No te lo puedo decir.

—¿Por qué?

—Es un secreto.

Ella bajó la cabeza. El silencio hizo que esta vez, al otro lado del desván, fuera Jaime el que se removiera.

—Es un secreto. Júralo que es un secreto. ¿Sabes lo que es un secreto?

Tía Lauri le hizo jurar que no diría nada a nadie, que era su secreto. Las visitas a la estación eran algo que debía quedar entre las dos. La verdad es que hubiera preferido olvidar para siempre aquel cuartucho de la estación en el que, la puerta cerrada con llave, ella esperaba sola. Y se preguntaba si con recordar el cuarto, con recordar la estación, al jefe con la bandera roja dando entrada al monstruo de humo y metal, con volver a temblar por el recuerdo del vapor y el chillido con que la máquina se detenía en el andén; con volver a recordar a los viajeros apeándose con prisa, al hombre bajando al andén y sonriendo hacia la ventana; con volver a ver en esos recuerdos tan poco deseados la estación vacía, la rendija de cristal pintado de negro de la ventana, tras de la cual intentaba no pensar en el tiempo en que debía de pasar antes de que todos y el hombre volvieran a subir al tren, antes de que éste, con nuevo estruendo y más humo negro, continuara su camino hasta la próxima vez en que volviera a tocarle pasear con su tía; se preguntaba, al acordarse, qué iba a pasarle ahora, por mucho que ella no quisiera que esto ocurriera y buscara desesperadamente el olvido. El tren se perdía definitivamente de su vista y entonces tía Lauri la cogía entre sus brazos y volvían corriendo a casa. De todo esto, ¿qué era un secreto? Si se acordaba de ello, ¿estaba rompiendo el secreto? Incluso ahora, cuando ya poco quedaba de aquel tiempo, se sentía tan confusa como avergonzada cuando la memoria le hacía la mala jugada de repasar todo lo que ocurrió aquel verano. Cerró los ojos pero el recuerdo no se borró de su mente.

—Es un secreto ¿vale o no vale?

—No sé lo que es un secreto.

Y salió corriendo escaleras abajo, todo el pasillo, las habitaciones desocupadas, los corredores a oscuras, los salones llenos de recuerdos muertos hasta llegar a la cocina. Allí tía Lauri la detuvo cogiéndola del brazo hasta hacerle daño.

—¿Dónde estabas?

Ella señaló al techo. Tía Lauri levantó la cabeza y volvió a mirarla.

—¿En el tejado?

Ella negó con la cabeza y volvió a indicar hacia arriba.

—Estabas en el desván.

No respondió, simplemente se quedó mirando cómo la boca de su tía se arrugaba en un gesto de desprecio.

—¿Has visto a Jaime? ¿Estaba contigo?

Miró a su tía y le susurró:

—Es un secreto.

—¿Está él en el desván?

—Es un secreto.

Por eso días después, tras de que Raúl volviera triunfante del hospital, luciendo su escayola como si fuera la armadura de un mosquetero, mientras que a Jaime ya le habían levantado el castigo, ella hubiera preferido no acompañar a su tía cuando, de nuevo, fueron a la estación. Y cuando, frente a su gran puerta, mientras el tren acudía a la cita fijada con la acostumbrada puntualidad, tía Lauri se detuvo al ver el coche de los tíos cerrándoles el paso, supo que hubiera sido mejor no estar allí. Y cuando tía Lauri la miró, se dio cuenta de que preferiría no haber nacido. Por eso de un tirón se deshizo de su mano y, esquivando la sorpresa de sus tíos, escapó a donde nadie la pudiera alcanzar.

No le importaba que llegara la noche, lo único que debía hacer era seguir el curso de las vías y así llegaría a alcanzar el tren.


       

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