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21 de agosto de 2000
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Lectura insuficiente de un poema maestro de Roberto Themis Speroni

Alfredo Jorge Maxit

Es natural que Dios se comunique...

Roberto Themis Speroni es considerado por muchos como el más grande de los poetas de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires. Nació el 29 de septiembre de 1922 y murió también en septiembre, el 28, de 1967.

Fue con motivo de los 30 años de su muerte que realicé la siguiente lectura de un poema suyo, como homenaje.


1. El texto

    Es natural que dios se comunique...

    Es natural que Dios se comunique
    con mi melancolía; que comparta
    mi pan, mi techo aciago y que me ofrende,
    de vez en cuando, un búho, una botella,
    una hoja de menta, un libro viejo
    escrito sobre un vidrio de colores.

    Es natural que llegue sin anuncio,
    definido y abierto como un árbol,
    y que se instale cerca de la leña
    desatada en crujidos ardorosos
    sin dirigirme nunca la palabra,
    alto y ritual, hermoso como un sable.

    Suele irritarme su actitud, la espera
    brillante de sus ojos, la implacable
    actividad oculta de sus manos
    quemadas por dos vírgulas de hierro.
    Yo soy un hombre y Él lo sabe. Tengo
    arrebatos de hombre, no de insecto,
    ni dulzura animal para mis actos
    manejados por turbia inteligencia.

    Arrojo el vino. Tiro de la mesa
    los mendrugos, las moscas, los papeles;
    tenso mis antebrazos, crispo el nervio
    más hondo, y con rudeza lo fustigo,
    lo invito a que se mida con mi angustia
    crecida en los confines de su obra.
    No responde. Se ubica acomodando
    su codo en la madera, y sin testigos,
    pulseamos al igual que dos labriegos
    en honesta y tristísima disputa.


2. La lectura

Ana Emilia Lahitte ubicó al poema elegido —en su ya clásico Speroni. Poesía completa— dentro del amplio tema de la casa y los afectos. Y el poema que le antecede en Sólo canto de hierro comienza: Cuando vino mi hermano de muy lejos / a traerme noticias de su vida. Poema en que se lee: pero también adiviné un sombrío / cinturón de tristeza en su garganta. Y más adelante: En la penumbra, / al lado de un ciprés ardiendo a fuego, / lo vi mejor y le arranqué la espiga / que trajera en su voz. Poema que concluye en una estrofa de dos versos: Entonces sonrió. Llenó su vaso / y no habló de mi muerte para nada.

Poemas escritos a mitad casi de 1964. Tres años más y sería necesario —para tantos— hablar de la muerte de ese poeta de los versos decididos, creador de un mundo de imaginación exuberante y fascinadora, aviador del invierno, brujo helado, para citarlo con versos de una obra posterior, Le digo al aviador.

Mi lectura del poema necesitará de diferentes miradas para poder alcanzar algunas luces de lo que en el poema es condensada síntesis metafórica. No por repetida deja de resultar verdadera aquella afirmación de Hegel: El camino del espíritu es el rodeo.

Y la mirada inicial se centra en las expresiones verbales que encabezan las primeras tres estrofas.

    Es natural que Dios se comunique
    Es natural que llegue
    Suele irritarme

La condición anafórica de las dos primeras, es decir su repetición, intensifican y dan coherencia al hecho del contacto entre Dios y el estado de ánimo del poeta. Queda abierta una constancia de frecuencia, de periodicidad. Constancia que se restringe, solamente un poco, en el uso verbal del defectivo: Suele irritarme. Es decir, esto también es frecuente, aunque en menor grado.

En los tres casos, Dios, o su proceder, cumplen la función activa del sujeto y el hombre poeta queda como un término dependiente de la acción de aquél.

Esta observación pone en evidencia la división del poema en dos grandes partes. La segunda comienza, precisamente, cuando el yo toma la rienda de los hechos.

Yo soy un hombre y Él lo sabe. A partir de aquí será el hombre el actor principal, especialmente en la última estrofa: arrojo, tiro, tenso, crispo....

Miremos, entonces, la primera mitad del poema. ¿Qué se ve en ella?

La estrofa inicial enuncia la familiaridad de Dios cuando al hombre le adviene su personal melancolía. Compartir el pan, el techo, recibir del visitante presentes de vez en cuando es cosa corriente, habitual. Pareciera todo claro. Sin embargo existe en la ofrenda recibida algunas cosas que escapan de una interpretación puntual a primera vista: un búho, una botella, / una hoja de menta, un libro viejo / escrito sobre un vidrio de colores. Todo poeta tiene sus razones o sus sinrazones y sus claves secretas. Pero, por otra parte, es propio de la inteligencia morder en el sentido, tratar de hacerlo.

En realidad creo que el adjetivo aciago puede aportar un indicio para la interpretación. Aciago significa infausto, desgraciado, que presagia desgracia. Y techo, el vocablo al que modifica directamente, es una sinécdoque de casa, intimidad, y hasta, quizás, mente, pensamientos. Esto último otorgaría algún soporte racional compensatorio al estado melancólico.

¿Qué ocurre si asocio aciago con búho, ave de costumbres nocturnas y de mal agüero entre nosotros y cuyo sentido figurado y familiar se corresponde con el de una persona huraña? La irritabilidad será un rasgo de carácter de nuestro hombre melancólico. Etimológicamente, además, melancolía quiere decir bilis negra. Y ya dijimos que el búho es animal de hábitos nocturnos. Más aun, una larga tradición cultural le otorga a este habitante de la noche el simbolismo de la muerte.

Claro que búho pudiera indicar asombro, extrañeza, estado de vigilancia. Y el libro viejo, o su diafanidad de vitral o de miniatura pictórica, bien podría ser un emblema de poder frente a los malos espíritus o de optimismo por la expresión colorista del mundo y, en este sentido, corresponderse con el emblema de felicidad que aporta la hoja de menta o hierbabuena y con el de salvación, juventud, vida eterna, suministrado por una botella continente o por el vino, su contenido. Sin embargo, todo este recorrido por los indicios pareciera anclar en la identificación del libro con la lección evidente de la vida.

En síntesis: el autor ha juntado en un haz los elementos de un rito misterioso en el que participan conjuntamente la vida y la muerte. Rito de extrañeza, de temor y evasiva defensa. Espero que el adjetivo ritual del último verso de la estrofa siguiente permita una mínima concesión a estas incompletas conjeturas.

En dicha estrofa se especifica el comportamiento de Dios ante el estado de ánimo. Por un lado se continúa con la familiaridad del visitante. Es natural que llegue sin anuncio... que se instale cerca de la leña. La comunicación ocurre en el recinto cerrado de la casa, en el universo del alma. Y Dios se ubica en ella como en su propio dominio y lo hace con manifiesta arrogancia. Toma posesión, se planta cerca de la leña, el lugar que le estaba destinado. El fuego como hierofanía, como visualización simbólica de lo divino, siempre ha implicado la ambivalencia del temor y la atracción. Desde el lado humano: Cerca de la leña, allí donde la soledad del hombre se siente más acompañada y situada.

Pero, quien llegó sin anuncio permanece allí —dice el poeta— sin dirigirme nunca la palabra. Creo que el contraste entre la leña desatada en crujidos ardorosos y el silencio de Dios resulta notable. Como notable se evidencia la diferencia entre hechos habituales, periódicos, ofrendas que se otorgan de vez en cuando y el callar permanente de Dios, subrayado rotundamente por el adverbio nunca.

No ha sido difícil, pues, ir advirtiendo que la familiaridad es sólo aparente. O, en todo caso, se trata de una familiaridad entre dos seres muy distantes. Los versos no dejan de señalarlo con precisión.

    definido y abierto como un árbol
    alto y ritual, hermoso como un sable.

La verticalidad, la trascendencia de Dios, su magnífica desemejanza con lo humano queda manifiesta. Aunque no falte en las dos imágenes (árbol-sable) la dimensión horizontal. Y hasta podría percibirse, desde nuestro contexto occidental, alguna insinuación de la cruz cristiana.

En cuanto al mundo de relaciones binarias, que conectarían con las conjeturas de los cuatro dones de la primera estrofa, se podría anotar la contraposición entre vida-fecundidad (árbol) - muerte-herida (espada, sable).

Por cierto que —como se ha visto— en esta dimensión de lo divino no está ausente el atributo fascinante de la hermosura. Pero también es verdad que esta hermosura, por inusual y elevada, resplandece para ser reverentemente contemplada como un cuadro magnífico y desde la no proximidad. Dios aparece, entonces, como lo totalmente Otro.

La tercera estrofa denota una actitud hostil por parte de lo divino. Suele irritarme sigue, por un lado, la línea de lo habitual. Pero, por el otro, elípticamente subraya el desconcierto: lo no natural. Es que implacable resalta una calificación que asegura la imposibilidad de mitigación alguna. Al menos, así lo percibe el yo del autor. Y la continuidad semántica del fuego registra una espera brillante de sus ojos, el movimiento de unas manos quemadas por dos vírgulas de hierro. Y esto, la impotencia ante la amenaza, es lo que exalta su bilis y echa a andar su melancolía.

No es posible no trazar una línea relacional entre el adjetivo oculta y algunos de aquellos cuatro dones de la primera estrofa, como tampoco entre las varillas de hierro y el sable. De esta forma, el aspecto aciago, de mal augurio, negro, va agrandando y ahondando su trazo. Y esto suele irritarme —dice o grita el poeta. Es que es su mismísimo ser el que está en peligro.

Vayamos entonces a la otra mitad del poema, al territorio acosado del yo.

Primero, una nueva declaración, pero esta vez centrada en las reacciones del ser provocado.

    Yo soy un hombre y Él lo sabe. Tengo
    arrebatos de hombre, no de insecto,
    ni dulzura animal para mis actos
    manejados por turbia inteligencia.

Al Dios se manifiesta así, le sigue yo soy así y actúo así. Elípticamente también: es natural que obre así. En realidad, cada sujeto queda esclarecido, aunque más en las actitudes circunstanciales que en sus naturalezas. A la potencia de Dios, el carácter del hombre. Pero no hay que adelantarse. Por ahora, el hombre deja en claro que sus arrebatos no poseen la inconsistencia de los de un insecto ni sus actos la dulzura de los animales, porque la inteligencia, la conciencia de los mismos, los diferencia. Pero, en este caso se está hablando de los efectos de la ira, de la bilis removida, de la irracionalidad convocada de sus acciones. Su inteligencia ha sido afectada. Turbia determina, precisamente, la exclusión de la lógica debida. Es un adelanto, como para que Dios sepa a qué atenerse.

Y de este modo llegamos a la última estrofa, dividida en dos.

Primero. El sujeto hombre es un torbellino de acciones violentas. Se trata de la reacción propia del antagonista que se pone en escena, dispuesto a no dejarse ganar en protagonismo.

    Arrojo el vino. Tiro de la mesa
    los mendrugos, las moscas, los papeles;
    tenso mis antebrazos, crispo el nervio
    más hondo, y con rudeza lo fustigo,
    lo invito a que se mida con mi angustia
    crecida en los confines de su obra.

La mesa —¿escenario o altar?— queda limpia. ¿Ha estado cenando o escribiendo?

Speroni se revela como señor de la palabra precisa en estos versos en los que predomina la violencia ya programada en arrebatos.

Estirados sus antebrazos, contrahecho el tejido muscular, donde el nervio transmite los impulsos motores, la voz y el gesto no saben sino de invitación, provocación a la contienda: con rudeza lo fustigo, / lo invito a que se mida con mi angustia. Es cosa de probar las fuerzas. Con la irracionalidad, el poeta ha perdido las palabras corteses, pero no la riqueza y precisión. Con rudeza significa sin ninguna erudición, con la propiedad del bruto. Y fustigar lleva en su raíz verbal a fustis, el bastón, el palo. Dureza y acritud, como para no dar lugar a ninguna componenda. Lo invito a que se mida con mi angustia / crecida en los confines de su obra.

Medir, confín. Es una cuestión territorial. Es preciso que Dios baje y se acerque, ya que al animal humano le está vedado invadir por cuenta propia el círculo de lo divino.

Es la angustia personal la que se manifiesta en el exabrupto como el núcleo original del canto, la queja o la blasfemia. La hibris del hombre moderno. Es el síntoma emotivo con que el poeta-hombre grita su relación dolorosa con el mundo. Su antecedente poemático, melancolía, se sacude ahora la carga depresiva ante la imposibilidad de vivir, o de sustraerse al propio destino, y se vuelve agresión verbal primero, necesidad de descarga física, después. Que se mida con mi angustia.... O sea, con sus efectos.

Paradojalmente: en esta exaltación sin medida, los límites —según se ha dicho— están puestos. La angustia del hombre ha evolucionado. Está crecida visceralmente dentro del territorio de la vida que es obra de Dios. Lo que el poeta-hombre siente es que no hay proporciones para tanta aflicción. Por eso, entiende que es preciso que Dios abandone su actitud de callado espectador y acuda a dirimir con él. Dicho de otra manera: que venga a darle cuenta de lo que al hombre le acontece; que acuda a hacerse cargo de sus obligaciones de autor.

La mirada se vuelve intensa de desenlace. ¿Qué hará Dios? ¿Hablará, por fin?

    No responde. Se ubica acomodando
    su codo en la madera, y sin testigos,
    pulseamos al igual que dos labriegos
    en honesta y tristísima disputa.

Ésta es la metáfora que finaliza y renueva todo el poema. Es el tema ya anunciado del silencio de Dios ante el dolor, la muerte, las preguntas inquietantes, pero ahora vuelto imagen de otro sentido, de otra gracia. Es la realidad cotidiana, amasada verso a verso, transformada en desusada transparencia. Tanto que ha devenido en símbolo, en arquetipo existencial. Y su hechura es compartida por todos, porque no hay talle de nacido al que no le quepa con justeza.

La escena aumenta en coherencia. No cambia el libreto divino: No responde. La mirada, en cambio, ha llegado al máximo de focalización.

No obstante, sin dejar huella alguna, ha sucedido un desplazamiento de Dios. Una respuesta, al fin: Se ubica acomodando.... La cámara del ojo apunta a los dos codos que están sobre la tabla de la mesa. Va hacia las manos, las muñecas de dos seres fuertes, dos iguales. No hay nadie que presencie esta pulseada en la intimidad de la casa campesina, del alma, del universo.

Pulsear —dice el diccionario—: probar dos personas, asida mutuamente la mano derecha, quién de ellas tiene más fuerza en la muñeca.

Pulso: latido intermitente de las arterias que se observa especialmente en la muñeca. Parte de la muñeca donde se siente el latido de la arteria. Seguridad o firmeza en la mano para ejecutar una acción con acierto.

Es cuestión esencial lo que está en juego: honesta y tristísima disputa. Es un mano a mano verdadero con Dios, con la vida. La elección de dos labriegos contendientes adelanta con propiedad que habrá de ser cruda la nobleza. Nada de superhombres. ¿Acaso —en este igual a igual— quien gana no es la pena, la vieja conocida?

(Permítaseme acotar que el Dios del poema es siempre un extraño, un Él, un no persona. Es el Dios numinoso de la fenomenología, no el débil Dios del Evangelio, ese frágil Dios que estuvo —en otro magnífico poema— entre los repasadores y el aceite y cuyo fulgor será tardíamente percibido por el dueño de casa junto con tres clavos en los residuos de la leña.)

El hombre existencialmente siente que palidece el sol de su horizonte y disimula en la queja el temblor de la voz. Quien grita hace pública su confesión mortal hueso por hueso. En muchos grandes libros religiosos, como Job y los Profetas, aflora en sus versos más decididos la adánica conmoción del grito. Es humano gritar. Y, por consiguiente, es religioso. Es la confesión, aunque más no fuera por vía de lo absurdo.

Pero es evidente que en nuestro poema, el único contacto entre el hombre y Dios ha sido el de la débil marca de un nosotros agónico: pulseamos.

Sin embargo, es en esta eficaz representación donde plásticamente vigoriza la turbación más íntima. Magistralmente los dos sujetos se unen. No sólo Dios ha descendido de su sitial, sino que el hombre ha alcanzado momentánea paridad con lo divino, sin más salto que el de las zozobras del espíritu. Es que el hombre-poeta, el exacerbado por la angustia crecida, ha cerrado la voz y, con ello, se ha ubicado a la altura callada de Dios. Y es en este diálogo, desde el punto final de la palabra, donde el poeta se constituye en universal interlocutor de la carne en desamparo.

Por eso, en este trigésimo aniversario de la muerte de Roberto Themis Speroni y a pesar de esta lectura de antemano y a la postre insuficiente, ya que ninguna lectura jamás cierra ni restituye definitivamente el cuerpo de un texto, su poema Es natural que Dios se comunique... sigue motivando el regalo inapreciable de la emoción estética.

Digámoslo de otro modo, aunque siempre arbitrario y pobre: porque en aquella pulseada sin testigos prosigue comunicándose, a más de treinta años de su escritura y a los treinta años de la muerte de la mano que la tradujo, natural, hermosa, superlativa —tristísima— la humana disputa. Y es en ese venerable silencio que las palabras han construido, donde alberga en estado latente —a disposición de cada lector— la vibración de lo sagrado, ese halo luminoso que trasciende los bordes que fija la persona. Porque bastará, efectivamente, terminar el recorrido de los 30 renglones del poema maestro para que el resplandor de lo auténtico nos conmueva, al sentirlo como bello reflejo de esa extraña puja de luz que nos inquieta en los no lugares de la conciencia y de la inconsciencia.


       

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