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Letralia, Tierra de Letras Año V • Nº 94
21 de agosto de 2000
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La verdadera rebelión de Judas

Héctor Torres

Casi de inmediato formó parte del cónclave de aquel carpintero que, a pesar de su humildísima posición (diminuta, tomando en cuenta el sistema de castas que conoce su raza), se manejaba con displicentes aires de grandeza, de perturbada soberbia. Lo siguió en el acto, silenciosa y mansamente, pero no por haber visto en él las cosas que aseveraban; por el contrario, las palabras de éste, sus modos, le corroían el alma con la duda acerca de la infalibilidad de aquella remota escritura, considerada por su gente como evidencia física del grandioso ente que los gobernaba, más grande y más poderoso que el indestructible monstruo romano, con sus espadas, sus caballos y su perverso sadismo.

Se abría ante sus ojos una explosión de caminos que derrumbaba el amurallado templo de sus convicciones. Cualquiera de ellos conducía a ideas terribles. Si éste (el carpintero de Nazareth) era un blasfemo, no entendía cómo El Señor, poseedor de toda la fuerza de la naturaleza en la punta de uno solo de sus dedos, no lo había fulminado en el instante, como el que disipa las imágenes al cerrar los ojos. Pero si ciertamente era el que decía ser, entonces Dios, aburrido de su soledad, jugaba con las esperanzas y los terrores de los hombres. Y ciertamente esa idea no era grata.

Comenzó entonces a releer con paciente cautela aquellas historias antiguas, más antiguas que el hombre, buscando en ellas alguna clave. Luego de una escéptica, cauta, implacable lectura, concluyó (fustigado por los más cercanos al carpintero, borregos por naturaleza) que las Escrituras eran un conjunto de historias muy sabias, expresadas por poderosas metáforas, por imágenes que intentaban, con frecuente eficacia, reflexionar sobre los enigmáticos estados del contradictorio espíritu humano.

Comprendió a cabalidad —y fracasó en hacerle ver esto al rebaño del carpintero— que sus historias sólo encerraban parábolas. Les explicó, por ejemplo, que la historia del ángel caído era una parábola para representar ese momento en que, por necesidad de su espíritu inquieto, el hijo, ya maduro, se rebela contra el padre. El ángel caído —decía— se rebeló para, al igual que él, seguir creciendo, y demostrar que era tan perfecto como creación que podía asumir el riesgo de la libertad, el riesgo de tomar decisiones. Determinó que eso encerraba una oscura forma de ensalzar a su creador. Iluminado por la idea, decide desarrollar esa doctrina y convertirse secretamente en un seguidor de aquél —el incomprendido— para reivindicarlo ante el mundo.

Habían persistido juntos todo ese tiempo y él, a diferencia de los otros, había perdido (nunca la había tenido) la convicción, pero seguía al carpintero con disciplinado fervor. Y esto para él encerraba un mérito de mayor valía que hacerlo por simple adoración, como los demás. Quizás fuera por eso que no entendió las palabras del Nazareno cuando, durante una cena que dijo sería la última, vaticinó sobre su traición. Él nunca entregaría a ese hombre manso a la jauría romana, tan necesitada de sangre judía como su propio pueblo judío. Pero aquel habló con tal convicción, que prefirió callar.

Llegado el supuesto día fijado por el Padre para la muerte de Jesús ("nunca entregaría a ese hombre manso"), el corazón de Judas escuchó —mágicas, silentes— las instrucciones que le ordenaban el infame acto. Comprende que es el momento de poner a prueba la fe en su difícil doctrina, y decide negarse a cumplir esa orden. "Nunca entregaría a ese hombre manso a la...", oraba una y mil veces con los dientes aferrados.

Las montañas de las afueras de Jerusalem le dieron cobijo esa misma tarde.

El destino de la humanidad peligraba. El Padre vaciló por un instante en la conveniencia de enviar al corazón de otro de los apóstoles la imperiosa orden (para no cambiar el destino de los hechos), pero comprendió que era inútil, de cualquier manera la historia había sido alterada para siempre: el diabólico Judas había desobedecido.

Algunos años después, con la ausencia del martirio de Jesús, la doctrina del Nazareno se fue debilitando; algunos de sus apóstoles, defraudados por no haberse cumplido sus vaticinios sobre el día de su muerte y los acontecimientos que le sucederían, se dispersaron a sus antiguas labores. Volvieron a la pesca, a la artesanía, a sus mujeres, a sus ancianos y cansados padres, abandonando la "senda de gloria" y se sepultaron humildemente en el silencio. Con el tiempo recordarían la empresa con vergüenza.

Fue muchos años después, olvidado y apartado, carcomido por la duda y la miseria, acabándose en la sucia cama de una anónima casucha cuando, sin poder explicarse por qué los acontecimientos no sucedieron como su Padre había previsto, o con la espantosa duda ante su condición divina, que expresó aquella famosa frase, preparada para otra ocasión:

—Padre, ¿por qué me abandonaste?

La historia no deja de ser atroz e inevitable. En los libros sagrados de las minúsculas y dispersas congregaciones de los Nazarenos, está escrito que la rebelión de ese infame fue la causa de la desaparición de su secta. En la otra, en la numerosa y extendida secta de Judas, atribuyen su suicidio a un acto de sabiduría: nunca hubiera podido escapar de la culpa que de cualquier manera la humanidad le endilgaría. Estos últimos niegan enérgicamente la existencia de las monedas. Los Nazarenos afirman, con incontenible rencor, que se ahorcó para convertirse en el Gran Mártir, y negarle ese privilegio al que por orden y sucesión divina le correspondía. De eso hace casi dos mil años, y los más suspicaces sospechan que nada hubiese cambiado la larga historia de odio de los hombres.


       

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