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Jorge Gómez Jiménez |
Los que nos juegan I. Brahma, el Creador
"Sólo le tengo miedo a una cosa, Tan débil, tan pálida. Ha intentado perderte varias veces, no le importaron tus pataditas y temblores. Entiendes tantas cosas, escucho tus reclamos. Siete meses y ella seguía desesperada. Sientes que el agua desciende, rascas directamente la placenta, blanda y húmeda. Hay una fuerza que te ayuda, sabes que no es tuya. Sé que quieres que esto termine, sé que quieres respirar. Cuando piensas en vivir tu cuerpo se endurece y sigues pataleando. Tu madre se retuerce. Rompes membranas y una esperanza. Navegas en sangre. Tu padre se aleja de la ventana. Agitas los brazos y te sientas. Tendrá que ser por arriba, piensas, por el vientre. El doctor prepara unas pinzas pero de repente dice que no, que será cesárea, que el bebé ha girado de posición y hace un corte. Tus manitas se han estirado insolentes y tu cuerpecito avanza, él solo. La sangre salpica. Chapoteas y sorbes un poco. Terminas de machacar el cordón afuera, atorado entre las piernas. La enfermera tiene que cargarte con repulsión y miedo, dice que te estás riendo, que hueles muy raro. Tus ojitos esbozan odio. Arqueas el cuello en exquisito desahogo. No me ves. Echas un brahmido y respiras hondo.
Oooom. Sonrío. Hombres. A veces no siguen el camino que nosotros quisiéramos, pero esta vez no podrán negarse. Ooom. Observo a María. Repite que no está segura, se abrocha la blusa y se sienta en la cama. Carlos expide un fuerte olor a previa cópula, a varonil excitación de quién se cree en la tercera llamada. La joven enciende nerviosa un cigarrillo. Después de todo, ella viene de una familia muy católica. Qué risa me dan las mexicanas, ¿y eso qué importa? Carlos sale del cuarto con la sangre dura. Se pregunta entonces el porqué de ese viaje juntos a Michoacán, el porqué de las indirectas de deseo, el porqué de la chingada indecisión. Esa niña no se define. No sabe ni qué quiere, ni qué opina, ni qué piensa. Cree en todo y en nada, célibe de ideas. Sola se desargumenta. Horas hablando de libros y de autores, de la evolución del hombre, y del siglo sin dios. ¿Y todo para qué? Para que no sea capaz de cumplir con la única función que los libera de pendejadas moralistas y la reproducción pasiva: el placer. Se lo ha dicho mil veces, el amor no existe. Dios menos. TU dios, claro. Tirada en el suelo, como cosa olvidada tras una guerra, María fuma. El tiempo le escupe segundos largos hasta formar un charco. Se reconoce como una lodosa plasta de dudas. Un día siente que hacer el amor con un tipo diferente al mes debe ser la neta. Y otro día piensa que si se quiere casar con Carlos debería hacerse la seria y no abrir las piernas. Una vez le dijo a Carlos que buscaba el amor, esa conexión de una mente con otra. Nosotros también lo buscábamos, María, te entiendo. Estás sola. Tres dioses, aunque juntos sean el Grande, están aislados. Pero hemos desistido en esa búsqueda, Brahma cree en la supervivencia, yo en la diversión. Siva busca una pareja, pero aún no ha conocido el amor. Mejor búscate un condón, my love: Carlos de nuevo en la cama. Ahora resulta que la niña no había visto un plastiquito antes. Le ha ofrecido fumar algo de mota. Sabía que no se negaría. Es demasiado curiosa. Una niña hambrienta de experiencias, de locuras y lecturas. A veces la cree tan parecida a él. Pero María es débil, oscilante. Había regresado al cuarto más tranquilo, fumaron y la niña se relajó. María, sufres por ese enrejado de paradigmas que te rodea. Sal. ¿Por qué insisten los hombres en penar de más? Tu función es muy simple. Ooom. Lleno de colores rojos la piel de los amantes. Mmmm, abro suave los muslos de la joven. Quiero que ambos dejen de estar solos por un rato. Puede surgir además, un nuevo miembro en la tribu de los dioses. Separo las piernas de María mientras Carlos le dice que es muy bella, en extremo inteligente y bella. María se siente tan débil, tan deliciosamente estúpida. Piernas y brazos y cuellos y bocas se patzcuarean. Su pelvis poco a poco se carahuandea. No te enamores, María. Carlos le explica el porqué no la besa, que levante la cadera, que no actúe como si le amara, que es su mejor amiga, que qué bien la está sintiendo, que deje de buscar sus labios, que se vaya a dar un baño. Carlos es un niño burbuja, eso piensa ella. No puede llenarse de sentimientos, es su naturaleza égida. La frágil coraza se rompería, no puede llevar nada por dentro, no reglas, no caricias lentas, no consideraciones. Enamorarse pesa demasiado y ¡plop..! un orgasmo chorrea. Tiembla, María, tiembla, diluye todo aquello que antes nunca has visto de ti misma. Rompe tus noches monocromadas. Enrosca tus secretos y no despiertes. Serán meses de dudar y de ser feliz y de odiarte a ti misma. Ooom. Déjame dentrocarte y remover el germen. Si salieras de tu enrejado no te ardería el vientre al inflarse. Pero no sales de esa celosía de cuestiones nimias, intentas contradecirnos. Brahma ha prometido ayudarme. Sentirás unos piquetes en el vientre. No tengas fe. Ten miedo. Lo último que verás será el rostro de la enfermera a tu lado, lleno de gotas de sangre.
"El amor, que es hambre de vida, es anhelo de
muerte". Estoy harto de este reinado anacoreta, de este eterno presente como deidad trilliza. Respiro huracanes, despierto temblores. Mortecina función: pisotear vidas y paisajes. Pero sé que es necesario. Puede ser, incluso, disfrutable. Destruir es un arte, como la que Yunuén guarda en sus huecos y pinceles. Lo primero que vio de mí fueron mis ojos. Son tres llamas pequeñas e intermitentes. Aterrada quiso ir a apagarlas, pero avancé hasta atravesar sus pestañas y me quedé ahí, lastimando su retina. Esa fue la primera caricia. Después de un tiempo pudo ver otra vez nítidamente. Los colores y las imágenes cambiaron para ella. Las paredes se convirtieron en bajorrelieves. los arbustos se carbonizaron, las flores brillaron y pudo captar incluso las corrientes de aire y mi silueta. Noches de aire llegaron, de vértebras calientes, de soplidos en los labios y bajo el oído, en los labios y bajando por el muslo. La joven lucha contra la paleta, trata de repetir ese rojo oscuro con brillo naranja y chispas violetas, o no, chispas azules turquesa... o no, tampoco. Era un color natural, que no nace del acrílico por más que lo intenta. Por más que trata de adherir tres ojos rojos a sus cuadros, la imagen se derrite entre el óleo verde y los arcos retratados. Antes aparecían solos, sin haberlos pintado, como calcomanías de un niño travieso. Todo lo que pinta es esa hacienda. Ella la escogió. Prefiere estar ahí que en su casa, siempre encerrada y sin olor a lluvia, sin sus paisajes. Le ha gritado a su padre en el teléfono que no regresará. En casa todos le tienen miedo a la señorita, a la señorita sin madre. Nunca nadie la había abrazado, ni amigas reales ni imaginarias. De niña siempre se recogía el peinado en una trenza, decía que de otra forma se le enredaría un espíritu en la cabellera, y ni eso quería cerca. Le tenía miedo al cariño, a la compañía, a lo desconocido. Se había convertido en una joven fría, envidiosa, lo reconoce ahora. Era tan fácil para ella lastimar a las personas. Hablaba lento, como un gotero soltando una solución perfecta. Nunca reía, nunca lloraba. Añejaba sus sentimientos para un brindis desconocido. Pero él apareció. Es una bola de aire o es un ángel o es un fantasma. No lo sabe. Pero le ha despertado la voz. No ha vuelto a atacarla. La acompaña como un felino elegante e inquisidor. Sus pinturas han mejorado y platica con él de cosas tontas y de cosas tristes. Las respuestas, fuera de reproches o temores, son vueltas y vueltas de aire y tres ojos, son cascadas por sorpresa, son incendios hermosos y fugaces, son noches llenas de aire hieloso en sus mejillas. Este fantasma de mirada roja le había removido una herida extraña, amnésica. Se estaba volviendo loca. Lo extrañaba demasiado. Tanto como a un enamorado. Yunuén, si estoy contigo será para lastimarte, para acabar contigo, es la única forma de que me acompañes. En cierta forma yo también soy tu padre, y soy también huérfano y me siento olvidado. Por los hombres y por quien tenga la obligación de escucharme. En verdad que estoy solo. Brahma y Visnu son como mis brazos. Pero tú eres igual a mí, destruyes y gozas y sufres en un mismo segundo, odias la ignorancia, el universo material y los nombres y las castas. Te deseo, Yunuén. Has sido creada para que Siva te ambicione. No sé si lo aceptes. Eres perfecta para mí. Siva da vueltas y vueltas alrededor de ella. Sonríe Yunuén. Por fin reconoce el aroma de ese aire. Toma el acrílico. Se envuelve con él humectando su piel. El cabello se enreda, el aire abre sus labios y le sonroja las piernas. Vapor suave decolora cada seno. Siva raspa su dermis y quema un poco sus pezones. Ella puede temer y alejarse. O puede temer y quedarse. Yunuén gime y pone sus manos sobre las tres llamas de fuego. No va a dejar que se vaya. Se siente libre para morir o para nacer. Está aquí. Tal vez se incendie toda o vea por fin el rostro de su acompañante. Esta aquí, sintiendo escalofríos, mientras los dioses le acarician la espalda como dueños al cachorro. Le falta el aire: amniótica ansiedad de ahogarse. Por entre el calor, bajo los dedos de Yunuén, sale una luz blanca. Se encandilan iris y rencores, soledad y vísceras. Quiere romper esa membrana blanca que la ciega. Siente ese halo de luz como un enorme pincel que remoja las cerdas en su sangre, doliendo suave, como un cosquilleo en la paleta. Dolor, asfixia, dolor. De nuevo la fuerza desconocida se le inyecta. Algo desgaja sus miembros, como las manitas de Yunuén destajaron al nacer las pieles de su madre. Esta vez no chapoteará en sangre sino en viento: en lo que ahora es su cuerpo. Se respira hondo. Ligera, flota. Observa sus días y sus órganos allá abajo, amalgamados entre el destino de los hombres.
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