“Cada quien lleva un fantasma incómodo. A espaldas suyas hacemos nuestra alegría”.
Rafael Cadenas
Desconocías por ese entonces las circunstancias que habrías de vivir en tu camino. Aún no habías aprendido a callar y deberías corregir muchos tartamudeos y errores. En tu ingenuidad, te refugiabas en espejismos destinados a desvanecerse. No entendías que tus ilusiones deberían, necesariamente, relacionarse con su coherencia. Sólo el tiempo habría de ofrecerte respuestas a las que llegarías muy lentamente y junto a laureles y detritus entremezclados en compleja cercanía. La misteriosa ilación —o deshilvanación— de los días nunca dejaría de sorprenderte y terminarías por aprender que cuanto suponías predestinado para ti podría fácilmente deshacerse en medio de muy diversas decepciones.
Caminante, a la vez, seguro e inseguro, fuerte y débil, hábil y torpe... Constante aprendiz de tus personales circunstancias, avanzas por entre confusos principios e idealizados finales, dirigiéndote hacia espacios escritos en páginas que sólo tú podrás leer... Rehén, siempre rehén de tus razones y elecciones, habitas por entre la vastísima ilusión de lo posible. Precisas guiarte por una ilusión de armonía al interior de ese universo que a veces te apoya y a veces te desengaña. Una y mil veces, te repites: “No importa cuánto presagien las idas y venidas del tiempo, porque en él lo inesperado suele imponerse, para bien y para mal”.
El tiempo de tus quimeras se debilita al interior de una realidad que a menudo te contradice. La memoria te recuerda que nada garantiza la duración de la fortuna que, en algún momento, pudo rodearte. Has olvidado muchas de tus verdades de antes y nada garantiza que las verdades que profesas ahora serán tuyas después.
Giras alrededor de un centro, en el que intentas protegerte de la vulnerabilidad y el tedio.
A veces habitante de un tiempo que pareciera no pertenecerte, a veces morador de espacios que te contradicen, te desplazas afirmado en la intención de jugar ese juego tuyo hasta el final.
Resulta grotesca tu facilidad por contradecir aquello que te fortalece. A menudo te obligas a diferenciar tu ideal de autenticidad de banales afanes de diferenciación. Nunca dejará de ser paradójico que tu ilusión de lejanía conviva con mucha premura de encuentros y algún que otro burdo acuerdo.
Por años, equívocas percepciones te obligaron a girar alrededor de algunas depauperadas efigies.
Sólo la lucidez y la memoria te ayudarán a interpretar los altibajos del tiempo. Sólo la memoria y la voluntad lograrán rescatarte de la siempre debilitante intemperie. Sin embargo, no ignoras que exceder la importancia de tu memoria pudiera significar la presencia de muchas obsesiones; pero, igualmente, que debilitarla implicaría deshacer rumbos, perder asideros y, a la postre, desvanecerte.
Desde el comienzo de tu camino te propusiste aprender de la soledad: a conocerla, a no temerla, a crecer con ella y a sustentarte en ella.
¡Tantas veces te desesperaste ante la imposibilidad de regresar a un punto de partida desde el cual poder hacer las cosas diferentemente!
En ocasiones, error tras error, pudiste llegar a convertirte en sombra.
A lo largo de los años te tocó descubrir la sinrazón de muchas cosas: la de las verdades desmentidas una y otra vez a lo largo del camino, la de las ilusiones infértiles, la de las memorias refutadas por el tiempo, la de las promesas girando inútilmente sobre sí mismas...
Precisaste de mucho aprendizaje para entender que la vida no te debía nada en lo absoluto y precisaste de mucho aprendizaje para entender que debías ser más agradecido con tu vida.
Te propusiste predecirte ante lo impredecible, prevenirte de lo imprevisto, racionalizar incertidumbres y miedos... Fuiste, a menudo, guardián incapaz de custodiar tus puertas ante muy diversas amenazas. Y viviste con frecuencia las secuelas de adversidades provocadas por ti mismo.
La eventual fragilidad de tu piel señala tu hábito de contemplar el mundo a la distancia.
¿Tu mayor debilidad? desconocerte. ¿Tu mayor vulnerabilidad? El remordimiento. Reconoces que será siempre absurdo cualquier propósito por avanzar sobre el olvido de ese ayer que fuiste.
Eres, a menudo, máscara proteica, ceño fruncido junto al temor o al asombro. En ciertos paréntesis de tu vida identificas cuanto te define y te sostiene. Al margen, siempre al margen de tantas y tantas cosas, dibujas irreales cartografías, sumas propósitos, ordenas espejismos, acumulas sueños, eriges sombras... Acaso sea ésa tu manera de enfrentar el absurdo o la indiferencia de la realidad.
Has aprendido a reconocer tu personal intemperie en las oportunidades negadas por el tiempo, en las ilusiones perdidas, en las iniciativas quebradas a lo largo del camino, en la soledad carente de eco, en el aquí sin horizonte, en la memoria desdibujada en los laberintos de la ausencia... Para ti siempre existirá intemperie en mucho rostro desconocido, en mucho escenario imprevisto, en mucho acontecimiento indescifrable, en mucho paisaje desconcertante... Sueles relacionar la metáfora de la intemperie con la del laberinto. Ninguno de los dos es predecible. Ni existe porvenir dentro del laberinto ni existe porvenir en la intemperie. Los pasos que das dentro de la intemperie no te rescatan de ella. Los pasos que das dentro del laberinto te perderán en su interior...
Reconciliarte contigo: un propósito que es, acaso por sobre todo, una urgencia de armonía...
Precisas aprender a detenerte en tu camino. Descansar, recuperar fuerzas y aprender a mirar hacia atrás antes de retomar tu marcha.
¡Que sean firmes para ti ofrendas y razones, y efímeros dudas y miedos! ¡Que convivan en ti, lado a lado, convicciones e ilusiones! ¡Que alcances a convertirte en esa verdad que pretendes encarnar!
Solías hacerte una pregunta: “¿Qué sueño me conducirá hacia qué indefinibles firmamentos?”. Tratar de responderla pudo guiarte hacia tus mayores ilusiones o a tus peores desencantos.
- Voces dispersas
(II) - domingo 15 de marzo de 2026 - Voces dispersas
(I) - domingo 8 de febrero de 2026 - En el oscilante término del tiempo
(III) - martes 23 de diciembre de 2025


