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Madrid, años setenta, su primera novela, es un viaje en el tiempo
Rafael del Pino Molina levanta un mundo de sus cenizas

sábado 17 de agosto de 2024
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Rafael del Pino Molina
Rafael del Pino Molina: “Nosotros creíamos luchar por la revolución y trajimos la democracia, que entonces llamábamos burguesa. Hoy es lo que más valoramos. Los jóvenes de hoy la dan por descontada, como si fuera un hecho natural”.

Con una carrera dedicada a la enseñanza de la Lengua Castellana y Literatura, el escritor español Rafael del Pino Molina (Porcuna, Jaén, 1956) ha pasado gran parte de su vida entre las obras de los más grandes escritores de la literatura hispana. Su retiro le ha brindado la oportunidad de enfocarse en su pasión por la escritura, culminando en una obra que captura la esencia de una época crucial en la historia de España: Madrid, años setenta, el decimooctavo título publicado por la alianza editorial entre Letralia y FBLibros.

Nacido en un pequeño pueblo de Andalucía y habiendo emigrado a Madrid durante su infancia, Del Pino Molina ha vivido de primera mano las transformaciones sociales y políticas que ahora ha plasmado en su novela. Su experiencia personal en la capital durante los tumultuosos años setenta le proporciona una autenticidad inigualable a su narrativa, revelando las tensiones y esperanzas de una generación que luchaba por encontrar su identidad en un país bajo el régimen dictatorial de Francisco Franco.

En Madrid, años setenta, nuestro autor nos ofrece una mirada íntima y evocadora de la vida de un joven que, en medio de la represión y la censura, descubre su voz y su lugar en el mundo. A través de la riqueza de sus personajes y la profundidad de sus reflexiones, el autor invita a los lectores a un viaje por el Madrid de hace medio siglo, donde la literatura, la política y la amistad se entrelazan en una obra que resuena con verdad y emotividad. En esta entrevista, del Pino Molina nos comparte sus motivaciones e influencias, así como el proceso creativo detrás de esta novela excepcional.

 

Rafael del Pino Molina y la recuperación de la memoria

—Hablemos en principio de ese viaje en el tiempo que es Madrid, años setenta. Tu novela nos permite ver cómo era la España de hace medio siglo a través de los ojos de Miguel, un chico de dieciséis años. Sus emociones, su relación con otras personas, sus inquietudes literarias y políticas, motorizan las quinientas páginas del relato. Me gustaría saber entonces cómo fue para ti recuperar ese mundo tan diferente y quizás tan ingenuo, que hoy sólo está en el recuerdo.

—Desde tiempo atrás, recuperar ese tiempo se había convertido en una necesidad. Lo he tenido siempre muy presente. Pertenezco a una generación para la que el antifranquismo era casi una obligación moral, y quienes lo vivimos no podemos olvidarlo. Hoy es impensable, pero entonces parecía la reacción natural. Franco no iba a morirse nunca y había que echar una mano. Por supuesto, había muchos jóvenes desconectados de la política, pero el despertar a la vida adulta desde una cierta sensibilidad hacía casi inevitable la militancia. Entonces empezó un capítulo esencial de mi vida, la experiencia se vivía a corazón abierto. Ahora bien, al revisar libros, periódicos, cuadernos y apuntes de la época se iban abriendo muchas puertas cerradas para el recuerdo, y eso ha sido lo más interesante: el contraste entre lo que dicen los libros y crónicas de la época y lo que guarda tu memoria. La ingenuidad, que ciertamente está en algunos personajes, era sólo de unos cuantos; otros actores tenían ya la vista puesta en lo que ocurriría más tarde. Una ingenuidad, por otro lado, que era en buena medida hija de las lecturas.


“Madrid, años setenta”, de Rafael del Pino Molina
Madrid, años setenta, de Rafael del Pino Molina (Letralia/FBLibros, 2024). Disponible en Amazon

—Las vivencias del protagonista con su familia, con sus amigos y con su entorno, y muy especialmente sus inquietudes políticas e intelectuales, son el gran tema de esta novela. ¿Cuánto de ti hay en este personaje?

—Hay bastante de mí en Miguel. Pero no tanto como para hablar de autobiografía o de conceptos como el de autoficción, que está tan de moda y no me gusta demasiado. Podemos decir que Miguel es el trasunto literario de Rafael, pero una obra de ficción, hay que reiterarlo, no es una simple transposición de la biografía o la moral de un autor. Es mucho más que eso, si tiene ambición y está lograda, que espero modestamente sea mi caso.

—“No es verdad que la única realidad sea la material”, reflexionas en la novela. “Hay otra. Recuento es volver a contar, es decir, contar el recuerdo. Ahí vive la otra realidad, la verdadera, en ese cuento que se cuenta por segunda vez, que es hijo de las palabras del primero, como la traducción de un sueño. Sólo precisa la voz que lo ponga en pie”. ¿Es esta acaso la razón de ser de Madrid, años setenta? ¿Rescatar esa “traducción de un sueño” que es contar lo vivido?

—En buena medida. Y al rescatarlo, volver a vivirlo. El privilegio de la literatura es este: poner en pie un mundo sobre las cenizas de lo que quedó de él en la memoria.

 

Madrid, años setenta: la autenticidad como tema

—Tu novela es un verdadero crisol de narradores. El narrador omnisciente comparte páginas con el testigo y también con el propio protagonista, en una alternancia que suele darse sin mayor aviso, pero que manejas con la destreza suficiente para que el lector no se pierda. ¿Puedes hablarnos de esta estructura y de los desafíos que representó para ti?

—Ciertamente supuso un desafío. Hay que añadir, además, un plano que se va imbricando con las tres voces que citas: el de los libros que va leyendo y los personajes que van colonizando su conciencia y con los que también dialoga íntimamente. En un primer momento pensé simplemente en el clásico narrador omnisciente, pero después vi la necesidad de que el lector siguiera la evolución del muchacho desde su propia conciencia, alternando esa voz interior con la del narrador en tercera persona y otra voz más cercana en segunda. La dificultad (que espero haber superado) es la de que el lector distinga siempre las voces, y lo que es más importante, los matices entre ellas. El tono, esto es, la distancia con la que se mira la realidad, debía ser distinto y bien diferenciado. El desafío principal fue intentar que la distancia se reflejara en el narrador en tercera y la cercanía en los otros dos, siendo así que en unos y otros pasajes se cuentan esencialmente las mismas cosas.

—Hay un elemento importantísimo en Madrid, años setenta: el diario del joven protagonista. Sus entradas, que ocupan una parte sustanciosa del libro, le dan una profundidad introspectiva además de ubicar al lector en un punto muy cercano respecto a la realidad que estás retratando. ¿Qué encontrará el lector en estas entradas? ¿Cuál fue tu propósito al incluirlas?

—Ahí encontrará el lector al joven en carne viva. Es el lugar donde se propone no mentir ni mentirse. Nunca levantar falso testimonio, como decía Stendhal, aunque el muchacho no lo haya leído todavía. Ahí puede contar sus dudas y sus miedos, lo que no se atreve a decir ante los demás, lo que en realidad piensa de lo que están viviendo. El propósito no era otro que el de ofrecer la máxima cercanía respecto de lo que se está contando. La verdad íntima bajando un poco la voz. Al principio Miguel cree que van a cambiar el mundo y él no tiene a quién contárselo. Después, cuando se vayan descorriendo los distintos velos de la realidad, ya se tratará de una confesión. Otro aspecto importante de estas entradas de diario es la lucha que Miguel mantiene entre el sentimiento y el estilo. No olvidemos que aprende a escribir al tiempo que se va descubriendo a sí mismo.

—La novela trata además temas como la represión política, la lucha por la identidad y el despertar social. ¿Qué mensaje principal esperas que los lectores se lleven de Madrid, años setenta?

—No creo que la novela deba enviar mensajes ni proponer teorías, ni dar lecciones sobre nada. Pero interpretando tu pregunta en el sentido más general y habitual diría que el mensaje es la desconfianza que deberían suscitar las grandes palabras, los grandes conceptos. La verdad está muy a ras de tierra, muchas veces en el desempeño de los actores secundarios.

 

“Al principio buscas la página bonita, pero no sabes qué es eso exactamente”

—Es mucho lo que ha cambiado España en los últimos cincuenta años, el tiempo transcurrido entre los hechos narrados en Madrid, años setenta, y nuestro presente. ¿Cómo ves la relevancia de los temas tratados en la novela en el contexto de la España contemporánea? ¿Crees que las luchas y aspiraciones de la juventud en los años setenta tienen paralelismos con las de hoy?

—No veo muchos paralelismos. Al margen del espíritu rebelde de la juventud inherente a su propia condición, en buena parte dictado por la edad y la fuerza de la sangre, en todo lo demás las diferencias son enormes. Nosotros creíamos luchar por la revolución y trajimos la democracia, que entonces llamábamos burguesa. Hoy es lo que más valoramos. Los jóvenes de hoy la dan por descontada, como si fuera un hecho natural. El ideal revolucionario se ha perdido, y eso es bueno, sin duda, porque las revoluciones sólo traen crimen y miseria. Lo malo es que a los jóvenes hoy las revoluciones se las dan hechas, y vienen con una campaña de marketing. La docilidad con la que se acepta el dominio de las grandes corporaciones del mundo digital me parece asombrosa.

—Fuiste profesor de instituto por más de treinta años y, como mencionas en tu nota biográfica, la literatura ha sido tu trabajo y tu pasión. Te declaras admirador de la obra de Cervantes, Galdós, Borges y García Márquez. ¿Cómo han influido estos gigantes literarios en tu escritura? ¿De qué otros autores te sientes deudor literario?

—Además de los citados, añadiría a Proust, Faulkner, Shakespeare, Rulfo, Onetti, Kafka y una larga lista. Pero, al menos en mi experiencia, la admiración por la obra de un escritor no implica necesariamente que tu estilo o tu forma de narrar se parezcan. La influencia está más escondida, y a veces ni tú mismo eres consciente. La pura imitación, por otro lado, no conduce a ningún sitio. Recuerdo haber intentado en algún momento imitar esos cuentos de Borges, mitad narración, mitad reflexión, por ejemplo los de El informe de Brodie, y darme cuenta de lo disparatado del empeño. Eso no se puede imitar. Creo que me ha influido más la manera de enfrentarse a la obra que la obra en sí, y ahí los casos de Kafka y Proust, por ejemplo, son paradigmáticos.

—Después de décadas enseñando literatura y ahora como novelista publicado, ¿qué ha significado para ti este viaje literario y personal?

—Una ambición colmada, por una parte; una deuda conmigo mismo satisfecha, por otra. Esos son mis orígenes y no estaba dispuesto a abandonarlos al olvido. En el plano literario, la verdad es que tenía miedo a enfrentarme con mis propias capacidades, siempre había un modelo superior al que nunca lograba siquiera imitar. Cuando me liberé de ese peso, pude afrontar la narración con confianza, sin buscar otro estilo que la naturalidad. El viaje, por seguir utilizando tu metáfora, ha sido a las fuentes: a las de la propia historia y a las del deseo de contar, que nace más o menos a la edad que tiene Miguel, por lo general, salvo casos de extrema precocidad, sin armas retóricas. Al principio buscas la página bonita, pero no sabes qué es eso exactamente.

—Sé que tienes varias novelas escritas. Ahora bien, ¿estás escribiendo algo más actualmente? ¿Qué nos espera a los lectores de Rafael del Pino Molina?

—Ahora mismo trabajo en varios cuentos. Es un género que siempre me ha interesado. Tiene sus propias reglas y, muy justamente, cada vez más lectores. Me gusta la exigencia que impone, especialmente la condensación, la pincelada rápida, quizá porque yo al narrar tiendo a la expansión. Al margen de eso, como bien dices, tengo dos novelas terminadas, muy diferentes a Madrid, años setenta, aunque no he decidido aún si están listas para publicar. He de revisarlas. Me gustaría reunir antes una gavilla de cuentos que tal vez pudieran publicarse.

 

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Jorge Gómez Jiménez

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