
Llevar una bitácora en medio de la tormenta de la guerra se convierte en un archivo de los sentimientos más sinceros, de las sombras y luces de la persona. En esta serie epistolar, el venezolano Carlos Balladares Castillo escribe principalmente sobre diarios de la Segunda Guerra Mundial, pero también sobre otros subgéneros de la llamada literatura autobiográfica como las memorias y las autobiografías.
Querida Annie:
El 12 de junio de 2022 se cumplieron ochenta años desde que comenzaste a llevar tu Diario el día de tu cumpleaños número trece. Siempre he pensado que escribirlo es expresión de un alma sensible que valora la trascendencia. Por ello afirmas: “No quiero haber vivido en vano como la mayoría de la gente. Quiero ser útil o llevar alegría a la gente, incluso a las que nunca conocí. Quiero seguir viviendo incluso tras mi muerte”. ¡Y con alegría te cuento que lo lograste y como jamás lo pudiste imaginar! Al escribir en Google tu nombre aparecen 135 millones de entradas y al cambiar a “Anne” llegan hasta 204 millones. Si le agrego “Diary” son doce millones. El famoso refugio es un museo que tuve la suerte de visitar y hay miles de referencias más sobre tu persona (tu rostro es un ícono de la cultura popular) junto a la experiencia que compartiste con todos nosotros. A cualquier persona que le pregunte cuál es el diario más famoso de la Segunda Guerra Mundial, dirá tu nombre sin dudarlo un instante.
¿Cuál es la diferencia con otros diarios? ¿Por qué no se cumplió aquello que dijiste a los pocos días de comenzar?: “Ni a mí ni a ninguna otra persona le interesarán las confidencias de una colegiala de trece años” (20 de junio). Son muchos los que coinciden en que precisamente por esto es que se convirtió en un clásico, porque logras hablar de lo universal en medio de la mayor tragedia de la humanidad (el Holocausto o Shoá). Pero también es porque cada vez que te leo, y ya perdí la cuenta de todas las veces que lo he hecho, es como si charláramos como viejos amigos. Sigues viva en tus escritos como anhelaste: “Quiero que algo de mí perdure después de la muerte”.
He tenido la suerte de leer tu Diario cuando era adolescente. Pero he vuelto a él una y otra vez, probablemente cada década de mi vida. Ahora lo leo en el contexto de un proyecto de estudio sobre la SGM (en esta primera carta sólo me dedicaré a comentar tus entradas del año 1942), pero anhelaba decirte lo que he sentido en cada uno de esos momentos en que abrí sus páginas. La gente te lee porque transmites esperanzas, porque eres ejemplo de alegría en medio de la época más triste. Soy profesor de jóvenes y no dudo en recomendar tu lectura, y sueño con que algún día pueda analizarlo con adolescentes tal como tú lo eras cuando lo escribiste.
No es comparable lo que ha vivido y vive Venezuela con la Europa ocupada por el Tercer Reich, pero también son tiempos oscuros y de fuerte crisis económica. La mayoría de los niños y jóvenes no tienen las libertades y oportunidades que se tuvieron en el pasado, por lo cual tu mundo limitado y rodeado de miedo tiene mucho que decirle al nuestro. Al principio tu Diario parece una autobiografía que relata la historia de tus padres, tu familia, “los buenos tiempos”, de cómo se vinieron de Alemania huyendo de los nazis y cómo estos los alcanzaron al invadir Holanda en 1940, “y así comenzaron las desgracias para nosotros los judíos. Las medidas antijudías se sucedieron rápidamente y se nos privó de muchas libertades” (a continuación enumeras un montón de prohibiciones, desde entrar a diversos lugares hasta circular a algunas horas, que llevan a que los judíos se mantengan encerrados en sus casas).
A pesar de ello tú vives las experiencias de toda niña de tu edad hasta que el 5 de julio tu padre te habla de la “clandestinidad” y te advierte que “será muy difícil vivir completamente separados del mundo”. ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante las grandes dificultades que la vida puede presentarnos de golpe y sin ninguna advertencia? Es admirable cómo tus padres prepararon todo a lo largo de un año para poder sobrevivir escondidos. De inmediato el 8 de julio ya cuentas que tus días están “patas arriba, pero aún estoy viva, y eso es lo principal, como dice papá”. Al llegar la citación de las SS para tu padre (fue enviada el 5 de julio y en realidad fue para tu hermana Margot), dices: “Me asusté muchísimo. Todo el mundo sabe lo que eso significa. En mi mente se me aparecieron campos de concentración y celdas solitarias”. De inmediato se aceleraron los planes para ir al refugio de “la casa de atrás” que es en el “edificio de las oficinas de papá” que se dedica al procesamiento de especias. Con la familia Van Daan sumaban siete personas en el “escondite” que tenía cuatro cuartos con cocina, baño, un espacio común y un desván con buhardilla (120 metros cuadrados).
Al principio lo tomas “como si estuviera pasando unas vacaciones en una pensión muy curiosa”, y reconoces las cosas buenas que tienen, a diferencia de otros “refugios”, tales como el espacio, la cocina, el baño, el agua y la radio, “suficientes cosas para leer”, y no abandonaste tus estudios, entre otros (11 de julio). Pero fue inevitable que se desarrollaran fuertes tensiones con tu madre y los Van Daan, y en general todos “pelean tan fácilmente y por cosas pequeñas” (28 de septiembre). Lo peor siempre será el miedo “de que nos descubran y nos fusilen” (28 de septiembre), y ni siquiera estando escondidos dejaron de enterarse de cómo en Holanda (al igual que el resto de la Europa ocupada) la persecución contra los judíos no dejaba de aumentar y a los hombres no judíos se los llevaban a Alemania como obreros. Y conoces perfectamente las condiciones en el campo holandés de tránsito: Westerbork, las cuales son inhumanas (sin casi comida ni agua, un baño para miles, todos duermen juntos y todos son rapados. Y la radio inglesa informó que los estaban asesinando en cámaras de gases (9 de octubre). ¡¿Cómo es posible que muchos dijeran posteriormente que no lo sabían?!
En medio de todo al menos no pasaste hambre ese primer año (aumentaste ocho kilos, aunque imagino también por el crecimiento) y hay buenas noticias a principios de noviembre con las victorias aliadas en El Alamein y el desembarco en el noroccidente de África (“Operación Torch”). Quiero dejar algunos comentarios sobre tus entradas de finales de año para mi segunda carta que espero escribirte pronto, y en la que analizaré toda tu experiencia en 1943. Dejo tu pensamiento como despedida, que es un llamado de esperanza para todos los que anhelan superar los tiempos en que no les es reconocida su dignidad humana: “Llegará el día en que termine esta horrible guerra y volveremos a ser personas como los demás, y no solamente judíos”.
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