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Texto y palabra

miércoles 27 de mayo de 2026
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Texto y palabra, por Ricardo Martínez-Conde
¿Deberíamos plantearnos como tema de reflexión la diferencia entre noticia y realidad, una y otra sustento de la política y, por extensión, de la vida social? 📷 Dillip Behera • Pexels
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

Tres apartados genéricos podrían conformar una idea acerca de la palabra —valor, significado— en tiempos de tanta tribulación ideológica. Los expongo aquí con la voluntad de una colaboración ética y estética, esto es, con voluntad de cultura.

 

I
La palabra: la estética del artificio

Digamos que nos encontramos bajo el efecto de una melancolía activa. Una melancolía en la que nos hemos visto inmersos, inscritos al margen de nuestra voluntad, y que tal inscripción nos ha traído la condición de desheredados de la realidad como atributo obligado, un atributo extraño por ajeno e innecesario por inconveniente y no solicitado. Ello ha provocado en nosotros una ausencia que estamos ansiosos por cubrir, por darle la satisfacción necesaria para que desaparezca, para que deje de angustiarnos. De ahí que hayamos apuntado a una melancolía activa como una expresión que nos ayude a discernir y, por extensión, a liberarnos del mal, del vacío en el que hemos sido sumidos sin nuestro consentimiento.

Debemos retomar cuanto antes la acción, la iniciativa, las palabras. Porque nos hemos quedado sin palabras verdaderas: ese es el mal. Sin palabras válidas, sinceras, portadoras de contenido y razón. Ya sean palabras para la cultura, para la relación, para el vínculo: alguien o algo nos ha robado la palabra como testimonio en favor de la palabra como moneda, como trueque, mas sólo con un valor simbólico, sin posible canje o contraprestación. Y así, mudos y silenciosos —lentamente han ido extendiendo esta negación al valor de la palabra hasta vernos anegados por ella al despertar, y todavía vamos confusos—, hemos colaborado quizás a su expansión. Por eso ahora nos damos cuenta de que vamos huérfanos, pues estamos carentes de nuestra única identidad, la palabra, esa que (¡ay, insensatos de nosotros!) nos ha sido robada.

Mas, ¿quién la ha robado? ¿Quién la ha vaciado de sustancia dejándola hueca y muerta? Pues la política como dueña de una realidad aparente y los medios de comunicación como dueños de una noticia arbitraria o falseada. Unos y otros haciendo uso de unos mismos métodos embaucadores. Y nuestra aceptación, nuestra falta de rebeldía contra la argucia por ellos engendrada.

 

El Código: la palabra política

Para la regulación de la vida cotidiana de la Comunidad —escriben Lara y Peinado—1 y la observación de sus principios y normas, los reyes mesopotámicos dotaron, en su momento, a sus ciudades y estados, de un conjunto de fórmulas breves en las que, junto a elementos de contenido coercitivo, aparecían otros impersonales e instrumentales, pudiéndose así, finalmente, regular —partiendo de una tradición oral y consuetudinaria— una colección de hipótesis o de provisiones de rectitud, que forman lo que convencionalmente podemos llamar Códigos.

Sirva hasta aquí el planteamiento escueto de lo que pudiéramos entender como el origen del lenguaje político.

Y continúa el planteamiento teórico del siguiente tenor:

La formulación hipotética de los Códigos expresaba la ley en términos de causa y efecto y presentaba aquello que debía hacerse como la consecuencia objetiva del acto o del comportamiento considerado. Esta formulación muy clara, concisa y adaptable según las circunstancias, permitiría un número importante de precisiones y adaptaciones puntuales, incluyendo tanto formulaciones hipotéticas como relativas o simplemente información y constancia de algo evidente.2

Reparemos. Es como si hubiésemos descendido al campo de lo posible, de lo potencial dentro de la comunidad social-política, y aquí queda abierta la consideración de la veracidad y de la participación.

El conjunto de formulaciones obedecía no sólo al trasfondo tradicional en relación con la justicia, sino también a criterios sicológicos e históricos, buscando con su promulgación y fijación por escrito difundir el sentido de lo lícito y lo ilícito, a sabiendas de la elemental sistematización de materias, que se centraban casi siempre en materias del inmediato entorno...3

Viene a cuento este amplio exordio a propósito de lo que, como fundamento, vale para expresar la convivencia sociopolítica (y, entiéndase, si acaso, en la expresión “política”, la más o menos evidente discusión que ha de generar la gestión de una sociedad civil).

Pues bien, a tenor de tal planteamiento, cabría, a mi entender, pensar para el día de hoy una formulación del compromiso social similar en su génesis, pero he aquí que nosotros hemos comenzado (y estamos aceptando y consintiendo como cuerpo social) la minusvaloración, la falsedad e hipocresía del pacto intrínseco que las palabras conllevan en el consenso político o en el fundamento de la ley, de la voluntad de gobierno. Es así, entonces, que de unos años a esta parte, más que protagonistas de la vida social, somos los rehenes de una vulneración que de los significados se da al discurso político, bajo el que palpita el Código en su valor más firme.

Siendo libres ansiamos como nunca la libertad. Habiendo alcanzado la Democracia, suspiramos por la pureza de su cumplimiento. Y todo (o en gran medida) por la ruptura del “contrato” que supone la devaluación pública de la palabra; todo por la desustanciación progresiva de la palabra política y del origen del vínculo social que en ella, a modo de un Código pactado, va inscrito.

 

II
Decir y representación

“Los problemas de las personas existen ya antes de que se pronuncien las palabras”, podemos leer en el Wen-Tzu.4 Si nos remontamos al inicio mismo de la palabra, hemos de considerar que ésta nace para asociarse al rito, a la danza, y explicar lo que a través de ésta el hombre no pueda o no sepa hacer respecto de su voluntad, de la manifestación de lo que pretende exponer como problema o como deseo. De lo que hemos de derivar que la palabra, esencialmente, nace como un bien, un bien necesario que exige los atributos de la claridad, de la sinceridad, de la sencillez incluso.

“Un rito practicado durante tanto tiempo que su verdadero significado se había oscurecido —escribe Bowra— exigía una explicación en palabras que pusiera al alcance de todos su pertinencia y su objetivo”.5 Es decir, que posibilitase la explicación y la aclaración de aquello que se pretendía manifestar. “A la hora de la celebración de algún acontecimiento estrictamente humano —continúa—, tales como el nacimiento, el matrimonio o la muerte, las palabras podían ser necesarias para exponer el significado menos evidente del proceso y relacionarlo con otras experiencias humanas”. De ahí la necesidad de encontrar “las palabras justas para un propósito particular”.

Pues bien, henos aquí en el origen, pero un origen que, inexcusablemente, nos remite al más actual presente, a saber: las comunidades humanas se han dotado del lenguaje para entenderse entre sí. Tal es el cometido atribuido al lenguaje, que es un privilegio y una necesidad: acudir a la palabra precisa para exponer un propósito particular. De ser así, de actuar así, cumpliremos el objetivo verdadero pretendido en la comunicación.

Salvo, claro está, que no sea un propósito sincero lo que queramos exponer, sino, antes al contrario, disimular nuestra intención y en ello nuestra voluntad. Para eso bastaría con componer un discurso confeccionado, inevitablemente, de palabras, pero de cuya intencionalidad hacemos reserva. En cuyo caso habremos conculcado la naturaleza y el origen primigenio de la esencialidad de la palabra, quedando todos expuestos al engaño y a la confusión.

¿Quizás sea eso lo que busque, paradójicamente, hoy, el hombre público, sobre todo el hombre político?

 

*

 

¿No es cierto que deberíamos poder aceptar implícitamente el hecho de toda formulación expresada por un político (más aún por un gobernante, considerando al anterior sólo como potencial con respecto a éste) como la actualización de un código, de una conducta inserta en unos valores y fines determinados que se entiende han de ser provechosos a la sociedad?

Quepa decir con ello que es obvio (o debiera serlo) el que las palabras de un político-gobernante en el ejercicio de su función implican un sentido de responsabilidad (de compromiso en sentido cívico) que va más allá de la anécdota pueril, pues en su papel asume (o debiera asumir) la trascendencia en favor de esa norma implícita que es el código social, aceptado, de la convivencia como un bien. Y es que, en efecto, la palabra política habría de entenderse siempre ligada a un valor superior, a un Código; a partir de ahí se puede (y debe) transmitir y exigir el compromiso, que es el fundamento del grupo organizado, de la vida social.

 

*

 

Nunca, sobre todo en nuestro país, hemos tenido mayor libertad (teórica, ahora se entiende) para la participación política e incluso para el acceso al poder, y sin embargo da toda la impresión de que hemos caído, aun como electores libres que somos, en los sibilinos argumentos engañadores de esos entes mefistofélicos llamados partidos políticos cuyo lenguaje sólo es aureola, no valor en un modelo de compromiso social.

 

III
Noticia y realidad

Consideremos que la noticia es el gran argumento inductor (especulativo en ocasiones) del poder, de los poderes. ¿Habrá comenzado ahí la devaluación de la palabra? ¿Deberíamos plantearnos como tema de reflexión la diferencia entre noticia y realidad, una y otra sustento de la política y, por extensión, de la vida social?

No estaría de más reparar en tal cuestión, y así podemos constatar que cada día, como lectores, entregamos buena parte de nuestra libertad y nuestra voluntad en favor de la noticia, que es, genéricamente, uno de los fundamentos de nuestro discurrir racional. La noticia (su exposición, su valoración implícita) como la referencia que abre y cierra a la vez un contenido. Que exhibe y roba. Que seduce y defrauda.

La noticia, pensemos, es la duplicidad. Más allá de sí misma es lo que es y lo que no es. (De ahí que, esencialmente, suscite en nosotros de un modo inevitable el contenido de la apariencia. La apariencia que despierta, que acucia, que alerta).

De ahí que la consuetudinaria realidad del periódico vaya, para el lector atento y solo, tantas veces más allá de su frugal presentación. Y aun perviva, por causa de alguno de sus contenidos, en el ánimo. Lo que ratifica una significación más honda y superior a lo que da a entender la pasajera disponibilidad que se le presta cada mañana.

Y todo por causa de la aportación sustantiva (reflexiva) que encierra la noticia. ¿O acaso las palabras a solas, por sí propio? “Ocurre que las palabras, todas las palabras, tienen tantos matices secundarios, tantos dobles sentidos; evocan tantas sensaciones secundarias y tantas dobles sensaciones...”. Tal escribió Musil en las primeras notas de su Diario. Lo hizo al modo de una autoadvertencia luego de elegir para sí el nombre de “monsieur le vivisecteur”. Y, acto seguido, se inmoló en el fuego de esa bella duda que le inspiraron las palabras para hacernos llegar, a mi entender, uno de los legados literarios más dignos que pueda desear la inteligencia.

¿Es real el significado que nosotros deducimos de lo que acontece o ha acontecido en México, en Rusia, en Laos? ¿Qué grados de luz y de sombra poseen, qué noticia expresan y qué contranoticia guardan unos resultados electorales, por ejemplo? ¿Y qué intención real oculta la voluntad manifiesta de un gobierno? Mas en todo momento hemos de elegir un significado, incluso decidir una opinión al respecto, pues nos hemos educado para adoptar cada mañana la noticia como necesidad, como alimento.

Es curioso cómo algunos mensajeros se han disciplinado a fin de propagar la confusión como argumento. La inteligencia ha sido despertada, para bien, a través de los medios de comunicación; sin embargo, sólo alcanzamos a ver por lo común, a causa de la pericia de los decoradores, una parte del lugar donde hemos despertado. Lo que nos aboca, indirectamente, a ser injustos. Y ello porque, en esencia, hemos debido elegir sobre una parte de realidad y otra de apariencia.

El caso es que de la elección, de la decisión, debiera derivarse criterio, y sin embargo ahí es donde el alimento va a resultar escaso. Por dos razones: la una porque en toda noticia se guarda deliberadamente una parte de sombra de la que no alcanzamos a discernir su contenido por causa del engaño en que nos han sumido las palabras deliberadamente mal empleadas. La otra porque (como algo innato, por razón de vida de la propia realidad) en el transcurso de la duda ya ha nacido otra noticia que robará el sosiego que exigía la anterior, y a tal seducción cederemos.

Pero he aquí entonces que, llegados a este punto, la inteligencia quizás haya buscado ya refugio, a modo de redención. Tal como ha escrito el “vivisecteur” en su elegida soledad: “En cualquier caso, no se puede decir que yo busco, en definitiva, de ambas posibilidades la que me resulta más ventajosa desde el punto de vista psíquico (Ceder o superar. Hacer valer, tal vez, un imperativo). Pues, en muchos casos, la reflexión me llevará a ideas muy diferentes, y así la alternativa queda eliminada”.

A fuer de ser sinceros habría que confesar que hasta este grado de especulación nos ha traído el manido ir y venir diario de noticias, sobre todo políticas, y de las lentas y vagas y profusamente matizadas (y espiadas, al parecer, unas de otras) especulaciones a que dan lugar, como si la realidad fuese tan elástica y deformable que pudiera adoptar la forma que quiera aquel que la transmite o analiza. Sensación que suele irrumpir en la conciencia del lector cuando el ánimo matinal está intacto y receptivo, sumiso a los contenidos del mensaje.

Con la voluntad a punto de los buenos propósitos al despertar, uno acude a las pequeñas exigencias de lo cotidiano, por ejemplo pasar las hojas del periódico, para dar al poco con la inevitabilidad de la información, de la noticia... La presencia, en fin, de ese mundo real en el que se agazapan una parte de ficción y las sombras más interesadas.

Gracias a que la mañana a veces es virginalmente luminosa como para tener que ceder al pesimismo, razón por la cual uno, antes de levantarse de la mesa para enfilar el acceso al garaje, trata de recordar una vez más a “monsieur le vivisecteur” y su ironía: “Yo trato de conocer los caminos que llevan a la santidad, para saber si se puede ir en coche”.

Un lujo de reflexión, obviamente.

Ricardo Martínez-Conde
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Notas

  1. Varios autores. Los primeros códigos de la humanidad. Estudio preliminar, traducción y notas de Lara Peinado y Lara González. Tecnos, Madrid, 1994, pp. XIII-XIV.
  2. Ibídem, p. XIV.
  3. Ibídem, p. XIV-XIV.
  4. Lao-Tse. Wen-Tzu. Edaf, Madrid, 1994
  5. C. M. Bowra. Poesía y canto primitivo. Antoni Bosch (editor), Barcelona, 1984, p. 277.
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