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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Tristeza, melancolía

martes 29 de septiembre de 2015
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"La chica del ganso en Gruchy", de Jean-François MilletCualquier razonamiento no es sino figura
Joubert

Lo que he de decir no habrá de tener un soporte crítico de notas alusivas, más propio de alguna ciencia. Carecerá, por ello, de arduos fundamentos textuales. Y eso responderá lo más fielmente a mi propósito, que no es otro sino el de expresar un pensamiento desnudo; ¿o una emoción? Digamos una emoción pensada, o un pensamiento emocional, como corresponde, por mera y sustancial artesanía, a un escritor.

¿Por qué?, o, ¿para qué?

Porque mi discurso pretende ser sobre todo un “discurso del alma”, un discurso poético. Esto es, una reflexión —más o menos extensa— donde prime el sentimiento de percepción por encima de la argumentación científica. (Es más, me digo: ¿cómo podría pensar en el contenido de las palabras si no fuese exclusivamente con el ánimo? ¿Qué ciencia citar?, ¿qué frase tomar como soporte para dar validez a mis consideraciones? ¿Acaso, en buena parte, no estamos ante una digresión, una digresión espiritual?

Así, tal manifiesto de intenciones lleva ya implícito una a modo de definición. Tristeza y melancolía asocian duda, desvalimiento, ansia o memoria, pero no una definición con límites. Cada una de ellas es para mí un espacio; y abierto, no cerrado.

Tristeza y melancolía asocian duda, desvalimiento, ansia o memoria, pero no una definición con límites.

¿Entonces la especulación devenida, a la que me aventuro, viene dada, ¡ay!, sobre el contenido de una duda? Aún más: ¿son lo mismo duda y melancolía?, ¿han de confundirse en su valor?, ¿vuelan confundidas en el corazón del hombre? Y no porque ahí habiten, lo hacen también en la inteligencia, si bien la inteligencia sentiente, la que no nombra (pero sí vive, y ansía).

Melancolía, etimológicamente, aunque venga asociada a una sustancia viscosa (la bilis negra, uno de los cuatro humores del cuerpo humano señalados por Empédocles en la Antigüedad, significa también sombra, confusión, vacío… “Haga lo que haga —piensa el melancólico— siempre estaré insatisfecho”. Hay, pues, implícito en su nombre, digamos, una razón objetiva o material. Pero no va ser ese significado quien nos ocupe sino, como he señalado más arriba, su efecto espiritual devenido, un estado similar a la tristeza. Un estado bien conocido por el hombre nuevo.

Y he aquí que, como ocurre tantas veces, las muchas preguntas que pueda suscitar esa forma de tristeza y soledad nos llevan a una sola: ¿qué soy? la cual, por extensión, nos trasladará a su complementaria: ¿qué no soy?

Siempre el preguntar y siempre la misma pregunta. Siempre la solicitud de una solución, de una respuesta, y siempre tras la estela que propicia esa rara luz que ilumina la pregunta. Siempre, pues, una forma de soledad: como origen; como final.

Es como si el hombre consciente —consciente de sí— viviese abocado a una forma de extrañeza. Un ser incompleto, un ser sin serlo del todo. Al fin, el reconocimiento de una tragedia: la dependencia fundacional, la dependencia trascendente.

Por ahí, por ese camino, habrían de entrar en la Historia las religiones. Es muy sencillo: el creador, el que piensa críticamente, lo hace complementariamente al otro hombre que piensa. Uno tiene una pregunta y el otro una cierta respuesta. El uno es el creador y el otro es el creyente. El uno, con el tiempo, se hace portador de la Religión como vínculo que le trasciende, como Estética; el otro de la Religión y su fe. (¡Ese Otro que se parece tanto al complementario, a ese Otro implícito en cada uno de nosotros!)

¿Por qué aludir al concepto, al valor de la tragedia? Porque en esa dependencia —en esa aceptación originaria de la culpa— reside nuestra libertad. Nuestra libertad que, en puridad, no existe, o, como diría el escritor mexicano Carlos Fuentes, “es algo a lo que se tiende”. Tendencia que se ha de prolongar hasta la consumación, que es la muerte.

Por eso tristeza y melancolía.

“El hombre es el sueño de una sombra”, dejó escrito Píndaro de Tebas. De ahí la tristeza como asunción de una derrota primigenia; la melancolía como la sombra triste de nuestro paisaje humano de soledad, allí donde está lo que sentimos y no podemos explicar, lo que anhelamos y a lo que no alcanza nuestra exigua libertad.

Ricardo Martínez-Conde
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