
¿No será acaso, la vida —su secreto de orígenes, su rica gama de aconteceres—, el gran argumento de la literatura por excelencia? Todo interés humano, toda curiosidad, girando en torno al hecho de la vida.
Como didáctica alusiva en tal sentido, leemos en este libro tan bien documentado y de animada racionalidad: “Una visión creacionista sobre el origen de las especies no maneja (¡no puede manejar!) el concepto de antepasado común ni, por consiguiente, el de caracteres compartidos por dos especies con un origen común”. Ahora bien, “la idea de que dos especies tengan características comunes que, en cierto sentido, sean las mismas es, sin embargo, mucho más antigua que El origen de las especies”. Así: “Aristóteles reconoció en diversos animales muchos caracteres que no vio necesidad de estudiar por separado, porque en esencia eran equivalentes, como las alas de una garza, un reyezuelo y un búho”.
Ciencia, tal vez, opuesta a observación sin más, a curiosidad especulativa. Y al tiempo una y otra complementándose. “Los expertos en todo tipo de organismos, desde mohos mucilaginosos hasta moscas, han dedicado largas carreras profesionales a encontrar características nuevas para distinguir especies y descubrir sus parentescos”. Y la meticulosidad de los estudios, por ejemplo, ha puesto de manifiesto una rareza llamada Symsagittifera localizada en las playas del noroeste de Francia. Una de sus singularidades “es que tiene una boca que no come. Es un animal perfectamente capaz, como un verdadero aerívoro, de vivir —moverse, crecer, reproducirse— prescindiendo por completo de comida”.

El árbol de la vida
Max Telford
Ensayo
Geoplaneta
Madrid (España), 2025
ISBN: 978-8408299387
368 páginas
Al parecer un avance notorio en el conocimiento de las especies animales habría de llegar a ser la Micrografía de Hook (1665, Real Sociedad de Londres) libro que contiene “exquisitos dibujos y minuciosas observaciones de distintas sustancias (...), todo ello representado con un detallismo asombroso y sin precedentes mediante el empleo de lentes de aumento y microscopios”. Lo que vendría a revelar que, vista de cerca, “incluso la más diminuta de los millones de especies animales es una criatura de una complejidad asombrosa”.
El maravilloso secreto “íntimo” de la naturaleza —tal es el desafío en el conocimiento especializado— viene avalado, luego, por la versión moderna de la teoría de Darwin (El origen de las especies, con un apéndice del siglo XX) donde se explica que “las mutaciones de los genes producen vástagos con apariencia diferente, y estas divergencias son el material bruto de la selección animal”.
Este texto, de tan precisa condición didáctica, resulta así de una lectura tan exigente como apasionante. Y viene a concluir el prestigioso profesor Telford, fundador del Centro para el Origen y la Aparición de la Vida, en Oxford, con un desafío ilusionante en cuanto al conocimiento del origen y la condición animal, algo que nos incluye: “La aparición de la vida nunca debe entenderse como un único suceso”.
Complejidad de complejidades, tal vez.
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