“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Chillida-Leku

domingo 21 de abril de 2019

Chillida-Leku, por Rafael Pérez Ortolá

Cuando un evento nos abre las mentes hacia horizontes ligados a los sentimientos íntimos, a la experiencia radical de nuestra presencia en el mundo, a la relación con los espacios próximos, sin renuncias pacatas hacia lo más distante; cuando en su desarrollo desaparecen las desconsideraciones tan habituales en las agrupaciones modernas; nace la celebración espontánea, vitalista, todavía aspirante a la armonía. Son vibraciones nítidas perceptibles ante el mero anuncio de la reapertura de Chillida-Leku. Reaviva una serie de inquietudes por los adentros, de gran poder revulsivo para el acervo cultural de los núcleos sociales empeñados en el cultivo de las mejores aspiraciones.

Cuando uno se acerca a las expresiones de Eduardo Chillida, aprecia la entereza de quien investiga las incógnitas palpables a través de los conocimientos temporales.

La fascinación nos inquieta desde las primeras miradas dirigidas a estos lugares. Su ubicación está recreada con el mimo perspicaz de la visión artística del autor. El vetusto caserío de Zabalaga cohesionó sus entrañas con la trama plagada de sensaciones. En sus estructuras compiten las piedras, las maderas y los espacios, en una amplitud sugerente de múltiples estancias. El recuerdo de las obras testimoniales, los rincones propicios para la pausa creadora, el reparto de ensayos y bocetos; entre las presencias de mayor realce. El recogimiento en el añejo edificio presagia el futuro estallido del semillero allí mostrado. Planean los cruzamientos de la tierra, la raigambre personal, volúmenes, espacios y percepciones en una versión de la vitalidad por excelencia.

En Zabalaga se reflejan así mismo los sentimientos centrales del escultor vasco. Ese simbolismo asentado en los orígenes, esos contactos iniciales con los escenarios mundanos; a la vez que reflejan también la importancia de los materiales requeridos para muchas de sus obras. Emerge el pálpito de la tierra en su amplio sentido, repercutirá en su expresividad artística. Como punto de partida personal e irrenunciable, como elemento básico para la configuración de sus esculturas. El trato con los materiales no será caprichoso, evidencia una laboriosa adaptación en busca de sus consistencias, significados y relación con los entornos. La expresividad de esos materiales adolece de ramificaciones en una investigación permanente.

Cuando uno se acerca a las expresiones de Eduardo Chillida, aprecia la entereza de quien investiga las incógnitas palpables a través de los conocimientos temporales, sin perder la orientación de una franqueza compatible con el resto de realidades, sin avasallamientos, sin renuncias estúpidas. Enfrenta al espacio como ente determinante. A partir de sus tres dimensiones establece continuas relaciones de los volúmenes densos con la inmensidad. A las magnitudes de sus figuras, a las características de los materiales, les añade dimensiones cargadas de matices inagotables. A las propias del espacio, ubicación o diseños; se añaden las derivadas de las particulares percepciones de sus observadores.

Mientras actuemos con la atención dispersa, además de arrastrar las limitaciones naturales, estaremos como enajenados en relación con dichas realidades circundantes.

No sólo desde sus obras, también de sus escritos o manifestaciones conocidas, emana una inquietud relacional de aspiraciones universales, de percepciones cósmicas reales pero enigmáticas, del apego al significado de la tierra, de la calidad de los materiales, de la presencia humana en actitud superadora de los aislamientos a base de diálogos, favoreciendo los lugares de encuentro. Son proyecciones confluyentes nítidas, dirigidas hacia la verdadera presencia cósmica y comunitaria en busca del mejor sentido existencial. Como su detalle ilusionante, esos caminos no acaban en encrucijadas oscuras, sino en la plena comunicación aprovechadora de los espacios.

Porque, cuando nos acucian los exabruptos localistas, las ansias encorsetadoras de la idiotez encumbrada, los simplismos de baja estofa, en esa frustrante vanguardia de la necedad; cobra prestancia la vitalidad de las confluencias mencionadas. El lenguaje es de unas esencias inconmensurables. Aporta expresiones rastreras de mal fario, formalidades rutinarias, erudiciones cultivadas, pero también sugiere incógnitas estimulantes. Las magnitudes del ensamblaje común nos invitan a pensar en la superación del conocimiento, “más allá del cual hay un lenguaje”, abierto a las pesquisas fascinantes. Respiramos en un clamor dirigido a la cualidad principal del auténtico aprendizaje.

Con mucha frecuencia los eventos hablan, las expresiones se multiplican, los cambios acechan, en una sucesión acumulativa de la cual no siempre nos apercibimos. La variedad de esas presencias es notoria, pensamientos, sucesos, imágenes, estímulos o señales peculiares. Mientras actuemos con la atención dispersa, además de arrastrar las limitaciones naturales, estaremos como enajenados en relación con dichas realidades circundantes. Representan las carencias constitutivas de las cualidades humanas. Ante la presencia de las cosas, se nos escapan sin haberlas asimilado, como una instantánea escurridiza. Menos aún penetramos en la trama de los enigmas vitales.

Sobre esas insuficiencias naturales realza la labor artística por excelencia; en el comentario de hoy es la condensación agrupada en Chillida-Leku, facilitándonos el contacto con la brillantez de una obra sin par. La percepción de unos guiños peculiares encaminada al descubrimiento de los ramales existenciales menos visibles. Son existencias captadas por el artista en una recreación integradora que nos permite el acceso a sus cualidades. Esa puesta en relación con entornos no valorados, pero ubicados muy cerca, incluso dentro de uno mismo, nos hace vibrar con el verdadero arte, porque esa sencillez del descubrimiento mágico circula por las honduras de lo que somos.

Su arte es todo lo contrario de una complacencia pusilánime, nos saca a la intemperie para afrontar la realidad con impulsos superadores.

Es indudable esa asociación de los materiales con las inquietudes artísticas exigentes, estamos en el cosmos y somos portadores de un funcionamiento cerebral apasionante. Desde lo más simple a las elucubraciones desaforadas, asientan en la trama mundana de cada persona. Desde un punto aislado, aún sin extensiones, los añadidos generan realidades patentes. Las dimensiones se diversifican en el espacio con evidentes repercusiones; las coordenadas habituales piden ayudas explicativas porque no consiguen agrupar cuanto sucede en los entornos. El mismo espacio asombroso queda superado con creces si lo confrontamos con las dimensiones mentales, también enigmáticas.

Me acojo a las frases y obras de Chillida para el enfoque final de este comentario hacia la celebración entusiasta de su emanación artística de incesantes pronunciamientos. Su arte es todo lo contrario de una complacencia pusilánime, nos saca a la intemperie para afrontar la realidad con impulsos superadores. Un buen compendio va implícito en su elogio de los horizontes. Tanto dirigido hacia los entresijos de la materia, como abierto a la inmensidad cósmica. Me recuerda el genial peregrinaje poético de la Ítaca de Cavafis; búsqueda incesante de lo desconocido, quizá intuido. Valorando a ese horizonte abierto como la auténtica patria de las personas.

Chillida-Leku, por Rafael Pérez Ortolá

Rafael Pérez Ortolá
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