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Perspectiva

viernes 18 de septiembre de 2020
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Fresco de Andrea Mantegna en el Palacio Ducal de Mantua
Somos permanencia y somos cambio, tan genuinas son nuestras evoluciones como ciertas inalterables esencias que nunca nos abandonan. Fresco en la cúpula de la Camera degli Sposi, en el Palacio Ducal de Mantua (1465-1474). Obra de Andrea Mantegna

Item perspectiva: voz latina que significaba “mirar a través”: noción relacionada con la natural abstracción de la mirada; pero, sobre todo, con la manera que todos tenemos de ver las cosas: desde eso que es y ha sido nuestra historia. En ésta, lo imprevisible y lo contradictorio suelen ser signos frecuentes. Nuestra vida está marcada, a la vez, por lo impredecible y lo rutinario, por lo coherente y lo confuso. A lo largo de nuestros días podemos ser diferentes y semejantes. Somos permanencia y somos cambio, tan genuinas son nuestras evoluciones como ciertas inalterables esencias que nunca nos abandonan. Rara vez totalmente seguros de nosotros mismos, no cesamos de buscar verdades a las cuales apostar.

Toda noción de apuesta apela a la de juego. En este caso, al juego de vivir, donde, al igual que en cualquier otro, hay normas que nos imponemos nosotros mismos; y, también, resultados que se nos van revelando poco a poco o repentinamente.

Acaso sea el juego una de las más naturales expresiones de nuestra supervivencia, una de las formas más auténticas de nuestra humanidad. Jugamos para vivir, para ayudarnos a vivir. Jugamos porque sentimos la necesidad de hacerlo, porque nos sabemos libres o porque queremos ser libres. El juego nos fortalece. Nos apoya. Nos afirma junto a pasos y propósitos. Nos ayuda a expresarnos, a comunicar nuestra sabiduría o nuestras dudas, nuestras certezas o nuestros temores. Jugamos porque nos conocemos o jugamos para llegar a conocernos. En nuestro juego somos y a nuestro juego nos entregamos de cuerpo entero.

Permanece en el imaginario colectivo la visión de la creación artística como expresión de una extrema honestidad individual.

Una de las expresiones más naturales y trascendentes del juego es el arte. Desde siempre el ser humano sintió la necesidad de rodearse de expresiones estéticas surgidas de su alma, de su historia personal. La era moderna contempló el debilitamiento paulatino y la desaparición de viejos dioses. Una ausencia que nos dejó a los hombres más a solas con nosotros mismos, forzados a descubrir nuevas devociones y afirmarnos en otras creencias.

A comienzos del siglo XIX, Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint Simon, dijo que como ya el cristianismo había comenzado a desgastarse, y puesto que los hombres siempre necesitarían alguna forma de devoción, el arte era el llamado a ocupar ese espacio que la religión dejaba vacío. Era una declaración de fe en el poder del arte, en el sentido ético de la creación estética; en la facultad de ésta para transmitir verdades que, individual y colectivamente, siempre será necesario a los seres humanos conocer. Era, también, el reconocimiento de que el arte nos acerca a nuestra humanidad porque él hace más visibles las sensaciones, los sentimientos, las experiencias; y porque abre la posibilidad a nuevos descubrimientos o a la revelación de imprevistas correspondencias entre las cosas.

Hoy la idea del arte como una religión acaso luzca exagerada, pero, sin duda, permanece en el imaginario colectivo la visión de la creación artística como expresión de una extrema honestidad individual; un esfuerzo capaz de asignar un sentido a todo: incluso a la vida misma. Persiste, también, la imagen del artista como encarnación de algunos de los más dignos comportamientos humanos: libertad, autonomía, honestidad, compromiso, pasión… Aceptamos que todo creador, para merecer tal nombre, necesita permanecer libremente comprometido con su labor.

En su relación con la obra por crear, el artista puede proponerse legitimar esa particular temporalidad que es. El ejercicio de su creatividad, acaso más allá de cualquier otro esfuerzo, lo sostiene en su camino. Según Gilles Deleuze, el arte es un gesto de resistencia del creador. ¿A qué? Tal vez al tiempo que lo desgasta, al sinsentido, al tedio, a la incertidumbre, al temor, a la desilusión, al desvanecimiento…

Rafael Fauquié
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