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Sobre la aventura de escribir

martes 25 de mayo de 2021
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Héctor A. Murena
Murena se embarca en su escritura como lo haría un explorador: un poco a ciegas, llevado acaso por el azar de lo desconocido.

Al leer el libro de Héctor A. Murena El nombre secreto,1 lo primero que nos llama la atención es el ritmo de su escritura, un ritmo caracterizado por la abundancia: páginas y páginas escritas sin apenas algún que otro punto y aparte, páginas que van sucediéndose una tras otra, en la aleatoria afinidad entre los temas tratados y en una prosa cuya densa profusión termina por abrumarnos. “La vida es movimiento”, dice Murena. También el texto es movimiento, movimiento casi musical. De hecho, Murena fue un apasionado musicólogo. “Tenía noción de que la esencia del universo es musical”, comenta en otro libro suyo: La metáfora y lo sagrado. Platón sostenía que la música era el arte de la medida perfecta del tiempo. La escritura literaria, expresión verbal impregnada de melodía, también posee una medida, esto es, un ritmo. La escritura de Murena, por ejemplo, recuerda una “fuga” que, constantemente, girase alrededor de un tema central que se repite en diferentes variaciones, tema central asociado con la desconfianza, con el desaliento.

El origen de lo americano, dice Murena, fue la realidad del campamento y su ley: ley de la fiebre del oro, de la quimera siempre perseguida.

Murena cuenta, describe, compara, opina. Opina siempre. Opina sobre todo. Habla de los “ecos de la distancia”: voces que le llegan del mundo y que trata de convertir en voz propia. Lo cito: “el espíritu debe retirarse a otra comarca: la subjetividad personal”. La palabra de Murena se expresa desde esa comarca suya. Una comarca en la cual se aísla para hablar, para hablarnos.

La primera parte de El nombre… comienza por hacer referencia a Iberoamérica. Alude a su ritmo: provisional, violento, apresurado, confuso, discontinuo. Ritmo que se inició con el principio mismo de nuestra historia y que, desde entonces ha gravitado sobre ella. El origen de lo americano, dice Murena, fue la realidad del campamento y su ley: ley de la fiebre del oro, de la quimera siempre perseguida, de la ilusión buscada en la riqueza o en la gloria. “La ratio de la quimera americana es la fiebre del oro”, dice. O sea: razón de la vehemencia efímera, del esfuerzo que ni se sostiene ni concluye, del propósito que no se consolida. Nada pareciera perdurar entre nosotros, latinoamericanos, porque todo ha sido alimentado con entusiasmos fugaces. Tras ellos fue el largo turno del desengaño, de la aceptación del fracaso. La ley del campamento —concluye Murena— se opone a un orden y un funcionamiento necesarios. El campamento vence a la ciudad y el individuo al Estado. Campamentos y hombres han prevalecido siempre. No existen sino ellos y su ley.

Lo provisional alude, también, a lo contradictorio y a lo inesperado. Es la vuelta que no concluye o la línea que se rompe. No hay continuidad en el tiempo latinoamericano porque todo en él está hechos de recomienzos perpetuos. Comenzar de cero es el signo central de nuestra historia. En Venezuela, todos los estadistas que han querido dejar una huella en la memoria del país suelen tener como curiosa obsesión la de iniciarse en el mando amparados bajo una nueva Constitución. Es llamativo el elevadísimo número de constituciones que hemos tenido los venezolanos; quizá para nuestros políticos es una manera de creer que su obra tendrá alguna posibilidad de incorporarse a la frágil memoria nacional. Pero es una ilusión absurda: nada hay más evanescente que la memoria nacional. De hecho, eso que llamamos memoria nacional no es sino una larga sucesión de voluntarios olvidos y de obsesivos y deformantes recuerdos.

De la descripción de la historia americana, Murena pasa a referirse a la historia de nuestro presente mundial,2 un tiempo que define como sucesión de mentiras creídas por todos o, al menos, repetidas por todos. Mentiras creíbles —dice— gracias a la publicidad, ese gran mecanismo del que nada ni nadie escapa. La publicidad es la buena nueva de nuestro tiempo. Expresa y fortalece uno de los signos centrales de éste: la apariencia. La mentira se relacionaría también con el miedo. Es una forma de encubrirlo. Y, desde luego, el ser humano del presente tiene muchas cosas a qué temer: amenaza nuclear, destrucción ecológica, superpoblación… No existe para Murena respuesta ideológica capaz de permitirle conjurar el temor. Ni derechas ni izquierdas, ni Occidente ni Oriente, ni Primer Mundo ni Segundo Mundo, ni economías dirigidas ni veneración del libre mercado. La respuesta ideológica no pasaría de ser, dice, un espejismo, una otra forma de la mentira que nos rodea; una mentira creída por muchos.

De la última parte de El nombre…, de su capítulo “La irrupción del futuro”, destaco una idea central: el porvenir está teñido de sorpresa. De sorpresa; no de esperanza: ésta no pareciera existir en el vocabulario de Murena. El futuro, dice, es la imagen que tengamos de él. Nuestra manera de percibirlo lo dibuja. Él es, sobre todo, idea, visión, proyecto. Nuestros logros son su construcción; nuestros fracasos, su destrucción. Por vez primera, Occidente vive su presente con la sensación de que “el tiempo ha concluido”, de que el futuro ha comenzado a perder su rostro. Un futuro sin rostro es lo mismo que un futuro ausente. No podemos perder el futuro, éste debe regresar a los imaginarios de los hombres porque sin él no hay sino circularidad de ahoras consumiéndose en llamaradas de impotencia o desaliento.

Murena habla, también, de una “posthistoricidad” que, según él, acercaría a nuestra América con Europa. La “posthistoricidad”, dice, hace de la historia negación. En este sentido, América Latina y Europa han pasado a parecerse. A los latinoamericanos nos acompaña desde siempre un sentimiento de habernos quedado rezagados en el tiempo o de haberlo desaprovechado. Los europeos recién están descubriendo ese sentimiento.

Murena fue un contemplador que se propuso pronunciar el nombre de su tiempo.

En varias oportunidades, El nombre… alude al año 2000 que, para ese momento, lucía como algo muy remoto. Sin embargo, algunas anticipaciones de Murena nos asombran por su clarividencia; por ejemplo, su convicción de un globalismo —“mundialismo”, como él lo llama— imposible de rehuir. O la de que, en medio de esa realidad planetaria, los nacionalismos más estrechos, las territorialidades más delirantes, se esforzarán por imponerse a sangre y fuego. Sin embargo, concluye, tales propósitos están condenados a fracasar: el “mundialismo” se impondrá al final. Es imposible escapar de él. Está escrito en el nuevo signo de los tiempos.

Para Murena, nuestra época es, sobre todo, confusa. Una manera de conjurar esa confusión es recuperando una inocencia que implique no temer descubrir palabras nuevas o entonaciones nuevas en las palabras que usamos. Murena habla de “arrancar la escoria que embota la afilada hoja de la palabra”. Esto es: volver a las palabras, rescatarnos en ellas. En medio de la confusión, no existe otra posibilidad sino nombrarnos. Pero preocupa a Murena “la incapacidad de expresar algo nuevo (en) la vida contemporánea”. ¿Su propuesta? Una necesaria “palabra nueva” capaz de rehuir encasillamientos y estereotipos. Una palabra asociada con soltura, ligereza y, sobre todo, con libertad. Una palabra condicionada o impuesta jamás podría nombrar lo nuevo.

Decir es una forma de acción, acción alternativa. Nietzsche dijo que los “contempladores” eran los verdaderos autores del mundo humanizado. Murena fue un contemplador que se propuso pronunciar el nombre de su tiempo. Pero descubrió que ese nombre era secreto: era preciso descubrirlo. ¿Cómo? Repitiendo esos “ecos” que su época arrastraba hasta él.

Dos cosas encarnan en Murena: la pasión intelectual y un adanismo latinoamericano. Intelectual periférico, pensador al margen de tiempos y memorias céntricos, Murena proclama su voluntaria ajenidad ante una historia asumida como fardo. Su palabra vive en la libertad de un yo deslastrado de compromisos y visiones. Aparece como un contemplador solitario siempre en busca de respuestas. Hay una imagen que usa: la del miedo latinoamericano a la desposesión. Lo cito: “Nos habíamos olvidado (los latinoamericanos) de la inaudita valentía que significa pensar por uno mismo”. Murena, con su escritura, muestra su esfuerzo por despojarse de ese temor. Piensa por sí mismo y escribe sobre cuanto piensa: en total libertad; sin temores ni vergüenzas, sin complejos ni limitaciones. Leerlo es escucharlo decir sus argumentos y pronunciar esas razones con las que otea en el horizonte para distinguir sus descubrimientos.

Murena se embarca en su escritura como lo haría un explorador: un poco a ciegas, llevado acaso por el azar de lo desconocido. Armado con su razón y su palabra, se propone llegar tan lejos como sea posible; para regresar, después, cargado con todo tipo de trofeos que, generosamente, compartirá con sus lectores. Polémico, y consciente de serlo, Murena no rehúye la pugnacidad. Con ella enarbola la razón de su escritura; esfuerzo apasionante, eventualmente doloroso y áspero, pero, en todo caso, amplia afirmación de sí mismo: de su espíritu.

Rafael Fauquié
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Notas

  1. Caracas, Monte Ávila Editores, 1969.
  2. Murena escribió las distintas partes que componen este libro a mediados de los años sesenta.