“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Escribir, publicar

martes 10 de agosto de 2021
Escribir, publicar, por Rafael Fauquié
En ocasiones, algunos textos van más allá y llegan, incluso, a coincidir con significados comprensibles en todos los lugares y en todas las épocas. Fotografía: Gerd Altmann

Los espacios destinados a dibujar las voces humanas no cesaron de cambiar a lo largo de los siglos: planchas de piedra o papiro, pergaminos o superficies de seda, láminas de metal u hojas de papel que arman libros: muy diferentes superficies en las que habitó y habita la escritura. Durante los últimos cinco siglos, el libro ha sido el territorio natural de ésta. Alrededor de los libros se crearon instituciones y poderes encargados de decidir todo cuanto fuese necesario en relación con su edición, clasificación, ubicación y promoción. Por sobre cualquier otro, dos han sido y son los poderosos hacedores del destino del libro publicado: un Mercado editorial y un Estado mecenas. Los dos tratan y han tratado muy bien al autor exitoso; el Mercado, premiándolo cuando el libro vende bien y genera cuantiosas ganancias; el Estado, aupándolo de acuerdo a una escueta razón: que él sea capaz de escribir eso que el Estado desea que sea escrito.

A fin de cuentas, de lo que se trata es de lo mismo que se trata siempre: dar algo a cambio de algo, dar para poder también recibir. Por supuesto que, igualmente, Estados y Mercados reciben de la parte de los seres de palabras; los primeros, apoyo, imagen, promoción; los segundos, dinero, mucho dinero. Para el ser de palabras se trata de servir a un dios o a otro: serle útil al Estado o al Mercado; pero para que esta relación pueda funcionar debidamente, deberá cumplirse una ley de oro esencial: lo que el ser de palabras escriba deberá resultar de interés para otros, para muchísimos otros. Existen, han existido siempre y existirán por siempre seres de palabras afortunados, capaces de escribir eso que infinidad de lectores puedan desear leer; capaces de escribir libros abiertos a la recepción de numerosísimas lecturas, cercanos a la aprobación y a la moda, al gusto y la generalizada curiosidad de todos o de casi todos; autores de libros de éxito, libros-íconos, libros símbolos de un tiempo y de una circunstancia. Frente a ellos existen, han existido siempre y existirán por siempre los otros: seres de palabras mucho más subrepticios, casi clandestinos; no necesariamente malos escritores, sólo que hacedores de páginas colocadas al margen del interés general de un lector promedio.

Pero la comunicación, desde luego esencial a toda escritura, no es la única razón por la cual escribe un ser de palabras. También lo hace para sí mismo: para hablarse y entretenerse, porque le place hacerlo, porque no puede vivir sin hacerlo, porque está en su destino hacerlo. Y su escritura se convierte para él en su descubrimiento, en su apoyo, en su juego. Jugar con las palabras: apasionante entrega a un esfuerzo que se propone extraer de las voces sus muchos significados posibles y combinar sus sonidos y relacionar sus texturas; que trata de dibujar y tallar y esculpir esa materia prima que son las palabras. Ningún escritor, genuino y honesto escritor realmente merecedor de tal nombre, podría imaginar siquiera modificar su escritura en beneficio de la atención de los lectores. De lo que se trata, de lo único que podría tratarse para él, será de vivir para su escritura y no necesariamente de vivir de ella. Para algunos seres de palabras, el resultado de su juego logrará, afortunadamente, coincidir con eso que muchos lectores quieran leer o disfruten leer o necesiten leer. Será, entonces, el afortunado hallazgo del libro que logró encontrarse con el gusto de su tiempo. En general, suele ser la distancia de los años la que determina la trascendencia de los libros; pero, a veces, alguno en particular logra muy rápidamente reconocimiento y éxito. Es el libro que fue capaz de traducir certeramente algún significado particular en las comprensiones humanas, que logró ejemplarizar alguna forma de referencia. Fijación temprana del libro que supo qué decir y de qué manera hacerlo, que logró expresar algo que llegó a borrar para siempre alguna forma de silencio; o que descubrió entonaciones que, a partir de él, se hicieron tonalidad reconocible por entre todos los paisajes humanos. En ocasiones, algunos textos van más allá y llegan, incluso, a coincidir con significados comprensibles en todos los lugares y en todas las épocas. Será, entonces, el caso privilegiadísimo de libros atemporales consagrados por las infinitas lecturas de los hombres: encuentro perenne entre las voces que un ser de palabras vivió, concibió y escribió en un momento y un lugar determinados y las comprensiones que los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares arrojaron sobre ellas. Unos y otros: los inolvidables y los olvidados, los famosos y los desconocidos, los publicados en tirajes de millones de ejemplares y los editados en apenas unos cuantos centenares: todos los libros, si merecen realmente su nombre, si son la consecuencia del esfuerzo genuino de un ser que creyó en su obra y que lo apostó todo a ella, existen. Están allí y forman parte de las visiones humanas. Son un signo. Poseen un valor.

Si hubo muchísimos seres de palabras que en su época no fueron reconocidos o escuchados fue porque no existieron los medios para que sus voces pudiesen trascenderlos.

Ningún ser de palabras podría predecir el juicio que la posteridad reserve a sus libros; para él, sólo cuenta el tiempo de su escritura, el presente de su juego de palabras. No tiene otra opción que el compromiso con sus voces y su potestad para decirlas. Valéry dijo que la escritura —el “juego de la literatura”, como él lo llamó— no existía jamás en “estado puro”, que lo acompañaban demasiadas cosas y lo entorpecían muchas intromisiones; entre otras, ésas que el propio Valéry definió de “infernal combinación de sabiduría y negocio, de intimidad y publicidad”. Alrededor del libro publicado suele moverse todo un proceso de socialización literaria que, al menos inicialmente, interviene muy directamente en el itinerario del libro recién concluido. Alguna vez dijo Juan Goytisolo amar la vida y amar la literatura pero detestar cordialmente la reunión de ambas: la vida literaria: ese proceso de sumados ritos y multiplicados protocolos, ese pulular de grupos y agrupaciones alrededor de la nueva creación del ser de palabras afamado. Pero cambian los tiempos y, junto con ellos, cambian también las herramientas de la escritura y los mecanismos de su recepción. Nuestra época de desasosiegos y de prisas ha conocido la llegada de la Internet: comunicación virtual dentro de los ilimitados lugares del ciberespacio. Para un creciente número de seres de palabras, la red se convierte en morada posible para sus voces; un sitio dentro del cual ubicarse o en el que poder desplazarse; un territorio donde permanecer y donde ser percibidos. Dentro de la red, las palabras existen para ser leídas por todo aquel que pueda contemplarlas. Ella funciona, de un lado, como una colosal imprenta virtual capaz de permitir a todo ser de palabras publicar inmediatamente cuanto escriba; del otro, como una infinita biblioteca en la que pueden contemplarse todas las voces, vislumbrarse todas las imágenes, escucharse todas las ideas. La red permite que una parte de la humanidad contemple eso que dice la otra. Claro que en medio de esa desmesurada abundancia existirá de todo: lo bueno y lo malo. Desgraciadamente, es el precio a pagar. Siempre habrá un precio a pagar. Pero, a la larga, el costo será menor que los beneficios. ¿El principal de todos? Un mundo más fluido y cercano, más fructífero en la libertad de sus voces.

En el terreno literario, la Internet ha significado la libertad de una escritura que se mueve hacia todos los lugares; más independiente del juego editorial de los mercados y de la promoción de libros, más capaz de darse a conocer por sí misma… Y, a fin de cuentas, ¿no fue ese, no debió haber sido siempre ese el propósito esencial de la escritura literaria, la razón de ser de las voces escritas? Hace poco leí un comentario escrito por Joaquín María Aguirre, director de Espéculo, una de las publicaciones virtuales más importantes en lengua española: el eufemismo de que a lo largo de la historia de la literatura existieron muchos autores que no fueron reconocidos en su momento porque no eran “hijos de su tiempo” no se sostiene. Todo ser humano es siempre hijo de su tiempo. Todos somos producto de las circunstancias que nos rodean. Y si hubo muchísimos seres de palabras que en su época no fueron reconocidos o escuchados fue porque no existieron los medios para que sus voces pudiesen trascenderlos, porque no hubo lectores para eso que ellos escribieron.

Desde luego, libros e Internet conviven y seguirán haciéndolo por mucho tiempo; pero es innegable que se han abierto las puertas hacia nuevas posibilidades en la comunicación y la creación. Cuando en el siglo XV apareció ese nuevo descubrimiento que fue la imprenta, muchos escépticos descreyeron de él y se lamentaron de la llegada del artefacto de Gutenberg. Dijeron de él que trivializaría el conocimiento porque todos tendrían acceso a las palabras escritas. De la misma forma, existen hoy muchos recelosos del alcance y las significaciones de la Internet que descreen de su eficacia y la consideran como incapaz de sustituir al libro impreso. Pero es un hecho que la Internet permite a cientos de millones de seres humanos, a lo largo y ancho del planeta, permanecer cerca de las voces que otros escriben; acaso una manera de contrarrestar, aun sea virtualmente, la densa viscosidad de tantas soledades como la que caracteriza a nuestros días. La Internet conjura, de alguna manera, el aislamiento o la desolación sin fin de la intemperie. Es un nuevo lugar: sin demarcaciones ni fronteras. Gracias a ella, nuestro mundo, tan atiborrado de desorientación, puede hacerse lugar de reunión de todas las voces: apertura a diálogos, informaciones, conocimientos. A fin de cuentas, la Internet es una de las secuelas, otra más de tantas, de ese invento que transformó para siempre la faz del mundo humano: la computadora, extraordinaria máquina con la cual los hombres rehicimos por entero nuestros actos y comprensiones; y, claro, también nuestras voces.

Stendhal dijo haber escrito sólo para el futuro: para ser leído, entendido y apreciado por los lectores del mañana. En el futuro está dibujado el destino de los libros. Él los confirma, los consagra o los olvida. Pero ante el impredecible futuro de las valoraciones, relacionadas, a veces, con las más imprevisibles, mercenarias y aleatorias de las razones: moda, oportunidad, suerte, prestigios creados, existe, muy real y corpóreo, el presente de la escritura: ese tiempo que significó muchas cosas para quien lo vivió, para quien lo construyó: evento, compañía, desahogo, justificación, refugio, rescate, juego. Nuestra época, que bien podría aceptar para sí misma el calificativo de “menesterosa” que alguna vez utilizó Hölderlin para definir la suya, acaso encuentre una de sus expresiones en la vitalidad del juego de las palabras; o mejor: en el movimiento de una escritura que pareciera existir cada vez más por sí misma, crecientemente protagonista y abiertamente expresiva de la necesidad de algunos seres de convertir sus voces en compañía para sus pasos; de apostar, con su escritura, tanto a la vida como a su humana curiosidad ante ella; de identificarse y reconocerse a sí mismos en medio de silencios y lejanías y confusión y sinsentido.

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