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Espejismos y palabras

martes 14 de septiembre de 2021
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Espejismos y palabras, por Rafael Fauquié
Muy rara vez la realidad es simétrica ni del todo coherente. La escritura, en cambio, sí aspira a serlo.

A todos los seres humanos nos rodea el mundo. Vivimos inmersos en él, circunscritos a él, abrumados por él. Y hay quienes se esfuerzan por descubrir en esos vastísimos paisajes exteriores todas las respuestas y justificaciones, todas las razones y significados: aun para sus más íntimas interrogantes y sus más personales comprensiones; seres que parecieran divisar sus destinos siempre lejos de sí mismos; individuos incapaces de adentrarse en sus propios laberintos, incapaces de contemplarse en sus memorias o de reconocerse en sus imaginarios. Si algo pudiera definir a un ser de palabras, sería mantener una actitud del todo opuesta. Mucho más que dentro del mundo, él se percibe cerca de sí mismo, próximo a sus fantasías y memorias. Contempla el mundo, generalmente, desde las coloraciones y texturas de su propia interioridad. Su necesidad de crear, de decir, de escribir, mucho tiene que ver con esa interminable proximidad hacia sí mismo, con esa necesaria comunicación y urgente cercanía a una intimidad que le pertenece y de la cual él es único custodio.

“Nos parecemos a nuestros sueños”, ha dicho Carlos Fuentes. Parecernos a nuestros sueños: contemplar en los rasgos de nuestro rostro el diseño de nuestras ilusiones y los laberintos de nuestro mundo interior; ver reflejados en nuestros gestos y actitudes el color de nuestras obsesiones y creencias, el significado de nuestras más arraigadas memorias. Recuerdo la frase de Rilke en la primera de sus Cartas a un joven poeta: “El creador debe ser un mundo para sí mismo, y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a que se ha adherido”. En ese descubrimiento interminable del propio mundo, en esos tanteos y reconocimientos, en esos volcamientos dentro del laberíntico espacio construido por sus memorias y sus vivencias, está la fuerza y el apoyo del artista para realizar su obra. Ésta se sustenta en el universo de sus experiencias; sólo a él pertenece.

Muy rara vez la realidad es simétrica ni del todo coherente. La escritura, en cambio, sí aspira a serlo. Simetría de la escritura: armonía de las formas siempre significativas y en correspondencia unas con otras; concordia de las expresiones que nunca podrían dejar de corresponderse. Dentro de la escritura nada es absolutamente gratuito ni por entero inútil. Nada sobre lo que el ser de palabras escriba puede carecer de sentido ni poseer una razón de ser. Arrinconado en el ínfimo e irreal confín de su conciencia, el ser de palabras, individuo curioso, mira a su alrededor y se esfuerza por entender. Acaso escriba para hacer menos insoportable su confusión, o tal vez lo haga para que su fantasía llegue a hacerse parte de esa confusión. En cualquier caso, surge para él la necesidad de responder a la abrumadora vastedad que lo envuelve. Su escritura, su juego con las palabras, es su respuesta a lo exterior: desde sí mismo, desde sus ensimismamientos y fantasmagorías. Es un contemplador y un testigo; parcializado testigo: siempre existirán muy estrechas relaciones entre cuanto contemple y lo que son sus propios e irrenunciables espejismos.

Serlo todo: acaso los seres de palabras precisen refugiarse en esa ilusión para enfrentar la terrible sospecha —o la muy lúcida conclusión— de saberse nada.

La acepción que el Diccionario de la lengua española ofrece del término “espejismo” es expresiva y escueta: “ilusión”. Un espejismo es esa ilusionada visión que percibimos o esa ilusión a la cual nos aferramos. Ningún ser de palabras podría apartarse de sus espejismos a la hora de escribir. Esas irrealidades personales son su alimento, su impulso, su proyección. Ellas lo identifican. Lo aíslan del mundo y, a la vez, lo comunican con el mundo. Para todo ser de palabras sus espejismos resultan mil veces más sustentadores, significativos y reales que el infinito número de vociferaciones y monsergas que pudiesen rodearlo; mil veces más corpóreos y veraces que tantos coros de voces aullando a su alrededor. Sus espejismos son, en definitiva, eso que él mismo es: una consecuencia de sus evoluciones y vivencias, de su manera de resistir ante el mundo.

Crudamente, Paul Valéry habló alguna vez de cierta terrible y muy humana contradicción entre el “sentimiento de serlo todo y la evidencia de no ser nada”. La escritura quizá ayude al ser de palabras a convertir el espejismo de “serlo todo” en un vigoroso conjuro contra la otra cara de la afirmación: la “evidencia de no ser nada”. Serlo todo: acaso los seres de palabras precisen refugiarse en esa ilusión para enfrentar la terrible sospecha —o la muy lúcida conclusión— de saberse nada o de saberse muy poca cosa. Tal vez necesiten sentir que, gracias a su escritura, pueden escapar de la anulación y acercarse al espejismo de serlo todo o, al menos, de ser algo. Quizá por eso los seres de palabras llegan a ser tan indiferentes ante todo cuanto no se relacione con su obra: saben o intuyen que en ella está dibujada su perdurabilidad, el significado de su rostro y de su nombre; que junto con ella pudieran prolongarse en un afuera y, sobre todo, en un después.

Ningún ser de palabras debería renunciar a sus espejismos. Ellos lo centran. Lo cobijan. En una entrevista que le hicieron poco antes de morir, Cioran comentó que con su escritura había pretendido “desenmascarar la existencia”; o sea: denunciar ese fraude que para él había sido la vida, esa estafa que había significado vivir. Aparte del crudo y muy doloroso sarcasmo de la afirmación, por lo demás tan característico del patético estilo de Cioran, su comentario revelaría el espejismo de un ser de palabras llevado al más delirante de los extremos: el de justificar la propia existencia, con todos sus itinerarios de aciertos y errores, con todas sus paradojas y contradicciones, con todas sus sumas y restas, con todos sus horizontes cumplidos y metas abandonadas, con todos sus límites superados y petrificadas demarcaciones, gracias al apoyo de ese espejismo, la escritura, que le permitió distanciarse de todo para tratar de entenderlo todo o para tratar de condenarlo todo. Sin duda, un espejismo, pero un espejismo revelador de cierto ideal necesario para algunos seres de palabras: distinguir en su juego un asidero que pudiera justificar la compleja, siempre ardua y generalmente indefinible experiencia de vivir.

Rafael Fauquié
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