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Memoria lectora

martes 23 de noviembre de 2021
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Memoria lectora, por Rafael Fauquié
Páginas que otros escribieron y en las que escuchamos ecos de lo que nos gustaría decir a nosotros.

Hace algunos años, al responder por escrito un cuestionario sobre los significados que la lectura había tenido para mí, dije: “Mi aprendizaje lector fue arduo y contradictorio. En mi juventud recuerdo haber frecuentado muchos autores mediocres. Cuando leo las referencias de escritores a los libros que tempranamente comenzaron a acompañarlos, no deja de admirarme la impecable pulcritud de autores y libros recordados. No fue mi caso: mi aprendizaje literario llegó muy lentamente y, sobre todo, a partir de la experiencia de los años universitarios”.

Hoy no creo que hubiese contestado de la misma manera. ¿Hasta qué punto puede hablarse de lecturas más o menos “dignas”? Pienso que todas contribuyen a forjar un nexo particular entre nosotros y las voces. Aprovecho, por cierto, para rendir un homenaje a ciertas lecturas infantiles: los libros escritos por una escritora inglesa de la que, por muchos años, pensé que se trataba de un hombre. Se llamaba Richmal Crompton, y por largo tiempo disfruté de los numerosos episodios de su protagonista, Guillermo Brown, un niño inglés rechoncho, pelirrojo, con el rostro lleno de pecas, ataviado con la infaltable gorra de cricket que, según creo, era de uso obligatorio en los colegios ingleses de la época, y que, junto con sus amigos Pelirrojo, Douglas y Enrique, me hizo disfrutar de interminables hilarantes aventuras. No me cansaba de sumergirme en el mundo de Guillermo. Leía sus peripecias una y otra vez, incansablemente. Volvía, una y otra vez, a esas páginas que llegué a conocer casi de memoria y que, a la vez que me divertían, también me aislaban.

Con los años irían llegando diversos libros y autores. Algunos de mis ya lejanos reconocimientos para León Tolstoi y La guerra y la paz y Ana Karenina; también para una novela que llenó muchos instantes de mi adolescencia y cuya importancia en mi vida de entonces aún me asombra: ¿Quo Vadis? Una verdadera revelación, en el más exacto sentido de la palabra, fue Kafka, y, también y sobre todo, por sus imaginarios y las visiones que me legaban sus aventuras y sueños, así como su maravillosa simbología, el inmortal Don Quijote de la Mancha.

Con su palabra, Ortega me mostró que casi todo puede relacionarse con casi todo.

De la mano de mis estudios universitarios fui descubriendo otras voces; Miguel de Unamuno, por ejemplo. Mi ya lejana tesis de licenciatura, al término de mi carrera de Letras, fue una comparación entre Cervantes y Unamuno. Absolutamente prescindible, desde luego, aunque su título sigue aún gustándome: Dos quijotes de la hispanidad. Era una relación entre el quijotismo de Unamuno y el quijotismo de Cervantes siempre a la luz de las muy desaforadas expresiones unamunianas. De mi frecuentación de los ensayos unamunianos permaneció en mí un deslumbramiento hacia su prosa desbordante de brío e idealismo, así como de la admiración por cierto individualismo inconformista muy español, y que me mostró, también, una extraordinaria posibilidad de la escritura: resistir nuestro derredor junto a ella; introducirnos, a su lado, en propósitos y metas sólo nuestros.

Años más tarde, los escritos de otro ensayista español, José Ortega y Gasset, habrían de transmitirme la amenidad de una erudición abrumadora; que, sin embargo, ni asfixiaba ni entorpecía, y, por el contrario, me conducía al descubrimiento de las más inesperadas correspondencias entre referencias y razones. Con su palabra, Ortega me mostró que casi todo puede relacionarse con casi todo; que un tema, cualquier tema, gracias a la habilidad y saber de quien lo describe, abre coherentes correspondencias entre las más diversas evocaciones.

Otro legado de Ortega fue haberme mostrado que los motivos de la filosofía no debían ocultar nunca su más inmediato objetivo: ayudarnos a entender la vida y a entendernos con ella. Y aún otro aprendizaje me legó: el de esa escritura que llamó de “andar por casa”: una forma de escribir, siempre al lado de nuestro camino, junto a nuestros pasos y miradas, acompañando curiosidades, descubrimientos y percepciones.

Tras concluir mi carrera universitaria, obtuve una beca para seguir estudios de posgrado en París. Me llamó la atención la importancia que los intelectuales franceses asignaban a su idioma, y que, en ocasiones, alcanzaba una teatralidad, un efectismo que yo relacionaba con mi vieja convicción de que las palabras certeramente utilizadas eran capaces de arrojar irrefutabilidad sobre cualquier argumento.

Recuerdo, también, haber percibido cierta semejanza entre el individualismo muy racional y crítico de esos intelectuales franceses a quienes leía, con aquel individualismo hispánico que, a la manera de Unamuno, tanto me había atraído. Expresividades muy diferentes, sin duda, pero, de alguna manera, próximas en su rechazo a dogmas impuestos o a muy explícitas obediencias.

Francia y España: vehemencia extrema, en ésta; racionalidad extrema, en aquélla. España: sentido estético de la pasión. Francia: sentido estético de la lógica. Eso sí, yo no podría escribir sino en español. Es la única forma en que concibo mi comunicación con el mundo. Toda tradición cultural implica un orden relacionado con el lenguaje que utilizamos, con esa patria verbal de la que nos resulta imposible separarnos. Hablar una lengua es poseer una manera de ver, de percibir, de entender, de sentir. Las voces de nuestro idioma se unen a nosotros formando parte de lo más genuino de nuestro ser.

Sentí rápidas y profundas coincidencias con algunos autores franceses. El primero de ellos: Miguel de Montaigne. De entrada, me parece extraordinario el título con que identificó su obra: Ensayos. Ensayo, ensayismo; ensayo de escritura y ensayo de vida: analogía entre vida y escritura; entendidas, las dos, como indagación interminable: prueba, tiento, aprendizaje… Ensayar fue para Montaigne lo mismo que establecer una práctica de aprendizaje sobre sí mismo y desde sí mismo. Escribió libros que lo describieron: “Yo soy yo mismo la materia de mi libro”, dijo.

En sus Confesiones, san Agustín recomendó a los hombres no perderse tratando de descifrar la indescifrable vastedad de los afueras, sino esforzarse, ante todo, por entenderse a sí mismos. Siglos más tarde, Tomás de Aquino dijo que nada podía ser conocido por el ser humano al margen de lo impuesto por la razón; pero eso lo dijo, nada menos, que para justificar la comprensión de Dios: la lógica humana al servicio de un absoluto. Montaigne descreyó de los absolutos. Propuso siempre mirar y entender desde la propia experiencia. Señaló, como lo había hecho Aristóteles, que el destino de la sabiduría de los hombres no era otro que la búsqueda de verdades que los fuesen conduciendo al descubrimiento de la felicidad y la plenitud.

Páginas que otros escribieron y en las que escuchamos ecos de lo que nos gustaría decir a nosotros.

En su propósito por comprender y organizar sus comprensiones, Montaigne me luce cercano a otro francés: Paul Valéry. En 1894, cuando apenas contaba con veintitrés años, éste escribió un curioso ensayo: Introducción al método de Leonardo da Vinci. En él postuló una versión muy personal de un Leonardo capaz de diseñar un orden universal dentro del cual sustraerse al caos de la realidad. Lo llamativo fue la forma como Valéry convirtió a Leonardo en emblema de su necesidad de entender el mundo. “No encontré —dice— nada mejor que atribuir al infortunado Leonardo mis propias inquietudes, trasladando el desorden de mi espíritu a la complejidad del suyo. Le infligí todos mis deseos a título de posesiones. Le presté muchas dificultades que me obsesionaban en aquel tiempo, como si él las hubiera encontrado y superado. Cambié mis apuros por su supuesta habilidad. Me atreví a considerarme con su nombre, y a utilizar mi persona. Era falso, pero estaba lleno de vida”.

El propio Valéry aplicó en su vida ese método que había asociado a Leonardo. Entre 1894 y 1945, durante más de cuarenta años, escribió doscientos sesenta y un cuadernos que sumaron un total de veintiséis mil páginas. Escribía todos los días —siempre a la misma hora: al amanecer— sobre cualquier tema. Ideal de una escritura concebida como orden y unidad; creación de las palabras que son o aspiran a ser, esencialmente, coherencia, sentido, suma, norma…

Alguna vez se refirió Valéry a las razones que lo hacían escribir. La primera: procurarse placer y alegría; la segunda, alcanzar, junto a su acto, un personal conocimiento de lo nombrado. Alguien comentó alguna vez que en él el académico se había alimentado del poeta. Pienso que esa sería la más bella y exacta forma de definir a esos seres de palabras que, a la vez que aman escribir, son también maestros capaces de relacionar intelecto y erudición con la exactitud y belleza de las voces.

Páginas que otros escribieron y en las que escuchamos ecos de lo que nos gustaría decir a nosotros. En cercanías o coincidencias con ciertos libros y ciertos autores, vamos acercándonos al reconocimiento de nuestra propia escritura…

Rafael Fauquié
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