
“Nadie a un mortal considere feliz antes de saber qué ocurre el último día de su vida”.
Sófocles
Alguna vez en el tiempo, todo fue comienzo, y el mundo un lugar de formas extrañas para unos ojos que aún no habían aprendido a mirar ni a entender. Constantemente las cosas se subordinaban a designios ajenos y las situaciones existían en la voluntad de quienes tomaban todas las decisiones. Podían y solían multiplicarse las secuelas de lo impredecible. Era extraña la manera como evolucionaban las relaciones y muy fácil perderse al interior de un mundo tan alejado del propio mundo. Vendrían, luego, espinosos tiempos de falsas certezas, de desconciertos, de absurdas bravatas, de temores ocultos a los ojos de los otros. Tiempos de torpezas multiplicadas en su sinsentido y vacuidad. Tiempos de mucha insensata rebeldía, de equivocaciones que convertían las intenciones en retahílas de imposibilidades. Tiempos, no de búsquedas sino de la incapacidad de reconocer lo buscado; no de razones para el presente, sino de la absurda fragmentación de los ahoras; no de propósitos, sino de falsas voluntades; no de voces, sino de una estridente locuacidad... Posteriormente sería el arduo y lento momento de los necesarios aprendizajes. Era imprescindible hallar sentido en las palabras, aprender a nombrar las razones de los días, acercar intenciones y promesas a un hoy que era, es y será siempre un todavía insuficiente. Poco a poco se corregían balbuceos y errores y se hacían realidad algunos viejos sueños. Entre penumbras se iluminaban escenarios donde era preciso actuar. Se hacía cada vez más evidente la necesidad de distinguir crecimiento al interior de lo real. Se sumaban años y años de búsquedas, de hallazgos, de propósitos... La conciencia hacía posibles las preguntas. Los recuerdos alimentaban las incertidumbres y certezas del presente. Las rutinas podían transformarse en hábitos necesarios junto a los cuales era posible fortalecer mucho del sentido de los días. En ocasiones, el mundo podía llegar a convertirse en un reflejo de luminosos horizontes vislumbrados desde la íntima razón de la conciencia. La voluntad afirmaba ilusiones. Iniciaba trayectos hacia parajes envueltos en arcaicos prestigios. Se sucedían los contrastes: la rémora al lado del impulso, la fuerza avenida con la fragilidad, la sensación de triunfo conviviendo con una conciencia de vulnerabilidad... Era imperioso ajustar las agujas de un reloj existencial siempre presente. Imperioso escuchar ese tic tac que obligaba a no perder de vista el transcurrir de horas apoyado en una memoria que señalaba cómo los días estaban destinados a reunirse con los días, cómo amaneceres y crepúsculos no cesaban de entrecruzarse. La memoria podía ser muchas cosas: escalera de luces y tinieblas, vértigo, convocatoria de agonías y entusiasmos, ilustración de rumbos... Ella recordaba, también, cómo el hoy podía contradecir al ayer, cómo realidad e irrealidad se sostenían sobre espejeantes juegos de ilusiones e intenciones. La memoria abría puertas y cerraba puertas. Sumaba logros y fracasos. Relacionaba victorias y derrotas. Evocaba caminos abiertos y caminos clausurados... Sin embargo, prevalecía en ella una visión de continuidad dentro del tiempo. Prevalecía igualmente la intención de vislumbrar verdades sobre las cuales sustentar diferentes formas de fe. En la aventura de tanto interminable recorrido, se reiteraba la imposibilidad de dar nada por sentado. Lenta o abruptamente cambiaban las circunstancias y las convicciones. Sin embargo, algunas de estas últimas permanecerían naturalmente referenciales. El deseo de ahondar en lo nuevo no contradecía la necesidad de un orden al interior de los vaivenes del tiempo. Era frecuente que la fantasía se desvaneciese al interior de itinerarios circulares donde inquietudes y promesas crecían o decrecían a un ritmo muy poco predecible. Todo o casi todo podía ser, a la vez, verdad y farsa, error y acierto. Cualquier cosa podía quebrar o corromper la delicada filigrana de los días. Era preciso fortalecer rutinas que conjurasen mucho desperdicio, mucha desconfianza, mucho hastío, mucha debilitante fisura. Era preciso hallar respuestas, bien de una inmediata utilidad, bien deudoras de complicados y disparatados deseos. Respuestas convertidas en iniciativas que, en ocasiones, regresaban sobre sí mismas y se desvanecían, o se extendían hacia circunstancias que las petrificarían. Respuestas capaces de relacionarse con las más hondas interrogantes del alma, capaces también de alimentar ilusiones construidas al interior de un tiempo donde alguna vez todo fue comienzo y el mundo un lugar de extrañas formas para unos ojos que aún no habían aprendido a mirar ni a entender...
- Voces dispersas
(II) - domingo 15 de marzo de 2026 - Voces dispersas
(I) - domingo 8 de febrero de 2026 - En el oscilante término del tiempo
(III) - martes 23 de diciembre de 2025


