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Hecatombe valenciana

martes 3 de diciembre de 2024
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Hecatombe valenciana, por Rafael Pérez Ortolá
En las desgracias de estos días nos retrotraemos al temor a los titanes de la naturaleza, esos que aparecen en determinadas ocasiones.

Las nubes se abrieron inclementes. Los torrentes nacieron desde arriba liberando unos caudales inusitados. Sus dimensiones empequeñecieron las señales de vida subyacentes. La tragedia abrumó en pocas horas en todas las áreas afectadas del área valenciana y zonas próximas. Una auténtica avalancha sobrecogedora de tintes dantescos.

Desde los primeros momentos fueron clamorosos los desastres provocados, inmersos todavía en el aluvión de aguas turbulentas. Sin apenas opción a nuevas consideraciones, la inmediatez ocupó todas las esferas. Primeras víctimas y la sensación de haber comenzado una catástrofe de mayores alcances. Se suceden ese tipo de angustias en las que no se avizoran las salidas airosas.

Cada nueva observación amplia los negros horizontes intuidos al principio. La realidad al descubierto acogota las capacidades y apenas permite las iniciativas; las penurias y carencias se implantan con la crudeza del momento. Tremenda confluencia de sufrimientos e impotencia.

Lo estamos comprobando con creces, hay días que son... TÉTRICOS. En los que no basta con la oscuridad o los nubarrones, las tinieblas adquieren rasgos insoportables, acumulando tragedias sin escrúpulos. Su peso aumenta por momentos, pesan las entrañas, pesa la respiración y nos abruman las presiones ambientales. La brutalidad inicial se desborda en innumerables desfondamientos; las aguas arrasan cuanto encuentran a su paso y los destrozos ocupan espacios y personas sin contemplaciones. Con el corazón encogido, no da tiempo a pensar, sólo a mantenerse agarrados a la angustia del sufrimiento absoluto. El abatimiento es el primer señor de estos momentos, supera los horizontes nefastos.

No pocas veces nos enfrascamos con las trifulcas movidas por naderías y poses insustanciales. En las desgracias de estos días nos retrotraemos al temor a los TITANES de la naturaleza, esos que aparecen en determinadas ocasiones. Nos abrasan con su lava, con los vientos descompasados, las sequías crueles, tsunamis e inundaciones como las actuales. Por si no fueran suficientes sus amenazas, asoman en el horizonte los aprendices humanos para intentar proezas de ese calibre, sin ningún escrúpulo con miras a las consecuencias originadas. Las energías sobrepasan las medidas habituales a base de tragedias de dimensiones impresionantes. La realidad se convierte en una enseñanza.

En estas circunstancias se entiende aquella poesía fulgurante de Blas de Otero con su lamento sangrante:

Déjame
Me haces daño, Señor. Quita tu mano
de encima. Déjame con mi vacío,
déjame. Para abismo, con el mío
tengo bastante. Oh Dios, si eres humano,
compadécete ya, quita esa mano de encima.

En efecto, hay momento de sentirse aplanados, cuando todo arrastra hacia el fondo y no se aprecian salidas. La desesperación ofusca los pensamientos, el cerebro ni siquiera da abasto a los sentimientos. En esta marejada no tienen lugar los razonamientos entretejidos con argumentos.

Es cierta la enorme propensión a cantar las situaciones lamentables en la poesía de Blas de Otero, aunque se queda corta cuando la intensidad de las congojas se muestra con aires cósmicos. Por mucho intento de un decir armonioso, se impone el sentir de lo inabarcable. La distancia se muestra incapaz de calibrar la hondura de los padecimientos.

En el ritmo habitual de las existencias, el final siempre asoma trágico en lontananza, pero la secuencia de las penalidades se adapta a los círculos personales. Estamos al borde de la catástrofe en dimensiones reducidas. Nos vemos superados en las situaciones donde confluyen el número de personas afectadas y la condensación del tiempo en unos momentos de escasa duración. La CONFLAGRACIÓN configura un fenómeno de características sublimes por la acumulación de sufrimientos y tragedias personales. No caben demasiadas disquisiciones valorativas, requieren otros momentos y condiciones. El estupor ocupa las mentes con los arrestos urgentes para intentar moderar el desastre.

Comienzan los anhelos por las ayudas tan necesarias como imposibles en los primeros instantes. Se suman las contrariedades, para el mismo conocimiento adecuado de aquello que está pasando y para calibrar el mismo encauzamiento de las necesidades. Empiezan a valorarse prevenciones y remedios, acuciados todavía de forma totalitaria por las penalidades, los cadáveres y la desmesura de las incógnitas. Enfrentados a la naturaleza embravecida sin escapatorias a mano.

Ante los desastres de semejante envergadura no valen los discursos frívolos de mentes dispersas. Vuelvo también a la poesía, Walt Whitman en este caso, cuando se refiere a los PENSAMIENTOS de todos los hombres, en toda época y país; si no son vuestros tanto como míos, poco o nada son. Este es el aire común que baña el globo. Es decir, sólo hay una forma de gente racional de sentir el desastre en sus interiores; de lo contrario, poco o nada de humano tienen. Las gentes dispersas ya asoman en las manifestaciones percibidas en los medios; ni por asomo entro en mayores consideraciones sobre ellos. El pensamiento como tal queda absorbido por las tragedias y las innumerables penalidades ocasionadas.

La MAREA no establece ningún tipo de diálogo, se limita a ejercer sus potencialidades con sus ritmos crudos. Por un lado, arrumba las posibles preguntas, enlaza con sus orígenes y los nuestros, pero sin explicaciones. La inmediatez de los fenómenos surgidos de su voracidad acapara las vivencias instantáneas de los afectados. Y el incierto final de sus desmanes sofoca las posibles iniciativas. Nos extrae de las dimensiones habituales para someternos a su endiablada rigidez de los procedimientos. Con el caos y los aires cuánticos en la mente, ni por asomo nos acercamos al conocimiento de sus pormenores, con la invasión quizá intuida, pero imposible de controlar.

Chocando con los diversos sustos del absurdo existencial, en el momento del accidente ya es inevitable. A la fuerza hemos de convertirnos en FUGITIVOS. Sí, en fugitivos de tal suceso, para bordar incansables nuevas propuestas:

Nos queda buscar el buen lenitivo

Cada uno verá si superlativo;
Pues para encontrar verdadera dicha,
Crepitará de amor un fugitivo.

No valen renuncias indolentes ni ansias desaforadas, contamos con los atributos de personas heridas, pero inteligentes.

El desaliento y el pánico son provocadores, aturden y nos convierten de seres atolondrados sin norte. Habremos de volver a considerar las rimas de Whitman, para evitar la mediocridad y encarar la tarea con orgullo y sin miedo; él dice que aprovechando la experiencia de quienes nos precedieron como poetas muertos, pero acaba con aquello de que la sociedad de hoy somos nosotros, los poetas VIVOS. La vida es desierto y oasis, nos derriba y nos lastima, nos enseña también y nos convierte en protagonistas. Como dice en otros versos, disponemos de los placeres y los tormentos; con respecto a estos últimos, adopta la resolución inamovible de traducirlos a un lenguaje nuevo.

Esa potencialidad traductora de Whitman se torna en una tarea inmensa de múltiples facetas e implicaciones personales y colectivas. Las secuelas de la catástrofe abren inabarcables vías reparadoras. Desde las insuperables, por las vidas perdidas o dañadas seriamente, no sólo de personas, sino de miles de animales y destrucción vegetal; su asimilación creativa adquiere rumbos inquietantes y fascinantes a la vez. Las vías preventivas, para evitar repeticiones, no pueden eludir las críticas responsables de las omisiones previas, sin que tengan fácil tampoco el establecimiento de los nuevos criterios. La misma reconstrucción vital en las áreas afectadas involucra al conjunto de la sociedad con las dificultades inherentes a la diversidad de planteamientos.

En la marabunta de respuestas encontraremos registros para todas las sensibilidades. No podemos perdernos en divagaciones sin perder el rumbo. La sensatez, la cordura y la armonía nos van a exigir un buen sentido DISCRIMINATIVO para ir recogiendo los brotes verdes tan necesarios para la asimilación de la catástrofe y estimular el buen carácter participativo y colaborador en la comunidad.

Surgen expresiones con todos los formatos, pero la mejor quizá sea el silencio respetuoso, que vengo a resumir en este haikú:

La música sabia
Comprende los sentires.
Callan las cuerdas

Aunque, es evidente, las cuerdas han volver a vibrar con fuerzas renovadas. Por su propia esencia funcional, sin pensar en fijaciones estridentes, la pluralidad de impulsos exige acogimiento de las tonalidades y acordes desiguales. Tremendo reto este, el de conjugar objetivos comunes manifiestos y la multiplicidad de los protagonistas. Las experiencias sobrecogedoras no modifican el viejo mito de seguir subiendo la piedra a la montaña; como Sísifo, no disponemos de soluciones mágicas, nos sobran los desconocimientos y a pesar de todo hemos de dar un sentido a nuestras actuaciones. El valor de la vida reverbera sobre todo con las adversidades.

Sean las epidemias, los desastres naturales o los despropósitos derivados de las actuaciones humanas; se pone de relieve la interpelación para cualquier ser humano. Sin poder eludir las responsabilidades, por omisión, malas prácticas, rutinas, frivolidad o insidias declaradas; las respuestas permanecen en el aire. Como insistía Albert Camus, la rebeldía se convierte en un imperativo, quedando para todos la dificultad de poder enfocar adecuadamente dicha rebeldía, con la disposición, el esfuerzo y los ánimos suficientes.

El aluvión no se detiene en los relatos actuales, se reactiva en tres aspectos esenciales con gran repercusión de cara al futuro. En primer lugar, con la permanente reverberación del PASADO. En 1957 la gran riada sobre Valencia fue terrible. ¿Será que se repiten cíclicamente sin relación a los cambios climáticos? Las obras para la desviación del río Turia se han demostrado eficaces para evitar ahora los daños dentro de la ciudad. En muchas de las ubicaciones afectadas ahora, se multiplicaron las construcciones en zonas aledañas a barrancos, secos casi siempre... Las enseñanzas asoman con cierto descaro.

La segunda reverberación recae sobre la INMEDIATEZ de las actuaciones en el momento del brutal accidente. Estar dispuesto en todo momento para actuar de la mejor manera posible no es tarea fácil cuando suceden eventos tan desmedidos. El funcionamiento de los avisos y las alarmas son una baza importante. La reacción ante ellos, también; con la inevitable variación en las respuestas. La rapidez en las asistencias y la calibración de las prioridades, congregan muchas circunstancias. Es decir, la brusquedad del desbordamiento matiza el conjunto de las respuestas.

La tercera reverberación queda enfocada a la PROYECCIÓN de las tareas a realizar. Destaca sobre todo ese desfase entre el conjunto de estrategias puestas en marcha y lo que de verdad sienten los afectados sobre sus espaldas. Con el paso de los días, subsisten las desdichas y se incrementan los abandonos desde las instituciones y de la sociedad en general. Las mismas labores preventivas de cara al futuro se adormecen en un sinfín de burocracias e intereses.

Mantener las vibraciones activas y enlazarlas con los movimientos pertinentes va a tropezar con pasividades, contubernios y corrupciones, convirtiendo el reto anhelado en una problemática sensación de incertidumbre.

Rafael Pérez Ortolá
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