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Rigor de espejos

lunes 2 de junio de 2025
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Rigor de espejos, por Rafael Fauquié
Las voces que sin cesar ahuyento vuelven siempre. Sueño espacios clandestinos sólo míos. Me escondo en la quietud oscura. Me aparto del ruido y del resplandor. “La Isla de los Muertos III” (1883), de Arnold Böcklin
Hay que llenar el tiempo.
El rostro que el espejo le devuelve
Guarda el aplomo que antes era suyo.
Envejecemos más que nuestra cara...
Jorge Luis Borges: El oro de los tigres

Antes de desaparecer, sombra entre sombras, quiero impregnarme de una luminosa esfera entre puntos siempre suspensivos... Voluntad de sobrevivir en la imaginación y en el instinto. Voluntad de acometer con fe la quimera de los días. Frágiles puentes atraviesan distintos acantilados. Me esfuerzo en atravesarlos todos. Camino sobre esas débiles estructuras que lucen incapaces de soportar peso alguno. Cuanto más me adentro en las interrogantes de la vida, más acepto que el hechizo y la duda son respuestas. Extiendo la mano. Toco el vacío. Acaricio la nada. Ensimismado, me detengo en momentos que me envuelven en la viscosa arena del tiempo. Golpeo la única puerta de la muralla interminable. Llamo a gritos sin escuchar respuesta alguna. Mi camino pareciera haberse detenido y las esperanzas que me acompañaron por largo tiempo son ahora acartonada promesa de algo que pareciera no llegar nunca. Palpo el espacio decantado por los años en el lugar remoto de alguna infantil memoria y reconstruyo pasos que di y que olvidé y que ahora, a solas conmigo, evoco. Diviso en medio de la penumbra la única luz posible y testimonio días y noches venideros desde esa vislumbrada ilusión. Ni clausura ni ensimismamiento: recorrer todos los rumbos, transitar todos los caminos. Me interrogan, indescifrables, las voces de indescifrables rostros. Máscaras se reflejan en el efímero espejo de mi acción. Trato de refugiarme en la intemperie de los días. A medida que avanzo, me hago sombra. Un oráculo repite que nadie es profeta en su tierra. Rodeado de recelo siento, también, recelo. Nos hemos quedado solos, dice el fantasmal guardián de mis laberintos. No hay soledad real, respondo. El horror al vacío describe el temor a contemplar la nada cara a cara. La soledad quiebra el vínculo del remordimiento o la inocencia. Las voces que sin cesar ahuyento vuelven siempre. Sueño espacios clandestinos sólo míos. Me escondo en la quietud oscura. Me aparto del ruido y del resplandor. En mi espacio cerrado a casi todos, abierto a casi nadie, me muevo entre tientos; sin cesar, palpo imágenes con sabor a encierro. Al margen de un tablero de ajedrez, coloco mis ilusiones. Recorro tiempos que me justifican, lejos de otros, lejos de todos. Viejas quimeras dormitan en los rincones del presente. Más firme la duda que la certeza, deshago mis pasos sobre asombros superpuestos. Carezco de respuestas. Sólo poseo el asombro ante cada instante y el respeto hacia lo que no puedo explicar. Nunca podré estar seguro de mis rumbos, de mis pasos sucesivos, de mis días en tanta noche desdoblados. He seguido caminos deteniéndome sólo en mi cansancio. He bebido agua en el cuenco de mis manos. He llevado conmigo la incertidumbre de mis tientos (impotencia del dios furtivo que llevo por dentro). Incansable, transito instantes encerrados en la esfera de su propio sentido irreverente... A veces, me rodea en la vida una sensación de fraude. Esa sensación me va convirtiendo, poco a poco, en un ser de frontera: solitario heredero de circunstancias sólo mías. Soy huérfano de los días precedentes y fantasma de los días venideros. Soy voz perdida en la vastedad del tiempo. Soy hijo de mis propias circunstancias. Soy encuentro de confusos finales y confusos principios. Abiertos los cinco sentidos a las imágenes que el mundo trae hasta mí, me muevo en escenarios donde aguardan retos y sorpresas, decepciones e incertidumbres, rutinas y prodigios, hastíos y esperanzas. No existe la experiencia inútil. Todo es hallazgo, marcha indetenible hacia un final confuso. No hay destinos predecibles: lo sorpresivo termina por imponerse casi siempre. Nos movemos a tientas dentro de las rutas emprendidas. Extraña sensación de no saber hacia dónde nos dirigimos. Sólo hay una respuesta posible: jugar el juego siempre, jugar el juego hasta el final. ¿Aceptar condiciones? Todos lo hemos hecho, todos lo hacemos, todos lo haremos... La vida es pacto y es acuerdo. Vivir es caminar hacia un espacio único y en el camino ir dibujando ese signo nuestro y sólo nuestro que se llama destino que se llama karma; sus trazos son el error y el acierto, la fe y el miedo. Interminablemente optar, interminablemente decidir; ordenar espacios e intereses, afectos y rechazos, imágenes y razones. Sobrevivimos en la áspera dureza de instantes clavados en nuestro cuerpo-espacio. Sobrevivimos a las caras y a los torsos que nos rodean. Sobrevivimos en el interminable monólogo que reproduce ante nosotros la vastísima ilusión de lo posible. Impulsado en la inercia de mis propios movimientos, hago y rehago mis pasos. La vida es juego, pero si ignoro sus reglas estoy perdido. Ella posee muy particulares formas de lógica: en principio, pareciera que no tiene por qué ser justa pero en general parece propender a serlo. Enmascaramiento, supervivencia, manipulación: palabras ásperas como la elección que representan: ¿ser rostro o máscara?, ¿verdugo o víctima? Los espejos recogen ahoras interminablemente sucesivos. Ahoras que permanecen como recuerdos o pesadillas o entelequias. Por mi parte, trato de conservar la lucidez y, para probarlo, escribo. Auténticamente descubrir mi rostro y mi voz. Reconocerme por entre todas las otras voces y todos los rostros. Hacer de mis palabras signos de mis certezas indudables y de mis incertidumbres indudables. Ese joven que fui, ese hombre que soy, ese ser que siempre he sido. Doy la mano a mi ayer y a mi mañana: mi hoy encerrado en mi ayer, mi hoy preparando mi mañana... En espacios clandestinos, oculto mis inciertos logros y mis fracasos ciertos. Reconstruyo irrecuperables minutos arrinconados a mi puerta. Remembranza de lo desvanecido: ajena afinidad de libros que leí y olvidé, de instantes que viví sin saberlo, de envejecidas páginas que, a veces, evoco. Busco una luz que contradiga la pálida humedad de demasiados escondrijos subterráneos. Una luz que oponga la oceánica pasión a la clandestina indiferencia, la fuerza elemental de la conquista al silencioso temor del claustro, la ilusión y la esperanza a la convicción del desconcierto y la derrota. Me detengo en todo aquello que me justifica. Me admiro del tiempo que vivo: instantes convertidos en alma, en tuétano, en sangre. Aprehendo su sentido descubriéndome a mí mismo tras el cansancio de tanto camino andado... Me detengo ante el recuento de la jornada ya vivida y en la imaginación obsesiva de tanto futuro inmóvil... Siento desdén por las máscaras incomprensibles, por la ininteligible tartamudez ajena, por el tiempo que me ignora, por las voces estridentes, por los rostros pintarrajeados, por las rebeliones intrascendentes, por la incredulidad de los tontos y por la todopoderosa y húmeda mezquindad que impregna a todos de pies a cabeza. Palpo el espacio decantado por los años en el lugar remoto de alguna infantil memoria. Reconstruyo pasos que di y olvidé y que ahora, a solas conmigo, evoco. Diviso, en medio de la penumbra, la única luz posible. Dibujo mi rostro para distinguir en él un destino. Percibo mis pasos desde la memoria de un pasado que me empeño en no olvidar. Predigo el sentido futuro de mis ahoras. Trato de entender el porqué de mis cielos y mis infiernos. Me esfuerzo por distinguir el eco de mi voz en el ensordecedor estruendo del tiempo. Deshago nudos de discordia. Pienso en páginas que no escribiré. Limpio el orín de mis armas entre batalla y batalla. Escucho a algún peregrino con polvo y sudor de tierra acumulados. Escribo el verso que se opone al tiempo. Deposito mis horas en alguna cavidad y luego las olvido. Necesidad de hacerme de un lugar que sea inconfundible sitio delimitador, espacio colocado en lo alto, lejos de las envidias y mezquindades de los eternos otros. Un lugar donde ser, indudablemente y siempre, yo. Un lugar en que mis titubeos y tropiezos sean perecederos; perecederos mis desmoronamientos; perecedero el vacío de muchas horas devastadas; perecederos la vulnerabilidad, el temor y el tedio. A veces parezco poseerlo todo: mis espacios son firmes, indestructibles; mis pasos seguros y mi destino, cierto. Y de pronto... El suelo bajo mis pies se resquebraja; el techo de lo que hasta hace poco eran certezas absolutas se desmorona sobre mi cabeza, mientras desesperadamente trato de escapar de ese, hasta entonces seguro lugar, que, sin embargo, comienza a hundirse con estrépito. Creo en mis propias dudas y en la verdad de algunos viejos sueños. Creo en mis esperanzas aún de pie; en mis reiterados descubrimientos —de lo que fui, de lo que sigo siendo, de lo que quisiera ser. Creo en mis rupturas y en mis recomienzos. En el espacio de los días aguarda la fría intromisión del acertijo sin respuesta. Acepto las formas que mi voluntad ha ido dibujando. El tiempo dirá la última palabra. Él describirá el sentido de mis razones, la lógica de cada uno de mis actos. Luminoso delirio: en el día a día del vivir, dibujar un símbolo, amonedar una imagen, escribir una frase, trazar un rostro que alcance a describirme.

Rafael Fauquié
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