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Los demonios del mediodía, de Roger Caillois

viernes 16 de julio de 2021
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El sociólogo y ensayista Roger Caillois era, ciertamente, un hombre omnívoro en cuanto a conocimientos. Un ejemplo egregio de ese grupo de escritores ensayistas que, hacia mediados del siglo pasado en Francia, dictaban el canon cultural y estético.

Aceptemos la realidad del Mediodía (“Homero da fe de ello, al distinguir entre la mañana, la mitad del día y la noche”) y leamos, apoyados en la literatura griega, hasta qué punto su realidad meteorológica influye en el decurso de la vida del hombre: “La ausencia de viento no siempre tuvo un significado psicológico. En la aventura de la muerte del gran Pan, donde la falta de viento desempeña un papel decisivo, su sentido es netamente religioso: cuando la nave que conduce Tamus pasa delante de las islas Equínadas, de golpe el viento amaina y se eleva una voz que llama a Tamus y le ordena que, al pasar por Palodes, anuncie que el gran Pan ha muerto. Tamus decide no obedecer, salvo en caso de que, en ese momento, deje de haber viento, lo cual efectivamente se produce”. ¿Se habrá producido así el cumplimiento del Destino? Cuando, en la antigüedad, se pensaba simbólicamente, cuando los dioses adquirían poder sobre el destino de los hombres, no era un pensar en vano, sino una forma de racionalizar lo que la verdadera realidad dictaba como comportamiento. Era, quizá, una forma inteligente de aceptar la propia realidad.

“Los demonios del mediodía”, de Roger Caillois
Los demonios del mediodía, de Roger Caillois (Siruela, 2020). Disponible en Amazon

Los demonios del mediodía
Roger Caillois
Ensayo
Siruela
Madrid (España), 2020
ISBN: 978-8418245992
196 páginas

Convengamos que “no hay duda de que la hora del mediodía ha sido, en Grecia, la hora religiosa por excelencia”. La percepción simbólica es un argumento decisivo. En Esquilo, al heraldo que viene a anunciar la toma de Troya, el que le parece peor es “el calor corrosivo del mediodía sin aire, cuando el mar sin olas duerme pesadamente”, una dura carga, “la carga de la obligación de remar bajo el ardor implacable del sol (…). El agotamiento los gana poderosamente y, para colmo, es mediodía, hora de los muertos y de la disminución de la sombra, momento sagrado y peligroso”.

El sociólogo y ensayista Roger Caillois era, ciertamente, un hombre omnívoro en cuanto a conocimientos. Un ejemplo egregio de ese grupo de escritores ensayistas que, hacia mediados del siglo pasado en Francia, dictaban el canon cultural y estético, cada cual en su materia: Baudrillard, Barthes, Morin, Derrida, Dumezil. Una generación que alimentaba una conciencia crítica respecto del valor y sentido de la realidad y que propició en el país vecino un distanciamiento distinguido y claro como educación, como referente cultural.

Aquí es el mediodía con su sentido simbólico-religioso el tema que desarrolla como vehículo de interpretación, de conocimiento.

Aquí Caillois (autor también de un precioso libro como Piedras, un ejercicio estético y literario de primera magnitud en lo que respecta a la simbología del mineral) extiende sus conocimientos de la cultura clásica y actual para ofrecernos ese rico bagaje de la significación simbólica de las palabras, de la cultura como comprensiva de la vida del hombre. Allí, se nos ha dicho por parte de la crítica, el autor “resume parte de la ductilidad de su pensamiento al hablar de una cuestión que la historia del arte bordea sin tregua y que nunca llega a analizar: las piedras que contemplan impasibles el paso del tiempo y a partir de las cuales Caillois propone una reconstrucción del mundo”.

Aquí es el mediodía con su sentido simbólico-religioso el tema que desarrolla como vehículo de interpretación, de conocimiento. ¿No es cierto que hemos sido hechos los hombres de ese contenido interpretativo interior que propicia, no sólo la observación y análisis del presente, sino a la vez todas esas connotaciones interiores ligadas a nuestro sentido moral, ético y estético; en fin, de trascendencia? Algo que, pensado al modo poético por un ilustre contemporáneo (Bonnefoy) del autor, podríamos percibir a veces, al estilo de una percepción o sentimiento, como esa “maravillosa tibieza del mediodía que termina”.

Que la cultura nos guarde.

Ricardo Martínez-Conde
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