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Mundos imposibles

viernes 23 de septiembre de 2016
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Mundos imposibles, por Estrella Cardona Gamio

Con mayor propiedad yo diría “sueños imposibles”, porque ¿acaso no es un sueño imposible pretender viajar a más velocidad que la luz cabalgando en la utopía de ir a colonizar planetas lejanos?

La especie humana está alcanzando en nuestro planeta unos niveles de autodestrucción acelerada e imparable.  

La propuesta viene de antaño pero ahora se ve actualizada en la voz de del científico Stephen Hawking, que no hace más que animar a que los habitantes de la Tierra se desplacen a otros planetas toda vez que estamos deteriorando el nuestro al máximo hasta hacerlo inhabitable. O sea, conquistemos nuevos planetas para convertirlos progresivamente en basureros estelares.

Afortunadamente esta utopía tiene un freno lógico. En el cosmos las distancias son infinitas y, contabilizadas en tiempo terráqueo, demasiado imposibles para ser alcanzadas, al menos ahora porque dentro de mil años es muy dudoso que la especie humana exista.

Y no critico por el gusto de criticar. La especie humana está alcanzando en nuestro planeta unos niveles de autodestrucción acelerada e imparable, porque como el hombre, autoproclamado rey de la Creación, carece de depredador natural, tiende a destruirse periódicamente con guerras o epidemias provocadas por su propia desidia o su codicia. Y así estamos a punto de saltar al vacío y no precisamente el de los vuelos siderales, sino a la nada.

Ya esto no hay quien lo remedie por cauces razonables e inteligentes, por eso se alienta la marcha a otros planetas como si desplazarse por las galaxias fuera lo más lógico, y no lo es. Veamos el porqué.

Nuestro mundo se rige por la velocidad de la luz, es decir, a 300.000 kilómetros por segundo, lo que traducido en kilómetros y los kilómetros en años, suman distancias incalculables que ningún ser humano puede vivir en toda su existencia, y eso por no hablar ya de la radiación cósmica que nos pulverizaría antes de llegar a destino.

Imaginemos una nave espacial terrestre que sale con destino a ese planeta fabuloso que se ha detectado a la “pequeña” distancia de cuatro mil años luz. Para que la empresa resultara, en lugar de una nave tendría que ser un pequeño mundo autoabastecido, el cual, tras varias generaciones de navegantes, aterrizara en la tierra prometida. La segunda parte vendría después.

En el tiempo de cuatro mil años luz, posiblemente el planeta soñado que al parecer tanta similitud tiene con la Tierra, lo más seguro es que hubiese dejado de ser habitable por muerte natural, y los descendientes de los audaces viajeros se encontrasen con un mundo muerto e inhóspito; entonces, tanto esfuerzo ¿para qué?

Luego también nos encontramos con un problema ético, claro que ese no le quitaría el sueño a nadie, ¿podemos invadir cualquier planeta y conquistarlo porque nos dé la gana, o es que somos tan idiotas que esperamos ser recibidos entre vítores y aclamaciones?

¿Con qué autoridad vamos a la caza y captura de planetas teóricamente habitables para devastarlos como estamos haciendo con el nuestro?  

La vanidad del ser humano es inconmensurable, y su estupidez también: lo más probable es que nos recibieran a la defensiva y con las armas en la mano, no soñemos con un planeta de seres subdesarrollados dispuestos a caer de rodillas y a adorarnos, porque por ingenuos que fueran pronto la maldad humana les haría tomar conciencia de lo que les había caído encima.

No señores, no, no es tan fácil conquistar mundos lejanos, y es una desfachatez el móvil que guía la idea. Si no salvamos nuestro planeta, y podríamos hacerlo si no mediaran tantos intereses espurios, si dejamos que la contaminación lo destruya, ¿con qué autoridad vamos a la caza y captura de planetas teóricamente habitables para devastarlos como estamos haciendo con el nuestro?

Mi padre, que era un romántico soñador de viajes interestelares, me decía cuando era pequeña:

—Tú verás llegar el hombre a Marte, hijita, pero yo no.

El hombre ha llegado a Marte a través de unos aparatos que avanzan lenta y penosamente por el suelo marciano recogiendo muestras, ¿y qué?

Se ve que Marte es el conejo de indias de la experimentación viajera, pero Marte es un planeta muerto y no se le va a devolver a la vida por muchos esfuerzos que se realicen, y también va a servir de muy poco como ensayo de hipotéticos planetas habitables. Ganas de marear la perdiz y gastar un tiempo y un dinero que se regatea a la Tierra en sus necesidades más perentorias: hambre, enfermedad, miseria.

Estrella Cardona Gamio
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