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Pasión por Pitol

domingo 15 de abril de 2018
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Sergio Pitol
Pitol, en los ensayos de Pasión por la trama, deja entrever las relecturas de sus libros y autores predilectos.
“Otra regla, la definitiva: jamás confundir redacción con escritura.
La redacción no tiende a intensificar la vida; la escritura tiene como finalidad esa tarea”.
Sergio Pitol

Tengo varias ediciones de Pasión por la trama, de Sergio Pitol, que condensa algunos ensayos referidos a libros y escritores con esa coherencia aleatoria, que atiende más a su gusto de lector que a un enfoque planificado y profesoral. Esto es uno de los atractivos del libro. Otro es la limpieza/agudeza de su estilo, el cual escudriña los libros o a determinados autores por esa florida periferia entre el cuento y la investigación amorosa.

Pitol vuelve a esos libros que estremecieron, en su etapa juvenil, el esqueleto de su alma.

En su libro El mago de Viena, Pitol escribe: “Un libro leído en distintas épocas se transforma en varios libros. Ninguna lectura se asemeja a las anteriores. Al descubrir, como en el caso de Papini u otros más, que esa escritura nada tenía que ver con nuestras preocupaciones o nuestros sueños, que nos resulta átona y hueca, deducimos que debió haberse impuesto sólo por circunstancias morales, religiosas, políticas de la época, y bastó que cambiaran las condiciones sociales para descubrir que estaba desprovista de forma, destinada irremediablemente a perderse en el vacío”. Algo similar me sucedió con El lobo estepario, de Hesse, el cual leí en mi juventud y me resultó un libro cautivante, inesperado y peligroso. Con los años, leído en etapas sucesivas, me ha resultado postizo, una especie de pastiche nietzscheano pésimamente regurgitado. Pitol, en los ensayos de Pasión por la trama, deja entrever las relecturas de sus libros y autores predilectos, y no por azar ha escrito: “Releer a un gran autor nos enseña todo lo que hemos perdido la vez que lo descubrimos. ¿Quién no se ha sentido traspasado al leer en la adolescencia El proceso, Los hermanos Karamazov, El Aleph, Residencia en la Tierra, Las ilusiones perdidas, Grandes esperanzas, Al faroLa Celestina o El Quijote? Un mundo nuevo se abría ante nosotros. Cerrábamos el libro aturdidos, internamente transformados, odiando la cotidianidad de nuestras vidas. Éramos otros, querríamos ser Aloca y temíamos acabar como el pobre Gregorio Sansa. Y sin embargo, años después, al revisitar alguna de esas obras nos parecía no haberla leído, nos encontrábamos con otros enigmas, otra cadencia, otros prodigios. Era otro libro”.

Otros libros que me interesan (y que recopilan algunos escritos ensayísticos de Pitol) son El mago de Viena y Soñar la realidad, la cual es una antología personal preparada por el propio escritor. En cada libro hay temas e incluso textos que son los mismos sin variaciones y a pesar de eso son libros que tienen alguna semejanza, pero son a la larga diferentes por la manera en la cual se organizan los temas. En todos se encuentra latente el eje fundamental: la relectura.

Pitol vuelve a esos libros que estremecieron, en su etapa juvenil, el esqueleto de su alma. Hay en estas relecturas como dos propósitos nítidamente detectables. El primero es un nuevo acercamiento a esos libros y autores que perfilaron de alguna manera su gusto lector, que lo sacaron de su mundanal (o bostezante) cotidianidad y lo acercaron a ese mundo duradero de la imaginación y las palabras, de la escritura como ficción y como arte. El segundo propósito, más personal e íntimo y ya metido en la piel del escritor de ficciones, es la de escudriñar (detrás de bastidores) sobre los mecanismos del trabajo con las palabras, de familiarizarse, y familiarizar al lector, con los secretos/trucos de algunos estilos literarios, de aprehender esa magia para electrizar al lector que tiene la escritura. Por ese motivo asume la relectura como una forma nueva para descubrir libros y autores con una visión más de bisturí y menos de apasionamiento hormonal.

Leyendo los “ensayos” de Pasión por la trama uno como lector descubre que no es la escritura la que cambia o que el estilo de algunos autores se enmohece; no, lo que parece transmutarse son las circunstancias en que los lectores efectúan la lectura. Hay escrituras que envejecen mal y son golpeadas por los cambios que sufre el mundo a cada tanto. De igual modo hay lectores que se inician con el pie equivocado en la lectura. Todo esto tiene que incidir en cualquier libro. Cada época crea sus lectores respectivos y éstos van decapitando, a su paso, a los paladines literarios del momento, y coronando a veces a esos desapercibidos outsiders de la literatura, y por esa razón Pitol escribe: “En ciertas circunstancias la decapitación de una gloria literaria se ve refrendada por los lectores que la veneraban pocos años atrás, no sólo en su país y en su idioma, sino en el mundo entero, lo que no deja de ser otra rareza. En mi adolescencia Aldous Huxley era una eminencia internacional, Contrapunto y, sobre todo, el profético Un mundo feliz se leían con pasión. El mero nombre de Huxley llegó a significar la exigencia estética más rigurosa. Era también un paladín de la libertad, aunque su prédica poseía tal soberbia que lo hacía parecer un personaje de la contrarreforma que impusiera la democracia. Llegó hasta hacernos dudar de las virtudes literarias de Charles Dickens, a quien trataba con desprecio inaudito, al grado de considerar La tienda de antigüedades como la más plañidera y deplorable novela rosa del mundo; combatió la poesía de Edgar Allan Poe, a quien consideraba un versificador de medio pelo, vulgar y efectista. Hoy día el nombre de Huxley se ha eclipsado, pertenece más bien a la historia literaria, pero en la literatura viva su lugar es modesto. Dickens y Poe, en cambio, continúan su fascinante marcha hacia las estrellas”.

Sergio Pitol nunca confundió creación literaria con redacción y con su escritura buscó ese genio, feroz y burlón, que se oculta detrás de las palabras.

Con respecto al ensayo tan característico en Pitol se puede coincidir con Maricruz Castro Ricardo, quien escribe que su estilo va a contracorriente con ese estilo especializado y soporífero del crítico literario: “No concede en cuanto al rigor de su propia escritura, pero la mezcla de la anécdota culta con la información sobre los libros y sus autores, el relato de las tramas, la configuración de los personajes sobre los que se habla como seres que reflejan una realidad y un mundo concretos perfilan a un lector interesado, aunque no necesariamente docto en temas de la literatura universal”. Esta frescura que mezcla relato, información, fábula, intriga, es quizás lo mejor que tienen sus ensayos y, a la par de todo esto, va intentando comprender entre líneas los pormenores de la creación literaria sin prejuicio profesoral y atendiendo más al gusto, siempre caprichoso, serpenteante e interesado.

Pitol no es el ensayista literario tradicional, aunque él haga lo posible por parecerlo, ya que se interesa por la trama traspapelada con esa trama desquiciante de la historia, tanto la menuda de todos los días como esa que registran los historiadores.

En el texto “¿Un ars poética?”, dedicado al narrador venezolano Ednodio Quintero, aspira a dilucidar sobre su arte como novelista. Hay un apartado que puede aplicarse a su escritura ensayística: “Cada autor, a fin de cuentas, ha de crear su propia poética, a menos que se conforme con ser el súcubo o el acólito de un maestro. Cada uno constituirá, o tal vez sea mejor decir encontrará, la forma que su escritura requiere, ya que sin la existencia de una forma no hay narrativa posible. Y a esa forma, el hipotético creador habrá de llegar guiado por su propio instinto”.

Sergio Pitol nunca confundió creación literaria con redacción y con su escritura buscó ese genio, feroz y burlón, que se oculta detrás de las palabras. Trató de darle una modulación distinta al lenguaje para imprimirle magia a la letra, a la oración, a la frase, al párrafo; de acomodar las palabras de tal manera que fuesen un viento de estremecimiento para el lector, de ese mismo estremecimiento que él sintió cuando leía a los grandes de la literatura amparado por la soledad y la juventud, abrigado por esa sed de belleza e imaginación que sólo las palabras, organizadas con precisión de jornalero y albañil, pueden ofrecer. Enrique Vila-Matas no se equivocó cuando le llamó el maestro perfecto.

Carlos Yusti
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