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Doble vida

viernes 23 de agosto de 2019
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Doble vida, por Carlos Yusti
En esta doble existencia al que le suceden las cosas reales es al escritor, especie de actor subalterno, que representa sólo el gran papel de su carrera. Al otro, a ese ser solitario carcomido por la literatura, no le ocurre nada.

“Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Escribir es hacerse pasar por otro y es dejar de ser escritor”.
Enrique Vila-Matas

En una entrevista al poeta y novelista Francisco Arévalo, el entrevistador (el también poeta y ensayista Juan Guerrero) le pregunta con respecto a ese relego al que algunos enquistados en la cultura oficial han sometido su trabajo literario, o algo parecido. La respuesta de Arévalo es precisa: “…no me siento aislado ni marginado. Allá los que creen que ignorándome me lastiman, todo lo contrario, me ayudan a comprender más la miseria humana”. A este menosprecio de colegas (y enemigos gratuitos) se le suman otras adversidades a todo ingenuo que pretenda la profesión de las letras.

Muchos relacionistas públicos, disfrazados de poetas malditos y de escritores desplanchados antisistema, se han subido al podio de los ganadores de las letras nacionales.

Intentar convertirse en escritor en un país tan de maravillas, aunque suene a tópico, como el nuestro, es, si se quiere, un síntoma inequívoco de insania no diagnosticada. En primer lugar por escribir no te pagan; si acaso tus cofrades, de tragos y tertulia literaria, pueden gestionarte algún cargo en un ministerio cultural para que hagas juego con el decorado y la alfombra. En segundo lugar las escasas editoriales existentes no están interesadas en escritores conocidos sólo por el entorno familiar. El escritor en ciernes no tiene siquiera la oportunidad de correr con la suerte (o el estigma) de que su manuscrito sea rechazado. Luego sucede que los pocos premios están más amañados/enmarañados que la lotería de animalitos borgiana. La cosa se ha agudizado mucho más en estos internautas días en que el papel está destinado a ser un recuerdo lejano, muy lejano.

En el libro de ensayos A beneficio de inventario, de la escritora en mayúscula Ana Teresa Torres, cuenta en algunos textos la delicada situación de la literatura nacional y el calvario de su propio experiencia a la hora de publicar. En uno de sus ensayos propone refugiarse en la trinchera de la resistencia. Voluntad y resistencia inquebrantable como requisitos viables para salir airoso en esta contienda para convertirse en autor a pesar de todas las eventualidades a saber.

En el país ha ocurrido un fenómeno bastante atípico. Muchos relacionistas públicos, disfrazados de poetas malditos y de escritores desplanchados antisistema, se han subido al podio de los ganadores de las letras nacionales. Con mucha barra de bar recorrida y bastante antesala en las oficinas de arte y cultura en su currículo, sin haber escrito nada, como es lógico, han escalado los puestos requeridos para convertirse en los rostros visibles de las letras nacionales y allí están de corifeos a cuanto gobierno cochambroso les paga su tarifa. No tienen color ni ideología, ya que el disfraz de poeta y novelista es lavable y multiuso.

Intentar ser escritor con el Sombrero Loco anunciando a voz en cuello que ya no hay sitio para más poeta majunche o lugarcomunista (por eso del lugar común, se entiende) y mucho menos para novelistas tirapiedras, es una tarea infructuosa. Sin mencionar eso escrito por Enrique Vila-Matas: “Pero el rencor, la mirada ruin y la amargura sempiterna de los mediocres, como en tantas cosas, impiden el avance”.

Esa idea de Vila-Matas de que ser escritor es una cosa y escribir es otra resulta paradójica, pero bastante acertada. Escribir comporta riesgos insospechados. Además cuando se deja la plácida comodidad de la butaca, en mi caso es el sofá de la sala, de lector, para vérselas con las palabras desde el laberinto de la escritura, todo se complica y se enrarece.

Está esa vida del escritor que asiste a tertulias, ferias de libros, concede entrevistas, presenta libros, etc. Y está esa otra existencia que transcurre en soledad.

Según parece escritor es cualquiera, pero buscar sacarle algo de belleza y poética a las palabras dispuestas de manera especial en la página, y que el lector sea capaz de sentir esa belleza palpitante como un corazón convulso entre las manos, es la gran dificultad. Cuando se escribe se avanza en una cerrada oscuridad, se sigue adelante a tientas y ya no se busca una rendija luminosa, sino más noche incómoda y profunda.

A escribir no se aprende nunca y no sin razón Alberto Manguel anota: “El proceso de aprender a escribir es descorazonador porque es inexplicable. Ningún grado de esfuerzo, propósitos espléndidos, buenos consejos, documentación impecable, experiencias sobrecogedoras, conocimientos de los clásicos, oído para la música y gusto para el estilo garantizan una buena escritura”.

La existencia de aquel que pretenda escribir se barniza con esa pátina de rareza indescriptible. El mundo fuera de las palabras parece no tener sentido. Todo se torna un tanto artificial y se teje así una especie de doble vida.

Está esa vida del escritor que asiste a tertulias, ferias de libros, concede entrevistas, presenta libros, etc. Y está esa otra existencia que transcurre en soledad luchando para darle forma, textura y estética al lenguaje.

Esto recuerda que cuando Jorge Luis Borges dejó de ser un gris funcionario de biblioteca y se convirtió en un autor conocido lleno de tesis y hagiógrafos se corrió la especie que el escritor argentino no existía y de que se trataba de un grupo de escritores que trabajaban a destajo para crear esos cuentos sembrados de espejos, laberintos y conjeturas metafísicas. Que habían contratado a un actor de segunda para representar, en los actos públicos, el papel de Borges escritor.

Se escribe para no delatar la mentira, para que esa parte ficticia con la cual se confecciona toda la literatura no quede en evidencia.

También está la novela El adversario, de Emmanuel Carrère, que relata el espeluznante caso real de la doble vida de Jean-Claude Romand, que en el año 1993 asesinó a su mujer, sus hijos, sus padres y su perro. Que después trató de suicidarse, pero sin éxito. Se hizo pasar durante casi veinte años como un médico exitoso, pero todo era una fachada. No era médico ni nada parecido. Con esta mentira se casó, tuvo hijos y en apariencia su vida era normal. En un ensayo Carrère escribe: “Pero, entonces, ¿a qué se dedicaba durante el día? Después de dejar a los niños en la escuela, ¿cómo ocupaba aquellas horas vacías, sin testigos, sin una función que desempeñar, las horas en las que ya no era nada? Pues bien, leía en su despacho; perdón, en su coche, que le servía de despacho. (…) A veces se concedía el capricho de ir a un salón de masajes: eran sus únicos contactos humanos en aquellas jornadas de soledad absoluta. Por la noche regresaba a lo que para él se había convertido en la vida verdadera, la vida en la que era el doctor Jean-Claude Romand. Entonces era la otra vida, la clandestina, la que le parecía un sueño”. Luego todo se va desmoronando con lentitud y para que no se descubra su mentira recurre al crimen de todo su entorno familiar con el loco propósito de no decepcionarlos.

Se escribe para no delatar la mentira, para que esa parte ficticia con la cual se confecciona toda la literatura no quede en evidencia. En esta doble existencia al que le suceden las cosas reales es al escritor, especie de actor subalterno, que representa sólo el gran papel de su carrera. Al otro, a ese ser solitario carcomido por la literatura, no le ocurre nada. Su universo vivencial vive por él en sus poemas, cuentos y novelas. La miseria humana no escribe jamás, pero vive la literatura sin escrúpulo alguno. De lejos el escritor y aquel que hace lo que puede con las palabras se parecen, sólo que la doble vida los coloca a cada uno en el lugar que les corresponde. Aunque quizá Gustave Flaubert lo dijo con deliberada y enigmática exactitud: “Todo autor es su propio personaje y es también su propia intriga”.

Carlos Yusti
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