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Francisco Arévalo: esplendor de lo cotidiano

domingo 4 de agosto de 2019
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Francisco Arévalo
Arévalo: “La verdadera poesía no está comprometida con el mal gusto y menos con el asalto del futuro de un país”. Fotografía: Víctor Hugo Arévalo

De los grandes poetas y escritores vivos que existen en Venezuela, Francisco Arévalo (San Félix, 1959) es una de esas voces. No es posible concebir el desarrollo de Guayana sin este destacado escritor. Sin embargo, Arévalo vive alejado de la gran pantalla de la pedantería y la farándula literaria, tan alborotada por estos tiempos. Como buen descendiente de españoles gallegos, la voz del poeta no es para nada complaciente. Por el contario, su franqueza siempre está al borde de la desmesura y el mal genio. Francisco y yo tenemos una vida de cercanías. A mediados de los años 90 nos conocimos. Si bien las circunstancias nos han alejado nuestras vivencias siempre han estado alrededor de una mesa para tres, junto con el ensayista y pintor Carlos Yusti, han sido el centro de nuestras accidentadas tertulias literarias.

Escritor, poeta, articulista y promotor cultural, Arévalo siempre ha estado gestando su obra tomando como centro de sus obsesiones, tanto la gran ciudad (Puerto Ordaz/San Félix) como la pasión por los versos agrios, duros, certeros, pero a la vez cargados de una cierta amorosidad y melancolía que desnudan el alma de una realidad que asfixia, mientras el paisaje telúrico no termina de asimilarse entre la simbología de una escritura que lacera, quema la piel y no tiene contemplaciones con nada ni nadie.

Hay un fenómeno que no sé explicar. Cuando estoy trabajando un libro de poesía leo copiosamente narrativa y cuando escribo narrativa, leo incansablemente poesía.

Su obra literaria ha sido premiada en varias oportunidades, tanto en narrativa como en poesía. Entre sus libros de poesía fundamentales destacan Brote, 1989; Nadie me reina en estos parajes de hormigón, 1993; Sur, 1995; Alcoholes de la otra iglesia, 1996; Agrio de colmena, 2001; Adiós en Madrid, 2007; Más sobre el río, 2012, o Herida o claridad del deseo, 2013.

En esta entrevista surgen reflexiones sobre la ciudad, el país, el arte y la cultura. Algunas preguntas intentan rastrear el universo poético de Arévalo. Su simbología poética tan particular, tan adherida a las claridades mañaneras donde el poeta ronda y se fusiona con su ciudad.

 


 

Tu escritura ha estado oscilando entre poesía y narrativa. ¿Qué tanto se ha estado nutriendo una de la otra? ¿O siempre ha sido la voz poética la que ha dominado tu escritura?

Cargo con esa enfermedad que algunos críticos literarios llaman el mal de lo ambidiestro. Jugar con las dos manos o herramientas. Empecé escribiendo poesía, la sigo sintiendo como imprescindible, como el aire a respirar. Sin poesía no tengo ningún acercamiento con la literatura. La poesía es parte, no aparte. No hay confusión, además es esa reflexión cotidiana que me mantiene impresionado por los eventos más sencillos de la vida.

La narrativa surge de la ociosidad creativa, de estar en un espacio y desarrollar el oficio de la contemplación. Para mí escribir una novela o un cuento es un acto de ingeniería, donde vas armando las dudas que te llegan producto de no tener el canal de la poesía pues está dormido, en reposo.

Hay un fenómeno que no sé explicar. Cuando estoy trabajando un libro de poesía leo copiosamente narrativa y cuando escribo narrativa, leo incansablemente poesía. Quisiera saber algún día cómo pudiésemos denominar este fenómeno. Pero que quede claro, no arriesgo mi ubicación poética por la circunstancia mediática, por los aciertos que he logrado con mis novelas, cuyas estructuras pretenden ser un acto de amor por mi idioma.

 

En tu obra poética puedo reconocer varias etapas de tu escritura. Una de ellas está vinculada al espacio esplendoroso de lo telúrico. La Guayana acuosa y de luz constante. ¿Es ese el espacio donde está situada tu primera etapa? ¿Cuáles serían las otras?

Eres un agudo lector. Es cierto, tengo una impresión desde pequeño por los ríos (Orinoko [sic] y Caroní). En 1959 nací en una clínica modesta de San Félix y me crie muy cerca del Orinoko, por no decir que desde mi casa de infancia se ve todo su esplendor y sobre todo el paso de los barcos que cargan mineral en los puertos.

Nunca he olvidado mi origen náutico, el río para mí es todo y mis primeros poemas tienen que ver con ellos. La ciudad por estar atravesada por esas dos serpientes acuáticas posee un paisaje asombroso, además el desarrollo de la misma intenta enaltecer sus ventajas paisajísticas.

Siempre he sostenido mi suerte al haber nacido en estas riberas. Pero está el otro lado, el industrial, que trajo migrantes y se desarrolló una cultura del trabajo e industrial, cuya característica es la rigidez social. Esta fricción generó ciertas conductas que nos llevaron a buscar un perfil de ciudad. Ciudad Guayana o Puerto Ordaz o San Félix, tiene sesenta años y es producto del trasiego de la renta petrolera. Se creó una ciudad y en torno de ella un sincretismo que es de lo más interesante de Latinoamérica.

Es allí que nace u opera en mí un discurso de amor/odio o una narrativa del desarraigo o el abandono. Mi poesía es un homenaje a esta ciudad y mis novelas son la reafirmación.

 

Nunca se me olvidan los tontos que diseñaron uno de esos festivales de poesía que suelen usar para promocionar la tiranía que estamos viviendo.

Tus libros han estado marcados por lo femenino. Sin embargo, en los primeros textos no se dibuja un rostro en su plenitud. ¿Acaso en tus tres últimos libros ya existe un rostro delineado? ¿Por qué esa fragmentación de lo femenino en tu primera etapa?

Mis primeros poemas son de un cursi aterrador. Gracias que están bien a resguardo en la bóveda del olvido. Escribí poesía amorosa colegial. Hasta gané un tercer premio liceísta, con un texto dedicado a una novia adolescente, quien por cierto, un buen día me dejó por un motorizado. Eso me devastó.

Luego fui trabajando la palabra con huellas de erotismo y el paisaje, la ciudad respirando siempre.

Ya para estos días son con una intención erótica que no disfrazo y donde mi ciudad, mi paisaje, mis ríos hacen un trabajo de sombrilla.

 

Lo regional como centro y sujeto activo en tu escritura son una constante presencia que adquieren, en momentos, protagonismo en su caracterización. En este aspecto, ¿podemos afirmar que Francisco Arévalo es un poeta de lo regional?

Fervor de Buenos Aires es un libro regional, muy regional. ¿Qué es o qué significa en estos momentos, y Jorge Luis Borges, por dónde anda? Doña Bárbara es una novela local, regional y se convirtió en un momento dado en la favorita para el cine y la televisión. Estando yo en Damasco veía en el hotel una de las tantas versiones doblada al árabe, me sentí orgulloso de ser de la tierra de don Rómulo Gallegos.

No creo en lo regional. Es más, me parece una idiotez eso de ubicar geográficamente el oficio. Nunca se me olvidan los tontos que diseñaron uno de esos festivales de poesía que suelen usar para promocionar la tiranía que estamos viviendo. Esos papanatas tenían cuatro categorías para definir a los poetas. Estaban los internacionales, los nacionales, los regionales y los locales. ¡Dios mío!, qué pobreza conceptual.

No me considero ni regional ni nada parecido. Sí tengo claro que soy del sur y hago literatura que me respira y camina cotidianamente. Aquí, en estos parajes de hormigón.

 

Entonces, ¿no existe una poesía regional y otra nacional, y otra más universal?

Creo que en mi anterior exposición dejé claro que existe poesía, la que no se puede encasillar, no se puede modelar a partir de que surge de un paisaje o de unos personajes anclados a este paisaje.

 

Considerando la reflexión anterior, ¿es lícito hablar de poetas regionales y poetas nacionales?

Por lo antes expuesto me tengo prohibido referirme a poetas como locales, regionales, nacionales, internacionales o intergalácticos. Hay que salirle al paso a la descalificación a partir de esta desviación conceptual.

 

¿Qué rasgos estéticos encuentras en tu escritura poética que puedan vincularte con una poesía de la venezolanía?

Sin duda el que tiene que ver con cierta construcción irreverente que viene dada por una influencia de Caupolicán Ovalles, el Chino Valera, Miyó Vestrini. Sin duda también el desdibujamiento de mi ciudad, de mi sur. Acuérdate de que esta ciudad desarrolla afectos de amor/odio, dos componentes primarios para levantar un sólido mapa o ruta poética.

 

A propósito de la anterior pregunta. En los años 70, en los recintos universitarios —Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela— se hablaba de cátedras, como “Palabra escrita en Venezuela”, porque no podía hablarse de literatura venezolana, pues eso no existía. De ser cierta esa aseveración, ¿podemos hablar de literatura venezolana sólo a partir de finales del siglo XX en adelante?

Tamaño acto de desconocimiento histórico o un acto de irreverencia inútil, que tuvo como objetivo reconocer que sí tuvimos una mágica literatura antes de lo esgrimido. Quiénes fueron, Andrés Bello, Juan Antonio Pérez Bonalde, Cecilio Acosta, Andrés Eloy Blanco, Teresa de la Parra, Rómulo Gallegos, Guillermo Meneses, Enrique Bernardo Núñez, Miguel Otero Silva…

En fin, creo que allí esos revoltosos fijaron muy mal los tiros, pero sobre todo el concepto. Nuestro mapa o ruta literaria está minada de creatividad y eso no se puede desconocer, eso aparte de ser irresponsable es mezquino y hasta un ejercicio de ignorancia de último escalón.

 

Para mí la poesía es una postura de humildad y sumisión ante la vida y sus elementos, aparentemente intrascendentes.

Hablemos de otro tema. ¿Cuál es tu reflexión sobre la presencia de la mujer en el desarrollo de la poesía en nuestro país?

Esta pregunta es una de las más difíciles, por dos razones. La primera, no tomamos en cuenta que la gran poesía venezolana de los últimos cincuenta años la han hecho mujeres, y la segunda, porque es grosera la subestimación. Tendríamos por reconocer la obra de María Calcaño, Enriqueta Arvelo Larriva, Luz Machado, Elena Vera, Jean Aristiguieta, Ida Gramcko, Elizabeth Schön, Miyó Vestrini, Lydda Franco Farías, Mimina Rodríguez Lezama, Emira Rodríguez, Hanni Ossott, Teresa Coraspe, Yolanda Pantin, Martha Kornblith, Patricia Guzmán, Mharía Vázquez. En fin, nuestra poesía está llena de extraordinarias poetas que abordan el ser mujer más allá del lugar común.

De esta variedad mágica me quedo con mis cuatro favoritas: Hanni Ossott, Ida Gramcko, Miyó Vestrini y Luz Machado.

 

En el contexto del actual desarrollo poético venezolano, ¿cómo podemos ubicar tu obra poética? ¿Eres un creador con propuestas estéticas propias o reconoces en tu obra influencias de otros poetas?

A estas alturas hablar de novedad o innovación es un acto egocéntrico. Estoy arrimado a cierta poética del paisaje, la calle o cotidianidad y el erotismo. No hago de esto un acto único o estridente, porque para mí la poesía es una postura de humildad y sumisión ante la vida y sus elementos, aparentemente intrascendentes.

En lo más sencillo radica la universalidad de la poesía. Eso no quiere decir que algunas lecturas me hayan internado en cierta complejidad que está desapareciendo con los años. Pudiéramos hablar de madurez del discurso.

 

¿Sitúas tu obra poética en alguna corriente literaria específica o, por el contrario, tu escritura poética es original?

Por estar o desarrollarme en un espacio geográfico distante del centro del poder no hice vida literaria en grupos que iniciaron corrientes o movimientos. Siempre he estado disperso, por lo tanto lo que hago es a partir de una visión paria con la que me conformo y hasta alegro. Los últimos algún día serán los primeros, je, je, je.

Sé que hay gente en los centros de poder cultural que están pendientes de lo que hago. No creo que sea original. Lo que sí cargo es con las huellas de una ciudad diferente, inédita.

 

Hablemos del aporte del Estado venezolano al desarrollo cultural y específicamente, a la producción literaria (poesía), ¿ha favorecido la difusión de la poesía en Venezuela?

Hasta hace veinte años el Estado venezolano cumplió una labor de difusor e impulsor del trabajo intelectual y artístico en Venezuela. Sin embargo, hay que hacer notar la campaña de destrucción progresiva de todo lo anterior a partir de 1998, que fue lo que nos dio figura y relevancia en todos los campos de las artes.

Aquel folclórico e imbécil ministro de la cultura que fue Farruco fue de los que más lesionaron lo conquistado a fuerza de talento y condiciones de excepcionalidad, producto del papel promotor del Estado.

Con indignación recuerdo cuando acabó con el proyecto de las librerías Kuai Mare y otras barbaridades que ejecutó en nombre de este boñiguero con faz de ideología del asalto y que como todo criminal sumido en el olvido no pagará sus atrocidades.

Tenemos que hablar de crímenes, de criminales que han destruido todo un territorio artístico intelectual. Nuestras colecciones y editoriales fueron aplastadas por estos bárbaros que han hecho hincapié en desaparecer todo el emblema creativo que se fraguó con energía, en la segunda mitad del siglo XX.

Nuestro sistema de museos y nuestro sistema de fomento de las artes escénicas están pulverizados. Nuestra calidad se escapó al exterior. Por supuesto que estos resentidos no toman en cuenta el hecho poético ni lo tomarán, como todos los bárbaros destructores del saludable orden de las ideas y las artes, se propondrán diezmar y tratar de que esté a su servicio. Pero eso es imposible, nunca lo lograrán, por lo menos con los poetas de verdad.

La verdadera poesía no está comprometida con el mal gusto y menos con el asalto del futuro de un país.

 

¿Nos puede salvar la palabra poética de este marasmo donde se encuentra hoy la sociedad venezolana? ¿Para qué sirven la poesía y el hecho poético en la cotidianidad del ser venezolano?

La poesía como fenómeno existencial es una salvación. A mí me ha ahorrado muchas sesiones psiquiátricas. Ahora, no creo que llegue a cambiar paradigmas sociales. Lo que sí digo con energía es que un poeta no puede prestarse para ahogar el grito desesperado de una sociedad que ha perdido toda lógica y calidad de vida. Debe ser un disidente de primera fila. Eso no lo discuto ni lo pongo en duda.

 

Sin libertad no hay sana creación, y lo que vivimos ahora en este país es una agresión sistemática a la inteligencia como componente primario de la libertad y la democracia.

En referencia a tu obra poética, ¿qué temas pueblan tu discurso poético?, ¿por qué recurres a ellos?

En mi trabajo hay una unión de sentidos. Tanto mi poesía como mi narrativa tienen una marcada influencia paisajística. Que prevalezca el industrial es de otro orden, algunos se empeñan en hablar de poesía urbana con sus zombies que ululan las factorías.

Es pertinaz el río y sus encantos y por supuesto, la mujer orbitando con toda la magia de la que es propietaria.

 

Particularmente, Francisco, me interesa el tema de la cotidianidad/sociabilidad en tu obra. ¿Es parte de eso llamado posmodernidad en tu escritura poética?

Si nos ceñimos a la rigidez conceptual soy un escritor posmoderno. Dos razones lo definen, la primera es que empiezo esta batalla por asediar fantasmas en la década del 80, y lo segundo, que lo hago deslastrado de mis influencias izquierdistas. Había descubierto ya para esos días toda esa basura tóxica que encerraban la cortina de hierro y Cuba, y su aplastamiento social.

Lo que sí tiene que quedar claro es que detrás de la posmodernidad hay una resistencia férrea a la pérdida de la libertad y la democracia. Esto como fin primario de la creación. Sin libertad no hay sana creación, y lo que vivimos ahora en este país es una agresión sistemática a la inteligencia como componente primario de la libertad y la democracia.

 

La heroicidad, la trascendencia, parecen estar circunscritas en tu escritura poética, tanto en tu primera etapa, como en tus últimos escritos, a lo efímero y más bien a una plenitud de lo amoroso y la amorosidad, aun siendo de versos simbólicamente fuertes, severamente realistas. ¿Acaso son rasgos de una estética de lo feo, de ese esplendor del dolor y la decadencia?

Por estos días estuve revisando mis primeros poemas y los conseguí ingenuos, exploratorios, hasta escandalosos. Hay esa influencia irreverente o transgresora, pero hay ingenuidad y cierta certeza con lo que se hace poesía de lo cotidiano. Si me tocara hacer una rigurosa selección no creo quedarme con cuarenta textos. Los demás los considero prescindibles. Es allí que uno se hace la pregunta: ¿lo que a mí no me gusta a otras personas sí?

Esa es la dinámica que trae consigo la variedad o diversidad. Los buenos o excepcionales poemas, en mi caso, están por escribirse.

 

Finalmente, Francisco, ¿eres un escritor que se esconde o ha sido relegado por el poder de las élites culturales?

Nunca me he sentido acomplejado por la indiferencia adrede que sostienen quienes meten, levantan y expulsan a los escritores de este país. El gran poeta Alberto Hernández, llanero de corazón, me dijo algo así, que con carita de malhumorado y tonto, me había ganado casi todos los premios de este país.

Por eso es que no me siento aislado ni marginado. Allá los que crean que ignorándome me lastiman, todo lo contrario, me ayudan a comprender más la miseria humana.

Juan Guerrero
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