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No debemos perder la lectura

miércoles 2 de noviembre de 2016
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Lectura digital

Muchas veces me ocurre que mis estudiantes de cursos mayores, que viven pegados al celular y que sufren casi a límites de dolor extremo cuando el “bendito” aparato empieza a descargarse, se sorprenden cuando alguien señala que hay gente que no tiene Internet. Si es por causa de problemas económicos o externos, llegan a condolerse sinceramente con un sentido “pobre gente”, y si es por decisión propia, se manifiestan no sólo sorprendidos sino que, con un airecillo superior, descalifican las supuestas bondades de estar “fuera de una conexión diaria y permanente”. En la medida en que alguien es muy mayor de edad, lo entienden, porque estas nuevas tecnologías “no son de su época”, pero si hablamos de alguien que, digamos, tenga unos 40 años aproximadamente, les resulta absolutamente incomprensible.

Para los jóvenes de hoy, vivir conectados y lo más distante posible de los libros es un estilo de vida.

Una vez un estudiante me preguntó respecto de cuál sería mi día de descanso ideal, si campo, playa, montaña, casa, etc., y yo le respondí que daba lo mismo el lugar, pero que sin duda el objeto que hacía la diferencia era un buen libro. Agregué, incluso, que podía ser en medio de la ciudad, un día por la mañana en el café literario de Providencia, con el celular muy apagado o al menos en silencio. En las miradas de esos estudiantes ante mi respuesta pude observar desde conmiseración (“pobrecito, no tiene nada mejor que hacer”), hasta franco rechazo (“qué viejo tan fome”), pasando por extrañeza (“pensaba que era un poco más activo”) e incredulidad (“nos está cuenteando”). De esa ocasión, al menos, no recuerdo una mirada que indicara aprobación de dicha respuesta. Es que, para los jóvenes de hoy, vivir conectados y lo más distante posible de los libros es un estilo de vida. Cuando llegan a cuarto medio y se dan cuenta de su notable falta de vocabulario y uno les da como razón que nunca leyeron a conciencia los textos escolares, no son pocos los que se defienden señalando que sí leyeron los mejores resúmenes posibles, ya que no tenían tiempo para enfrentas 200 o 300 páginas, con tanta prueba y ejercicios de otras diez o más asignaturas. Son muchos los que no logran calzar el hecho irrefutable de que un resumen, por su naturaleza práctica y ocupada solo del aspecto argumental, de los hechos de las obras, elimina todo el exquisito vocabulario del autor (un aspecto no menor de la lectura), y cuando debido a la influencia de los preuniversitarios andan buscando kilométricas listas de palabras, no se abstienen de opinar que, si no conocen muchas, “es porque en el colegio no se las enseñó”.

Vino a mi mente este tema y este recuerdo porque estoy revisando viejos documentos de mis archivos y encuentro una brevísima nota, que data de hace siete años exactos, del 31 de octubre de 2009, publicada por Diego Erlan en Clarín, de Buenos Aires, titulada “El arte perdido de la lectura”, y que básicamente comenta dos opiniones: la primera, del escritor estadounidense Philip Roth, quien dijo en una gira por Europa: “Leer una novela requiere concentración y devoción para la lectura” y acto seguido presagió males apocalípticos para el acto de leer, y la segunda, del editor inglés David Ulin, quien calificó como “el perdido arte de la lectura” a esta pasión literaria y fundamentó su opinión en que las generaciones actuales se ocupan más en reaccionar que en pensar y creen que el conocimiento depende de la velocidad de su conexión a Internet.

En los últimos tres lustros de mi vida, he visto cada vez con mayor frecuencia casas que no poseen libros.

No dejo de decir, cada vez que puedo, que es una ironía inmensa, una paradoja casi burlesca, que la generación más conectada y con mayores posibilidades de acceder a gran parte del conocimiento universal, de cualquier época, lugar y lenguaje, sea la generación más desinformada y menos culta que ha pisado el globo terráqueo. Cuando mi profesor de educación básica por allá por mediados de los 70 me enseñó a fichar libros en la pequeña biblioteca escolar, una de las pocas de mi pueblo, jamás pensó que esa técnica iba a resultar inútil un par de décadas después. Y tuvo razón, porque el conocimiento adquirido en esas transcripciones, el orden posterior de las ideas en las síntesis y el hasta ese momento invalorado orden administrativo de la ficha en la caja de zapatos que le servía de recipiente, me aportó habilidades de procesamiento de información que el copy/paste actual no sólo no entrega, sino que, peor aún, destruye.

Desde hace algún tiempo, en los últimos tres lustros de mi vida, he visto cada vez con mayor frecuencia casas que no poseen libros. En mis 35 años anteriores, nunca vi tal pobreza intelectual. No soy de quienes demonizan las nuevas tecnologías, este espacio virtual que ya tiene 13 años es firme demostración de mi entusiasmo por las redes informáticas y en mi labor docente, aunque trato de usar distintos enfoques según la necesidad de la clase y a veces soy más academicista, conductista o constructivista, mi mirada y mi enfoque prioritario es convencidamente conectivista, pero si algo no he dejado de tener claro nunca es que no debemos perder la lectura.

Benedicto González Vargas
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