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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El perdido arte de la declamación

• Martes 28 de febrero de 2017
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Los hermanos Gastón y Eduardo Guzmán en la contraportada del disco Judas (1970), del grupo chileno Quelentaro.

Cuando yo era niño (nací en 1965), alcancé a ver en muchas ocasiones a personas recitando poemas en público, es lo que se llama declamar, vi actos públicos escolares y comunales, incluso en shows de televisión, y los escuché en no pocos programas radiales. Mis padres, tíos y mi abuela me contaban siempre de cómo declamaban niños y adultos en las décadas del 20 al 40 cuando ellos eran niños. Hasta el día de hoy mi querida tía Georgina Vargas, que ya cuenta las ocho décadas, declama como en los mejores años y pone en cada verso y cada palabra una intencionalidad comunicativa y artística que sólo puede calificarse de arte.

Actualmente evitamos declamar porque se ha perdido la enseñanza de la correcta forma de hacerlo.

En los años de la década del 70 muchas canciones populares llevaban estrofas que se recitaban y allí conocí a los hermanos Duvauchelle, a Jorge Yáñez, a Tito Fernández y a los hermanos Guzmán, de Quelentaro. Tiempo después llegó a Chile un recitador famoso que hacía furor entre las mujeres, se llamaba Manolo Otero, pésimo cantante, pero buen recitador romántico, competía en fama con consagrados de la época.

La última vez que vi declamar en televisión fue a principios de los 80, cuando en el desaparecido programa ¿Cuánto vale el show?, en su primera temporada, el tercer lugar final lo obtuvo una joven poeta que recitaba sus versos. En los programas de talento actuales ni siquiera tendría oportunidad de presentarse.

Los tiempos han cambiado y mucho. Actualmente evitamos declamar porque se ha perdido la enseñanza de la correcta forma de hacerlo, en las escuelas ya casi no se enseña y nuestros niños y jóvenes actuales lo consideran como algo de escaso valor, apenas un jueguito preescolar. Lo más probable es que los actuales escolares sólo hayan visto personas recitando que no saben controlar su postura, mueven los brazos descoordinadamente como si estuvieran aleteando, no saben dónde fijar la mirada y todo ese torbellino kinésico los lleva a emitir los versos en forma veloz y mal pronunciada.

Lo primero que habría que señalar es que la clave de una buena recitación nunca pasa tanto por el movimiento corporal como por la credibilidad en la emisión del mensaje, por el correcto uso de los códigos prosódicos: dicción, pronunciación, impostación de la voz, destreza en la entonación y adecuados usos del volumen, la pausa y el énfasis.

La poseía no ha sido creada para ser leída, el poeta trabaja acentos, sonoridad, ritmos y rimas, fundamentalmente para ser oídas.

Para recitar de una manera correcta, como lo hace mi querida tía Gina, la primera tarea es conocer bien el poema que vamos a recitar, no sólo memorizarlo, sino que saber hasta qué hondura calan esos sentimientos y emociones que el poeta manifiesta en sus versos. Así como ninguna persona puede hacer un discurso público creíble si no sabe el propósito que busca con sus palabras, tampoco nadie puede declamar un poema si no logra captar adecuadamente lo que el autor quiso decir. Esto implica reflexionar sobre el contenido del texto poético, captar el mensaje, respetar el temple de ánimo que evoca la profundidad del ser que llamamos hablante lírico. Sólo desde allí es posible proyectar esta verdadera recreación poética que es declamar un poema. Recitar no es un acto mecánico y frío. Sólo podemos recitar bien si conocemos verdadera y profundamente el poema.

Otro elemento fundamental en la declamación es respetar íntegramente la estructura que el autor dio a su texto. El poeta trabajó cuidadosamente estableciendo un discurso lírico con pausas, establecidas en la puntuación, que son necesarias para que luzca plenamente el texto poético. No debemos olvidar que la poseía no ha sido creada para ser leída, el poeta trabaja acentos, sonoridad, ritmos y rimas, fundamentalmente para ser oídas.

Finalmente, hay que ensayar los gestos y ademanes para que no aparezcan recargados, exagerados o mecánicos ante el público, porque con ello se genera una reacción de rechazo en nuestra audiencia. En definitiva, si quiere aprender a recitar prepárese bien, porque a mi tía Gina no se las voy a prestar.

Todo vuelve en el arte. Yo espero con ansias el momento en que la declamación vuelva a ponerse de moda.

Benedicto González Vargas

Profesor y escritor chileno (Padre Hurtado, 1965). Ha publicado El ermitaño (Editorial Café Con Leche, 2000), Índigo, los niños de la Nueva Era (Ediciones de la Univirne, 2002), y Huellas en el viento (Editorial Araucanía, 2006). También participó en el libro 2000, el futuro presente (Editorial Letralia, 1999), con un ensayo sobre ciencia ficción. Actualmente imparte clases de lenguaje y comunicación en el Colegio Alcántara, de la comuna de Peñalolén, en Santiago de Chile. Sobre temas educativos publica permanentemente en su blog Educación y Pedablogía para el Siglo XXI.

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Si vas para Chile
Editorial Letralia: 2000: el futuro presente (coautor)
Benedicto González Vargas

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