
Hace algunos días me llegó de regalo el libro El legado del maestro, de Luis Beltrán Echeverría, interesante obra relativa a las artes marciales y la espiritualidad en la vida del autor. No obstante, hoy no me voy a referir a este texto, sino a uno muy anterior que saltó a mi mirada al ir a ubicar el nuevo título a su correspondiente ubicación en mi biblioteca personal. Ocurre que entre mis lecturas pendientes se encontraba el poemario A la luz de mi vela, del ya mencionado autor, obra publicada por editorial Comala en el ya lejano 1992 y en la que Beltrán nos transmite con toda claridad, sencillez y honestidad su mirada ante la vida y sus sentimientos, emociones y anhelos a partir de la cotidianeidad, que es el marco referencial de todos sus poemas.
Beltrán Echeverría, nacido en 1950 en la provincia de Linares, territorio campesino del centro de Chile, es un poeta con varias publicaciones en su haber y con muchas inquietudes literarias y espirituales. Miembro de una familia de artistas, Beltrán es también profesor de religión y maestro de artes marciales. En A la luz de mi vela, las temáticas corren por las distintas situaciones de la vida diaria, con alegrías, esperanzas y tristezas, donde se va bosquejando la voz de un poeta genuino, que no oculta la voz de la poesía popular de la que forma parte, que no esconde su profunda espiritualidad y que en todo momento convierte en poesía los aconteceres diarios.
El libro se abre en el extenso poema que da nombre al libro y que, en veintiocho cuartetas de fluida inspiración, a lo largo de sus 112 versos, nos entrega una suerte de autobiografía en la que destaca los hitos más importantes de su vida y sus más profundas inquietudes. Pasada la feliz niñez, empieza a sentir la existencia de la decepción y el dolor:

Comencé a descubrir
el mundo en que vivía,
no todo era feliz;
los adultos mentían.Existía la muerte,
no era tanta la dicha,
sin contar con la suerte
es difícil la vida.Mi padre fue llamado
a los eternos nidos
quedé desamparado
con los brazos caídos.
Esas esperanzas dañadas y ese dolor inconmensurable se vuelven patentes en el poema “Nuestra ofrenda” en que dialogando con Dios lo interpela por llevarse tan pronto a su pequeño hijo: ¿por qué si lo enviaste lo llevaste contigo? Para concluir con el resignado reconocimiento de que la vida proviene de Dios y la existencia se extiende de acuerdo a su plan:
La vida es tuya, eso está presente,
Recibe al hijo que anhelamos tanto,
escucha el ruego del sufrir silente
transforma en bendiciones este llanto.
“El ángelus”, “Noche de paz”, “Monosílabos” “El Cristo de San Lucas” y “Rezo” son otras muestras poéticas de su profundo vínculo con la espiritualidad cristiana.
Respecto de las situaciones cotidianas más comunes del campo chileno, el poema “Nostalgia” —el que más me ha gustado— es una excelente muestra de ello:
Mi madre me sirvió un mate con cedrón,
y le puso, paciente, dos pancitos de azúcar...
me acerqué la bombilla y sorbí de ese amor,
del brasero, una chispa, se elevó hacia la luna.Queso y pan amasado del gran horno de barro,
el naranjo en el patio y el tilo majestuoso,
el grito “las castañas, el buen mote pelado”;1
el pitazo del tren, un recuerdo precioso.
A lo largo del poemario van apareciendo nombres insignes a quienes rinde homenaje: a una de sus inspiradoras literarias, Gabriela Mistral, al sindicalista Clotario Blest y hasta el famoso club de fútbol Colo Colo, van encontrando espacio en sus versos. Además de poemas dedicados a sus hermanos, sus hijos, su esposa, su abuela y amistades.
¡Qué lindo sería tener una versión digital de este poemario para compartirla con ustedes! Si contacto al autor y lo permite, más adelante la compartiré; por el momento, sólo baste destacar que es un bello libro, de sencilla apariencia, pero de un contundente vuelo poético, vinculado a nuestras tradiciones, a nuestra ida diaria, a aquellos sentimientos que siempre nos acompañan, a nuestros paisajes del campo chileno y una métrica y estructura lírica, popular, campesina y criolla.
Un bello encuentro con esta poesía, sobre el libro recibido que desató esta lectura de A la luz de mi vela, ya habrá tiempo —espero— más adelante para comentarlo.
- A la luz de mi vela, de Luis Beltrán Echeverría:
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Notas
- En el campo chileno de hace cincuenta años, al caer la tarde-noche, los vendedores de castañas y de mote maíz recién cocido, recorrían los villorrios con su inconfundible voceo: “Mote mei, pela’o el mote, calientito el mote mei”.


