“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Carta

domingo 26 de mayo de 2019

Carta, por Astrid Salazar

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2019 con motivo de arribar a sus 23 años.

Ya no sé cuántos días va esto de la electricidad. Sólo sé que mi mente va haciendo diálogos contigo. Y ya hasta me resulta agradable.

Voy de casa en casa apostando a mi silencio y sonriendo a las historias de quienes habitan en ella. A veces, mis labios se despegan y noto cómo todos voltean. Esperando por mis palabras. Pero sólo respiro y vuelvo a retenerme.

Cuando llega la noche queman cauchos y la gente pita y grita. Y aprovechan la oscuridad para robarse los autos.

Aunque aquella tarde, en el cuarto de la Karen, leí en voz alta tu relato, El procrastinador. Reímos. Y al unísono concluimos lo mismo: qué mala suerte la de ese tipo.

A veces, entre tantos hogares visitados, opto por drogarme y ¡vaya, qué divertido! No paro de hablar por doce horas seguidas. Es grato ver cómo sonríen con mi discurso. Me es muy fácil hablar. Todos mis diálogos contigo los guindo en cada una de las orejas de mis amigos.

Pero sólo así es cuando me doy cuenta que debo irme. Me vuelvo tan fastidiosa nombrándote. Me canso y no soporto la compasión de la gente.

He llegado donde mi madre caminando. Sin mi bolso. No me traje celular. Ni libros. He comido y qué sabroso es comer. A veces lo olvido. Hay más calor en Caña de Azúcar, no hay agua: veo pasar a mi padre con los tobos y su queja viene desde sus hombros, “no vayan tanto al baño”, “aprovechen de bañarse y así todos los baldes quedan llenos”. Él no sabe que le miro y que desprecio su tono de voz pero admiro su constancia. Acá en este punto cuando llega la noche queman cauchos y la gente pita y grita. Y aprovechan la oscuridad para robarse los autos.

¿Que si me da miedo? Sí, pero lo bueno de estar acá es la mirada de mi madre y con eso me calmo. En este espacio no abordan mi silencio. Ellos ya me saben. Mi madre colocó una hamaca en medio de la sala. Y acá paso casi las veinticuatro horas. A mi izquierda están las revistas de modas las cuales llevan escritas las novelas de Corín Tellado. Voy leyéndolas y se me pasa la tarde. ¿Puedes creerlo? Astrid leyendo a la Tellado.

Ayer decidí volver a casa. Allá todo es quietud. Me baño y sigo diciéndote todo esto que te escribo. Qué bueno es bañarse sin tobitos. Debo apurarme. Anochecerá. Arreglar el bolso. Sólo lo básico. ¿Qué es lo básico? Te pregunto.

El señor Miguel se sorprende de verme, me dice: “Mi niña, sólo te queda medio tanque… y una vida”. Subo la mirada y él sabe que quiero abrazarlo pero su cuerpo está lejos de mi cuerpo. Le sonrío.

Me cercioro de que todo quede desenchufado. Y al cerrar la puerta te pregunto: ¿el señor Miguel me dijo que sólo tengo una vida?

Sólo es una vida. ¿No? Sin luz pero una vida. Y me es suficiente.

Silencio.

Ya no me quedan amigos donde hospedarme. He paseado por todos. Ya conozco sus olores y sus trucos de sobrevivencia para un país sin electricidad. Estos últimos los llevo anotado en el celular que me regalaste. Gracias, te digo. Y sé que sonríes por dentro. Lo veo en tu pecho porque se infla.

Y vuelvo tranquila a la casa de mi madre pero esta vez hago otra ruta, por estos lares de la avenida Universidad se ve mucho más la miseria: se huelen los sudores con los botellones a cuestas, el contar el dinero junto al sabor del asfalto quemado. Y la poca fe.

Sólo sé del hoy. Me espera la Corín y esta hamaca desde donde te escribo. También he traído unos cartones para seguir con la editorial. Porque sólo es una vida. ¿No? Sin luz pero una vida. Y me es suficiente,

desde Venezuela,
siempre tu perrito.

Astrid Salazar
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