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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Fuera de la tierra prometida

• Martes 22 de mayo de 2018

Fuera de la tierra prometida, por Luis Alfredo Castellanos

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

L

Llueve al revés
y sin embargo
los charcos no llegaban a secarse.
Era un lugar de transfusiones de huesos
de secar la humedad del agua
e inventarle otro sonido a la palabra ciudad.
Sólo a veces el aire rasca la tierra y la lleva a la cara
pero eso ocurre en cualquier parte
menos tú.
En serio
tu voz deja del silencio pequeñas astillas que no duelen,
pero aquí
nadie tiene miedo a eso.
Que desaparezcas en el parpadeo o te escapes en la expiración
es un doloroso eco que se profundiza en las venas,
aunque no me lo creas.

 

E

Encienden la oscuridad
como si no supieran que odio el café helado
y mis libros fuera de lugar.
Este lugar me gusta
pero es triste
encadenan todo cerca de sí, al perro, al ave, al carro, a la casa, a los habitantes
y tienen ánimos de islas apagadas aunque estén llenos de guirnaldas.
Aunque, claro, nadie puede ser sin sombra
y busco alguna que me quede
pero todas están ocupadas
¡váyanse al diablo!
Te ríes porque crees que puedo ser imbécil
y te aseguro que no voy a contradecirte.
A lo lejos alguien llora
¡qué bien!
¡Al fin uno al que pueda celebrarle su dolor!

 

A

A cualquier hora miran veneno
por eso los lentes
por eso los sueños parirán sueños muertos.
Hay muertos que resultan agradables
más aquellos que nunca pecaron de llamarse a sí mismos.
Pero no hay que molestarlos con relojes ni con semáforos.
Y quizás
sonreír no sirva de mucho en un lugar como este
que se aferra a sus excrementos.
Algunos hacen estatuas con ello
y otros los encomian
y casi nadie se percata de lo que respira o ve.
Me gustaría quedarme
aplaudirles cuando se atan los zapatos o recitan sus números de cuentas
celebrarles sus crisis emocionales,
Pero ya me cansé de oler tanta mierda

 

U

Una ciudad de caminos vírgenes.
Ellos los miran y los abandonan.
Todos saben que no terminan,
se prolongan entre los días
y algunos olvidan que fue mujer o incienso lo que encontraron.
Esta ciudad no debería tenerlos,
mejor sería para el andante
portar un camino en el bolsillo y sacarlo a pasear en horas veraniegas.
Y si el camino se encuentra con otro, permitirles que se saluden,
que intercambien algo de piel, que observen las manchas en su espalda,
descubran los bostezos de los desiertos infantiles y aprovechen para ajustar sus calendarios nocturnos.
Esta ciudad se avergüenza de ellos,
no los conoce y prefiere el humo que cubre sus ojos o inyecta su piel de un polvo amarillo y luego deambula como un títere que alguien abandonó para su simple destrucción, así es ella, es una indolente.
Insisto, esta ciudad no se merece estos caminos.

 

N

No hay paisajes.
No nacen en este lugar.
Y cuando un niño infla arcoíris
los sapos que brotan de mi piel los devoran alegremente.
Hoy comprenden la tragedia
y quieren resucitar el aleteo de las aves,
desean regurgitar los colores consumidos de las mariposas.
Pero estamos tan sucios que, al decir lagos,
terremotos afloran de este aire putrefacto.
Nadie se mueve.
Nada se mueve.
Y queremos que alguien nos despierte,
pero realmente nunca dormimos,
y nos lanzamos como insectos a la luz,
y nada nos hace tan felices de mostrar el lodo de la vida
para luego caer llenos de tanto cansancio en los oídos.

 

C

Cierto.
Me harto de ser bueno,
de saludar,
de fingir que me olvido de su sombra.
Vean la importancia de usar mi máscara de selva oscura,
ante su marcha ceremonial al encuentro de Jerusalén.
Quieren encontrar una geografía en mi voz que los haga sentirse extraños.
Y francamente no me importan, ni sus dolores en abril o sus heridas del sur,
muéstrenselas a otro que no sea discípulo del cerrajero del averno.
Mi música es de otra parte,
con un ritmo de acuarela impresionista,
que detesta el té en la espalda de la tarde
o desenterrar amigos que crucifiqué
voy al encuentro del viento por su insulto de frescura en mi pelo
brumosa nostalgia
que tilda la oscuridad de mis palabras.

 

P

¿Por dónde quieren llegar con sonidos mutilados, ciegos violines y cuerdas del arpa que se repudian constantemente?
¿y si Dios ya se hubiera marchado?
¿y si Él estuvo esperando y no llegaron?
A mí me produce sonrisas.
Por mí.
Por los pecados encontrados
y si ya con ellos me había fabricado un muro de ojos abiertos.
Una vez le di un puntapié a un secreto y no se destruyó.
No me molesta reconocer que debo lo que tengo,
pero sí, que quieran llevárselo.
¿Y no es compartir el principio de la vida?
Sin embargo,
nadie quiere encender eso
mientras que yo
disfruto soplar sus cenizas boca arriba.

 

B

Bueno es ser malo.
Porque ya nadie espera más.
Me gusta ese bando.
Entonces me gritan que Caín es mi tío y Judas mi primo,
¡bienvenidos, parientes!
También dicen que estoy solo.
No les entiendo.
Mejor, no les creo.
Es que en la oficina me tildan de incendiar las oraciones,
de envenenar las imágenes,
de apagar las figuras con mi aliento.
Definitivamente, es bueno ser malo.
Luego, todos se cansan de creer,
y en la fe me inventan planetas lejanos para domiciliarme
¿pero quién puede abandonar a la familia? Hace falta mucho valor para eso.
¿no es cierto, hermano?

Luis Alfredo Castellanos

Luis Alfredo Castellanos

Escritor salvadoreño (El Rosario, 1971). Es cuentista y dramaturgo. Ha obtenido varios premios nacionales en poesía, cuento y teatro. Ha publicado como coautor y antologado en textos de poesía y narrativa. En dramaturgia tiene las publicaciones Crucigrama de sonidos (2009), Éxodo de la voz (2013) y El tiempo en que no estás (en Antología de los Juegos Florales El Salvador 2014). Estudió Filosofía y Letras.
Luis Alfredo Castellanos

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