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Libros en custodia

viernes 25 de mayo de 2018
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Libros en custodia, por Luis Guillermo Franquiz

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
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—¿En serio? —dijo Martha—. ¿No te molesta?

—No, querida. ¿Por qué habría de molestarme? Creo que los dos salimos ganando.

—Leí lo que escribiste sobre tu biblioteca y eso me animó a llamarte.

—Claro. Sucede en el momento justo.

—Había pensado en venderlos, pero estoy agobiada con todos los papeles que he tenido que tramitar y la verdad es que no tengo tiempo para dedicárselo a los libros. O me concentro en una cosa o me concentro en la otra. ¿De verdad no te importa?

—No, no; para nada. Más bien te agradezco que pensaras en mí.

—Sí, bueno; también pensé en otros amigos, pero tú eres el primero al que llamo.

Entendí bien que resulta muy incómodo y difícil para los que se deciden a emigrar llevarse sus libros, pero la confluencia de esas decisiones de dejarlos conmigo me llenaba de orgullo y nostalgia al mismo tiempo.

—De verdad, mil gracias por eso.

—¿Te puedo mandar una lista, entonces? Así escoges los títulos que prefieres y dejamos otros libros para los demás. ¿Te parece bien si lo hacemos así?

—Por supuesto. Mándame la lista a mi correo. La reviso con calma y te escribo de vuelta.

—Maravilloso, querido —dijo ella—. No sabes cuánto te lo agradezco. Me da mucho dolor dejar mis libros, pero me voy tranquila porque los dejaré en buenas manos. Tú sabrás apreciarlos tanto como yo. Y no puedo llevármelos. Eso ni pensarlo.

—No, claro. Sólo de imaginar el peso…

—Exacto. Y mi esposo quiere que simplifiquemos todo. Hay que hacer sacrificios.

—Te entiendo. No tienes que explicarme nada. Aquí serán bien recibidos y cuidados.

—Gracias, Luis Guillermo. No sabes cuánto me ayudas. Respiro mejor sabiendo que mis libros están en tus manos y no por ahí, quién sabe dónde, manoseados por extraños. Contigo sé que estarán seguros.

—Claro. Puedes contar con eso.

—Además, tu biblioteca está quedando tan bonita. Vi las fotos. Te felicito.

—Gracias, querida.

—Te mando la lista apenas la termine. Tú escoges lo que quieras. De todas formas, ya son tuyos, prácticamente.

Los dos reímos y finalizamos la conversación. Respiré profundo. Era la tercera vez que eso me sucedía, y me pareció curioso. Entendí bien que resulta muy incómodo y difícil para los que se deciden a emigrar llevarse sus libros, pero la confluencia de esas decisiones de dejarlos conmigo me llenaba de orgullo y nostalgia al mismo tiempo. Y todo por haber publicado en Facebook unas fotos de mi biblioteca mientras la iba armando. Fue un impulso repentino. Casi todos mis libros seguían en cajas grandes luego de mi propio conato de partida. Fracasado ese intento, ellos se quedaron en ese sueño suspendido y oscuro hasta nuevo aviso. Un fin de semana me armé de valor y comencé a abrir las cajas, una por una, luego de haber contratado a un chico para que colocara los estantes de nuevo en las paredes de mi estudio. Me estimuló bastante hacerlo, porque tengo una relación muy simbiótica con los libros, y comprendí que los necesitaba a mi alrededor para impulsarme a seguir adelante. Y no me equivoqué al respecto. Supe de inmediato que había tomado la decisión correcta.

El correo electrónico de Martha llegó dos días después. Una larga lista de títulos que me hicieron emocionar conforme avanzaba en la lectura. Reconozco que no fue fácil decidirme. Pensé en el precio posterior del envío; aunque Martha se había ofrecido a pagar la mitad del costo, yo decidí que no podía dejarla hacer eso. Me estaba regalando sus libros, ¿y encima tendría que pagar por hacérmelos llegar? No. Definitivamente, no. Decidí que yo asumiría el gasto, convenciéndola de ello sobre la marcha. En la lista, como sucede en toda buena biblioteca, había volúmenes de filosofía, de literatura, enciclopedias, y una mezcla de autores que sólo un lector acucioso suele reunir bajo un mismo techo. Así, poco a poco, fui anotando títulos y nombres en una hoja blanca para decidir al final con qué me quedaría. Insisto, no resultó una tarea sencilla.

Entretenido en eso, recordé el pedido inicial de otra amiga, la primera en ofrecerse a dejarme sus libros porque se iba del país. Ella vivía en Valencia. Apartó un fin de semana para recibir a sus amigos más cercanos, y dejar que cada uno seleccionara libros en su biblioteca y se quedara con ellos. Acordamos vernos el sábado por la tarde. Llegué con dos bolsos grandes, sin vergüenza y sin remordimientos ante lo que estaba a punto de hacer. Me tocó ser atendido en la tarde porque otra de sus amigas ya había apartado la mañana para hacer sus escogencias. Yo me limité a cruzar los dedos para que hubiese dejado algo interesante para mí. Marianne me recibió con una sonrisa de complacencia y la noticia de que su amiga había tenido un percance y por eso no pudo llegar a la hora indicada. “¿Soy el primero?”, le pregunté con alegre incredulidad. Marianne asintió y subimos a su apartamento para llenar con paciencia mis bolsos. Todavía, al día de hoy, agradezco en secreto el hecho de que su amiga no pudiera llegar a tiempo y me cediera la oportunidad de “hacer mercado” literario. “Por favor”, dijo Marianne a media tarde, ofreciéndome una taza de café, “deja algo para los demás. Se van a sentir frustrados y te van a maldecir en voz baja”.

También pensé en Marianne. Y en Víctor. Otros lectores voraces. Otros escritores forzados a abandonar eso que tanto nos nutre y nos estimula. Sólo alguien con un amor similar podría entender esa decisión apresurada, ese corte quirúrgico.

Los correos intercambiados con Martha, mucho después, me hicieron sentir como un niño que escribía su carta a Santa Claus en Navidad. Aquella lista primigenia se vio reducida varias veces antes de llegar a algo definitivo. Siempre con el costo del envío en mente, por supuesto. No llegué a escoger todo lo que quería, pero me sentí satisfecho de haberme decidido por los autores y los títulos que más me interesaban. Allí había muchas joyas esperándome. La caja llegó al cabo de un par de semanas. Tuve que pedirle el favor a Papá de que me llevara a buscarla porque pesaba mucho. Él ni siquiera preguntó qué había dentro. Sonrió mientras negaba con la cabeza en una clara señal de que desaprobaba mi gasto, pero comprendiendo que ya estaba hecho. Ese día pasé toda la tarde sentado en el piso, sacando un libro a la vez, acariciándolo, leyendo la cubierta posterior, oliendo sus páginas centrales, descifrando las notas manuscritas de Martha en los márgenes, buscándole un lugar especial dentro de mi biblioteca. Confieso que la sensación de regocijo infantil fue muy grande. Y al final me invadió una extraña melancolía. Eran los libros de Martha. Y ahora estaban en mi biblioteca. Imaginé a Martha sintiendo una alegría similar a la mía mientras los compraba, al leerlos, al saberlos seguros en su propia biblioteca. Supuse también que ella debía haberse sentido muy triste al desprenderse de ellos. Las lecturas de su vida. Sus escogencias. Sus autores favoritos. Sus horas apartada del mundo. Sus silencios acompañados. Todo eso pasaba a formar parte de mi burbuja literaria. Me sentí como si le hubiese robado algo a Martha, o me hubiera aprovechado de su viaje inminente para saquear los estantes llenos de libros. ¿Qué pudo haber sentido ella cuando los colocaba con lentitud dentro de la caja? ¿Qué recuerdos habría conjurado cada título? ¿Cómo se apartaría de la caja para fijar la mirada en otra cosa? ¿Habíamos hecho lo correcto?

También pensé en Marianne. Y en Víctor. Otros lectores voraces. Otros escritores forzados a abandonar eso que tanto nos nutre y nos estimula. Sólo alguien con un amor similar podría entender esa decisión apresurada, ese corte quirúrgico, esa mutilación emocional de la que quizás es preferible no hablar por un tiempo. Una pérdida. Un duelo literario. Una despedida muda. Creo que ellos deben sentirse medianamente tranquilos porque sus libros han venido a parar con los míos. Y yo agradezco muchísimo lo que me obsequiaron porque de otra forma, con la escasez actual, me hubiese resultado imposible ponerles las manos a semejantes títulos y autores. Cortázar. Borges. Lispector. Algunas novelas de Rubem Fonseca. Los cuentos completos de Virgilio Piñera. Cuatro volúmenes con los relatos de Raymond Carver. Y también Gógol. Fitzgerald. Lessing. Grass. Un peculiar tomo de relatos cortos de Elizabeth Bishop que guardo con mucho celo. Austen. Akutagawa. De Stefano. Ana Teresa Torres. Onetti. Cabrera Infante. Millás. Balza. Vargas Llosa. Lo cierto es que he salido ganando con los envíos de mis amigos emigrantes. Mi biblioteca se ha enriquecido bastante gracias a los libros que ellos dejaron atrás. Pero me dejan una sonrisa agridulce.

Hoy me siento como si fuese un custodio literario de libros ajenos. Ellos se han ido y me han dejado sus reliquias llenas de letras y frases memorables. Pero a pesar de todo lo dicho y escrito, ninguno se acerca a comprender la magnitud de mi agradecimiento. Las palabras a las que tanto nos hemos aferrado fallan en este momento. Entonces es preferible dejarlo así, evitando la treta de recurrir a cualquier lugar común para expresar lo inexpresable. Los libros nos unen. Espero que algún día podamos vernos de nuevo, conversar como antes, y que mis amigos puedan reconocer en mi risa y en mis lecturas el amor multiplicado que ellos también sintieron por los volúmenes que dejaron conmigo, que me dejaron en adopción. Ahora son míos, pero todos sabemos que siguen siendo de ustedes. Allí no hay discusión.

Luis Guillermo Franquiz
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