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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Poemas de Miguel Ángel Latouche

• Domingo 27 de mayo de 2018

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

Tríptico

I

Allí quedaste
Al borde de un puerto
Sin embarcaciones.
Al amparo de unas ubres
Que no alimentan,
Que se han secado
—Sin remedio—
Hasta hacerse polvo.
Te quedaste con las casas bajitas,
Con la plaza que convoca
Los domingos por la tarde,
Con una iglesia rota
Donde los niños hacen la primera comunión
Dos veces al año.

Te quedaste con las procesiones,
Con los murmullos,
Con la gente que te mira de reojo
Y pregunta por mí.

Te quedaste con la tierra
Donde reposan mis muertos,
Donde escribí mi primer poema,
Donde me batí en duelo con el papel desnudo,
Donde al amparo de los mangos,
de los samanes y de los semerucos
Decidí que me iría
Para no volver nunca más

Te quedaste con los jardines
—enredaderas de cenizas y árboles secos.
Te quedaste con nuestros primeros besos
Y con los últimos,
Con las promesas que ya
Nunca cumpliré.

Pequeña Penélope
Sin rueca sin hilos sin costurero
Entre tú y yo
Ya no hay nada más
Que tejer o destejer.

 

II

Me persiguen los girasoles ciegos
He viajado en un tren sin rieles.
Voy rodeado de la herrumbre
De unos siglos sigilosos
Que nadie recuerda.
He perdido la suela de mis botas
Entre este amasijo de hierro fundido
Que han parido las fábricas
de ilusiones
Y de hojas secas.

Los sueños caen con cuentagotas.

He vivido en una ciudad hecha polvo
Sobreviviendo a misiones riesgosas
Que nada solucionan.

¿Qué me cuentas tú?
Los cangrejos han devorado
Tu hígado y tus pulmones
Yaces silenciosa
Hecha fuego y polvo y cenizas
Yo resguardo tu recuerdo
Y algunas plegarias
Que me parecen imprescindibles.

Prometeo fue castigado
Por regalarnos el fuego.
El águila tiene un hambre
Insaciable.
Hay demasiados hombres
Encerrados en La Tumba.
Zeus es un Dios severo.
A veces bien vale la pena
Un sacrificio.
No es poca cosa retar hasta la furia
A un Dios
—Aunque nos vaya la vida en ello—,
A fin de cuentas
Fue el fuego el que nos permitió
Vencer a los Centauros
Que trituraban el maíz con sus cascos
Corrompiéndolo
Quitándonos eso que nutría
Nuestras vidas
Dejando los granos a merced
de los cuervos.

El fuego nos permitió
Vencer a las sombras
Ponernos en pie de nuevo
Preparar las falanges
Para un combate en el que
Resultamos victoriosos.
Luego de la batalla
(Furiosa y cruenta como fue)
Entre los restos de los ecos oxidados
nacen girasoles
Llenos de ojos
Que nos resguardan

Es un tiempo para la esperanza
Para las abejas que polinizan
Para iniciar de nuevo.

 

III

La lluvia cae sobre la tierra
Árida y la revitaliza
Los surcos están abiertos

Es tiempo
De preparar la semilla

Los mártires serán reivindicados.

La siembra y la recolección
Forman parte
Del mismo proceso vital

Cada muerte
Guarda su propio renacimiento.
Es arduo el camino
Que nos lleva al encuentro.

De aquel pozo nos llegan
Todos los dones

Yo creo en el libre albedrío
Aunque deba nadar a contracorriente.
El peor giro es el que nos lleva
a 360 grados de nosotros mismos.
Inmóviles
En un inicio recurrente.

Seguimos adelante
Más allá de nosotros mismos
Buscando nuevas rutas

Yo me encuentro a la mitad
de mi propio viaje.

Prefiero ser río
A ser cauce
Apostar por el cambio
Fluir
Mutar, transformarme.

Este no es más que un tránsito infantil.
Mas allá se esconden otros secretos

La ruta está llena de molinos de viento.

Prefiero la azada a la armadura
En los brotes jóvenes y frágiles
Se esconde la esperanza.

 

Mi otra Ítaca

El mar se ha tragado la isla.
Hemos sido víctimas de lestrigones
Y de brujas perversas.
Los cíclopes nos han lanzado
Más que un ojo
Y a veces somos nosotros
Los que andamos ciegos.
Poseidón ha desatado una furia
Inesperada
Ya no es posible volver,
La tierra ha sido arrasada,
Quemada con sal y maldiciones.
Ítaca trascendió la geografía,
Se ha perdido
En un tiempo vital
Que ha dejado de pertenecernos.
Mi otra isla ya no se encuentra en los mapas,
Sus costas se han borrado,
Mis naves no la alcanzan.
Ítaca es un no lugar,
Un hito personal
Una aventura íntima
Que me acompaña a todas partes

 

Esta ciudad

En la ciudad desolada.
Se han perdido las luces
Y las voces.
Los rostros hechos de polvo
Y silencio
Han perdido identidad
Se han quedado huecos.

Gajos de cigarras
Destazadas.

Toda pena es ajena
Para el que no la padece.

Los pájaros no cantan.
Los acueductos mueren de sed.
Las ventanas son puntos ciegos.
El gigante tenía pies de barro
El tigre ha escapado de sus captores
Y lo ha devorado todo.
Absolutamente todo.

 

Quédate

Quédate con tus castillos de arena,
Con las hojas muertas,
Con el desierto que avanza,
Con los molinos hechos de viento.
Quédate con los frutos
de los árboles secos
Con el silencio de las cortezas
Con las semillas que no germinaron.
Quédate con los rompecabezas inconclusos
Con las partidas no terminadas.
Quédate con el jaque y el mate,
Con el Rey inerte entre los escaques,
Con el vaso vacío.
Quédate con ese entramado
de caminos a medio andar
Con los hombres que se bañan en tu río putrefacto,
Con el edificio a medio construir,
Con las promesas derramadas,
Con las ideas inconclusas
Y las manos vacías.

Quédate con el laberinto
En el que te has convertido.

Miguel Ángel Latouche

Miguel Ángel Latouche

Escritor venezolano. Internacionalista. Doctor en ciencias políticas. Profesor de la Universidad Central de Venezuela (UCV), de cuya Escuela de Comunicación Social fue director desde 2008 hasta 2017. Actualmente realiza estudios posdoctorales en la Universidad de Bamberg (Alemania). Ha colaborado en medios como Tal Cual, Efecto Cocuyo, Panampost, Theconversation.com y El Imparcial.
Miguel Ángel Latouche

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