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La guerra de las hormigas

miércoles 25 de mayo de 2022
La guerra de las hormigas, por Javier Garrido Boquete
Una hormiga marrón llegó, olisqueó al animal, y se fue. Pero regresó casi enseguida con una compañera, y detrás de ésta llegaron otras más. Fotografía: Shardar Tarikul Islam • Unsplash

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

Gregorio había asumido aquel rincón del patio como su reino personal. Un imperio privado, mínimo, portátil, limitado por una carretilla volcada, carcomida por el óxido, el ángulo del muro del fondo y una ruma a medio desmoronar de planchas de zinc. En aquel pedazo toscamente cuadrangular de tierra rojiza no crecía casi nada, salvo dos o tres yerbajos huérfanos, pero se encontraba habitado por dos colonias de hormigas de muy diferente catadura: a la derecha, justo al lado de las chapas de zinc, se elevaban a modo de conos volcánicos los nidos de unas hacendosas y mansas hormigas marrones; atrás y a la izquierda, pegadas a la pared, se encontraban las grietas de las que surgían hileras interminables de unas minúsculas hormigas negras, agresivas y de picada muy dolorosa.

Las habitantes originarias de aquel terruño eran las hormigas marrones; respecto a las otras, las negras, Gregorio tenía la firme sospecha de que habían llegado desde el boscaje de la quebrada que quedaba más allá del muro, cruzándolo por el hueco dejado por un ladrillo desprendido. Esta irrupción fue puesta en evidencia de una manera más bien dramática, una tarde en la que Gregorio plantó inadvertidamente su pie descalzo cerca del nuevo hormiguero, que hasta entonces le había pasado inadvertido. Sintió como si lo hubiera metido en carbones ardientes, y al mirar mientras gritaba, saltaba y sacudía a palmetazos, descubrió a sus nuevos huéspedes encarnizándose en su piel.

El lado positivo es que aprendió temprano a tenerles respeto: mientras mantuviera la distancia, aquellos bichejos resultaban inofensivos. El otro lado positivo era que sus actividades vespertinas habían ganado en diversidad. Apenas si podía esperar a terminar las tareas de la escuela para arrastrar el pedazo de esterilla que usaba para tenderse en el suelo, y munido con los adminículos necesarios, dedicarse a experimentar con sus protegidas. Los adminículos solían variar de día en día, pero los básicos eran una lente de aumento, un trozo de alambre, un cuchillo mellado, un cuadrado de cartulina, una caja de cerillas, un gotero, una botella de gaseosa con dos dedos de gasolina. Todo esto lo mantenía a buen recaudo y apartado de miradas indiscretas en una vieja caja de zapatos.

Si la convulsión duró diez minutos fue mucho, y por los siguientes tres días su horda de hormigas marrones pareció haberse esfumado del planeta.

Con la gasolina y las cerillas, al menos, debía proceder con suma prudencia y discreción, pues su padre no dudaría en incautárselas si se enteraba de que las tenía en su poder. Y era precisamente con la gasolina que había logrado su éxito más clamoroso: en aquella memorable ocasión se había dedicado a verter, gota a gota, el líquido rosado por la boca del mayor de los volcancitos de las hormigas marrones; había tres, separados entre sí más o menos una cuarta. No recordaba si tenía la intención de usar después las cerillas, pero lo que ocurrió enseguida hizo que aquello no le importara: de los conos accesorios brotó un agitado e interminable torrente de insectos, muchos de los cuales transportaban en sus mandíbulas unos pequeños gránulos blancos; más tarde leyó en una vieja enciclopedia que se trataba de las crías de las hormigas. Como obedeciendo a una consigna o a un plan prefijado, la riada se dirigió a las planchas de zinc y desapareció bajo ellas. Si la convulsión duró diez minutos fue mucho, y por los siguientes tres días su horda de hormigas marrones pareció haberse esfumado del planeta. Levantar las láminas para atisbar debajo de ellas quedaba fuera de discusión, pues pesaban demasiado (y pese a eso, lo intentó en un par de ocasiones). Gregorio tuvo esos tres días para lamentarlo y comenzar a resignarse a compartir sólo con la intratable colonia de hormigas negras, pero al cuarto comprobó regocijado que un nuevo nido se alzaba orgulloso a un metro, o algo así, de los que ya abandonados comenzaban a desmoronarse.

Pensó que algún día, a lo mejor, repetía la experiencia con el otro hormiguero, pero por ahora, mejor como que no.

Esa tarde no estaba haciendo nada especial: incluso puede que sólo pretendiera discernir con el vidrio de aumento, tendido de bruces en su esterilla, la carga que llevaban algunas hormigas sueltas de regreso al hormiguero. Lo usual era que fuera alguna semilla o un pedazo de hoja, aunque también, en ocasiones, podía ser partes del cuerpo de algún otro bichejo. Siempre le producía admiración (y también envidia) que insectos pequeñitos pudieran transportar cosas que los superaban tanto en tamaño. Quizá en eso andaba cuando una sombra se cernió sobre él.

—Goyito… —escuchó que lo llamaban. Desde siempre odiaba que le dijeran así.

Se sobresaltó, a pesar de que no tenía un motivo particular para sentirse culpable: ni la botella de gasolina ni las cerillas se encontraban a la vista. Se volvió y vio primero aquellas botas extrañas, y luego una figura altísima enfundada en un uniforme verde que le quedaba demasiado holgado, y que se mantenía de pie con una rigidez extraña.

Le costó un poco reconocer el rostro ancho y sonriente de su hermano mayor, y no lo hizo hasta que se acuclilló a su lado. Descubrió con desagrado que ahora, además de aquel traje ridículo, llevaba la cabeza rapada. Efraín de Jesús se había ido al cuartel (Gregorio no tenía la menor idea de lo que significaba eso, ni tampoco nadie se lo había explicado) un par de meses atrás, lo que fue ocasión para que su madre llorara por días, sus hermanas más de una semana y que su padre no dijera una palabra al respecto. Y apenas ahora es que reaparecía, disfrazado de esa guisa.

—¿Todo bien? —le escuchó decir, mientras le revolvía el cabello, cosa que Gregorio detestaba—. ¿En qué andas?

—Lo mismo de siempre. Cosas mías —le contestó, hosco.

No es que tuviera algo contra su hermano, pero detestaba que lo interrumpieran.

—¿Siempre con las hormigas? Al final vas a terminar de científico, si estudias bastante.

Pero él no quería ser científico, la verdad. Sólo quería jugar con sus bichos. Y también que lo dejaran en paz.

—Goyito, pasé para despedirme…

—Soy Gregorio, no “Goyito” —le replicó con rabia, aunque lo más seguro es que no llegara a pronunciar esas palabras.

—Me mandan un poco lejos, hasta la frontera. Voy a estar por allá como seis meses, creo…

Esa noche su padre abundó en el tema durante la cena. Declaró que su hijo había ido a servir a la patria, y todos tenían que estar orgullosos por eso.

Gregorio tenía una remota idea de lo que era la frontera: su maestra había dicho algo sobre eso en la clase de moral y ciudadanía, aunque no había prestado demasiada atención. Al menos, había logrado aprenderse de carrerilla los límites para el examen, pero ya se le habían olvidado.

—¿Eso queda muy lejos?

—Un poco. No voy a poder venir hasta que me den permiso, y no sé como cuándo será eso.

Esa noche su padre abundó en el tema durante la cena. Declaró que su hijo había ido a servir a la patria, y todos tenían que estar orgullosos por eso, lo que provocó que su madre rompiera de nuevo a llorar.

Acordarse del tema de las fronteras, junto con alguna película vista el domingo en la televisión, le abrió nuevas perspectivas a Gregorio. Se le ocurrió que estaría muy bien si lograba que estallara una guerra entre sus dos colonias de hormigas. Hasta el momento cada una andaba a su aire, ignorándose. Y las pocas veces en que se encontraban unas con otras, solían darse la vuelta.

Había descubierto que las hormigas negras tenían por costumbre buscar su alimento al otro lado del muro, así que lo primero que hizo fue tapar el boquete que había dejado el ladrillo desprendido. Luego, con un poco de yeso que birló en la caseta de las herramientas, tapó todas las demás grietas por las que podían pasar. De entrada no ocurrió mayor cosa, pero sí notó las hormigas negras se iban aproximando en sus desplazamientos al nido de las otras. Como efecto colateral, comenzó a sufrir picaduras más frecuentes y dolorosas, pero no le importó. La piel le ardía y se le ponía roja, pero siempre pasaba; lo consideró un sacrificio de su parte, un precio que tenía que pagar. Luego probó capturando y enseguida liberando ejemplares en las inmediaciones del nido contrario: las hormigas negras solían encarnizarse y despedazar al intruso, en tanto que las marrones acostumbraban ignorarlo, pero en ninguno de los dos casos la provocación parecía ser suficiente como para iniciar un conflicto en serio.

Otras veces robaba unas papeletas de azúcar en la cocina y extendía regueros entre los dos nidos, pero ni así sucedía nada especial que reseñar: los bichos recogían los gránulos y se regresaban cada cual por su lado.

Ya aquello comenzaba a aburrirlo (complicación con seguridad fatal), cuando el triunfo llegó de la manera más inesperada. Una mañana, al abrir la puerta del patio, vio que sobre el embaldosado se debatía un animalejo rechoncho, vuelto sobre su espalda, con las patitas agitándose en vano en el aire. Sintió lástima por él, así que primero procuró auxiliarlo, poniéndolo derecho con una ramita. Pero pronto le resultó claro que aquel era un esfuerzo inútil: cada vez que lo intentaba, cuando el escarabajo separaba los élitros y desplegaba las alas, perdía el equilibrio y volvía a quedar con la panza hacia arriba.

“Pobre bicho”, pensó, y se le ocurrió que era preferible que acabara de una vez con su miseria. Y ya había alzado el pie para aplastarlo cuando cambió de opinión. Regresó por su caja de instrumentos y rebuscó en ella hasta dar con el pedazo de cartulina, que usó para trasladar a la sabandija. Y es que le daba miedo tocarla con los dedos.

Lo llevó hasta sus dominios, y buscó el lugar más adecuado para dejarlo. Una pequeña oquedad algo más cercana al nido de las hormigas pardas que al de las negras le pareció bien.

Comenzaron a arrastrar al animal hacia su nido, halándolo por las patas y las alas.

Vio que el bicho continuaba pataleando, pero ahora su barriga brillaba al sol con reflejos tornasolados. ¡Bueno! Ya era sólo cuestión de esperar, y así lo hizo, echado en su esterilla. Pero a lo mejor tampoco pasaba nada.

En la casa, como a mil kilómetros de sus espaldas, comenzó a repicar el teléfono.

Y no pasó nada por largo rato, al punto de que incluso comenzó a adormecerse. El escarabajo movía las patitas cada vez más lento. Una hormiga marrón llegó, olisqueó al animal, y se fue. Pero regresó casi enseguida con una compañera, y detrás de ésta llegaron otras más. Comenzaron a arrastrar al animal hacia su nido, halándolo por las patas y las alas. En un par de ocasiones el escarabajo logró liberarse y abrió las alas, pero tampoco alcanzó a volar, aun cuando en ello se le iba la vida.

No llegaron muy lejos. Se cruzaron con unas pocas hormigas negras, y a éstas pareció llamarles la atención la presa. Vinieron otras, y luego otras más, de lado y lado. Los refuerzos llegaron en oleadas, y muy pronto se formó alrededor del escarabajo un caos enloquecido de patas y quijadas, que acabaron por despedazarlo vivo. Le desprendieron los élitros y las patas una por una, pero los afortunados que lograban obtener alguna pieza eran asaltados enseguida por las tropas recién llegadas, que los despojaban de ella y con frecuencia acababan también con los acarreadores.

Gregorio tuvo que contener un grito de alegría. Allí tenía, por fin, su batalla.

Escuchó que en su casa volvía a sonar el teléfono, y que su padre maldecía, como lo hacía siempre que el teléfono repicaba y nadie se molestaba en contestarlo. Lo normal era que lo hiciera su madre, alguna de sus hermanas, o Esteban de Jesús, pero éste ya no estaba.

¿Y cuál sería su siguiente paso? No lograba imaginarse ningún triunfo más allá de ese. Era claro que las hormigas negras estaban ganando, y cada vez eran más las que salían de la maraña de cuerpos transportando pedazos de sus adversarias. Del pequeño escarabajo apenas si quedaba un trocito de ala disputado con ferocidad entre tres hormigas marrones y media docena de las otras.

Le llegó un alarido desde la casa y enseguida un portazo.

Al volverse vio a su padre como no lo había visto nunca antes: derrumbado en el porche, sollozando y agarrándose la cabeza con las manos.

Javier Garrido Boquete
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