“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La necesidad de un enemigo para justificarnos

miércoles 25 de mayo de 2022
La necesidad de un enemigo para justificarnos, por Gustavo Gac-Artigas
Vi la caída del muro, y vi los muros que nos separaban entre nosotros, los muros del prejuicio, los muros de la ignorancia. Muro de Berlín en 1989 • Fotografía: Stefan Richter

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

Somos los campeones de “algo”, de un concepto más que de una realidad. Desde pequeños nos educaron para vivir en una sociedad que diferencia lo bueno de lo malo, que nos permite sobrevivir por lo que nos justifica sin que sintamos la necesidad de confrontarnos.

Vivimos en un mundo de bloques, o que intentaron mostrarnos como dividido en bloques, y así, en cada bloque nos sentíamos bien, en cada bloque pertenecíamos a lo bueno y experimentábamos ese sentimiento de bienestar que produce el saberse justos. Lo malo estaba en el otro bloque.

En ambos nos drogaron, aceptamos un mundo en comparación a otro, no teníamos por qué analizar nuestro mundo, bastaba con destruir la imagen del otro.

Surgió la sensación de que este mundo podía ser injusto en su interior, que no somos mejor que el otro.

Cuando un bloque cayó y el otro predominó, la base de ambos se trizó, nos encontramos solos frente a nosotros mismos. Para el caído fue un “nos destruyeron, quieren eliminarnos, debemos reconstruir, renacer”, y ello requirió el vivir entre dos sentimientos, el de la derrota y el de regresar a la supuesta gloria.

Para el otro, el mundo triunfante, tras saborear el poder, al mirarse a sí mismo surgió la sensación de que este mundo podía ser injusto en su interior, que no somos mejor que el otro, que quizás hay maldad en nuestro “bueno”.

Con el pasar del tiempo nos vimos en la necesidad de inventar batallas, de inventar nuevos mundos, inexplorados, sin un pasado negro que ocultar, y llegamos a la globalización, ese mundo gigante al que todos pertenecemos.

Sin embargo, lo global, ese mundo sin fronteras para unos, era para otros un mundo recluido, reducido a un cuarto oscuro, sin ventanas abiertas a aquel mundo global.

Esos otros eran los desechos de la humanidad, los restos de otros sistemas, los desposeídos de fortuna, los olvidados.

En ese mundo global, el enriquecerse sin límites ni fronteras sobrepasó el sueño de la realización personal, se transformó en el sueño del poder absoluto, del lujo desencadenado, del yo todo lo merezco, yo todo lo puedo poseer, mi voluntad es la nueva bondad, el nuevo orden.

Cuando esa sociedad globalizada comenzó a resquebrajarse, afortunadamente apareció un enemigo común, aquel que nos permitiría olvidar el presente y unirnos para sobrevivir.

La amenaza fue global, podíamos desaparecer y dejar de poblar y disfrutar de este mundo.

Todos éramos uno y uno éramos todos, por fin iguales, y sin embargo, esa igualdad fue para unos fuente de riqueza, para otros, fuente de dolor, de un cuarto cada vez más oscuro, más pequeño y asfixiante, pero ello no tenía importancia, éramos uno e iguales.

¿Y yo en todo esto?

Nací en una época que me permitió vivir en los dos mundos cuando estábamos divididos en dos. Conocí las bondades del malo y las maldades del bueno, conocí las luces de colores en ambos mundos; en el malo bueno me sumergí en las canciones, en los sueños, solamente interrumpido por el paso de un camión cargado de tristes seres custodiados por la milicia del pueblo —eran traidores, me explicaron—, las luces cortocircuitaron en mi mente.

Conocí las luces de los avisos de neón en Berlín, y los edificios grises en Berlín, ese Berlín que siendo uno eran dos, que siendo dos era uno. En el luminoso, vi la miseria en algunos, en el oscuro vi “El pájaro azul” en la Volksbühne, invitado por Benno Besson, la esperanza escapando de la oscuridad.

Vi la caída del muro, y vi los muros que nos separaban entre nosotros, los muros del prejuicio, los muros de la ignorancia, los muros de los sueños que no aceptaban que se soñara diferente.

Vi tantas cosas, y me negué a ver otras, vi la esperanza desfilar en mi país, vi el horror correr en mi país, conocí sueños y pesadilla, lo bueno y lo malo, nuevamente lo bueno y lo malo paseando por mi mente y por mi cuerpo.

Tras ir retrocediendo la pandemia, el mundo nuevamente se divide, nuevamente intentan vendernos lo bueno y lo malo.

En uno conocí el ostracismo, en el otro conocí el encierro y la tortura, en uno no entendieron que soñara con un mundo diferente, en el otro no entendieron que soñara con un mundo diferente, en ambos fui sospechoso.

Tras ir retrocediendo la pandemia, el mundo nuevamente se divide, nuevamente intentan vendernos lo bueno y lo malo, y finalmente, ¿qué es lo bueno?, ¿qué es lo malo?, ¿qué nos une?, ¿qué nos divide?, ¿alguna vez tuvo razón el ser uno?

Nací conociendo mundos diferentes y ambos quisieron que fuera uno sin ser uno, que fuera parte de un todo sin ser parte de ese todo, que soñara sueños ya soñados, que pensara que mi pensamiento era lo erróneo, ¿malo?, ¿bueno?

Nací entre mundos enemigos, salté de uno a otro, viví en uno y otro, viví una época entre épocas, pero quizás, quizás, siempre estuve saltando en el mismo lugar y mi peor enemigo era yo,

y eso me justifica.

Gustavo Gac-Artigas
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