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Retrato del fuego

jueves 26 de mayo de 2022
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Retrato del fuego, por Giordano Hurtado Morón
Las fauces comenzaron a dilatarse, a descender hacia él en forma de gélido aliento. Imagen: detalle de “Infierno” (circa 1485), de Hans Memling

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

Su velador estaba provisto de reliquias, incensarios y retratos carcomidos. Él, postrado en la cama, vedado de movimiento, inspeccionaba con su ojo intacto el cuarto oscuro. Podía sentir la herida extenderse desde su vientre hasta la rodilla, con un epicentro pulsante cerca de su cintura. Ciertamente algún filo lo había tocado con precisión maligna, algo que se entretuvo en sus entrañas. El gas, en cambio, lo recordaba vívidamente y en la carne, su piel tornándose amarilla hasta quemarse, la repentina ceguera del ojo izquierdo, el grito de sus manos que en el lodo encontraron otros cuerpos tibios.

Cada cierto tiempo entraba por la puerta una silueta que limpiaba sus vendajes. El delirio de la fiebre agravaba su desvelo, disolvía los rostros. Adivinaba una esponja y un recipiente, un prudente recorrido en su piel abierta, la mano que dibujaba el borde de la tela pegada a su cuerpo, la débil voz que murmuraba el procedimiento de absorber el pus. Cuando su visitante salía, él ensayaba algún gemido, pero la devastación había alcanzado también su garganta y su lengua. Después volvía el mar oscuro, navegado por las hebras de luz que perforaban la ventana. Recordó de pronto ciertas palabras que lo habían despertado de su letargo, voces que habían debatido sobre la necesidad de la oscuridad, sobre la postración como camino a la salud. Por fuera de los muros se oía ocasionalmente un estallido, una ráfaga que levantaba tierra y gritos. Ante eso, el único movimiento posible era una contracción de su cuello, su rostro envuelto que oscilaba en los lados de una almohada curtida, y que soltaba un quejido cuando su carne se frotaba en las vendas. Era acosado por el recuerdo del campo, el mudo combate que había ocurrido como en un sueño, el breve compañerismo, la fragilidad del refugio y el rencor que zumbó por encima de sus cabezas. Después sólo un intenso calor, algo quemándole la mitad del cuerpo, y un cielo de cenizas que se desplegaba mientras era arrastrado sobre el lodo.

Los días de encierro suscitaron una repugnante consecuencia. El sudor comenzó a endurecer las sábanas de su lado intacto, y ese hedor agravó inevitablemente el de las heridas. Deseó que el gas hubiera devastado también su olfato; percibía su putrefacción. En las sombras que entraban por la puerta, distinguía el paso indeciso de la repulsión, las facciones arrugadas de alguien enfrentado a una irreversible gangrena. Con el tiempo advirtió una concurrencia mayor. Supo, por intuición auditiva, que los limpiadores eran numerosos, y que ocasionalmente se reunían detrás de la puerta. Oyó a las voces deliberar sobre el encierro, preguntarse si era propicio abrir ya alguna ventana, algo que aliviara la pestilencia. Pero nada cambió.

La figura que vio quedó inscrita en su memoria y por un segundo lo salvó de la penumbra.

Su ojo recobró cierta precisión y en la hora más alta del día espiaba en la oscuridad del cuarto. Los muros mostraban la ondulación de una greda muy antigua, el piso parecía levitar como una manta suspendida en la nada, y por las hendijas de la puerta veía pasar, de un lado a otro, sombras nerviosas por el estrépito de la contienda. En el techo fijó la vista casi por accidente, cuando un brote de luz iluminó todo por un instante. La figura que vio quedó inscrita en su memoria y por un segundo lo salvó de la penumbra. Eran trazos de un rostro incompleto, algunas líneas que confluían formando la curvatura de unos ojos y de una quijada. Pensó que tales formaciones en su techo blanco (ahora sabía el color) sólo habían podido resultar de una impregnación de humedad. Sus exudaciones eran continuas y en las horas más intensas podía verlas emanar y atravesar los hilos de luz, como un aliento hervido que se suspendía con vida propia. Creyó que, sin otro lugar en donde disolverse, ese éxodo carnal se había acumulado allí.

En la oscuridad intentaba inútilmente descifrar las manchas. Al distinguir una línea perdida en la negrura, procuraba imaginar su continuación, atribuirle un aspecto conocido. Giraba el cuello para extender su visión, hasta que el dolor volvía a reducirlo y lo obligaba a retomar su postura prefijada. Todo ocurría cuando la puerta se abría para permitir el indeseable acto de limpiarlo o darle de comer. Ese instante de apertura le regalaba un discernimiento. Día tras día, fue escudriñando y memorizando la silueta en el techo, sus facciones un tanto exageradas, las manchas ocres. Los contornos se fueron acentuando hasta disipar cualquier equivocación. Poco a poco el diseño adquirió una forma que le pareció definitiva. Arriba de los ojos había ahora un extenso tizne, y las líneas de la quijada se habían unido por fin al pie de la figura, de modo que se mostraba como unas fauces enormes y abiertas.

Descendió noches más tarde una pesada tormenta que apagó el combate. Los relámpagos comenzaron a penetrar en su cuarto. Cuando él despertó de su pesadilla, se encontró con una luz que latigueaba en los muros. Sintió el sudor escurrido, la punzada extensa que palpitaba en la mitad de su cuerpo, el peso adormecido, la postración perpetua. Abrió los ojos hacia el techo. La figura pareció saludarlo con un trueno que en ese instante sacudió la ventana. Perplejo e incapaz de moverse, se dio a la tarea de descifrar para siempre el diseño que la humedad había trazado encima de él, y que era como su rígido espejo. Cada relámpago le señalaba una delineación precisa. A la quijada y a los ojos ahora le seguía una mancha oscura que se había ramificado hacia los lados. La boca continuaba abierta y de su centro emanaba un blanco infinito. Los golpes de luz, más intensos, revelaban la verdadera dimensión de la silueta. La mácula oscura que empezaba cerca del cuello se disolvía en gruesas arterias hasta terminar desparramada en los flancos del techo, y todo asemejaba dos alas implacables, una gran ave en vuelo estático.

Lo flageló un pensamiento: saber que su encierro había dejado de conducirlo a la sanación, y que ahora era un cautiverio más espantoso que el que sucedía por fuera de los muros.

La visión le resultó insoportable. Giró en un espasmo. Gimió cuando una herida se abrió. En las sábanas sintió una exagerada acuosidad, y no pudo saber si era el sudor, o la sangre, o el pus. Dos relámpagos rabiosos flagelaron su visión y le enseñaron de nuevo la figura. La tortura era despiadada. Lo flageló un pensamiento: saber que su encierro había dejado de conducirlo a la sanación, y que ahora era un cautiverio más espantoso que el que sucedía por fuera de los muros. Le resultó inútil oscilar la cabeza ante el acoso del ave maldita en su techo. Advirtió de nuevo la necesidad de huir, de encontrar otro refugio, de que alguien lo salvara de esas fauces que babeaban sobre él. Con un esfuerzo impensable consiguió levantar el brazo intacto, y alcanzó con los dedos el velador. Algunos objetos cayeron al suelo. Volvió a estirar el brazo, pero esta vez la costura se le abrió de golpe. Un quejido le punzó la garganta, la sangre brotó de su boca. Cayó una vez más en la postura menos dolorosa, rendido, cansado. El fastidio de la imagen se renovó, la persistencia del horror también. Entonces adivinó en el techo el inicio de un acercamiento. Las fauces comenzaron a dilatarse, a descender hacia él en forma de gélido aliento. Y ocurrió todo a la velocidad del terror. Sintió la sombra rozando su cuerpo, examinándolo por entero, sedienta y cercana, ese rostro. Hubo un instante de reconocimiento antes del final, algo que pareció abrazarlo. La inhalación lo tocó y apagó el fuego de su agonía, salvándolo así de las frías flores que se marchitaban en su velador.

Cuando el limpiador de heridas, unas horas después, advirtió que el sueño del hombre era inquebrantable, examinó su respiración y llamó con un grito a los demás ocupantes de la guarida. Las voces, una vez más, volvieron a deliberar al lado de la cama; esta vez sobre una consecuencia inminente, y sobre el modo más honroso de hacer descansar a uno de los suyos. Ninguno tuvo tiempo de lamentarse. Las ráfagas y los gritos se iban acercando por las calles; pronto debían salir de nuevo a combatir. En ese momento un estallido hizo sacudir los muros. Un soplo de tierra se desprendió del techo, y cayó sobre ellos como caen las plumas.

Giordano Hurtado Morón
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