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Los holgazanes

lunes 24 de mayo de 2021
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Los holgazanes, por Nicolás Foti
Era obvio que este personaje no había sido más que un proyecto fracasado de mi alter ego, un proyecto que yo intencionalmente había abandonado tal como lo hice conmigo mismo luego de que Mariana se fuera.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Padecer la ausencia de inspiración puede llegar a ser tormentoso para un escritor. Cómo aliviar el corazón si no se encuentran las palabras que transporten hacia afuera aquello que, al no encontrar una salida, termina por resignarse al encierro, perdiendo las esperanzas de ver la luz y enmoheciendo tristemente el alma del autor.

Él deberá buscar, sin embargo, obstinadamente, a sus musas, hurgando en cada rincón, debajo de su almohada, en el fondo de cada vaso, detrás de una canción, de cada sueño, mientras ellas se esconden, aunque dejando ver las puntas de sus velos tímidamente sólo en ocasiones, para manipular al autor, en un perverso juego de seducción. Finalmente, si no logra atraparlas, resignado, simplemente abandonará su objetivo. Pero ellas, más temprano que tarde, reaparecerán en cualquier momento, con sus cuerpos desnudos, llenos de atracción carnal, en el lugar menos esperado, inoportunamente, arrebatando del mundo terrenal a quien antes las había buscado con desesperación, para arrojarlo en su universo lírico, intangible, y emborracharlo de las palabras que le habían sido esquivas.

Y yo, por aquella época, me había echado al abandono, me encontraba abnegado en el mundo terrenal. Cada mediodía me despertaba uno de los personajes de mi novela inconclusa para hacerme reclamos sobre mi resignación. Hubo días en los que mi falta de motivación, junto con el alcohol y el tabaco, no permitían que mi cuerpo se despegara de las sábanas. Y sólo abría los ojos para discutir con mi única compañía, aquel personaje secundario, insignificante, que tenía una vida entrampada entre palabras que ya no llegarían.

Me movía por todo mi departamento como un fantasma, fumaba, bebía y desperdiciaba una noche más sin siquiera haber buscado una palabra para agregarle a mi texto.

Es que aún yo no lograba sanarme de una súbita ruptura sentimental que había terminado por aplastarme. Mariana se había ido, aunque habiéndome advertido varias veces antes que las relaciones en pareja eran de a dos. Y la ruptura, lejos de inspirar aquellos vómitos compulsivos de escritos, como había sucedido en otras ocasiones similares, en esta oportunidad simplemente parecía haber bloqueado cualquier contacto entre mi alma y la inspiración.

Mi holgazanería, sostenía aquel personaje secundario durante nuestras inútiles discusiones, le restaba importancia a su vida, y la tornaba carente de sentido. No le daba una evidente relevancia dentro del argumento de la historia, y la sometía a la ignorancia de los eventuales lectores. Se va a arrepentir, amenazaba, de no mover los dedos sobre su teclado, sólo por evadir una responsabilidad. Y en sus advertencias solía caer en lugares comunes, con oraciones melodramáticas escritas rápidamente, tales como que me pesaría el hecho de haber “tomado el camino fácil de esconder los problemas entre el humo y el alcohol”.

Yo dormía casi todo el día y despertaba a la mitad de la jornada, o bien entrada la tarde, solamente para discutir con este inmiscuido personaje de mi novela eternamente inconclusa, saciar mis necesidades básicas y echarme nuevamente hasta la noche. Luego me levantaba a la madrugada para deambular por mi departamento sin encender la luz, pensar en cada detalle, en cada palabra de las últimas conversaciones con Mariana, atar cabos y terminar enredándome con los hilos sin hallar una respuesta. Así que, entrampado entre mis lucubraciones, me movía por todo mi departamento como un fantasma, fumaba, bebía y desperdiciaba una noche más sin siquiera haber buscado una palabra para agregarle a mi texto.

Pero no era casual el hecho de que el papel de este personaje hubiera quedado olvidado en mi novela. Él era un escritor desmotivado, tal como yo estaba entonces. Es decir, era obvio que este personaje no había sido más que un proyecto fracasado de mi alter ego, un proyecto que yo intencionalmente había abandonado tal como lo hice conmigo mismo luego de que Mariana se fuera. No me interesaba escribir sobre él y, si el argumento me lo hubiera permitido, hubiera borrado cada letra que alguna vez había escrito para darle existencia.

Fue una tarde que casi llegaba al ocaso (había dormido más de lo habitual) cuando él me arrancó de mis sueños sacudiéndome desde un hombro.

—¡Ya es hora, hombre! —gritó—. ¿Hasta cuándo piensa seguir durmiendo?

Giré hacia él, abrí mis ojos y, aclarándome la vista con los puños, sólo atiné a objetar su exabrupto con un tibio quejido. Pero inmediatamente me sorprendió que ya estuviera sentado al borde de mi cama. Otras veces, al menos se había tomado la molestia de anunciarse en la conserjería del edificio, pero ahora, en contraste, había transgredido cualquier norma social y ya estaba allí en mi espacio, sintiéndose dueño de él e invadiendo mi intimidad.

Salté de la cama y fui corriendo para tomar el citófono y reclamarle esta desprolijidad al conserje. Pero Pedro se justificó razonablemente, diciendo que lo había dejado pasar porque era obvio que así debía hacerlo.

Más tranquilo, razonando sobre la lógica respuesta de Pedro, volví a la cama, y después de acomodar las almohadas contra el respaldo como para yacer sentado, suspiré y le dije:

—Otra vez usted. ¿Cuándo me va a dejar tranquilo? Si viene cada día para presionarme, no va a conseguir nada. Lo que necesito es tranquilidad para pensar.

—Lo que usted necesita es levantarse —se apresuró a contestar raudamente—, pegarse una ducha y ponerse a trabajar. A partir de hoy todo será distinto. Usted entenderá cosas que hasta ahora le han sido ocultas por culpa de su obstinación.

Ahora veo claramente que no debí desatender su advertencia; sin embargo, en aquel momento sólo me debatía entre mi deseo de que al fin este molesto entrometido abandonara mi departamento, y mi preocupación por una llamada telefónica que no tardaría en llegar.

Mi editora no dejaba pasar un solo día para llamar, amenazándome con utilizar una cláusula de salida de mi contrato leonino, para dejar sin efecto nuestro compromiso ante mi falta de avances. Si ella hubiera sabido que nada lograría con sus llamadas atosigantes, porque evidentemente ellas no tratarían mi padecimiento de fondo (que era la huida de Mariana), entonces seguramente su táctica hubiera sido distinta.

Mi Personaje se quedó toda la tarde, y sus advertencias fueron más frecuentes de lo habitual. Las repetía y les agregaba argumentaciones inútiles como intentando despertar en mí una motivación para continuar con la novela. Pero, al igual que mi editora, él tampoco reparó en el hecho de que mi estado no se debía simplemente a un síntoma de mi holgazanería, sino que estaba fundamentado en una situación que mi corazón no sabía cómo resolver.

Dostoievski no sólo debió escribir sobre los pensamientos de Ivan Karamazov, y no sólo debió hacer que ellos dirigieran los trazos de su pluma. No, señor: él, además, debió convertirse en el mismísimo Karamazov.

La madrugada siguiente, mientras yo estaba sentado frente el teclado sin mover un dedo, pensando en lo de siempre, el Personaje entró al cuarto y se sentó frente a mí, del otro lado del escritorio. Esta vez no me sorprendió su insolencia, pues a estas alturas ya me tenía acostumbrado a su carácter invasivo. Sin embargo, no pude dejar de notar que ahora no sólo había llegado sin avisar, como en la tarde del día anterior, sino que además lo había hecho en la madrugada, en aquel momento de mayor intimidad.

Yo intenté ignorarlo, simular que no había notado su presencia, quizá con la esperanza de que, por algún motivo, mi falta de atención lo persuadiera de huir de mi lado, tal como había sucedido con Mariana. Sin embargo, lejos de obtener el resultado esperado, como para introducir una inminente revelación, comenzó a hablarme sobre las peligrosas relaciones entre los autores y sus personajes, trayendo a colación algunos clásicos de la literatura universal, dejando entrever cierto aire de soberbia:

—Para argumentar razonablemente el ateísmo, por ejemplo —continuó, después de decir otras cosas que aparentemente venían al caso, pero a las que yo no había prestado suficiente atención como para recordarlas—, Dostoievski no sólo debió escribir sobre los pensamientos de Ivan Karamazov, y no sólo debió hacer que ellos dirigieran los trazos de su pluma. No, señor: él, además, debió convertirse en el mismísimo Karamazov. Sus tribulaciones no pudieron ser fruto de simples razonamientos, de vacíos argumentos creados para ser fácilmente rebatidos. El autor debió buscar con persistencia y obstinación hasta encontrar las vidas de sus personajes, hablarles y ganarse astutamente sus confianzas, adormeciéndolos con su canto hipnótico para luego, intrépidamente, investirse de sus espíritus. Puedo verlo, entonces, cual servil instrumento a los discursos de sus personajes, como pitonisa que sirve de vehículo a los espíritus, atrapando cada palabra y aprisionándola en su tinta. Así debió hacerlo para dejar plasmadas estas argumentaciones de manera tan justa pero tan sofista al mismo tiempo. De otra forma no podría haber logrado el hecho de que, de un solo relato, surgieran posturas tan contrapuestas, pero tan finamente justificadas. Porque también debió haberse convertido en Aliosha y en su stárets Zósimo, debió haber habitado aquellos espíritus tan ebrios de fe. Y tampoco pudo haber evitado hacer lo propio con el de Fiódor Pávlovich, para lograr sumergir al lector en su mundo libertino y licencioso.

Hizo una pausa y me miró fijamente. Supongo que quería cerciorarse de que lo estaba siguiendo en su razonamiento. Yo intentaba simular que no le prestaba atención, pero cada vez me costaba más hacerlo, y ahora ya no podía evitar seguirle el hilo.

—De la misma forma —continuó—, Cervantes no podría haber justificado tan certeramente el plan de Anselmo, preso de una impertinente curiosidad, para luego rebatirlo con la misma certeza en las páginas siguientes por parte de su amigo Lotario, si no hubiera tenido la habilidad de habitar ambos espíritus casi de forma simultánea.

Hizo una pausa, tomó un poco de aire, se acomodó en su asiento y agregó:

—Pero indefectiblemente, en algún momento los espíritus debieron callar, y debió sobrevenir un súbito silencio. Qué hacer entonces si el autor no encuentra respuestas, si sus personajes desoyen vilmente su pedido de tomar las riendas de sus propias vidas, de ser ellos quienes guíen los destinos de la historia. ¿O qué hacer cuando ellos sólo le devuelvan frases superficiales, rápidas, y lugares comunes?

Otra pausa. Ahora un poco más larga. Yo continué callado, sin mirarlo.

—En ese caso —retomó—, no le quedará otra opción que ser él quien tome el timón. Agitar la trama con sus propias manos. ¿No es eso acaso lo que debieron haber hecho Cervantes y Dostoievski cuando sus personajes se negaron a continuar agregándole palabras a Los hermanos Karamazov o al Quijote?

Aunque escuché su pregunta, sólo deseaba que se callara y se fuera para poder seguir flagelándome con los recuerdos de Mariana, y no tenía la menor intención de responderle.

Sin embargo, entendía con perfección lo que refería, tal como si hubiera leído las novelas que citaba. Y sin notarlo me encontré intentando recordar el contexto de aquellas historias, lo cual se debió haber evidenciado en mi rostro, porque justo cuando caía en la cuenta de que jamás las había leído, mi Personaje finalmente lanzó su anunciada revelación:

Entonces quedé sin nombre y sin recuerdos, y mi vida quedó miserablemente resumida en un conjunto de palabras huecas.

—Pero no hurgue en su memoria, pues nada hallará. Por lo demás, la respuesta a mi pregunta es demasiado obvia. Porque no es usted quien leyó estas novelas, sino que fui yo quien sí lo hizo. Ya es hora de que comprenda que cada vocablo que sale de sus labios, y cada pensamiento que anida en su mente, no es más que el fruto de las palabras que salen de mi pluma. Pues, harto de esperar una reacción propositiva de su parte, cansado de mantener la esperanza de que sea usted quien guíe este destino, decidí tomar personalmente las riendas de la historia, invistiéndome de su espíritu. Decidí ingresar a este cuento para mirarlo a la cara y hacerle sentir la frustración de no encontrar las palabras justas. Y ahora, entonces, soy yo quien agregará las líneas que falten para cerrar este argumento. De modo de que usted se entere de que no soy yo un Personaje de su historia, sino que es exactamente al revés. Personifiqué en usted a un escritor desmotivado, abandonado por sus musas, carente de inspiración, pero además sin la menor intención de revertir su condición: un holgazán, que ahora queda confinado a transitar los caminos que yo le proponga.

Entonces quedé sin nombre y sin recuerdos, y mi vida quedó miserablemente resumida en un conjunto de palabras huecas. Y de tanto penar la partida de Mariana, no sólo me fueron arrebatadas las esperanzas de flagelarme con su recuerdo, sino que sólo pude percibir su espíritu vacío, sin alma, sin fragancia, triste y pobremente difuminado en un texto escrito por encargo, como una mera excusa del argumento.

Y es así que me atrevo a transgredir las fronteras de este relato para elevar al lector una súplica desesperada: si llegó a leer estas líneas, si su atención fue capturada hasta este último párrafo, tenga usted la compasión de no recordarme; de aniquilarme cruelmente en su memoria. Deseche cada palabra de este texto sepultándome bajo toneladas de olvido. Acaso esta sea la única forma de aliviar los efectos de mi tortura. El tormento que padece un personaje condenado a transitar recursivamente los caminos marcados por los caprichos de un autor vengativo. Porque una y otra vez, cuando algún desprevenido lector vuelque sus ojos en estas páginas, o a cada momento en el que estas malditas líneas regresen a su memoria, el desafortunado protagonista de este cuento relatado en primera persona, este personaje cuya existencia se resume en unas cuantas palabras miserables, revivirá el eterno padecimiento de la ausencia de inspiración.

Nicolás Foti
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