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Una mujer decidida

jueves 27 de mayo de 2021
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Una mujer decidida, por José Jesús Morales Maita
“Cuando yo encontré Las mil noches y una noche, aquí, en esta biblioteca, un fresco olor de dátiles y damascos inundó el lugar…”. Sherezade y el sultán Shariar (1880), por Ferdinand Keller

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

A Mirian: en el Día del Libro.
Ella lee con la indulgencia de ser la destinataria de mis letras
y señala con criterio de bibliotecaria mis frecuentes errores.

Matilde Ríos a sus veinticinco años mira sin miedo el mañana. A ella nunca le pareció incierto; por el contrario, está segura del empeño que imprime a sus pasos y a dónde la conducen. Tiene cuatro años de ser bibliotecaria, es dedicada y obstinada hasta extremos insufribles y quiso el acaso compensar sus esfuerzos, le entregó un triunfo y le dio a elegir su futuro, pero en la balanza de los equilibrios una cuota de sacrificio es necesaria para acceder a cualquier logro.

Recibió una oferta de empleo y su vida girará en otra dimensión. Le ofrecen el cargo de directora de la biblioteca en una ciudad pequeña, lejos de la capital, de su familia, de su círculo de afectos. Ella acepta el trabajo y con buenas maneras convence a sus padres de dejar la casa familiar con la promesa de visitarlos una vez al mes. El primer día de septiembre se presenta en la Biblioteca Pública del Sur; su intención es utilizar toda su energía, sus conocimientos y su esfuerzo para ofrecer el mejor servicio de lectura a los usuarios. Matilde Ríos en esta biblioteca de provincia quiere convertirse en ejecutora indiscutible de futuros inmediatos y posibles a través de la lectura, el mejor de los caminos, según su criterio.

A la semana de estar trabajando se presentó un anciano y pidió hablar con la directora de la biblioteca.

Es uno de los títulos más maravillosos que he leído; posee la especial condición de ser anónimo y en esos casos la lectura deja de estar atada a un nombre.

—Soy yo —dijo Matilde, desde el mesón de referencias, y dibujó en su rostro una espléndida sonrisa que regaló al visitante.

Matilde habla desde la isla en donde direcciona el norte de las búsquedas, en donde ella traza las coordenadas para navegar en los impetuosos caudales de las letras, desde las riberas de los datos que conducen a la lectura, hasta esos raudales de libros contenidos en las presas de anaqueles subterráneos.

Por un momento el rostro de ese abuelo le pareció familiar. Trató de ubicar el nombre y en ese momento se le escapó, se coló en un resquicio de su memoria, se escabulló con otras sombras también imposibles de rescatar y no pudo encontrar, entre los lamparazos que disparó el recuerdo, un nombre para ese rostro de apariencia conocido.

—Quiero solicitar un libro —dijo el anciano—. Es uno de los títulos más maravillosos que he leído; posee la especial condición de ser anónimo y en esos casos la lectura deja de estar atada a un nombre, se independiza, se hace múltiple, total —afirma con voz pausada el singular visitante, que tiene buena dicción y mayor entusiasmo del que aparenta tras la fragilidad de los huesos gastados y el traje que los cubre.

—¿Puede llenar esta ficha, por favor? —dice Matilde, al tiempo que le entrega una cartulina cortada bajo el exacto filo de la guillotina, un rectángulo del tamaño de la mano.

Al recibir la ficha de vuelta, el título del libro solicitado y la firma llamaron de inmediato su atención.

Título: Las mil noches y una noche
Autor: Anónimo
Traducción J. C. Mardrus
Solicitante: J. L. B.

Dudó un instante y por respeto no se atrevió a corregir al anciano, pero estaba completamente segura de que el título del libro que ella había leído era parecido, mas no era igual. Recordó con claridad la portada del libro y las letras gordas que acompañaban la ilustración. Las mil y una noches.

Asumió que este particular usuario se había equivocado; achacó ese error a la edad, a la distracción de una memoria resquebrajada por la acción del tiempo. El tiempo, ese sospechoso enemigo que nos disminuye, ese aliado invisible de todos los males que con insistencia golpea a las personas y coloca una capa oscura capaz de distorsionar el pensamiento. Los años, que dejan de ser aliados del crecimiento de un momento a otro para convertirse en ladrones de recuerdos y obligan a una vida a tientas, asidos a las dudas y al bastón de la dignidad.

A Matilde le gusta tratar a las personas por su nombre y más aún si son mayores; cree que esa actitud es respetuosa y también muestra cercanía y confianza; por esa razón y porque finalmente recordó a quién se parece el personaje dueño de esas iniciales tantas veces vistas, preguntó al visitante:

—Disculpe. ¿Cuál es su nombre?

—Justo Leonardo Bosco, señorita —responde orgulloso de su nombre y su apellido.

—Espere un momento —dijo Matilde—. Por favor, siéntese, señor Bosco —sugirió con la cortesía y amabilidad aprendidas en su casa.

Con la destreza de quien maneja los códigos utilizados para preservar el orden de la amenaza del caos, buscó en los ficheros y sin ninguna dificultad encontró la ubicación del título solicitado, anotó los datos y se dirigió al sótano de la biblioteca en donde los libros esperan para salir a tomar aire.

Mientras caminaba rumbo al sótano creyó oír la voz del anciano que, en tono reposado y pesimista, le advertía:

—No está. Desapareció hace mucho.

Matilde buscó el lugar que señala con precisión la cota anotada pero no encontró el libro. Intentó con otros datos, corroboró la posibilidad de un cambio de lugar, presumió un olvido de su antecesor, utilizó el título, el tema y otras muchas palabras claves o combinaciones que la ayudaran a dar con el paradero del libro desaparecido, pero no obtuvo resultado. Sabía que el libro no estaba en préstamo ni tampoco reportado como faltante, y por lo tanto debería estar en alguna parte del sótano, en uno de los anaqueles. Pero lo que Matilde no sabía era precisamente en dónde buscar un libro que borra su rastro, que no deja huella de su paso, que en apariencia no quiere ser encontrado.

Los libros se acercaban a mi voracidad de lector.

Regresó a la sala descorazonada y con la pena dibujada en el rostro. Al verla con las manos vacías, Justo Leonardo Bosco le confesó:

—Esperaba el cambio de director de la biblioteca, en secreto rogaba para que nombraran en reemplazo a una mujer joven. Parece que me equivoqué al pensar que el libro tendría alguna delicadeza y en honor a su juventud, a su condición de mujer, finalmente se mostraría. Ese libro se ha estado escondiendo por mucho tiempo.

El anciano miró las dudas y el asombro en el rostro de la joven bibliotecaria con muestras evidentes de haberse perdido entre las oraciones que él hilvanaba y, sin darle tiempo a responder, continuó:

—Juan Villoro escribió El libro salvaje y es posible que el mexicano pensara en lectores como yo, en personas que necesitan una explicación fantástica de cosas naturales y hasta predecibles como, por ejemplo, esta que nos acontece hoy, que desaparezca un libro en una pequeña biblioteca de una ciudad de regiones. Afirma Villoro —dice el anciano—: los libros esperan a su lector ideal para hacerse presentes.

“Debo confesarle un detalle que puede parecerle extraño a alguien que viene de la capital y no está acostumbrado a la fraterna amistad que cultivamos en los pueblos y que nos permite ciertas licencias. El anterior director y yo nos hicimos amigos entre estos libros, la lectura nos acercó y él me permitía entrar al sótano y seleccionar los libros que yo quisiera; muchas veces lo sorprendí con títulos que él ni siquiera sabía que estaban a su resguardo; los libros se acercaban a mi voracidad de lector y luego yo compartía mis fabulosos hallazgos con él”.

—Cuando yo encontré Las mil noches y una noche, aquí, en esta biblioteca, un fresco olor de dátiles y damascos inundó el lugar y el lomo de ese libro, sin ninguna exageración, era como la arena del desierto. En ese momento, y por una única vez, inexplicablemente, sentí la presencia de Alá, el Magnífico.

El anciano Justo había logrado confundir a Matilde Ríos. Ella, con todo el conocimiento adquirido en la universidad, con la juventud y la memoria intactas, no lograba encontrar Las mil noches y una noche, y según el señor Bosco el libro estaba decididamente escondiéndose de él y ahora también de ella.

Jamás se le hubiera pasado por la cabeza esa idea, los libros y su legítima autonomía. Matilde, con la misma firmeza con la que decidió abandonar la capital, la familia y la entrañable cadena interminable de sus afectos para venirse a una ciudad entre el polvo y el olvido a trabajar, tomó la decisión en ese instante de localizar el libro; quería ver en el rostro del anciano una sonrisa, la alegría de un triunfo, quizás para él su última victoria.

Se imaginó que el señor Bosco al tener de nuevo el libro entre las manos podría viajar a esos desiertos que ya su cuerpo no le permitía y, con la firmeza que otorgan los veinte años, aseguró:

—Señor Justo, voy a buscar ese libro bandido y no descansaré hasta encontrarlo; dígame, por favor, en dónde puedo avisarle cuando lo consiga.

—Puede estar segura de que cuando usted lo encuentre vendré —contestó el anciano, y así como había llegado, con paso menudo y lento, se marchó.

Lo primero que hizo Matilde fue buscar el título que el anciano había mencionado, necesitaba explicaciones. Esa mañana, el señor Bosco asomó la posibilidad de que en las líneas escritas por Villoro en El libro salvaje se encontrara la pista de la desaparición de los libros de su biblioteca.

Quiso entender por cuenta propia lo que expresó el anciano con convicción y seguridad. Esa extraordinaria idea de que los libros necesitan decididamente a los lectores y son los libros quienes encuentran a quienes son capaces de vivir las emociones y aventuras contenidas en sus páginas, aquellas personas que puedan darle sentido y además diversas y variadas interpretaciones a las frases y oraciones contenidas en ellos; los libros buscan a sus lectores, afirma el señor Bosco. Esa noche Matilde leyó de un tirón El libro salvaje escrito por Juan Villoro y encontró una verdad que no se aprende en la universidad, pero reconoció que esa idea la llevó a estudiar la carrera de Bibliotecología.

Trazó de inmediato una metodología de búsqueda guiada por la curiosidad, por el interés y por el corazón, y desechó las técnicas aprendidas en los salones de clases. Deseó encontrar Las mil noches y una noche para vivir ella la experiencia inigualable y maravillosa que le contó el anciano.

Matilde Ríos cada noche se convierte en princesa árabe, o en maga.

Matilde se pasea por las estanterías del sótano a diferentes horas, manosea con los ojos cerrados los lomos de los libros y un día inesperadamente siente que entra una ráfaga de aire en el sótano y un olor de jazmines recién cortados inunda el lugar; cierra los ojos un instante, avanza unos pasos, tropieza y se viene abajo toda una fila de libros, los levanta uno por uno con la ilusión de encontrar el libro que busca entre los caídos, los coloca en su lugar respectivo y se queda con las manos vacías. La sensación de jazmines recién cortados desaparece.

Regresa tarde a su departamento; el desaliento pesa como pesa la tristeza y con desgano tira el bolso sobre su cama, la sorprende la esquina de un libro asomado en la boca abierta del bolso; no lo puede creer, hay un libro escondido en su bolso, se vino con ella a su casa. En la primera página de Las mil noches y una noche lee emocionada:

Yo ofrezco desnudas, vírgenes, intactas y sencillas, para mis delicias y el placer de mis amigos, estas noches árabes vividas, soñadas y traducidas sobre su tierra natal y sobre el agua.

Matilde Ríos cada noche se convierte en princesa árabe, o en maga. Encarna una efrit con poderes extraordinarios. Otras muchas noches es cabalgada y goza de las embestidas de un joven bien dispuesto. Algunas veces, convertida en la esposa fiel de un príncipe, es dueña de un séquito innumerable de sirvientes y viste hermosos vestidos. Es la protegida de Alá y se entrega a sus designios, a su destino maravilloso. En otras oportunidades camina por las calles de Damasco escondiendo su belleza con velos y se adorna con pulseras de oro y plata.

Matilde regresa cada día a la biblioteca con Las mil noches y una noche para entregar el libro al anciano; no lo quiere volver a perder, ni que el libro con su ánimo escapista o libertario intente desaparecer de nuevo; por esa razón no lo deja sobre ninguna de las estanterías. La biblioteca se ha convertido en un universo insospechado y Matilde Ríos se entrega a los fulgores de estrellas lejanas e inalcanzables que proporciona el placer de leer.

José Jesús Morales Maita
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