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El bulto

domingo 24 de mayo de 2020
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El bulto, por Juan José Colomer Grau
Nunca se ha sentido tan lúcido como ahora y se acurruca junto a ella. Detalle de “El árbol de la vida” (1909), de Gustav Klimt

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Cuando despierta aún está oscuro. No obstante, no necesita luz para palparse las partes del cuerpo donde puede aparecer el bulto. Se toca la garganta, las axilas, las ingles y las plantas de los pies. Son esas zonas las que las autoridades sanitarias han definido como las más comunes en la aparición del bulto, aunque no han descartado que puede aparecer en otras. Él se palpa lo mínimo. Tiene la sensación de que aún es pronto para que le toque. Le preocupa más que le toque a ella, que sigue durmiendo, o a los niños, a los que ya escucha remolonear en sus habitaciones.

Mientras se prepara el café va a la habitación de los niños. La pequeña está despierta pero sigue tapada con el edredón y acostada de lado, como si estuviera enfadada. El pequeño parece que jugaba con sus camiones de bomberos antes de que él entrara e hiciera el gesto del silencio. Les pregunta si ya se han palpado. Como ambos responden que sí les pide que lo hagan delante de él. Sabe que si los pequeños notan algo extraño lo percibirá en su mirada. Entonces habrá que actuar, no antes, no después de que las miradas rutinarias de los pequeños le empujen a la cocina, cuando ya gorjea el café y agita la caja de cereales.

El bulto se instalaba en el cuerpo y desde allí emanaba unos vapores que en pocos minutos contaminaba el ambiente e inducía a la locura a quien los respiraba. Pasadas las doce horas el huésped moría.

Mientras desayunan les pregunta qué se debe hace para evitar el bulto. Es importante recordarlo todas las mañanas. Prohibido tocar a otras personas. Prohibido tocar a papá. Prohibido tocar a mamá, a la tata o a la nona. ¿Qué se debe hacer si se toca a otra persona? La pequeña responde mecánicamente que informar primero a las autoridades, después a papá y a mamá y encerrarse en la habitación. Le estremece imaginarse a la pequeña encerrada en la habitación en las horas de espera. Sin embargo, se ha autoasignado la tarea de ser él quien actúe si alguno de los pequeños contrae el bulto. No puede ser otro, porque ella los llevó en su vientre y se arriesgaría a ser tocada, a morir con ellos.

Recuerda cuando su madre le instruía a él. Su madre fue una de las supervivientes a la cadena de azar que desencadenó el bulto como producto de la ignorancia ante una enfermedad nueva. Su madre sobrevivió al tiempo anterior en el que se prohibió estrictamente el contacto con otro ser humano que hubiere abandonado el periodo de lactancia o hubiere muerto. En cambio su padre murió. Y su tía y su primo hermano y su prima lejana y el frutero y la jubilada y el taxista y la camionera… Ella sobrevivió a los tiempos en los que no había protocolos exactos porque se desconocía que una vez el contacto se producía, el bulto te salía a ti o a quien te había tocado. Que le saliera a uno descartaba al otro, y viceversa. El bulto aparecía unas veinticuatro horas después. El bulto se instalaba en el cuerpo y desde allí emanaba unos vapores que en pocos minutos contaminaba el ambiente e inducía a la locura a quien los respiraba. Pasadas las doce horas el huésped moría. Fue la fase dos en la comprensión de la enfermedad. Por fortuna la locura tiene mil rostros y no todos los que respiraron los vapores acabaron de manera trágica. Aunque sí hubo momentos de caos en los que los contactos se multiplicaron y con ello la tirada de dados, según dicen los libros de historia.

Mientras los niños miran los dibujos animados en sus tabletas, lava la vajilla del desayuno y se pregunta si ellos van a saber alguna vez lo que significa abrazar a otra persona. Después mira el reloj. Se sonríe al pensar que a ella se le han pegado las sábanas. Tampoco hay mucho que hacer. En principio mirar la televisión. Todas las mañanas procura informarse sobre posibles nuevas actualizaciones en los protocolos con respecto al bulto. Su madre decía que él pertenece a la primera generación que fue instruida en el protocolo establecido tras el conocimiento de la fase dos de la enfermedad. Es comprensible que dada la rapidez en la extensión de la infección, muchas personas fueran reticentes a aceptar la fatalidad y a incumplir el punto 1 en la actualización de los protocolos: el suicidio. Para hacer más fácil la transición se construyeron habitáculos eutanásicos. No obstante, continuó habiendo un número considerable que se resistía a morir e incluso intentaba escapar. Para contrarrestarlo se decidió que la solución estaba en el seno de las familias, para lo cual se crearon programas educacionales que instruyeran a las nuevas generaciones en el arte de la puntilla, haciendo con ello preferible morir a manos de un familiar y no por el preciso disparo de un comando de operaciones especiales, pues paralelamente se crearon programas de seguimiento de la población, que llegaron a tal grado de desarrollo que podían identificar el momento en que dos personas se tocaban con tan sólo tres milésimas de retardo.

No está seguro de si los niños han empezado con los cursos. Aunque se decanta por el no pues cree que aún son demasiado pequeños. Recuerda que le fue difícil encontrar el punto en el que la puntilla no se desviara al chocar con el hueso. No hay que provocar más sufrimiento del necesario. Sabe que ella también ha hecho el curso, pues para apuntarse al proceso de inseminación y repoblación, era necesario haberlo superado. Pero sabe que si alguno de los pequeños sufre el bulto ella será incapaz de hacerlo. Las madres son las únicas que son capaces de recordar el contacto humano, piel con piel, pues ya se ha dicho que el problema aparece cuando se abandona la lactancia. Es como si la leche materna guardara el secreto de la curación. Pero por muchos estudios que se han realizado, no se ha encontrado nada.

Un agradable aroma a limón surge del bultito que hay en la planta del pie de ella. Está desnuda.

Del bulto se sabe lo que hace, pero no lo que es. No es un virus ni una bacteria ni un tóxico ni nada comparable con las normales causas de muerte en la historia del ser humano. Es a lo sumo un juego que se decanta con una probabilidad del cincuenta por ciento, un agujero negro en el conocimiento, los protocolos antiabrazos, el control total, la atomización de los cuerpos. No está seguro de si pertenece a la última generación que puede recordar los besos. Su madre decía que sí, que lo sorprendió con la vecina de arriba en la lavandería del bloque de pisos donde creció. Sin embargo, no puede asegurarlo al ciento por ciento pues todas las sensaciones con respecto al pasado son las de haber asumido todos los protocolos. No sabe si los besos a los que alude su madre fueron reales, aquella humedad extraña que surge cuando intenta recordar, y muchas veces ha pensado que ella lo inventaba porque ella sí que echaba de menos los besos; pero sí puede asegurar que el bulto es real, tan real como los gritos que surgen de la habitación. Los niños se alarman, aunque obedecen con premura cuando les ordena que vayan al patio. Se asoma a ver qué pasa.

Al contrario de lo que se pueda pensar los vapores que emanan del bulto no apestan o son inodoros, pues un agradable aroma a limón surge del bultito que hay en la planta del pie de ella. Está desnuda. No lo hagas, dice con una tranquilidad pasmosa, por favor, y chúpalo, venga, dime a qué sabe, le pide mientras agita sensualmente las piernas. No le parece mala idea, aunque restos difuminados por el aroma a limón de los protocolos le advierten de que en unas milésimas de segundo una lucecita roja se habrá encendido en la central de policía. Pero le da pereza ir a buscar la puntilla y se desnuda. La idea de un protocolo que obliga a morir abrazado a ella como momento más real de su vida hace que finalmente olvide los demás protocolos. Nunca se ha sentido tan lúcido como ahora y se acurruca junto a ella. Después se besan y se sumergen en la humedad de la saliva, que les arropa como un tsunami y les da felicidad ante la inminente visión del fin del mundo.

Juan José Colomer Grau
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