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El amor y el virus

viernes 29 de mayo de 2020
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El amor y el virus, por Jesús Peñalver
El amor, como la muerte, cuando va a llegar nadie la espera.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Uno debe ser agradecido, prudente al recibir las expresiones de gratitud, y en fin, como dice el poeta Andrés Eloy en su “Coloquio bajo la palma”:

Lo que hay que ser es mejor
y no decir que se es bueno
ni que se es malo,
lo que hay que hacer es amar
lo libre en el ser humano,
lo que hay que hacer es saber,
alumbrarse ojos y manos
y corazón y cabeza
y después, ir alumbrando.
Lo que hay que hacer es dar más
sin decir lo que se ha dado,
lo que hay que dar es un modo
de no tener demasiado
y un modo de que otros tengan
su modo de tener algo.

Agradezco la oportunidad que me brindaron Claudio Nazoa y Laureano Márquez de compartir con ellos en un programa vía Internet, par de genios del humor, intelectuales de admirable talla, en un esfuerzo conjunto por hacer un uso consciente y responsable de las redes sociales, precisamente cuando el mundo vive momentos de incertidumbre y desasosiego por lo que significa estar amenazados por un virus de desconocido origen, pero de terribles consecuencias para quienes lo padecen.

Acerca del amor y el virus, uno no los ve pero los siente, los disfruta en el caso del amor y en el caso del virus lo padecemos, incluso hasta morir.

Fue así como, a pesar de la hora de angustia que vivimos, de repente se juntaron las orillas del mapa, desapareció el Atlántico y, gracias a la tecnología, sólo hubo cercanía entre nosotros.

El oxímoron que compone la frase “una proximidad de lejanía” de la que habla el poeta en “La renuncia”, no fue otra cosa —creo yo— que la lejanía física, trasatlántica y continental, y la proximidad del afecto y el respeto entre las gentes de bien.

Acerca del amor y el virus, uno no los ve pero los siente, los disfruta en el caso del amor y en el caso del virus lo padecemos, incluso hasta morir. Al poeta José Ángel Buesa se le ocurrió decir que “también se puede ser viudo de un gran amor”. Así será de importante este sentimiento que debe predominar, es nuestro deseo, por encima de los odios, las ansias de poder y la maldad en los humanos, capaces de atentar contra sí mismos.

En el amor la coincidencia no es precisamente un asunto de husos ni de horarios. Quizá sí de huesos y de ganas.

Lo cierto es que tenemos que inventarnos nuestro propio estetoscopio, electrocardiógrafo, tensiómetro y cualquier otro aparato capaz de medir nuestros pulsos, latidos y temperaturas. Pero hay otros medios y capacidades, de suyo necesarios e importantísimos, que son la conciencia, el sentido común, la sensatez que haga surgir, en hora de tristeza y desolación, los sentimientos más puros y más nobles. La solidaridad, por ejemplo.

No puedes evitar el amor, y aquí cito al poeta cuando dijo:

Amar y querer se igualan,
Cuando se ponen parejos
el que quiere y el que ama.

Y sabemos que el amor, como la muerte, cuando va a llegar nadie la espera. Pero al virus sí podemos enfrentarlo, incluso hasta lograr la cura o aliviar sus consecuencias. Toca a la ciencia precisamente cumplir su papel ante la pandemia que hoy nos amenaza, nos invade, nos lesiona y, como dije antes, nos recuerda lo inermes que estamos, lo frágiles que somos.

¿Y cómo lo evitamos? Atendiendo las recomendaciones de las autoridades que saben de eso.

Sobre la pandemia mucho se ha dicho y escrito, y a uno le queda la sensación de no saber nada, sólo la certeza de lo frágiles que somos, lo vulnerables que podemos llegar a ser ante una situación de esta naturaleza.

Por eso —digo yo—, como el grande Aquiles Nazoa, debemos valorar las cosas más sencillas. Es decir, nunca deja de ser importante valorar las cosas, por mínimas o exiguas que parezcan. Aquiles, sí, el mismo que nos dijo:

El canario tiene un río pequeñito en la garganta.

Leí hace poco un palíndromo: “Efímero ore mi fe”. Y en eso ando, leyendo y orando. Nunca una oración y un libro están de más.

La situación la veo con preocupación, pero con esperanza. Y escribiendo, opinando, intentando interpretar —sin ánimos de pontificar— la triste realidad de los hechos.

Y en este encierro al que nos someten las circunstancias, en el fondo, superado el precipicio, más allá, en lo más profundo, en lo más hondo de lo más bajo, más allá… busquemos la esperanza en todas sus cajas, revolvamos, inventemos, desocupemos los refugios. Toca unir los vidrios rotos, procuremos no asquearnos.

Un país a la deriva nos pide rumbo y yo sólo ofrezco el faro de la palabra de mi verbo civil.

Creí oportuno y necesario decirles a mis anfitriones, refiriéndome a Venezuela, nuestro país, que confío en que llegará el día del juicio, todos entrarán a la sala y la justicia terrena juzgará los crímenes de los malos. Quizá se oirán gritos y consignas, otros callarán sus penas y sus culpas, pero la justicia hará su trabajo. Algunos reos, tal vez, lloren o se burlen al escuchar la sentencia. Allí comenzará la reconstrucción.

Porque como bien dijo Laureano Márquez en España (2018): “Venezuela es un país extraordinariamente hermoso, hermoso en sus paisajes, pero también hermoso en su paisaje humano, que es lo que más me gusta. Es un país de gente noble, buena, inteligente, preparada, capaz, o sea, no estamos gobernados por ellos, pero están allí, existen”.

Lector que me honras, quiero que sepas que a veces quedarse es ir muy lejos. Un país a la deriva nos pide rumbo y yo sólo ofrezco el faro de la palabra de mi verbo civil. Nos duele el país, y aunque nos partan el corazón y se lleven las dos mitades, tengamos fe y esperanza de que uno solo será el latido de la nación unida.

¡Quédate en tu casa!… ya saldremos del virus y de la peste también.

Jesús Peñalver
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