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Un hotel donde… descansar

jueves 25 de mayo de 2023
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Un hotel donde... descansar, por Esther Domínguez Soto
Los hoteles son, ante todo, fríos —por muy lujosos que sean y muy obsequioso que se muestre el servicio. Lugares donde el cartelito “No molestar” nos garantiza que nadie va a llegar a tiempo para salvarnos.

Urbana, antología digital por los 27 años de LetraliaUrbana. 27 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2023 en su 27º aniversario
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¿Cuál es la razón por la que se produce ese éxodo constante e imparable que hace que las ciudades sean cada vez más grandes al tiempo que los pueblos se van convirtiendo en cascarones casi vacíos, excepción hecha de los vecinos más mayores que se niegan a abandonar los lugares donde están sus raíces y las tumbas de los que los precedieron? La respuesta parece sencilla. Porque los pueblos ofrecen tranquilidad, contacto con la naturaleza, un ritmo de vida más sosegado, tiempo para pensar, conocer a tus vecinos, charlar con ellos… Todo muy bonito, muy bucólico, de acuerdo, pero para pasar unos pocos días al año. Visita a la abuela y a los pocos parientes que aún viven allí y de vuelta a la ciudad, que criticamos por lo incómoda y ruidosa, pero es que, para vivir, lo que se dice, vivir, las ciudades brindan todo lo que una persona pueda desear. Espectáculos, lugares donde practicar todo tipo de deportes, parques, infinidad de lugares de ocio, mayores oportunidades de trabajo y gente que, sin ser consciente de ello, es atentamente observada por escritores, grafiteros, músicos o creadores de todo tipo. Las vidas de montones de desconocidos como fuente de inspiración.

En la vida real, los años pasan para todos y las enfermedades no respetan a nadie, artistas o no. Porque en las ciudades, como en los pueblos, también se enferma, se muere y se acaba en un cementerio o columbario. La muerte no siempre viene de la mano de un mal incurable, un virus que, agazapado en nuestro organismo, espera su oportunidad para fastidiarnos la vida o una edad muy avanzada. Para nada. En muchos casos, la mano que nos lleva hacia la muerte es la nuestra. El suicidio, ese tema recurrente en la literatura, desde que Sansón muere matando filisteos hace ya unos cuantos siglos, es tal vez una de las escasas decisiones que los humanos podemos tomar libremente a lo largo de nuestra vida. Parafraseando a Henley, podemos “ser el dueño de nuestro destino y el capitán de nuestra alma”. No nacemos; nos nacen. Donde y —a veces— cuando nuestros padres eligen. A cambio, nosotros sí podemos elegir dónde y cómo morir. Y ese “nosotros” nos incluye a todos. No sólo a la gente anónima que vive sin saber que sus idas y venidas se reflejan en tal o cual escena de una película o en la letra de un rapero. Ante la gran igualadora, no hay arte que valga. Y, a juzgar por el abrumador número de escritores que han pasado de inventar un suicidio para uno de sus personajes, a protagonizar su propia muerte, casi podemos afirmar que —en comparación con otras formas de creación artística— este es un oficio de riesgo.

La naturaleza brinda muchos lugares donde despedirse de la vida. Para los suicidas que eligen el ahogamiento está el mar: la poetisa argentina Alfonsina Storni eligió la playa La Perla, en Mar del Plata (1958); Ángel Ganivet —precursor de la Generación del 98— eligió el Mar del Norte, junto al puerto de Riga, para poner fin a su vida —al segundo intento— en 1898, o Arthur Cravan que en 1918 desapareció en el Golfo de México tratando de reunirse con su compañera Mina Loy. Otros prefieren los ríos, como el poeta rumano Paul Celan, que se arrojó al Sena en 1970; Virginia Woolf, quien en 1941 puso fin a la locura, que cada vez la atacaba con más saña, ahogándose en el río Ouse, o el poeta japonés Misao Fukimura, quien en 1903, a los diecisiete años, se arrojó a las cascadas del Parque Nacional de Nikko. Otros prefieren saltar desde alturas que garanticen su muerte: Tony Scott, el conocido director de cine, se lanzó a las aguas del Pacífico desde un puente en Los Ángeles (2012), o Peg Entwistle, la jovencísima actriz británica quien, a los veinticuatro años, protagonizó uno de los suicidios más impactantes que se conocen, subiendo a la parte superior de la hache del emblemático cartel de Hollywood, en el monte Lee, y lanzándose al vacío desde allí. Otros eligen formas más “discretas”: ingesta de barbitúricos, venenos, monóxido de carbono o un certero —y doloroso— corte en una arteria. Y, por supuesto, lugares menos llamativos.

Desnaturalizando la función para la que fueron creados, estas personas eligen, paradójicamente, entrar en los dominios de la muerte desde un hotel, una miniciudad dentro de otra mucho mayor.

Pero hay un grupo —muy nutrido, la verdad— de personas que eligen morir no en plena naturaleza o en la intimidad sus hogares. Para irse de este mundo, prefieren un lugar típicamente urbano, donde, normalmente, se va a descansar, a mantener una cita amorosa, a esconderse de la policía o de alguien que te busca con malas intenciones, hacer negocios o buscar el silencio para poder trabajar en tu última novela, o dar unos retoques a los arreglos de las canciones de un nuevo disco. En una palabra, que desnaturalizando la función para la que fueron creados, estas personas eligen, paradójicamente, entrar en los dominios de la muerte desde un hotel, una miniciudad dentro de otra mucho mayor, rodeados de edificios, autobuses de turistas, ruidos, luces, contaminación y miles —cuando no millones— de personas alrededor que, posiblemente, les sirvieron de inspiración en algún momento. Ciudades donde la actividad es febril, negocios que se crean, relaciones que se van al garete, de gente que se afana en sus quehaceres. En una palabra, la muerte deseada frente a la vida con mayúsculas.

Los que —afortunadamente— no tenemos tendencias suicidas podemos entender la desesperación de una señora que esperaba la llegada del Titanic al puerto de Nueva York. En ese barco viajaba su marido. Cuando se supo que el trasatlántico nunca llegaría a puerto y se publicaron las listas de fallecidos, la viuda se ahorcó en su habitación de la planta ocho del hotel Chelsea. El shock de una noticia tan luctuosa, la pena, la desesperación de una pérdida tan repentina y el horizonte de soledad que se abrió ante ella, empujaron a esa pobre mujer a tomar una decisión tan trágica en un lugar tan frío e impersonal como es un hotel. Y, como el suicidio no está reservado a los famosos, sabemos de una joven norteamericana de veintisiete años que, en el año 1962 —y tras una trifulca matrimonial— decidió acabar con todo tirándose por la ventana del baño de un hotel. Lo malo fue que cayó desde una altura considerable sobre un transeúnte que pasaba por allí en ese momento. Ambos, mujer desesperada e inocente peatón, murieron en el acto. Peligros que acechan en las ciudades, podríamos añadir. No todo va a ser bueno, respondería otro.

Pero la cuestión es que la mayoría de los suicidas que se encerraron en una habitación de un hotel para acabar con sus vidas no lo hicieron en un arrebato de locura o desesperación. Lo hicieron premeditadamente. Incluso lo dejaron caer en poemas, conversaciones, novelas y canciones. Y esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué tiene una habitación de cualquier hotel en cualquier ciudad que no tenga un bosque, un río, un desierto o el propio hogar? Ante todo, que son impersonales. Y, una vez realmente decididos a suicidarnos, necesitamos huir de cualquier objeto, sonido o aroma que nos recuerde algo, que nos ancle a esa vida que queremos dejar atrás y nos obligue a repensar nuestros planes y darnos otra oportunidad. Y los hoteles son, ante todo, fríos —por muy lujosos que sean y muy obsequioso que se muestre el servicio. Lugares donde el cartelito “No molestar” nos garantiza que nadie va a llegar a tiempo para salvarnos. Cuando hay muchos huéspedes que atender, las señales que cualquier recepcionista de hotel —ausencia de equipaje, instrucciones de no molestar, nerviosismo— identifica como alertas de que esa persona puede tener intención de acabar con su vida, quedan en un segundo plano. Algo lógico ante la necesidad de vigilar equipajes, encargar taxis, las prisas de muchos, las reclamaciones de algunos, las innumerables llamadas telefónicas o las protestas de esos clientes eternamente insatisfechos. Cosas de las ciudades.

En una gran ciudad, todos somos anónimos e importamos poco. Una sensación que ahonda la herida que empuja a buscar el olvido en la muerte.

Otra posibilidad es que, querámoslo o no, somos seres sociales, y hasta para irnos de este mundo necesitamos estar rodeados de congéneres, aunque no de familiares o amigos que intenten evitar lo que para un suicida es innegociable. Al contrario, lo que refuerza sus propósitos es la gente que llena las ciudades: una masa desconocida, sin tiempo que perder, indiferente a nuestros sufrimientos. En una gran ciudad, todos somos anónimos e importamos poco. Una sensación que ahonda la herida que empuja a buscar el olvido en la muerte. Otra ventaja de vivir en las ciudades, aunque, reconozcámoslo, sea un poco tétrica. Y otro posible motivo es el ansia de exhibir sus penas, de ser compadecido. Algo que nos hace dudar de la sinceridad de sus deseos de morir. La notoriedad que algunos suicidas parecen buscar hace buena la expresión “antes muerto que sencillo”. Y es que hay gente que no respeta ni lo más serio de este mundo.

Las razones para tomar una decisión tan drástica como es el suicidio son innumerables, casi tantas como hoteles. Cesare Pavese, incapaz de soportar la soledad en la que vivía, se quitó la vida en un hotel de Turín en 1950. Algo muy parecido a lo que en 1972 hizo el actor británico George Sanders, solo tras cuatro matrimonios fallidos. La fama condujo al famoso DJ sueco Avicii al alcohol, las drogas y un ritmo de vida hasta que —en palabras de su familia— “no pudo más. Necesitaba encontrar paz” y, en un lujoso hotel de Omán, rompió una botella y, con uno de los trozos de cristal, se abrió las venas. Y los gravísimos problemas económicos del conocido chef Anthony Bourdain, que, en momentos más felices de su vida, había afirmado que el cuerpo “es un parque de diversiones”, lo empujaron a ahorcarse en la habitación de un hotel de Estrasburgo en 2018.

Y seguimos encontrando motivos de lo más variopintos para despedirse de la vida a las bravas. La desesperación de no poder huir de la Francia ocupada por los nazis hizo que el filósofo berlinés Walter Benjamin —como tantos otros— se suicidara con una sobredosis de morfina en una fonda de Portbou (España) en 1940. Lo que animó a Lisa Lynn Masters —la actriz de Betty la fea— a ahorcarse en 2016 con una falda en un hotel de Perú fueron los desencuentros con su marido. Y la empleada del Ritz Carlton Double Bay de Sydney que encontró en 1977 el cadáver de Michael Hutchence colgado en su suite, no podía imaginar que el cantante fue incapaz de seguir luchando por la custodia de su hija que estaba teniendo lugar en los juzgados al otro lado del mundo.

Y, como los tiempos cambian a pasos agigantados, el suicidio no iba a ser menos y, para no quedarse obsoleto, al deseo irrefrenable de morir se unió esa ansia de viajar constantemente que parece haberse apoderado de buena parte del mundo. Así, desde hace unos años, gente de países tan distantes entre sí como Rusia, Turquía, Italia, Dinamarca, Francia o Australia —y añadan los nombres que quieran a la lista— llega a México en busca de un anestésico veterinario que garantiza una muerte indolora en menos de una hora y ¿cómo no?, un hotel donde morir. El medicamento puede adquirirse a través de Internet, pero hacer un último viaje en busca de la muerte tiene su punto morboso que cada vez más gente no puede resistir. No sé a ustedes, pero a mí me impresiona más leer que determinado poeta romántico se disparó un tiro en el pecho junto a la tumba de su amada y un ramito de violetas depositado sobre la losa de la difunta, que, tras interminables horas de viaje, ofertas de comida, bebida y almohadas por parte de las azafatas y después de colocar el cartelito “No molestar” en la puerta de la habitación de un hotel —¿dónde si no?— de una ciudad mexicana, tomarse una dosis de anestésico. Echo de menos un poco de privacidad. Llámenme clásica.

Esther Domínguez Soto
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