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La familia Cuadrado ventila su historia en esta novela
Heberto José Borjas retrata a Venezuela en Las verdades cuadradas

domingo 27 de junio de 2021
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Heberto José Borjas
Heberto José Borjas: “El mayor reto técnico que la novela representó fue hallar el tono en el que los personajes no hablasen igual pero que a la vez se notara que son parte de una misma familia”.

Los últimos años en Venezuela han sido muy duros. De tragedia en tragedia, el ciudadano recibe el ataque cotidiano de la desesperanza. Los efectos de esta situación sobre la familia son más que evidentes: una crisis sin precedentes en la historia del país ha lanzado a millones de venezolanos a la vía incierta del exilio forzado, mientras los que se quedan ponen en práctica los más variados ejercicios de sobrevivencia. Este es el contexto que retrata Las verdades cuadradas, la novela con la que Heberto José Borjas expresa, desde su propia experiencia de exilio en Colombia, la medida de su angustia por Venezuela.

Publicada por el sello Escarabajo, del editor Eduardo Bechara Navratilova, la novela de Heberto enfoca su atención en la historia de los Cuadrado y en sus esfuerzos por sobrellevar el caos. Una familia típica de Maracaibo —ciudad en la que nació el autor en 1981—, con sus dinámicas internas y una tensa relación entre la verdad y sus múltiples interpretaciones, algo que se verá reflejado con toda claridad en la estructura de esta novela. Una obra que el autor ha estado escribiendo durante la mayor parte de la década que ha transcurrido desde que previó el futuro de su país y decidió irse con su esposa a Colombia, experiencia que, por cierto, documentó en el texto “El tufillo insoportable”, incluido en la antología Exilios y otros desarraigos, publicada con motivo de los veintidós años de Letralia.

“Las verdades cuadradas”, de Heberto José Borjas
Las verdades cuadradas, de Heberto José Borjas (Escarabajo, 2020). Disponible en Amazon

Las verdades cuadradas
Heberto José Borjas
Novela
Escarabajo Editorial
Bogotá (Colombia), 2020
ISBN: 978-958-52674-6-6
384 páginas

Escritor, abogado, profesor de inglés, traductor y actor, Heberto ha publicado antes otra novela, Los hermanos mayores (Negro sobre Blanco, 2014), y dos libros de cuentos: Duendes en mi casa (Monte Ávila, 2010) y Desde la nada (FB Libros, 2017). Entre otros reconocimientos, ha ganado el Concurso de Cuentos Día del Estudiante de la Universidad del Zulia (2001) y el VII Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, en mención Narrativa (2009), y fue finalista del Premio Internacional de Cuento Ángel Ganivet (2009), además de obtener una mención honorífica del Concurso de Cuento Contemporáneo de Colombia, por lo que está incluido en la antología del certamen publicada en 2013, y una mención especial del Premio de Cuento de la Policlínica Metropolitana, en Caracas. Desde 2018 publica reseñas literarias en Letralia.

Desde su partida a Colombia en 2010, Heberto y su esposa vivieron en Bogotá. En la capital colombiana nació la hija de ambos. En septiembre de 2020, en plena pandemia, se mudaron a Medellín. Su trabajo como actor le ha llevado a participar en series y telenovelas realizadas en Colombia, como Pambelé, para RCN, o Tarde lo conocí, para Caracol TV, y también en producciones de Netflix como las series Narcos y Perdida y el largometraje Triple frontera. De esto y mucho más hablaremos a continuación.

 

Lee también en Letralia: reseña de Las verdades cuadradas, de Heberto José Borjas, por Alberto Hernández.

La historia de una familia

Las verdades cuadradas se enfoca en las aventuras y desventuras de la familia Cuadrado, pero la novela recorre también la historia reciente del país. ¿Son los Cuadrado un reflejo de Venezuela?

—Los Cuadrado son, antes que nada, un arquetipo de la complejidad que presenta un clan familiar; mostrar eso fue la primera intención con la que escribí la novela. Durante la confección del texto, los personajes mostraron un factor común que yo no había concebido del todo al escribir la página inicial: su preocupación por el devenir sociopolítico de Venezuela. A través de ellos la trama recorre fragmentos de la historia contemporánea y elementos inmanentes a la idiosincrasia venezolana desde los años 50 hasta el mismo 2019, enfocados a partir de sus relaciones de pareja y su conexión (al menos, emocional) con acontecimientos históricos hasta llegar a este engendro inclasificable que es lo que existe hoy y que “insistimos en llamar país”, como lo dice Joaquina, la protagonista. En cierto modo, asumo que en todas las familias venezolanas hay miembros que pueden encontrar un símil (enajenado, terriblemente humano) en uno de los Cuadrado.

—La novela comienza con el relato de la historia familiar desde la perspectiva de Joaquina, pero luego viene el “derecho a réplica” donde otros parientes intervienen. “El que tiene rabo de paja no se acerca a la candela, carajita”, le suelta uno de los personajes al inicio de esa segunda parte. ¿Qué retos te representó ese cambio de registro?

—El mayor reto técnico que la novela representó fue hallar el tono en el que los personajes no hablasen igual pero que a la vez se notara que son parte de una misma familia, criados por la misma madre y abuela. El código de la oralidad es siempre algo delicado en toda narración. Es muy delgada la línea que divide lo verosímil de lo sobreactuado, porque está en juego la naturalidad de la identidad de los personajes que hará creíble cada una de sus palabras. Seguí un sabio consejo tras una de las revisiones a las que se sometió el texto: “Fíjate en cómo hablan los miembros de tu familia en el grupo de WhatsApp”. Eso me ayudó a salir de la camisa de once varas en que me había metido. Entonces entendí que Bernardo Cuadrado usaría muchos refranes en su discurso, que la tía Nuria abusaría de las groserías, que Sófocles sería más formal en su hablar como producto de sus lecturas y su vasta cultura general, que Ernesto hablaría con desparpajo como cualquier borracho que no tiene nada que perder, que Joaquina intentaría la poesía como buena pichona de escritora, que la abuela Gerania usaría expresiones simples pero repletas de sabiduría. Desde luego, siendo los Cuadrado una familia zuliana de origen costeño colombiano, las malas palabras son parte ineludible del intento de darles verosimilitud. No es un cliché o lugar común. Es ser fiel a un elemento sine qua non del gentilicio zuliano. Creo que no abusé de las palabrotas; las dosifiqué con el mayor sentido común de que fui capaz.

—Los Cuadrado provienen de una familia colombiana que emigró a Venezuela hace más de medio siglo, y la protagonista en el presente emigra a Colombia. Es un poco lo que ha ocurrido con nuestros países en las últimas décadas. ¿Ha sido intencional que tu novela retrate esa realidad, o es, digamos, el camino natural que debías seguir para contar lo que querías contar?

—Mi condición de maracaibero hizo que desde niño yo entendiera la inmigración como algo natural. Maracaibo es una ciudad con una inmensa comunidad colombiana (sobre todo de la costa) que desde hace décadas se mimetizó y echó raíces, de modo que medio mundo en el Zulia tiene parientes en Colombia y viceversa. Muchas familias zulianas tienen su origen en apellidos muy comunes en los departamentos de Bolívar, Cesar, Magdalena y por supuesto, La Guajira, que la tenemos allí, al lado. De hecho, la comunidad wayuu no reconoce las fronteras de las autoridades. Para ellos El Moján, al norte del Zulia, es tan tierra propia como Maicao, ya del lado colombiano. Entonces, el factor migración como ejercicio de un desplazamiento entre tierras vecinas que no se diferencian demasiado tenía que estar presente en la novela como un reconocimiento a lo que Colombia ha aportado al Zulia y a lo que Colombia ha significado en años recientes como tierra prometida que ha recibido a tantos paisanos que han huido de la desesperanza y la baja calidad de vida, que son acaso las mayores promesas que puede ofrecer Venezuela hoy. Es una suerte de tributo personal y a la vez un guiño a quienes conocen o conozcan mi historia personal de emigración a Colombia.

 

Sobre el consenso de la culpa se podría iniciar una reconstrucción.

Matar al monstruo

—Dos visiones se enfrentan en tu novela: el infortunio como destino contra la asunción de la propia responsabilidad por los errores cometidos. Una vez más, tienes allí un fuerte símbolo de las tendencias que suelen seguir los venezolanos al analizar su devenir. ¿Puedes hablarnos de esto?

—Si hay algo que me descorazona de la situación actual por la que atraviesa Venezuela es que en conversaciones entre amigos y parientes noto por un lado un consenso sobre la exclusiva culpa de la dictadura en el deterioro de Venezuela y, por otro lado, el constante rifirrafe en redes sociales (incluso, entre desconocidos) en los cuales unos pocos intentan ser más justos en la distribución de la carga de la culpa, ya que la mayoría pregona que se le debe endilgar al otro, ya sea la dictadura, o los falsos o erráticos líderes opositores o Rafael Caldera, pero lo cierto es que Las verdades cuadradas propone ampliar la aceptación de la carga de culpa e incluirnos a nosotros (los treinta millones de compatriotas, hasta ahora) como consecuencia de nuestra frugalidad de conciencia a la hora de elegir gobernantes en 1998 pero también a la hora de participar de las dinámicas que la dictadura instituyó para hacernos partícipes de nuevos elementos en nuestro modus vivendi en los que demostramos lo peor de nuestra viveza criolla. Hay quien se lava las manos diciendo que nunca votó por el chavismo y cree que eso le exime de responsabilidad en el marasmo. A esa gente yo le haría un largo cuestionario para saber si de una forma u otra colaboraron o no con la instauración del estado actual de cosas en Venezuela. Por desgracia, el pueblo venezolano está en estos momentos tan concentrado en la mera supervivencia y en reaccionar a las nuevas carajadas de la realidad que este debate sobre la responsabilidad compartida parece impertinente (hasta blasfemo), pero no deja de ser necesario si queremos sanear a Venezuela espiritualmente. Sobre el consenso de la culpa se podría iniciar una reconstrucción. Lo contrario sería asumir de una forma maniquea que solamente el chavismo es imputable por su cuota en la debacle y desoír toda autocrítica que nos señale las pifias en nuestra idiosincrasia que hicieron del desgobierno un monstruo cada vez más fuerte. En la novela afirmo que ya no podemos matar solos al monstruo porque se parece a nosotros mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir. Es una idea demasiado impopular como para provocar un debate. En inglés se diría que esto es un sore point. Mi novela afirma que el cambio en mi país natal debe ocurrir de abajo hacia arriba; es la sociedad la que debe parir ciudadanos probos que lideren los procesos que lleven a Venezuela a la modernidad. No es un asunto de cortar la punta del iceberg nomás. La debacle venezolana no es solamente política. Ya hay algo podrido en la psiquis, en la dignidad y en la moral del venezolano actual que se debe reparar colectivamente. Por otro lado, ya quedó claro que el chavismo no ha sido un paréntesis en un destino que nos guardaba ser gobernados por adecos y copeyanos para siempre. La mal llamada quinta república ahora la veo como una consecuencia natural de un proceso largo de entropía social tras las décadas de auge petrolero pero sin una conciencia colectiva sobre el destino que le queríamos dar a la nación. Este insufrible engendro del malvivir es una extensión de lo que hemos llamado cuarta república (lo peor de ella, por supuesto). En el planteamiento de esta dicotomía el lector es quien sale ganando con el refuerzo de sus propias convicciones o siendo persuadido por un argumento diferente. Ni los mismos Cuadrado están totalmente de acuerdo al respecto. No pretendo mostrarme como una autoridad que establezca respuestas absolutas sobre el tema.

—Joaquina, la protagonista, se va a Colombia por las razones que llevaron a millones de venezolanos a huir del país, pero además tiene otra motivación y es encontrar a su padre. Y aquí también pareces delinear una metáfora muy especial, pues Joaquín, el padre, es un militar que vive en Colombia desde que tuvo que irse en 2002, cuando se alzó contra el régimen. Es como si Joaquina fuera la imagen de un país que clama por un espíritu de liberación que sabe originario.

—Joaquina es una síntesis de la mujer bravía de la actualidad, o al menos esa fue mi intención al concebirla. Su liberación tiene que ver con saldar viejas cuentas del alma. En la novela, con cuentagotas, intenta vencer ciertos escollos, como su baja autoestima causada por su gordura, la ausencia de su padre, su depreciación como profesional mal remunerada en un organismo público, la asfixia que le produce seguir viviendo en la Caracas contemporánea. De allí que la emigración parezca más un escape desesperado que la búsqueda de algo concreto. Lo doloroso del ejemplo de Joaquina es que sienta que la liberación implica irse, abandonar la brega diaria en el terruño y aportar una remesa desde el exterior, y por eso creí conveniente que dejar testimonio de una emigración enfocada de esta forma le vendría bien a la honestidad con que mi protagonista cuenta su parte en la saga familiar. Su afán de liberación es una manifestación del inconformismo y la desesperanza, aspectos que no se diferencian mucho de cómo nosotros los venezolanos hemos buscado (en otras tierras o adentro del terruño) otra cosa que no sea esto abominable que impera hoy. Lo riesgoso de conseguirlo es que esta misma motivación montó al chavismo en el poder al final del siglo pasado. En el delirio por el cambio nos equivocamos cuando reaccionamos instintivamente en vez de razonar: es la gran lección de las elecciones presidenciales venezolanas de 1998. La misma Joaquina no tiene vergüenza en aceptar que su viaje a Colombia es también un acto de cobardía. Es atacada por la conciencia que le dice que ha preferido una vía fácil: dejar las vicisitudes que se sufren en su tierra y no aportar mayor cosa para ser un agente del cambio en Venezuela. ¿Qué inmigrante no es, en el fondo, un boxeador cuyo entrenador tiró la toalla sobre el cuadrilátero para que no lo terminaran de noquear?

 

Un escritor en series de Netflix

—Sé que esta novela tiene una larga historia y pasó por varias reescrituras. ¿Puedes hablarnos de ese proceso?

—Concebí la novela en agosto de 2010, con tres meses viviendo en Bogotá. Escribí de forma tan esporádica que me tardé cuatro años y medio en terminar el primer borrador. Hubo meses en los que no avancé ni una línea. Ingenuamente, creí que la novela estaba prácticamente lista en diciembre de 2014, y que con un poco de carpintería sería publicable, pero estaba equivocado. Cada año volvía a ella, como un asunto de honor, para quitar y agregar pasajes. Le envié a concursos, a agencias literarias, a editoriales, sin éxito alguno. En 2018 Jorge Gómez Jiménez la corrigió con criterio profesional y me dio tips importantes que me hicieron reformular aspectos de la novela que la harían más verosímil, sobre todo lo relacionado con el uso de coloquialismos y la definición de las voces dentro de la familia Cuadrado. En 2019 tuve varias sesiones de trabajo con Jaime Echeverri, todo un erudito del oficio de narrar, mentor de escritores de renombre como Jorge Franco, y de quien tomé notas para ahondar en la personalidad de Joaquina, la protagonista. Entre noviembre de 2019 y enero de 2020 trabajé cara a cara con el editor, Eduardo Bechara Navratilova, para depurar definitivamente la prosa e intentar subirle los coqueteos poéticos que el texto muestra a ratos. Esta última etapa me dejó agotado, me hizo experimentar vaivenes emocionales sobre la obra, pero quedé satisfecho con el final. Con los tres escritores estoy agradecido y por ello están incluidos como correctores en los créditos iniciales del libro.

—Tienes más de diez años viviendo en Colombia. Tu partida, junto con tu esposa, fue producto de una decisión consciente y muy anterior a la alarmante diáspora de estos últimos años; en estos años ha nacido allá tu hija y recientemente te mudaste de Bogotá a Medellín. Sé que eres actor y has tenido participación en largometrajes y series, pero además ¿qué has hecho en Colombia para sobrevivir? ¿Cómo incide esta realidad sobre el Heberto escritor?

—En Colombia he hecho de todo para sobrevivir con dignidad. Ciertamente me mudé a Bogotá con algo de planificación y ahorros, activos que apenas nos valieron para mantenernos a flote sólo unos meses. Era una época en que nadie de Venezuela se venía Colombia. Me preguntaban a menudo: “¿Por qué Bogotá?”. Encontré pronto trabajo como extra de producciones televisivas y allí me di cuenta de que quería hacer realidad una fantasía que había escondido totalmente en Venezuela: convertirme en actor. Entonces, lo estudié con la rigurosidad académica del caso durante tres años y medio. Así conocí a mis primeros dos managers y he tenido la oportunidad de participar en producciones realizadas en Colombia tanto para el mercado interno como para el extranjero. Por ejemplo, en la serie Narcos, de Netflix, pude compartir escena con Pedro Pascal, quien hoy protagoniza The Mandalorian, para Disney Plus. En la serie Perdida, de Antena 3 y que también transmite Netflix, pude ser dirigido por directores renombrados de la televisión española, como Iñaki Peñafiel, y compartí escena con el “Flaco” Solórzano, Consuelo Luzardo y Ana María Orozco, la afamada protagonista de Yo soy Betty, la fea. Esas son intervenciones como actor invitado. La actuación no es mi actividad principal en términos del tiempo que me absorbe; sin embargo, me entrego a la escena como el más profesional de los actores. La actuación es una de las pocas actividades que me hacen sentir vivo al cien por ciento. Es curioso que simulando una emoción uno llegue como actor a trasmitir una verdad. Es el mayor misterio de este oficio. Con lo que pago las cuentas es con mis labores como docente y traductor de textos técnicos (principalmente para la industria farmacéutica). Doy asesorías de inglés a empleados de empresas importantes (ejecutivos que trabajan en multinacionales, generalmente) que necesitan mejorar y practicar su inglés, desde hacer presentaciones hasta preparar entrevistas de trabajo o informes de gestión a sus jefes angloparlantes. No me ha ido mal. En el sistema con que trabajo, el oficio paga bien por horas y hasta me da tiempo para escribir y otros quehaceres urgentes, incluidos los castings como actor. Cuando escriba mis memorias, muchas anécdotas divertidas surgirán de mis primeros años en Bogotá. Hoy vivo en Medellín. Nos mudamos en plena pandemia. Vivo en un barrio que tiene de todo (hasta una biblioteca pública en excelentes condiciones), en un inmueble más espacioso y cómodo, cerca de mi familia política y con un costo de vida un tanto menor al de Bogotá. Por ahora puedo decir que me agrada el cambio.

 

A la novela la pienso mucho, la reviso mucho. Al cuento lo regurgito menos y lo que el lector lee como versión final es más visceral y fiel a la concepción inicial.

Escribir es terapéutico

—Has publicado dos libros de cuentos, uno de los cuales tuve el gusto de corregir, Desde la nada. Pero también tienes otra novela, Los hermanos mayores. Son géneros que tienen particularidades propias. ¿Cómo te sientes mejor en el acto de narrar? ¿Con el relato o con la narrativa de largo aliento?

—He asumido la novela y el relato como dos ámbitos en los cuales hay que entregarse con la misma intensidad y actuar con planificación. Pero se me hacen distintos en aspectos formales con los cuales asumo la escritura, como el ritmo de escritura y de la narración misma, o las posibilidades de mi reinvención como narrador que percibo cada género. Cuando regreso al relato (y mucho más consciente de todo desde que tomé el Taller de Cuento de Letralia, a finales de 2018) ahora me da por atreverme a experimentar con menos miedo que antes. No me preocupa escribir un texto entero que carezca de un interés comercial en aras de una búsqueda de tesituras nuevas en mi narrativa. Siento que correré los doscientos metros planos (cien no, se me dificultan los cuentos muy cortos) y que, desde el primer segundo hasta el último, la adrenalina estará a millón. Mas cuando me enfrento a la novela, me da la impresión de que voy a mudarme a otro país, y que debo hacer las maletas, meter todo en cajas y enfrentarme a algo que amerita un cálculo en extremo meticuloso de cada paso a ejecutar, aun sabiendo una bondad inestimable que el género ofrece: en la novela las equivocaciones creativas pueden quedar camufladas porque forman parte de un corpus inmenso, lo que no sucede en el relato (donde basta con una línea mal concebida o mal ubicada para echar a perder la historia). En resumen, a la novela la pienso mucho, la reviso mucho. Al cuento lo regurgito menos y lo que el lector lee como versión final es más visceral y fiel a la concepción inicial. Para ponerlo en términos actorales, asocio al cuento como la puesta en escena de un montaje de teatro; eso es narración pura, sin aditivos ni distracciones ni artificios que intenten engañar al lector, mientras que la novela en su concepción es más parecida a la grabación de una serie para televisión, donde hay largas pausas, cambios de vestuario entre una escena y otra, retoques de maquillaje, cambios de set y de locación, donde se hace un acercamiento maratónico y pausado de lo que se quiere como resultado. No considero que son géneros que se complementan. Ninguno le hace falta al otro. Se puede desarrollar una brillante carrera como narrador sin publicar una sola novela o un solo relato. El instinto (valioso factor en toda esta cuestión) se afina con el tiempo y aconseja al escritor cuándo una historia necesita diez páginas o trescientas.

—¿Escribir es para ti un acto “terapéutico”, como confiesa Joaquina en una parte de la novela?

—¡Absolutamente! Hoy, con casi cuarenta años de edad, me percato de que la escritura me ha ayudado en algo que me parece vital para honrar la memoria de nuestros muertos y armonizar las relaciones con los vivos: la solidaridad. Ponerse en el cuero de otro y ver, desde otra perspectiva, que las pulsiones que experimentamos en no pocos pasos adolecen de un relativismo, nos hace darnos cuenta de que a veces nos ahogamos en vasos de agua sin necesidad y nos quita todo vestigio de ego a la hora de emitir juicios o de perdonar (como si fuésemos autoridades nombradas para ello) a quienes nos han hecho sufrir. Uno se reconcilia consigo mismo cuando entiende que la escritura funge como la catarsis con la que se finiquitan cuentas con pendientes con la vida. Ignoro si en eso consiste madurar, pero al menos me ha hecho ganar serenidad, un concepto que, como Borges bien lo afirmaba, es más valioso que la misma felicidad. En mis escrituras recientes ha evolucionado mi parecer sobre mi relación con mi padre (fallecido en 2017), amigos y parientes, personajes históricos, y los tópicos que siempre me han obsesionado, como la familia, la culpa, la muerte, la fatalidad, el destino, la evolución espiritual, la ciencia ficción, sólo por mencionar los que se han asomado notoriamente en mis cuatro libros.

—¿Puedes contarnos cómo es tu rutina al escribir? ¿Dedicas tiempo de forma preestablecida o escribes en el momento en que se te presentan las ideas?

—No soy quisquilloso ni necesito un ritual especial para escribir. Con que haya café me conformo. Antes necesitaba silencio y encierro. Mi condición nómada antes de la pandemia, que me hacía desplazarme por los cuatro puntos cardinales de Bogotá, hizo que me acostumbrara a escribir en un café, rodeado de voces. Ya no me incomoda tanto como al principio. Sin embargo, ya desde hace tiempo tengo claro que no produzco nada en la noche, no madrugo para sentarme a escribir, no puedo tener una sesión de escritura de más de tres horas. Creo que se debe a una naturaleza kinestésica que me pide estar en movimiento aun en situaciones en que lo común es la quietud del cuerpo. Soy más proactivo en la media mañana o entre la media tarde y el ocaso. Al parecer, la luna o la oscuridad de la noche tienen un efecto sedante en mí que me anula la creatividad y las ganas. Sólo una vez me he despertado a media madrugada para escribir algo: la primera frase de mi próxima novela, todavía inédita. Fue hace cuatro años. No sé a qué atribuirle ese arranque. Creo que se debe a que las ideas no son nuestras; simplemente llegan de otro lugar a nuestras cabezas y uno las atrapa.

—¿Trabajas actualmente en algún otro proyecto?

—Tengo en el tintero unos cuentos inéditos, algunos mochos, otros ya terminados. Creo que ya he dado con un libro conceptualizado de cuentos en donde he osado abordar subgéneros que no he publicado antes. Ya veremos cuándo salen a la luz. Tengo también una novela engavetada. Pienso retomarla en 2021, tras una pausa de cuatro años. Sólo llevo adelantadas unas cincuenta páginas. Por el momento, puedo decir que será mi obra más arriesgada. Desde ya presiento que por ese texto podría ganarme el menosprecio de cierto tipo de melómanos. Será una fumada de lumpia, como diríamos en Venezuela, llena de música, contracultura, sustancias psicoactivas e injusticia. Creí que para estas fechas estaría terminado el primer borrador pero el destino tiene escrito algo distinto. Ahora espero terminarla a finales de 2022, año en que se conmemorarán los sesenta años del lanzamiento del disco Please, Please Me, de Los Beatles, y los ochenta años del nacimiento de Paul McCartney. ¿Por qué menciono estos acontecimientos? Los lectores lo sabrán en su momento, cuando tengan el libro en las manos.

Jorge Gómez Jiménez