
En la trayectoria literaria del escritor español Jaime Molina García (Linares, Jaén, 1969), marcada por una sólida incursión en la narrativa, siempre ha prevalecido su interés por explorar los rincones más oscuros del ser humano y de la sociedad que lo rodea. Su más reciente obra, la novela de género negro El sicario del Sacromonte, nos conduce a los barrios marginales de Granada, un entorno violento en el cual los personajes lucharán por hallar una identidad en medio del caos.
La obra, que tiene su origen en el guion de una miniserie, revela un fascinante juego entre el determinismo y la redención, abordando temas tan profundos como la herencia de la violencia y la relación conflictiva entre padres e hijos. Con Lucas, el protagonista, Molina García ha creado un antihéroe modélico de género negro, atrapado en una encrucijada moral que lo obliga a lidiar con su pasado y que, más allá de lo local, adquiere una dimensión simbólica que habla de la humanidad misma.
Hoy hablamos con el autor sobre el proceso creativo que lo llevó a concebir esta obra y su relación con su bagaje escritural, así como la riqueza de sus personajes y las motivaciones que dan forma a su universo literario. Estamos ante un autor que conoce en profundidad el género negro, en el que se mueve como pez en el agua y donde es capaz no sólo de abordar problemáticas de entornos específicos, sino de enlazarlas con temas tan complejos como la traición, el poder y el destino.
El sicario del Sacromonte, la novela que surgió del cine
Con El sicario del Sacromonte internas al lector en un complejo entramado de traición, venganza y redención cuya intensidad emocional y la crudeza de sus situaciones mantienen al lector en constante tensión, revelando una narrativa que va mucho más allá de los estereotipos del género negro. Quisiera saber cómo llegas a esta historia. ¿Cuál fue tu proceso creativo al escribirla? ¿Cómo fue el esfuerzo de investigación que le dedicaste?
El proceso de construcción de la historia se inició hace unos seis años, cuando comencé a cursar un máster de guion de cine. El trabajo de fin de máster consistía en escribir el guion de un capítulo piloto para una serie, así que diseñé el guion del capítulo piloto y también un esbozo del argumento de varios capítulos más de lo que debía ser una miniserie de televisión. El resultado del capítulo piloto quedó bastante bien y, dado que tenía un esbozo argumental del resto de la serie, al finalizar el máster me animé y escribí el guion completo de la miniserie. Como el resultado final me dejó satisfecho, pensé que sería una buena idea novelar ese guion y el resultado está a la vista con esta novela.
La ambientación en el barrio del Sacromonte es crucial para la atmósfera de la novela. ¿Qué te motivó a situar esta historia en ese entorno específico? ¿Cómo trabajaste la representación del barrio y de la ciudad de Granada como un personaje más dentro de la trama?
Tenía muy claro que quería hacer una historia ambientada en Granada, que es la ciudad donde vivo desde hace años. El entorno elegido viene dado porque los barrios de la zona norte de Granada son, sin duda, los más marginales, y en los que ha habido y hay más delincuencia, incluyendo el tráfico de drogas. Toda novela negra tiene un componente de denuncia social y centrar la acción en las zonas más desfavorecidas de Granada es una forma de criticar el abandono, por parte de las instituciones del Estado, en el que se encuentran esos barrios. El contraste de esos barrios de la zona norte con el Sacromonte, que es un barrio muy turístico frecuentado por extranjeros que van a ver espectáculos de flamenco, es una forma de mostrar, en la misma historia, las dos caras de una ciudad con una versión más violenta y otra mucho más amable.

La violencia es un tema omnipresente que va moldeando a los personajes de la novela y sus relaciones. ¿Cómo se equilibra la representación de la violencia sin caer en lo sensacionalista? ¿Qué papel juega esta violencia en la construcción de la identidad de los personajes?
Retratar la violencia sin caer en el sensacionalismo es igual que retratar cualquier otra emoción o conducta humana sin caer en esa trampa. Lo que cualquier narrador tiene que intentar hacer para lograr esto es ser coherente y verosímil con el mundo en el que está narrando. Si la historia trata de criminales, has de procurar que el lector o el espectador se crea a esos criminales sin que caigan en la caricatura o en los lugares comunes. Y si trata de otra temática, ya sea policial, fantástica o de ciencia ficción, es exactamente igual: la verosimilitud es crucial para que el lector no se sienta engañado.
En el caso concreto de los personajes de esta historia, la violencia juega un papel definitivo en sus vidas. Lucas, el protagonista, arrastra un trauma desde su infancia pues ha sido víctima de la violencia por parte de su padre y ha presenciado el asesinato de su madre. Y en cuanto a los criminales de diferentes bandas que se mueven por Granada, es evidente que han mamado ese ambiente delictivo desde que tuvieron uso de razón. No es que yo justifique las acciones de mis personajes por este motivo, pero está claro que nacer y crecer en un ambiente así no facilita la integración en una sociedad más “normal”.
Como un abreboca a tu novela, incluyes el texto “Fragmentos de un evangelio apócrifo” de Jorge Luis Borges, un texto que invita a reflexionar sobre conceptos como la justicia, la verdad y la moral, temas que claramente resuenan a lo largo de la novela. ¿Cómo dialoga con el libro esta visión borgiana del relativismo moral y la ambigüedad ética?
Soy un admirador confeso de Jorge Luis Borges, y es verdad que este texto que elegí como cita tiene muchas concomitancias con ciertos pasajes de la novela. En una novela cuyos personajes se mueven en un mundo criminal, parece lógico que surjan esos conceptos que mencionas en tu pregunta como la justicia, la moral o la verdad. Pero es que hay otros que también aparecen en el mismo texto como son la lealtad y el amor. Cuando me di cuenta de que se podían establecer tantas relaciones entre los versos de Borges y la novela, no dudé en colocar el texto como cita y referencia. Borges era una persona extremadamente culta y ese relativismo moral o esa ambigüedad ética que mencionas creo que quedan también patentes tanto en el poema como en la novela, en el sentido de que no he querido construir personajes maniqueos, completamente buenos o completamente malos (salvo, quizás, con la excepción del padre de Lucas) sino que son personajes que se rigen por sus propias leyes y normas morales aunque, lógicamente, éstas no encajen en nuestra sociedad.
Jaime Molina García, constructor de personajes
Lucas es un personaje marcado por una profunda lucha interna, tanto por su pasado como por las circunstancias en las que se ve inmerso. ¿Cómo concebiste su evolución psicológica a lo largo de la novela?
En la mayoría de las novelas y de las historias, el personaje central sufre una transformación. Cuando comienza la historia es una persona y cuando termina, tienen que haberse acumulado una serie de experiencias que harán que ya no pueda ser todo como antes, es decir, que lo habrán transformado. Lucas parte de una situación traumática que lo ha convertido en una especie de ermitaño voluntario, un tipo que para huir del dolor se refugia en su soledad y se arma con una especie de coraza con la que impide el menor acercamiento o señal de afecto. Lucas tiene todas las papeletas para convertirse en un sociópata. Lo que quiero plantear en la novela es la posibilidad de un cambio en un caso tan difícil como el suyo. Y esa única posibilidad que se abre viene a través de Estrella, una joven gitana que se enamora de él, es decir, que si hay algo que puede salvar a Lucas, sólo puede ser el amor.
La relación entre Lucas y su padre, Augusto, no sólo articula gran parte de la tensión narrativa, sino que parece proyectarse como una especie de conflicto arquetípico: el hijo que lucha por escapar de la sombra destructiva de su padre. Esta dinámica evoca temas como la herencia de la violencia y la inescapabilidad del pasado. ¿Refleja el enfrentamiento entre ambos una forma de determinismo trágico, en el que los personajes están condenados a repetir los mismos errores, o existe la posibilidad de redención para Lucas a pesar de la presencia de Augusto?
La relación padre-hijo es uno de los nudos centrales del argumento y el carácter de Lucas se explica, en gran parte, por el trauma que su padre, un maltratador de la peor especie, le infligió durante su infancia. Augusto es el desencadenante de muchos de los conflictos que suceden en la novela, tanto los internos de Lucas como los externos, que afectan a las personas que lo rodean y, por ende, al propio Lucas. El pasado familiar es algo de lo que nadie puede huir y Lucas lucha contra ese pasado a lo largo de toda la novela. La única posibilidad de redención le llega a través de Estrella y él se verá abocado a elegir entre esa débil grieta que Estrella logra abrir en su coraza o convertirse en alguien como su padre. Pero, como sucede en la vida, la respuesta no tiene por qué ser binaria. Las cosas no son siempre blancas o negras, buenas o malas. La violencia forma parte de la naturaleza de Lucas, y arrancarla por completo no siempre es posible. Lo mismo sucede con el amor.
En El sicario del Sacromonte, objetos como el machete o la llave parecen tener un simbolismo que va más allá de su función práctica. ¿Cómo utilizas estos elementos para profundizar en los temas centrales de la obra, como la herencia de la violencia y la lucha por el control?
El machete representa claramente la violencia, el crimen y la muerte. Y en la novela se cierra como en un círculo puesto que tanto en las escenas iniciales como en las finales hay un cuchillo que viene también a representar el destino, la venganza y, tal vez, ese principio de acción y reacción en el que cada acto tiene consecuencias, y cómo ciertas situaciones vuelven como un búmeran hacia quienes las cometieron.
En cuanto a la llave, es un elemento importante aunque Lucas ni siquiera sabe para lo que sirve. Es como decir que uno puede llevar consigo algo que puede ayudarle a salir de una situación difícil y ni siquiera es consciente de que lo ha llevado siempre consigo.
Aunque Estrella es una figura clave en la vida de Lucas, la novela está mayoritariamente dominada por personajes masculinos. Tomando en cuenta el momento actual en que cobran importancia una resignificación y una revaloración de los géneros, ¿cómo te planteas el desarrollo de un personaje femenino? ¿Qué papel juegan las mujeres en este mundo violento y criminal que describes?
Es cierto que en esta novela hay más espacio para personajes masculinos que para los femeninos, pero las tres mujeres que aparecen en la novela son cruciales en el desarrollo del personaje de Lucas, precisamente porque esos personajes son casi los únicos que aportan alguna luz a ese corazón oscuro del protagonista. En cada historia, el desarrollo de los personajes es completamente diferente. En mi anterior novela, Camino sin señalizar, todo el peso de la historia lo llevan dos mujeres y son mujeres de acción. En esta Estrella tiene un papel protagónico pero hay que tener en cuenta el ambiente y la familia a la que pertenece para entender que no se puede convertir en una mujer de acción en la misma forma que lo hacían las protagonistas de Camino sin señalizar. Como dije en una pregunta anterior, creo que es importante encontrar una línea coherente. No se trata de asignar un rol determinado a la mujer dentro del mundo criminal porque sería simplificar la realidad. Habrá mujeres que jueguen un rol muy activo y otras que asistan como meras espectadoras; las habrá más rebeldes o más sumisas, más aventureras o más tradicionales. Pero todo dependerá de la historia en cuestión que estemos contando y de las necesidades que la propia historia le pide al escritor para desarrollar sus personajes de una forma verosímil.
Divertirse escribiendo, desencantarse publicando
En una comunicación previa nos comentaste que la novela comenzó su vida como un guion para una miniserie de siete capítulos. Dado este origen, ¿qué desafíos enfrentaste al convertir un guion en una novela? ¿Cómo abordaste la transición de un lenguaje visual y estructural propio del cine a uno más narrativo y literario?
Así es. Primeramente escribí el guion y de ahí pasé a la novela. No es la primera vez que lo he hecho así. Con mi anterior novela, Camino sin señalizar, lo hice igual, partiendo de un guion de largometraje. Precisamente fue esa experiencia la que me animó a volver a novelar un guion, pues me resultó más fácil traducir el lenguaje cinematográfico a lenguaje narrativo partiendo de un guion ya estructurado. Es la diferencia entre lo que se llama escribir con brújula y escribir con mapa. En la escritura de guion cinematográfico, que fue el primer paso, se puede decir que lo hice con brújula, pues conforme uno va escribiendo se va encontrando derivaciones, subtramas y escollos que no siempre se sabe bien a dónde conducen, aunque uno tenga más o menos claro a dónde quiere llegar. Y la segunda parte, la escritura de la novela, al tener el guion completo, uno ya escribe con mapa, seguro del terreno que pisa porque ya lo ha explorado y puesto en orden previamente. Así pues, creo que esa transformación, al menos en mi experiencia, fue un proceso sencillo. También he llegado a hacer justo lo contrario, es decir, convertir una novela mía en guion y, en mi opinión, me pareció un proceso más difícil.
Me gusta ese estilo directo, crudo y profundamente visceral, que vas construyendo con un lenguaje preciso y austero, evitando adornos innecesarios. ¿Podrías contarnos sobre tus influencias literarias más importantes? ¿Qué autores o corrientes crees que han dejado una huella en tu forma de abordar temas como la violencia, la marginalidad o la relación entre el bien y el mal?
Las influencias literarias y los escritores a los que admiro son muchísimos. Pero dentro de ese contexto de violencia y marginalidad que mencionas, hay tres escritores que han estado en mi biblioteca desde que tenía diecisiete años: Graham Greene, Albert Camus y William Faulkner. Para Greene, la violencia y la marginalidad son síntomas de una realidad moral ambigua, en la que la redención es posible (a veces a través de la fe), pero a menudo a través de la culpa, el sufrimiento y la traición. Camus trata la violencia y la marginalidad desde una óptica filosófica más marcada por el existencialismo en donde el conflicto entre el bien y el mal no se resuelve a través de la fe, sino a través de la aceptación del absurdo y la rebeldía ética frente a la opresión o la desesperación. Para Faulkner, en cambio, el mal no es tanto una cuestión filosófica como una fuerza arraigada en el tiempo y la violencia es una manifestación de la tensión racial, del poder o de la brutalidad. Los tres me han parecido siempre escritores geniales.
Varias de tus obras han sido premiadas o han quedado finalistas en certámenes literarios; de hecho, El sicario del Sacromonte obtuvo un premio al que renunciaste. Me gustaría saber el motivo de esa renuncia, pero principalmente si han tenido algún impacto estos reconocimientos en tu carrera como escritor.
El premio al que renuncié se trataba de un concurso en el que el premio consistía en la publicación de la novela en cierta editorial. Me alegró mucho ser el elegido, pero no me alegró tanto ver el contenido del contrato de edición que, a mi juicio, no era nada beneficioso, ni para mí ni para la propia editorial, dicho sea de paso. En cuanto al resto de premios recibidos, si bien me han servido para formar un currículum no han tenido un impacto en mi carrera ni me han servido para allanar el camino de otras publicaciones posteriores. De hecho, casi al contrario, las novelas que he escrito posteriores, las tres que resultaron premiadas (El fantasma de John Wayne, Una casa respetable y Lejos del cielo), no me fue nada fácil publicarlas, ni siquiera llevando esas referencias.
Tras El sicario del Sacromonte consideras un retiro voluntario del mundo narrativo. ¿Qué te lleva a esta decisión? ¿Queda aún espacio para más historias en el futuro?
Creo que mi retiro va a ser más un retiro del mundo editorial. Escribir me parece un acto creativo con el que me divierto. Pero estoy muy desencantado con el mundo de la publicación y las editoriales. Ni siquiera las editoriales fuertes son ya una garantía de que tu libro va a ser visible. Es cierto que el propósito de todo escritor es procurarse lectores, pero partimos de una situación en la que cada vez todo es más complicado: tenemos un mercado que publica decenas de miles de libros al año, pero al mismo tiempo hay una clara decadencia dentro del mercado de personas que adquieren libros, en detrimento del mercado audiovisual. Y las editoriales, por su parte, tampoco proporcionan el apoyo necesario porque ya no están interesadas en la calidad literaria, sino en la mercantilización. El 90% de las editoriales actuales ofrecen contratos de coedición que obligan al autor a pagar por publicar, o de autoedición (como Amazon), que pienso que no llevan a ninguna parte. Y en ninguno de los dos casos (coedición y autoedición) se logra gran visibilidad, entre otras cosas porque la competencia de decenas de miles de libros es abrumadora. En cuanto al porcentaje restante de editoriales, las llamadas tradicionales ya casi no exploran autores nuevos de calidad sino que hacen apuestas seguras por autores ya consolidados (o “famosos” que no son escritores profesionales) porque son los que les reportan beneficios. Con ese panorama, he decidido que, aunque siga escribiendo, claudico a la hora de volver a intentar publicar algo.
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