
La escritora, traductora literaria y editora venezolana Patricia Schaefer Röder ha dedicado gran parte de su carrera a explorar temas de identidad, pertenencia y resistencia a través de la literatura y el artivismo. Su vida ha estado marcada por la movilidad cultural, con estancias prolongadas en Alemania, Estados Unidos y Puerto Rico. Con una galardonada trayectoria como traductora y su papel en iniciativas relacionadas con los derechos humanos, como la antología Vivas las queremos: voces del mundo contra el feminicidio, su voz es hoy por hoy una de las más comprometidas en el ámbito literario en español.
Su ambiciosa novela Marina con almendrones es un sueño para el lector amante del arte. Es la historia de una amistad imposible por razones históricas, pero que en la narrativa se convierte en oro puro, entre dos artistas, Reverón y Vincent —un pintor errante que funciona como la representación simbólica de Van Gogh—, quienes desde el contexto exuberante del Caribe, en Venezuela, y a través de las trescientas cincuenta páginas de la obra, construirán una historia sobre los misterios del arte y el refugio que éste ofrece ante la incomprensión del mundo.
Hoy conversamos con la autora sobre las particularidades de esta novela que capta la complejidad de dos espíritus artísticos a la vez frágiles y decididos y que reclama desde ya sitial de honor en la fértil novelística venezolana sobre Armando Reverón. Hablaremos sobre los aspectos estilísticos y simbólicos del libro y sobre cómo la versátil experiencia de la autora la ha traído hasta aquí.
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Marina con almendrones, la novela de Van Gogh y Reverón
—Tu novela Marina con almendrones narra la amistad entre dos hombres que influyeron profundamente en el arte contemporáneo, Armando Reverón y Vincent van Gogh, o un trasunto literario de éste, pues por las fechas y otras circunstancias tal encuentro no pudo haberse producido. Es una arriesgada decisión creativa que roza con la ucronía (qué pasaría si Van Gogh hubiera vivido lo suficiente para conocer a Reverón...), pero el resultado ha sido una novela maravillosa que se lee con deleite, en especial si se aman el arte y la libertad. Me gustaría que empezáramos hablando de cómo llegas a esta historia.
—Esta historia es el resultado de mi añoranza por Venezuela, por sus paisajes, su gente, su luz y su color, por todo lo que contiene como país y por su cultura, su arte; en fin, todo lo que la hace tan especial y única. Mis padres fueron inmigrantes y ahora yo también lo soy. Los inmigrantes ven todo lo que para los lugareños es tan común —como la misma calidad de la luz y el color que bañan el paisaje y sus personajes— con una mirada nueva y curiosa, y suelen sorprenderse frente a sabores nuevos y ritmos inusuales para ellos. Pensé en cómo una persona muy sensible —y extranjera— descubriría todas estas maravillas de Venezuela y esto me llevó de una manera muy natural a Vincent van Gogh. ¿Y qué mejor amigo pudiera tener él sino Armando Reverón, que tal vez sea el único que lo hubiese comprendido de verdad? En este escenario, lo lógico es que estos dos grandes maestros se convirtieran en interlocutores para hablar del arte, de la luz, del color, de la libertad y de sus verdades y demonios.
—A lo largo de la novela se aprecia un especial mimo en los detalles biográficos y artísticos relacionados con Reverón y Vincent, lo que me lleva a preguntarte sobre el esfuerzo de investigación que requirió esta obra y el tiempo que te tomó escribirla.
—Me gusta mucho la verosimilitud en la literatura, incluso en temas fantásticos o mágicos. Todo tiene explicación dentro de la historia; no me saco nada de la manga. Por eso le dedico una parte muy importante del tiempo a investigar los tantos detalles que hacen plausible el relato. En Marina con almendrones todos los detalles históricos son verídicos, al igual que los biográficos y artísticos de los dos protagonistas. Tuve la idea de escribir esta novela a mediados de 2018, le fui dando forma en mi mente, qué quería mostrar y cómo, y enseguida comencé a investigar y tomar notas. El primer párrafo —que resultó no ser el comienzo de la novela, sino que quedó en algún lugar del medio— lo escribí un año después, y seguí investigando y moldeando la historia hasta que la terminé de escribir a mediados de este año, seis años después de concebir la idea. Claro que, mientras tanto, también tuve que dedicarle tiempo a muchos otros libros, al certamen internacional de siglema 575 y a otras antologías que debían publicarse en fechas precisas.

—Aparte del respeto mutuo y de la admiración que se tienen tus ilustres protagonistas, ambos parecen encontrar en esa relación una fuente de consuelo ante la incomprensión del mundo. Recordemos que los personajes históricos vivieron atribulados por su cualidad de seres excéntricos, su obsesión por sus búsquedas artísticas y sus complejas luchas internas. Insertémonos un poco en la realidad que construiste en tu novela e imaginemos que esa amistad fue real: ¿qué dirías que encuentra cada uno en el otro que no puede hallar en su arte o en la relación con su entorno? ¿De qué forma esta amistad da un nuevo sentido a sus vidas?
—Armando y Vincent fueron dos genios que, lamentablemente, vivieron en épocas en las que aún no se sabía diagnosticar ni tratar sus condiciones mentales, además de la vergüenza que implicaba padecer cualquier condición de este tipo. La gente siempre ha sido y sigue siendo cruel con quienes son distintos. Incluso ahora, la sociedad aún no ha logrado desarrollar un sentimiento de aceptación y respeto universales; imagínate hace más de un siglo, cómo sufrían aquellos que tenían otras destrezas y capacidades que se salían de la norma, como estos dos grandes artistas. En Marina con almendrones, ellos tienen la fortuna de encontrarse, de entenderse, de compartir su sabiduría y su arte, y de servir de interlocutores uno del otro. Justamente por haber experimentado la alienación de quienes los rodean es que se sienten cómodos confiando sus recuerdos y sus pesadillas a un alma afín, en la que cada uno ve reflejada su propia realidad, que lo abraza con empatía y lo acepta como es. Armando es la luz y Vincent es el color; ambos existen juntos y se potencian entre sí.
—Reverón y Van Gogh han sido harto explorados en la literatura y el cine. Pienso, por ejemplo, en Los incurables, la novela de Federico Vegas, o el Reverón de Diego Rísquez —sin olvidar que nada menos que Margot Benacerraf se ocupó del artista—; pienso también en ese maravilloso Van Gogh diseñado por Willem Dafoe en At Eternity’s Gate, de Julian Schnabel. ¿Cómo construir una visión renovada y única de estos dos personajes tan ampliamente tratados en la cultura que, siendo fiel a sus complejidades, ofreciera un perfil original al lector contemporáneo?
—Siempre he defendido la noción de que cada quien presenta su propia versión de las cosas. Esto se aplica a todas las artes y a todas las historias, incluida Marina con almendrones, justamente por todo lo que pude recabar sobre la obra, la personalidad y el carácter de cada uno de estos dos genios. Al situarlos en el ambiente perfecto, donde pudieran desarrollar su arte y su amistad, aquella realidad que comparten trae consigo los distintos eventos que propician de manera natural sus reacciones, reflexiones y los tantos diálogos entre ellos. Hay quienes me tildan de purista; supongo que será porque cuando hago investigación, prefiero siempre ir a las fuentes originales. Así, al estudiar a estos personajes históricos con la menor cantidad de filtros posibles, se hace más fácil comprenderlos y permitirles ser como presentimos que fueron. Y luego, sólo nos queda dejarlos libres para que actúen y hablen por sí mismos.
Patricia Schaefer Röder, literatura con conciencia social
—La estructura de la novela, alternando entre cartas, escenas de la vida cotidiana y no pocos diálogos y reflexiones, además a través de capítulos por lo general cortos, crea una sensación de tiempo suspendido, casi como una serie de cuadros o impresiones de un diario personal. Como lector veo un gran paralelismo entre esa estructura y las personalidades de los protagonistas, hombres multifacéticos, pero en fin dos genios rotos. ¿Puedes hablarnos más de esto?
—En efecto, quise plasmar las vidas de ambos protagonistas como una serie de postales de sus rutinas y también de sus trabajos y sus logros. Por otro lado está el viaje de Vincent por Venezuela, que lo lleva a maravillarse una y otra vez por todo lo que va descubriendo en esta Tierra de Gracia y que queda registrado justamente en los tantos cuadros que va produciendo con el pasar del tiempo. Ambos hombres son complejos; llevan dentro una gran carga emocional y al mismo tiempo perciben el mundo que los rodea de manera muy distinta a cualquier otra persona: de hecho, pueden ver cosas que los demás no ven. Pero eso no los hace “locos”; más bien los hace extraordinarios e inigualables. Lamentablemente, el mundo no estaba preparado para dos genios de esos calibres y por ese motivo no obtuvieron el merecido reconocimiento ni el respeto necesario en su momento. Sin embargo, ellos continúan sus vidas y sus labores a pesar de saberse distintos y rechazados por el resto de la gente. Lo importante es que ellos mismos se aceptan como son y se concentran en la razón y pasión de sus vidas: su arte. Y para lograrlo, cuentan con la comprensión y la ayuda de sus parejas, que con amor y maña logran recomponer esos genios rotos y les dan una mejor calidad de vida.
—En estos tiempos de resignificación y revaloración de los géneros, resulta particularmente interesante cómo se desarrollan personajes femeninos profundos y complejos en obras como Marina con almendrones. Juanita y Felisa aportan estabilidad y sentido a las vidas de Armando y Vincent, convirtiéndose en fuentes de apoyo emocional y en reflejos de las culturas y tradiciones venezolanas. ¿Cómo abordaste la creación de estos dos personajes femeninos y qué buscaste transmitir sobre el rol de la mujer en el arte y la vida de estos personajes tan singulares?
—Aparte de ser sus modelos, Juanita fue la mujer perfecta para Armando y Felisa lo fue para Vincent. Cada una complementa emocionalmente a su pareja, muy lejos de que esta sea su única función. Aunque son muy distintas, ambas mujeres son sabias y les proporcionan a sus maridos el anhelado refugio del mundo exterior y la libertad de evadirse para vivir el proceso creador a sus anchas. Las dos tienen diferente temperamento, que resulta ser justo el que su pareja necesita de ellas. Pero Juanita y Felisa no son pasivas; saben lo que quieren de la vida y de Armando y Vincent, y a la vez que los cuidan hasta donde ellos se dejan, los comprenden y con cariño los llevan poco a poco en dirección a sus propias metas. Juanita y Felisa, musas y modelos de sus maridos, participaban también en la producción del arte de sus parejas; la primera de manera activa, ayudando a Armando en la fabricación de los lienzos y los objetos de su imaginario personal. En cambio, Felisa traía a casa el dinero para su sustento y opinaba sobre las obras de Vincent. Los dos maestros nunca hubiesen podido producir tanto sin el apoyo de estas pacientes y trabajadoras mujeres.
—“Aquí los colores son muy intensos; tienen vida propia”, le dice Vincent a Reverón. Creo que los paisajes venezolanos, en particular la costa de Macuto, el mar Caribe y la selva del Orinoco, podrían pasar por personajes por derecho propio en tu novela. Dada tu vida entre diferentes culturas, ¿qué significado tienen para ti estos escenarios en relación con los temas de aislamiento y libertad que planteas en la obra?
—Cada país, cada cultura y cada paisaje nos regala algo distinto y único. En mi caso, he vivido en cuatro países de dos continentes y he aprendido del carácter y la esencia de cada cual. La costa del mar Caribe, los Andes, los Llanos y la selva del Orinoco son algunos de los paisajes que Vincent descubre al viajar por Venezuela. Cada uno, como bien lo dices, se siente como un personaje que le permite al extranjero inmigrante entender mejor el carácter del pueblo que lo habita y lo recibe. Al provenir de Europa, Vincent siente que la lejanía física y el ambiente, que para él es exótico, le permiten aislarse del mundo y mirar tanto hacia fuera como hacia dentro, y así puede encontrar su propia libertad. Por mi parte, cada paisaje que explora Vincent representa la libertad que siento al visitar mi terruño y sentir que pertenezco a algo grande e importante. Venezuela es mi hogar; allá crecí y en esos recuerdos mi alma se siente libre. A pesar de que la Venezuela de hoy en día está mucho más poblada que la que explora Vincent en Marina con almendrones, aún hay parajes tranquilos donde se puede admirar el paisaje y buscar las respuestas en uno mismo.
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“Escribir es una pasión y una necesidad”
—Has sido galardonada por tus proyectos de artivismo y has tratado temas relacionados con los derechos humanos en tu trabajo literario y editorial. Tomando en cuenta que tu novela reflexiona sobre la exclusión y la marginación, ¿crees que esa experiencia influyó de alguna forma en la construcción de estos personajes y en el desarrollo de sus vidas a contracorriente?
—Hoy en día es casi imposible no estar al tanto de los atropellos a los derechos humanos en todas partes del globo. Si de algo sirven los supermedios de comunicación como el Internet es para difundir ideas e información de manera instantánea y muy eficaz a cada rincón del planeta. Si se utilizan bien, estos medios pueden hacer la diferencia en muchos proyectos. De cualquier forma, todos estamos a merced de lo que nos llega a través de ellos y nos toca discernir y tomar postura ante cada caso. Por esto, entiendo que la conciencia social influye en mi trabajo. Sobre todo, el respeto a los demás y a las diferencias que nos hacen maravillosos y únicos. Es justamente ese respeto que siento hacia los personajes, y el respeto y la aceptación que ellos se tienen entre sí, lo que les permitió desarrollarse de manera natural con todas sus cargas emocionales, sus defectos, sus demonios, sus tantas cualidades y sus anhelos, aun en medio de la incomprensión y el rechazo que sufrieron de parte de tantas personas en las distintas etapas de sus vidas.
—Es muy citado y reconocido tu trabajo con el texto breve, e incluso concebiste el siglema 575, forma poética que te ocupas de difundir a través del concurso anual “Di lo que quieres decir”, que ya va para once años. Marina con almendrones le da una nueva dimensión a tu obra, y me gustaría saber cómo enfrentaste ese cambio de registro hacia la novela.
—Lo cierto es que siempre me ha gustado jugar con el idioma, las palabras y los sonidos de las letras; como en mis relatos de minificción escritos en forma de tautosiglama, tautograma y monovocalismos. También disfruto experimentando con diversos géneros literarios, como la narrativa y la poesía, y dentro de ella, el siglema 575. Pienso que la incursión en la novela es el resultado natural de mi desarrollo creativo dentro de la narrativa. Todos tenemos algo que contar, y a veces, las historias son más complejas. Claro que esto de ninguna manera implica que el camino sea en una sola dirección; más bien lo visualizo como un campo de muchos cultivos distintos con polinización cruzada que produce nuevas variedades de plantas. Así, mi trabajo crece y se diversifica, pero siempre se interconecta en cada paso y puede dar giros inesperados.
—Esto te lo pregunté hace unos años, cuando hablábamos de tu inclinación por la experimentación literaria en un libro de narrativa tan breve como versátil como es A la sombra del mango. Pero la verdad es que has seguido cosechando éxitos como traductora y ahora te presentas con este trabajo de largo aliento, y se me ocurre que tu respuesta pueda haber variado en este tiempo: ¿influye en tu narrativa tu oficio como traductora?
—Pienso que, igual que todo en la vida, cada una de nuestras facetas está relacionada con las demás y se retroalimentan. Para mí, escribir es una pasión y una necesidad; sean escritos propios o traducciones literarias. Recuerda que el traductor es el escritor que rinde homenaje al texto de otro autor y lo convierte en literatura universal, permitiendo así que llegue a otros públicos. El traductor escribe y cuenta con sus propias palabras la obra de alguien más; va de la mano del autor para relatar el tema de su prosa o verso. Y al igual que en la escritura creativa, todo esto también requiere creatividad, investigación y amor por las letras. Así que puedo afirmar que sí; definitivamente, mi oficio de traductora influye en mi narrativa y viceversa, porque tienen la misma naturaleza.
—En tu obra y tu trayectoria, ya sea a través de la narrativa, la poesía minimalista o tu activismo en derechos humanos, hay un hilo conductor que es tu exploración permanente de la condición humana. Después de esta novela, ¿qué proyectos futuros te entusiasman? ¿Qué nos espera a los lectores de Patricia Schaefer Röder?
—Marina con almendrones es uno de mis sueños cumplidos; algo muy personal que necesitaba hacer, igual que mis colecciones de cuentos Yara y otras historias y A la sombra del mango en su momento. En cuanto a la escritura lúdica y la poesía minimalista, me siento muy contenta de la buena acogida que han tenido mis creaciones como el tautosiglama y el siglema 575. Es muy cierto que todos mis trabajos se relacionan con la condición humana; un tema que me preocupa y me ocupa desde siempre. Por eso comencé el proyecto sin fines de lucro que incluye la serie anual de poemarios artivistas por los derechos humanos —que ya va por su cuarta convocatoria y esperamos continúe por mucho tiempo—, abierta a mayores de dieciocho años de cualquier lugar del mundo, y cuyo contenido es materia de discusión en conversatorios y foros internacionales. La literatura es una herramienta potente y eficaz que puede llegar a lugares —y corazones— insospechados, y este es nuestro granito de arena para ayudar al respeto y el entendimiento entre los pueblos. Y con respecto a proyectos individuales, tengo planeado un libro de cuentos de autores de tres generaciones de mi familia, un poemario y una colección de minificciones narrativas. Ya te contaré.
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