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Marina con almendrones, de Patricia Schaefer Röder
(primeros capítulos)

sábado 30 de noviembre de 2024
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“Marina con almendrones”, de Patricia Schaefer Röder

Marina con almendrones
Patricia Schaefer Röder
Novela
Ediciones Scriba NYC
Guaynabo (Puerto Rico), 2024
ISBN: 979-8985471397
352 páginas

MoMA, Nueva York, 17 de marzo, 2007

—Cómo me alegra que hayamos venido hoy a ver esta exposición. A pesar de ser sábado, no hay demasiada gente.

—Claro, no hay tantos locos que se atrevan a salir de su casa a cero grados centígrados por gusto, por más prístino que esté el día.

—Pues a mí me gustan los días despejados en el invierno, aunque haga mucho más frío. Para mí, la luz es lo más importante. Mira el azul puro del cielo, bellísimo. Ni una sola nube perdida de su rebaño. El azul vasto e infinito. Es perfecto. Además, siempre me puedo poner otra capa encima.

—Cada loca con su tema...

—Pero dime si no vale la pena pasar un poco de frío para ver estas maravillas.

—En eso te doy la razón. Siempre quise visitar El Castillete en Macuto para ver el mundo de Reverón; sus pinturas, sus objetos, sus muñecas. Pero de alguna manera no se me daba. Y mira ahora dónde lo puedo disfrutar...

—Sí; qué cosas, ¿no? Igual, de El Castillete ya no quedó nada después del deslave de 1999. El lodo y las rocas lo destruyeron todo. Sólo quedaron piedras en el lugar. Parece que esa zona es propensa a los deslizamientos de terreno de la montaña por lluvias muy largas...

—Qué triste, ¿no?

—Sí, muy triste. Así que si alguien quiere ver la obra de Reverón, le toca visitar museos.

—Ajá, pero no es lo mismo. En El Castillete podías apreciar las obras in situ, mientras que en los museos las ves in vitro... No se siente igual.

—Ay, no te quejes tanto... Por lo menos tienes la oportunidad, ¿no?

—Sí. Mira, sólo hay dos cuadros de su época azul.

¿Qué le habrá pasado para cambiar desde esa penumbra con pocos puntos iluminados a la época blanca, donde la luz lo quema todo?

—Creo que el cambio fue un tiempo después de su llegada a Macuto, ¿no? Y después de la blanca pasó a la época sepia...

—Sí. Bueno, cada mudanza implica un cambio; seguro que el sol de la costa lo marcó y se reflejó en sus pinturas. Reverón fue un genio; mira qué maestría tiene en el manejo de la luz, la sugerencia tan tenue de las formas... No puedo dejar de mirar estas pinturas blancas; las diferencias entre las texturas son tan sutiles, que cuando te alejas un poco, te deja entrar en la composición para sentirla desde dentro...

—Qué maravilla.

—Claro que sí; es maravilloso. Ven aquí. Mira esta, es diferente. Nunca vi algo así pintado por Reverón.

Marina con almendrones. Preciosa. Sin fecha, sin firma, pero evidentemente de la época blanca, pintada con óleo sobre tela... Pero esto se sale del estilo de Reverón; no lo entiendo.

—Ni yo. El paisaje marino en blancos con la luz que lo quema todo es muy de Reverón, pero los almendrones encendidos con las hojas tornasoladas y vibrantes... La pintura tan gruesa, parece aplicada con los dedos, de una manera más espontánea, concéntrica... No sé qué pensar.

—Son dos estilos diferentes. Pareciera pintado por dos personas. Y no sólo es el color, el uso de colores complementarios; también es la técnica de pintura. Tienes razón con lo de las pinceladas; incluso los brochazos son distintos. ¿Qué dice el folleto?

—No dice mucho, sólo que esa pintura fue recuperada de los escombros del deslave.

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Punta de Mulatos, La Guaira, 1921

—Juanita, vamos a recoger un poco el rancho, que hoy viene a visitarnos mi madre desde Caracas —instruyó Armando con voz firme.

—¿Que viene doña Dolores? ¿Aquí? ¡Qué bien, al fin va a conocer nuestra casa! —se alegró la joven.

—Sí, viene a almorzar con nosotros. Prepara algo bien rico, Juanita. También quiero que el rancho se vea recogido y limpio porque le voy a proponer una idea.

—¿Qué idea, Armando?

—Mira, esta casita es demasiado pequeña y no puedo trabajar bien. Me siento atrapado aquí, como que estamos estorbándonos todo el tiempo.

—Ay, Armando, yo no te quiero estorbar... Yo sólo te quiero atender.

—Sí, yo sé, yo sé... La cosa es que se me ocurrió que podríamos mudarnos a Macuto, ¿qué te parece?

—Ay, Armando; me parece muy bien. Tú sabes que yo voy a donde tú vayas.

 

Doña Dolores llegó al pequeño rancho arriba en la montaña alrededor de la una de la tarde, transpirando profusamente. Era la primera vez que visitaba a su hijo en Punta de Mulatos y también era la primera vez que entraba en una vivienda tan humilde, hecha de ladrillo y cemento sin friso, con techo de hojas de palma y una letrina exterior. Como dama de la sociedad caraqueña, no estaba acostumbrada a la vida rústica que llevaban los pescadores del litoral.

Mujer educada, no mencionó la pobreza del inmueble de un solo ambiente, el piso de tierra, los dos tobos con agua a la entrada de la casa, ni tampoco lo escueto del mobiliario, hecho casi todo con piedras traídas desde el mar por los pescadores vecinos de la pareja. Prefirió concentrarse en la preciosa vista que tenía gracias a su ubicación sobre la montaña. También elogió la sazón de Juanita y su habilidad para preparar una comida sabrosa con ingredientes sencillos y en un fogón primitivo ubicado afuera, a un costado de la casa. La observó en detalle; se fijó en su porte, sencilla y genuina, vio lo calmada que era y la manera en que idolatraba a Armando. La verdad era que aún no sabía bien qué pensar de aquella muchacha tan jovencita que, evidentemente, vivía con su hijo de treinta y dos años.

Después del almuerzo, madre e hijo se sentaron afuera a beber su café mirando el mar mientras Juanita recogía la mesa y lavaba los trastes de peltre.

—Entonces, ¿qué le parece la idea, Mamá? —quiso saber el artista—. Mire, este rancho es pequeñito y estamos sobre el cerro. Además, estoy pagando alquiler... Siento que pierdo el dinero, ¿me entiende?

—Bueno, la verdad es que aquí el espacio es muy escaso. Y también es un poco remoto, con esa subida tan larga... Tienes razón en querer mudarte. ¿Dices que el terreno está a buen precio?

—Sí; el terreno es grande y el precio es muy bueno. Además, se le llega mucho más fácil que aquí, porque no está en la montaña. Fíjese que la carretera llega justo hasta ahí; está al final de donde llegan los autobuses, así que el lugar es muy tranquilo. Yo creo que es una oportunidad en mil de conseguir algo tan bueno.

—¿Y dónde queda?

—Queda en Macuto, en Punta Brisas. Está en una zona que llaman Las Quince Letras, al lado de la quebrada El Cojo. Son dos lotes contiguos; uno del doble del tamaño del otro. Es fácil convertirlos en uno más grande. Me venden los dos juntos por 30 pesos.

—Suena bien. ¿Están vacíos?

—Sí, sólo hay unos árboles y varias rocas grandes que se pueden quedar donde están. La gente dice que hace años se vinieron abajo desde lo alto del cerro por unas lluvias prolongadas... ¡Ah! También hay un ranchito en uno de los terrenos; Juanita y yo viviríamos allí mientras construimos la casa de verdad.

—¿Ajá...?

—Sí, sí. Le digo que el lugar es perfecto. El otro día fui a verlo y vi que la tierra es de buena calidad, así que también puedo usarla para sembrar algo y para mis pinturas. Lo único malo es que no está a la orilla del mar, sino más arriba, pero no tan arriba como aquí, ¿ve? ¿Quiere verlo ahora?

—¡Qué va! Ahora no, gracias. Yo confío en tu opinión y en tu juicio. Si tú piensas que es el mejor lugar para mudarte, yo te apoyaré. ¿Dices que quieres vivir allí con la muchacha?

—Se llama Juanita, Mamá. Y sí, me la voy a llevar allá.

—Pero dime, hijo: ¿exactamente qué son Juanita y tú?

—Mamá, Juanita es mi mujer. Yo la escogí para que me ayude y me acompañe.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo. Mírela nomás, qué linda es. Ella me quiere y me entiende. Y también me atiende muy bien. Si usted no la quiere a ella, no me quiere a mí tampoco.

—Pues si es así, si ella es la muchacha que tú escogiste y estás seguro de ella, entonces ella también será como mi hija. Puedes prepararlo todo para comprar el terreno.

 

Las Quince Letras, Macuto, 1922

Índigo profundo. Ese era el color que bañaba el cielo, el mar y las calles de Macuto una hora antes del amanecer en una noche de media luna. Y justo ese era el tono que buscaba el maestro, sentado en un banco del malecón con el caballete al frente, inmóvil, saboreando el salitre de las olas que se acercaban serenas sobre la orilla.

El lienzo pálido esperaba ansioso recibir los trazos gruesos y vibrantes que le conferirían la vida eterna. Con las pupilas completamente dilatadas y envuelto en un delicioso trance, el maestro detallaba cada franja de mar hasta volverse cielo en la lejanía, miraba las ondas que se formaban en el agua y en el aire, descubría los mayores puntos de luz que lo observaban atentos desde el firmamento y determinaba los colores que necesitaría mezclar en las proporciones precisas.

El pintor cerró los ojos y respiró hondo. Luego encendió la lámpara de kerosene y preparó diligente los óleos: negro, blanco, azul, algo de amarillo y un toque de naranja. Decidido, se levantó paleta en mano. Por un momento más, cerró los ojos y se dejó arrullar por el murmullo constante de la marea. Así, en medio de un profundo suspiro, dio la primera de muchas pinceladas trepidantes que mostrarían el mar y el cielo más vivos que nunca.

Los trazos parecían salir de aquella mano llevados por un ente ajeno a él. Un ánimo particular lo invadía y el maestro se dejaba llevar confiado, como un ciego por su lazarillo. El torbellino de marcas que dejaba sobre el lienzo lo poseyó hasta el amanecer, cuando la luz del sol lo hizo recuperar el sentido. Entonces se hinchó de aire marino, se limpió la frente anegada y recogió los implementos de su arte para llegar a casa antes de que los primeros lugareños comenzaran a salir a la calle.

 

—¡Felisa, ya llegué! —se anunció al entrar a su casa, satisfecho.

—Qué bueno —respondió ella, ya vestida para salir a la calle—. Pues yo ya me voy; hoy me toca trabajar temprano. Te dejé unas arepitas, queso y unos cambures bellísimos para cuando te despiertes, ¿sí? ¡Ah! Y no olvides tomarte el juguito de parchita, que está bien bueno.

—Sí. Gracias, mi amor. Mira lo que pinté. ¿Te gusta?

—Déjame ver, déjame ver... —se acercó—. Ay, qué bello... Nunca había visto el mar de noche así, tan inquieto. Parece que estuviera moviéndose, está como bailando con el cielo. Casi oigo la música de las olas.

—Yo quiero bailar contigo, Felisa. Quédate un rato más... —la abrazó por la cintura.

—Yo también quiero, pero ahora tengo que ir a trabajar —se zafó dulcemente, con una gran sonrisa—. Vamos, duerme un rato. Y no te olvides de recoger tus corotos, ¿sí?

—Sí, mi amor, sí... —concedió, y cansado, buscó la cama aún tibia para dejarse caer plácido en ella.

 

*

 

Llegaron a Macuto tres años atrás y alquilaron una casita modesta detrás de la fonda Las Quince Letras. Era este un local sencillo construido en una terraza frente al mar, sobre el farallón, al final de la carretera de macadán. Enseguida, Felisa comenzó a trabajar como mesera en el restaurante y bar, pero doña Rosalía, la cocinera y dueña del local, no tardó en darse cuenta de que era honesta, rápida y estaba llena de energía, además de que era muy inteligente. Así que al poco tiempo, Felisa se ganó su confianza. Felisa era la encargada de resolver cualquier situación molesta que surgiera entre los empleados, y cuando doña Rosalía no estaba, la sustituía en el fogón y en la jefatura de la cocina. La paga era buena; eso la tenía contenta. Y si Felisa estaba contenta, doña Rosalía estaba tranquila.

 

Las Quince Letras, Macuto, 1923

—Felisa, ¿por qué te acicalas tanto? ¿No trabajas hoy? —preguntó Vincent mientras intentaba enfocar su figura en medio de la habitación.

Ya era el mediodía del domingo y recién despertaba después de una noche muy productiva. Había plasmado sobre su lienzo la luz del atardecer que se filtraba entre las redondas hojas de los grandes uveros de playa en un rincón de Punta de Mulatos. Al llegar a casa, cayó rendido en los cálidos brazos de Felisa, que lo arrulló y le acarició la cabeza hasta dejarlo completamente relajado, con la mejor sonrisa de felicidad en el rostro.

El sonido de los cajones que se abrían y cerraban de manera entusiasta, casi rítmica, lo traía de nuevo a la realidad del día.

—Por la fiesta, mi amor. Te acuerdas que te dije que hoy vamos a una fiesta, ¿no? Ya casi estoy lista, sólo me faltan los zapatos. Pero tú cámbiate la camisa, por favor, que ya huele a chivo.

—Yo no huelo nada... Ay, Felisa, tú siempre me dices que huelo a chivo, y yo no huelo nada. Yo creo que me tomas el pelo.

—¿Que yo te tomo ese pelo rojo? ¡Qué va! Lo que pasa es que estás acostumbrado a tu propio olor. Chico, créeme y cámbiate la camisa, por favor. Mira que vamos a una fiesta grande y tenemos que estar presentables.

—Está bien, está bien. Pero ¿quién hace la fiesta?

—Unos vecinos nuevos de la quebrada El Cojo que van a comenzar a construir su casa aquí cerca. Creo que él se apellida Reverón o algo así. Invitaron a doña Rosalía, la dueña de la fonda, y a mí. Y tú vienes conmigo, claro.

—¿Reverón? Yo conocí a un artista que se llama Reverón. Fue hace varios años, en Caracas. Era pintor. Creo que me dijo que se iba a estudiar a España... ¿Será el mismo?

—No sé, pero no te hagas el loco. Igual, tienes que cambiarte la camisa, Vincen'Vicente.

—Sí, sí, ya voy. Mira, me voy a poner ropa limpia y también me voy a lavar para que estés contenta.

 

Llegaron a un terreno baldío que tenía una casita humilde de madera sin pintar y techo de palmas, casi perdida entre algunos uveros, almendrones y árboles de mango. El suelo de tierra estaba salpicado de rocas grandes que parecían colocadas de manera estratégica por la mano de un gigante sacado de un cuento de hadas. El espacio estaba abarrotado de gente vestida con sus mejores galas. La brisa que soplaba desde el mar mitigaba una parte del calor del mediodía, mientras que la otra parte debía combatirse con algo de beber; sólo así podía estarse a gusto allí.

Juanita y Armando los recibieron. Los dos pintores se reconocieron enseguida. Contentos, se abrazaron y se contaron sus vidas mientras Juanita y Felisa iban por un par de vasos de papelón con limón.

—Mira que pasaron los años y al final terminamos siendo vecinos... Qué pequeño es el mundo, ¿no crees, Vincent?

—Sí; es una gran casualidad.

—No hay casualidades, Vincent. El destino es quien manda. Nos tocó ser vecinos por algo. No sé la razón, pero ya lo veremos.

—Si tú lo dices... Oye, me gusta el nombre que escogiste para tu casa, Armando: “El Castillete”. ¿Por casualidad tiene que ver con Castilletes en La Guajira? Yo visité ese lugar fascinante por 1900, cuando viví unos años en el Zulia.

La sonrisa de Armando se extendió como pólvora por todo el rostro y encendió los ojos negros en su máximo esplendor.

—Qué interesante eso. Pero la verdad, no. No conozco Castilletes. Más bien, la casa que voy a construir aquí será mi castillo propio. Un castillo pequeño, por eso se llamará “El Castillete”. Le haré un muro alrededor, como lo tienen los castillos. Aquí, yo seré el rey y se hará lo que yo diga. Nadie se meterá en mi vida. El Castillete será mi refugio para aislarme y pintar tranquilo. Tú eres pintor y sabes lo que digo, ¿verdad?

—Claro que sí. Es perfecto. Un lugar donde nadie te moleste.

—Exacto. Y qué bueno saber que vives tan cerca. Puedes venir aquí cuando gustes, mi amigo. Ven, acompáñame en la ceremonia de la colocación de la primera piedra. Ahí está el constructor, míster Keller.

 

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La fiesta estaba muy animada. Armando, su madre y Juanita habían invitado al constructor y sus obreros, a los vecinos del sector, a sus amigos de Punta de Mulatos y a conocidos de otras partes. Los invitados disfrutaban la música alegre que tocaba el conjunto a un lado del terreno. Las bebidas y los manjares estaban a la orden sobre mesas de tablones cubiertas con manteles blancos bajo toldos de lona verde. Todo quedó dispuesto con gran gusto y esmero: los platos principales eran un gran sancocho de pescado acompañado de hallaquitas de maíz, pescado frito y carne frita con contornos de caraotas, arroz blanco, plátano frito, tortilla, papas rellenas, guasacaca y pan isleño. En otra mesa, los postres: helados y chocolates. Y para cerrar, en esa misma mesa estaban el café, el ponche crema y el brandy. De beber, los invitados degustaban vinos, ron y aguardiente de caña, además del papelón con limón.

Juanita y Felisa no paraban de hablar. A pesar de la timidez inicial de la joven Juanita, ella y Felisa enseguida se entendieron muy bien. Descubrieron que, aunque sus maridos artistas tenían caracteres distintos, poseían un temperamento muy particular. Así que, cada una por su lado, le daba a su compañero el espacio y la quietud que necesitaba para que pudiera crear con la mayor libertad posible.

Los invitados comieron, bebieron y bailaron hasta entrada la noche, cuando los anfitriones hicieron gala de una exhibición de fuegos artificiales. Vincent se estremeció frente a tal obra de arte sobre el oscuro cielo y recordó inevitablemente el relámpago del Catatumbo en el Zulia, que tuvo la dicha de admirar justo en la época en que también conoció Castilletes. Esta extraña coincidencia le hizo volver a comprobar lo pequeño que era el mundo. Suspiró y abrazó a Felisa, conmovido.

La fiesta finalizó con un paseo por la playa a la luz de la luna. Todos fueron bajando por la orilla de la quebrada, siguiendo su corriente hasta desembocar en el mar. Ya la brisa nocturna había refrescado el lugar y las cabezas de invitados y anfitriones por igual. El grupo chachareaba alegre en medio de la luz azoguina que reflejaba el mar; mujeres y hombres distraídos de las preocupaciones del día a día. Así, felices de haber celebrado la vida una vez más, se fueron retirando, cada quien a su respectiva morada.

Patricia Schaefer Röder
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