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Marina con almendrones, de Patricia Schaefer Röder

sábado 23 de noviembre de 2024
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Patricia Schaefer Röder
Patricia Schaefer Röder logra el sueño de juntar a Armando Reverón y a Vincent van Gogh en su novela Marina con almendrones.

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Armando Reverón pasó a ser, desde hace mucho tiempo, de un sujeto histórico a convertirse en personaje de novela. Convertido en mito, seguirá siendo el duende que ambula por la costa de Macuto. Dejó de ser aquel pintor venezolano que trasegó una vida extraña para transformarse en un actante de ficción: una creación que va más allá de su pasada realidad. La literatura ha hecho posible su reencarnación, la vuelta a una vida en la que se muestran partes de su pasión, locura y muerte en muchas páginas y producciones fílmicas donde ya no es él: es el otro que siempre lo persiguió la luz que no dejó de buscar en su trastocada existencia.

“El loco de Macuto” ahora es el eterno actor de una ficción que no deja de alimentarse desde ella misma.

Reverón sigue vivo en la imaginación de escritores y artistas que no cesan de perseguirlo para no dejarlo morir en un manicomio.

Y no es la primera vez que ocurre que el pintor venezolano es blanco de tantas creaciones donde su personalidad, su “locura”, su manera de abordar el color o deshacerse de él para entrar en la luz, son los asuntos que lo traen a los distintos presentes de quienes se ocupan de trabajar su existencia artística o doméstica.

“Marina con almendrones”, de Patricia Schaefer Röder
Marina con almendrones, de Patricia Schaefer Röder (Scriba NYC, 2024). Disponible en Amazon

Marina con almendrones
Patricia Schaefer Röder
Novela
Ediciones Scriba NYC
Guaynabo (Puerto Rico), 2024
ISBN: 979-8985471397
352 páginas

El novelista Freddy Hernández Álvarez, por ejemplo, hizo de él centro de atracción en su libro Huayra: la transparencia, donde Armando Reverón viaja con el escritor, también nacido en la zona costera central, y quien con esta pieza literaria rinde homenaje al pintor de Macuto.

Guillermo Meneses lo rastrea en un artículo que lo estudia minuciosamente. Calzadilla también lo convierte en sujeto de investigación. Arturo Gutiérrez Plaza y Federico Vegas hacen lo propio desde su más joven perspectiva. Y así, tantísimos autores venezolanos y extranjeros lo estudiaron por años, como Alfredo Boulton, Margot Benacerraf, quienes lo plasmaron en exposiciones y en la pantalla fílmica para que su eternidad siempre nos recordara que Armando Reverón era de los nuestros.

Igualmente, en la poesía venezolana Reverón es conservado como iluminación, como creador de una poética genésica que no ha sido superada.

En Marina con almendrones, título que consagra uno de los temas plásticos del artista, la metaficción se alista para convertir a Reverón en compañero de aventuras plásticas y afectivas de otro pintor que también, a juicio de muchos, pasó por la “locura”. Se trata de Vincent van Gogh, quien al imponerse seguir la ruta de Humboldt se topa con Reverón. De allí en adelante se juntan dos “locuras”, dos porfías que andan en búsquedas convertidas en tesis por los estudiosos de este tipo de asignatura siempre pendiente: tratar de hallar la razón por la cual Reverón fue un alucinado por la luz y Van Gogh otro por los colores.

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Toda creación artística es engañosa por la libertad que ofrece la imaginación. El pintor holandés nunca estuvo en Venezuela, pero la novela hace creer que sí. De manera que tanto Reverón como Van Gogh son justificaciones para revelarnos dos personalidades que se aproximan. La narradora escribe esta novela con la intención de consagrarlos, de mostrarlos como personajes que pudieran haberse encontrado, más allá de las fechas de existencia de ambos. Y Patricia Schaefer Röder lo hizo posible: Armando Reverón (1889-1954) y Vincent van Gogh (1853-1890) estuvieron un tiempo juntos, compartieron sus andanzas, sus pinturas, sus estilos, sus búsquedas, los paisajes que abordaron para plasmarlos en sus lienzos. Compartieron sus ataques psíquicos. Es más, compartieron familia. Juanita y Felisa, parejas de los artistas, son una realidad en el imaginario del lector. La novela nos hace sentir que todo lo que estamos leyendo ocurrió, porque en realidad pasó: ahí radica la magia de la ficción: se convierte en realidad gracias a la capacidad narrativa de quien la aborda.

 

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La novela se instala en El Castillete, el palacete construido por Reverón. Lugar donde vivió con Juanita, su mono Pancho, sus gallinas, las muñecas que diseñó para evitar los celos de su mujer, quien no quería modelos vivas en la casa. Allí estuvo Van Gogh. Allí bocetó, allí comió, bebió, disfrutó el clima y llevó a su mujer para que compartiera con Juanita. Allí vivieron días de fogueo artístico.

La novela también se mueve cronológicamente: la autora ubica fechas y lugares por donde pasaron juntos o separados los personajes. El país fue un mapa recorrido por el artista holandés, lugares desde donde le enviaba cartas a su cuñada Johanna, viuda de su hermano Theo y madre de su ahijado Vincent. En esas cartas-encomiendas relataba la felicidad de haber llegado al Edén, donde la luz era diferente a la luz europea. Nada parecida a la de Arlés, donde estuvo unos días con Gauguin, sitio donde se protagonizó el corte de la oreja derecha de Vincent que, según historias encontradas, se trató de un arranque de locura del pintor, quien luego le regaló la oreja a una amante prostituta. O que Gauguin, en una discusión, se la arrancó de un navajazo. En todo caso, ese evento sirvió para abrir nuevas tesis acerca de la demencia de Van Gogh, quien estuvo retenido por cuenta propia en un sanatorio para desviados mentales.

La novela, más allá de la realidad de ambos personajes, descuella en ficción. El paseo de ambos por diversos paisajes donde hablan, discuten y trazan imágenes que luego convierten en lienzos de colores, mucha luz en uno y sombras y líneas en el otro. Ambos disfrutan la Tierra de Gracia que para el holandés era esa Venezuela, y que se ofrece como parangón con la permanencia de Gauguin en Tahití, convertida en novela por Mario Vargas Llosa con el título El Paraíso en la otra esquina, de modo que se trata de dos ambiciones que se cumplieron, una en la realidad, la de Gauguin, y la otra en la imaginación de Patricia Schaefer Röder, al traer a América, a Venezuela, al pintor, quien se peleara con Gauguin, Vincent van Gogh, un hombre inestable, de carácter iracundo, tornadizo, angustiado y demente, como se ha afirmado en una de sus biografías, así como un “místico exasperado”, quien en vida sólo logró vender un cuadro, el Viñas rojas, gracias, por supuesto, a los afanes de su hermano. Igual, logró leer el artículo firmado por Albert Aurie, publicado en Le Mercure de France. De manera que nuestra autora acercó a dos personajes con perfiles psiquiátricos parecidos. Van Gogh murió el 27 de julio de 1890 en Auvers-sur-Oise, Francia. Esa es la historia real del hoy inmortal personaje que se mueve en esta novela como un invitado de la autora a compartir con Armando Reverón, otro angustiado, quien murió en un hospicio en Caracas y a quien se le considera un mito indisoluble, un palimpsesto contemporáneo, de quien se ha comentado que “adentro queda un rico universo pictórico del despojo, de la luz materializada, de la materia iluminada, de la economía identitaria...”, a juicio de otro de sus biógrafos.

Todo lo dicho en la novela registra la vida doméstica de Reverón. Sus desplazamientos exteriores, fuera de El Castillete y junto a Van Gogh, se limitan a las cercanías de su paisaje costero. Algunas alusiones a la relación del venezolano con artistas de otras latitudes como Cézanne y Monet no aparecen en la historia, pero se dejan sentir por la manera de recordar del personaje.

Antonio Saura escribió al referirse a Reverón: “Contraste entre la vida y la obra, entre un adentro y un afuera: afuera la playa resplandeciente; adentro el aspecto sombrío de la vida atravesada por el artificio”, cuestión que se observa en el texto de nuestra autora y que el mencionado Saura despliega en un artículo titulado “El deslumbramiento”.

José Balza, Juan Calzadilla y un largo etcétera han escrito sobre la extraña vida personal y plástica de Armando Reverón y Juanita Mota, quienes se solazaban en su “arcádico y fortificado espacio”.

Luis Pérez Oramas también lo estudia, como Miguel Arroyo, quien habla del “puro mirar de Reverón”. Marta Traba dice: “Reverón debía saber, con toda claridad, dónde estaba lo puro y dónde lo contaminado, dónde la salvación y dónde la condena”. Esa impresión está en Marina con almendrones: Reverón se ajustaba un mecate en el vientre para separar lo puro de lo impuro de su cuerpo; sus diferentes rituales, su manera de acercarse a la creación. Esa mirada quedó plasmada en el personaje invitado por la autora a la vida de Armando, quien celebraba estos eventos del “loco de Macuto” desde su epiléptica y trastocada personalidad.

Ambos podrían ser parte de esa definición de Alfredo Boulton: “la dominante cromática”, porque los personajes hablan de los colores como si éstos fuesen entidades vivas, sujetos activos, cambiantes por la presencia excesiva de la luz.

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Marina con almendrones es una metáfora redonda de un sueño, de una recreación. Es la elipsis de quienes seguramente, si hubiesen coincidido en el tiempo, habrían hecho buenas migas. Nuestra autora traslada un personaje de un tiempo a otro, de una geografía a otra. Van Gogh viaja en la imaginación de la novelista: hace que el lector participe en esta suerte de transmigración. Van Gogh termina admirando a Reverón, así como Reverón termina admirando a Van Gogh. Son amigos entrañables, tanto que el holandés lo rescata del manicomio donde estaba y no deja que muera en medio de los gritos, balbuceos y miradas extrañas de los demás pacientes. Igualmente, Armando, al ser rescatado, evita la muerte de Vincent.

En adelante, en la imaginación del lector, quedará la próxima vida de estos seres que ahora ambulan por la costa de Macuto, pintando la naturaleza, a la gente. Seguramente reconstruirán El Castillete y lograrán la resurrección de Juanita y Felisa.

Quien lea esta novela vivirá dos vidas en una, porque Armando es Vincent y Vincent es Armando. La escritora alcanzó el sueño: logró que ambos genios juntaran sus locuras para seguir inventando el mundo.

Alberto Hernández
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