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Los árboles que huyeron, de Alejandro López Andrada

jueves 16 de enero de 2020
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“Los árboles que huyeron”, de Alejandro López Andrada
Los árboles que huyeron, de Alejandro López Andrada (Berenice, 2019). Disponible en Amazon

Los árboles que huyeron
Alejandro López Andrada
Memorias
Berenice
Córdoba (España), 2019
ISBN: 978-84-17558-15-4
224 páginas

Este libro de recuerdos del escritor villaduqueño (premios Nacional de Poesía San Juan de la Cruz en 1993, Fray Luis de León en 2007, entre tantos otros) contiene una delicada evocación de una vida, desde la infancia, moteada de francas reflexiones y transida de un decidido subjetivismo. Estas memorias cumplen a los ojos del lector al menos dos funciones complementarias. Son un compendio bien hilvanado del retrato de un artista desde su tierna mocedad, a través de los progresos indecisos de una personalidad nacida en un ambiente rural. Y representan además la perfumada barbacana de tremulantes chopos que protege un mundo en proceso de evanescente pérdida, el que reverbera en una sensibilidad campestre y arrobada por el milagro perenne de la naturaleza. Son, como la obra entera de López Andrada, una lucha serena y honrada por mantener ese acervo interior.

El volumen está concebido, al menos hasta la mitad, como retazos del pasado remoto y reciente que se alternan. Cada capítulo arranca enhebrando el mismo hilo de una narración lineal, desde la niñez hasta su progresiva consagración. Luego vuela inconsútil, o con una leve transición, hasta fotogramas de experiencias más nuevas, cuando el autor trató con figuras notables de la inmediata historia literaria del país: José Hierro, Juan Bernier, Julio Llamazares, entre otros. Gotea además la opinión crítica del autor sobre escritores famosos y noveles, con nulas concesiones a la adulación. Es también valioso su testimonio sobre el bullicio parnasiano de más de medio siglo.

Andrada nos lleva en volandas hasta los primeros años, allá en su pueblo de Córdoba, envueltos en tules de vívida recreación del paisaje, gracias a un léxico genuino, rico y preciso. Recuerda la escuela de techo de uralita, arrancado una vez por un vendaval inmisericorde que obligó a todos a huir corriendo del edificio, y al machadiano maestro, don Cándido, que alentó su primera vena literaria, cuando se avergonzaba frente a sus compañeros porque le hacía llorar un poema de César Vallejo. Constituyen retales de fúlgido interés los pasajes dedicados a sus primeros pasos por el mundillo literario. Queda registrado en un azogue melancólico el poeta José Hierro, desde la anécdota chocarrera del encuentro inicial hasta la tos que lo curvaba la última vez que se vieron. La amistad de Andrada con Julio Llamazares es descrita con afectuosa diafanidad.

Estas mediadas memorias de López Andrada son un animal volátil, tibio y terso que alienta páginas de suculento y sentido lirismo.

Este mencionado vaivén de recuerdos está recamado por una prosa lírica cuajada de cromatismos y prosopopeyas, en que predomina la luz, hasta tal punto que baña el libro completo una especie de iluminismo cuasi místico, repujado elegantemente por un aroma sinestésico constante. Son una marca de estilo las comparaciones, digamos, homéricas, de aliento largo y sostenido, que acompañan la narración, o en su caso las extensas y sustanciosas metáforas o las preñadas imágenes campestres. Esa presencia de la luz y del color tiene implicaciones fundamentales, como la predilección por el azul, “símbolo puro de la felicidad”. Por ello, su esposa, Paqui, personaje capital del libro, sostén de la existencia del poeta, recibe el epíteto de “la que habita lo azul”.

Bruñidas epifanías de una vida recordada, ruralismo latente y dolorido a veces, crítica al engolamiento literario y político, defensa de la sencillez y la honradez, manejo exquisito de la adjetivación, estas mediadas memorias de López Andrada son un animal volátil, tibio y terso que alienta páginas de suculento y sentido lirismo.

Daniel Buzón
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