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Llama y ceniza en la obra de Blas Muñoz Pizarro

sábado 8 de mayo de 2021
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El poeta valenciano Blas Muñoz Pizarro ha ido mostrando a través de su poesía un universo donde respira el tiempo que ha vivido, lo que queda de aquella luz que se ha ido extinguiendo.

En la antología publicada por la editorial Vitruvio y titulada De la luz al olvido, se recogen muchos de los poemas de este vate valenciano que canta el eco que el tiempo deja en un corazón herido para siempre.

“De la luz al olvido”, de Blas Muñoz Pizarro
De la luz al olvido, de Blas Muñoz Pizarro (Vitruvio, 2015). Disponible en Amazon

De la luz al olvido
Blas Muñoz Pizarro
Poesía
Ediciones Vitruvio
Madrid (España), 2015
ISBN: 978-8494415968
284 páginas

Como un fogonazo que brilla y con un gran prólogo del poeta e investigador valenciano Sergio Arlandis, Pizarro camina por un sendero que le lleva al no ser desde el ser que habitó en él alguna vez. Del libro Naufragio de Narciso, que recoge poemas escritos entre 1971 y 1973, recojo esta mirada al tiempo que se titula “En vano”:

Tan al borde de lo ardiente / la mano no tienta: gira. / duda y se detiene, inmóvil. / dibujando su frío, ante un espejo.

La idea del espejo es esencial en su poesía; es él quien nos mira para vernos nosotros en nuestra búsqueda de una identidad. El espejo nos contempla, como contemplaba a Gustav von Aschenbach cuando se miraba en su habitación del hotel des Bains en el Lido en la famosa novela de Mann La muerte en Venecia que Visconti supo llevar al cine con maestría.

Otro motivo esencial que respira en sus poemas es el mar, que expresa la nada existencial, un mundo donde vemos el vaivén de las olas como símbolos de nuestra vida que pasa y sucede en un eterno transitar, como dice el poema “Consumación” del mismo libro:

Abre tus ojos más allá de nosotros dos / y mira, contempla el mar: Bajo sus aguas / el misterio permanece. Así tu amor, tanto / naufragio, tanta sed. Ah, hondura sin medida.

El misterio del mar y el naufragio de ese amor que va contemplando el tiempo, cómo se aferra el poeta al instante para evocar lo vivido como único y trascendente. Bello final cierra el poema cuando dice:

Besarte aquí, besarte / ciegamente mientras por las dunas rodamos / y nuestros cuerpos caen y se ciernen y dudan y flotan y al fin / sin fin / se precipitan.

Las palabras “gimen” porque sabe el poeta que llevan dolor en sus sílabas.

La cadencia del verso expresa ese rodar hacia el vacío cuando dos cuerpos se aman y estallan en el goce, de nuevo la plenitud se convierte en invocación. Blas Muñoz sabe muy bien que todo lo horada el tiempo y sólo queda el momento del placer que permanece en la memoria como un tesoro que no debemos olvidar.

De un libro posterior, La mirada de Jano, surgen poemas tan importantes para entender su poética como “Por donde el hombre pasa”, donde el hombre que ve contemplar el tiempo siente el paso de la vida, como el espejo muestra de nuevo al ser que a ciegas va tentando la felicidad, entre las brumas de la derrota:

Por donde el hombre pasa / hay límites y lluvia. / Y palabras que gimen. / Pero hay azogues nobles / detrás de los espejos; / y luz en los desvanes / para las manos ciegas.

Vamos a tientas buscando el cuerpo amado, las palabras “gimen” porque sabe el poeta que llevan dolor en sus sílabas. El “límite y la lluvia” son esos espacios donde la vida se sabe breve, somos mortales y ello nos condena.

Del libro Viva ausencia, que recoge poemas escritos entre 2007 y 2009, me centro en “Tríptico de tu ausencia”, donde el poeta escribe un poema que homenajea al Salinas de La voz a ti debida, con el mismo título. En el poema primero recuerda al padre y sabe que la cadena de la vida no se ha roto, sólo con el padre ido puede entenderse al hijo que sufre la angustia existencial:

Dame tu mano, padre. Todavía / se estremece mi voz cuando te nombro. / Ven: desescómbrame de tanto escombro / que aún sepulta la voz que te debía.

La ausencia de escritura por la falta del padre es un símbolo de esa ausencia de la creatividad porque todo se ha quedado en brumas, la vida ha mostrado su vacío, la no pertenencia a nada que no sea el recuerdo, el cual le alumbra de nuevo para escribir. Ese poso late en él, le pertenece. Su muerte en 1981, cuando el poeta era aún muy joven, es un abrazo no dado, es un afecto fallido, es un dolor creciente.

De este libro recojo “Tu siesta”, donde Blas Muñoz juega con el lenguaje, lo pinta con palabras bellas en este paisaje de la tarde:

Huele la tarde a acuarela, / a transparencia en la sombra, / a sueño en tu duermevela. / En cambio, huele a desvelo / cuando mi boca te nombra / y alienta junto a tu pelo. / Miro tus labios inertes / en su cáliz entreabierto, / Y aspiro: aspiro, despierto, / deseando que despiertes.

Esa siesta que es antesala de la muerte, porque el sueño en su hondura nos conduce con su hilo fino trenzado en sombras a una muerte prematura. El miedo al no despertar, al no ser, late en ese poema. Podemos pensar en la mujer amada, cómo la contempla el poeta, pero también en un ser ido: “labios inertes” que ya vuelve desde el pasado a hacerse eco eterno para el poeta.

En toda la poesía de Blas Muñoz se repite el tiempo, el deseo de volver, la nostalgia, el espejo (lo señala muy bien Arlandis en el prólogo), que nos remite a ese otro que nos mira, como el universo de Brines cuando contempla a ese anciano en Las brasas.

No quisiera terminar esta mirada al universo del poeta valenciano sin fijarme en el poema que dedica a Juan Gil-Albert, alcoyano ilustre que tamizó con su obra un paisaje de inteligencia y de luz. Como si fuera un maestro, lo recuerda Blas en el universo de un tiempo que se desvanece en brumas. Del libro La herida de los días que recoge poemas escritos en 2009 y 2010, cito “Un libro dedicado”, que lleva la fecha de 1974, me imagino que en la época de encuentro con el gran alicantino:

Pasa la luz del cielo estremecido / de marzo y en el aire se derrama, / quebrando el vaso azul de la lectura. / el último temblor de un pensamiento.

Continúa el poema aludiendo al libro que lee el poeta, un libro de Juan Gil-Albert; como si le iluminase con su hondura, dice al final del mismo:

que alienta todavía en esos trazos / con que escribió mi nombre cuando, joven, / yo hallaba en su palabra mi alimento.

La sed y el alimento que le nutre de la savia de Juan vive todavía en él, lo que refuerza que la literatura es un encuentro, un hallazgo entre voces que se unen y se separan, entre tiempos que se tejen en siglos dispares. Con ese afán de encontrar al maestro el poema es un declarado homenaje a esas palabras que viven más allá del tiempo.

Cuando acabamos de leer la antología, ya sabemos que el hombre que vive en ella conoce el dolor vital.

Y como colofón al estudio de este gran poeta, cito un poema del libro En la desposesión que recoge poemas de 2009 y 2010, quizá el que mejor explica el aliento que le lleva a entender el mundo desde la poesía. Se llama “En el límite herido de la luz” y es el que aparece en el dorso de esta estupenda antología:

En el límite herido de la luz / empieza el canto. / Fuera / queda el silencio, / el vertical abismo / del inicial desnudo / de la palabra virgen. / Dentro, / la confusión, el grito, / la espesura: / los signos /de la desolación / de la mano que escribe.

La creación se expresa en ese torbellino donde uno sabe que la vida no es nada y lo es todo, que la palabra en la página en blanco es ya una simiente que cala para el resto del tiempo que nos queda. Un poema que explica muy bien la temática esencial de la poesía de Blas Muñoz, su deseo de dejar briznas de palabras para no morir del todo.

Cuando acabamos de leer la antología, ya sabemos que el hombre que vive en ella conoce el dolor vital, lo alumbra en palabras y nos deja una herida que sangra, como la propia vida en su acontecer. Una poesía que ilumina y que nos habla desde lo hondo de su verdad.

Pedro García Cueto
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