
Terminé de leer la novela Yo quiero ser como Ariel, de Abel Ibarra (Caracas, 1952), en un apartamento en Santa Rosa de Lima, en Caracas. Mientras la leía (duré poco más de cinco meses leyendo la novela), recordaba aquel fatídico sábado de ese 29 de julio de 1967, cuando, exactamente a las ocho y cinco minutos de la noche, sentí un ruido estremecedor y el apartamento donde me encontraba, en una calle de la avenida Fuerzas Armadas, comenzó literalmente a desbaratarse. Con mis trece años corrí hacia la puerta y cuando la abrieron fui el primero que salió, saltando los escalones de la escalera del segundo piso, y en unas cuantas zancadas ya me encontraba en toda la esquina de la avenida. Mi hermano me alcanzó y sostuvo mientras yo miraba el edificio que estaba al frente, donde todas sus paredes se habían caído. Los minutos que siguieron fueron de terror, incertidumbre y dudas por no saber qué hacer, sintiendo aún los pequeños movimientos de temblores bajo nuestras pisadas. Las horas pasaban y no había comunicación ni información de nada. Gradualmente nos íbamos enterando del desastre. Con unos amigos que llegaron pudimos saber que donde se sintió con mayor fuerza fue hacia el este de la ciudad. Esa noche dormimos dentro de unos carros abandonados en los terrenos de La Hoyada, cerca del Nuevo Circo. Al día siguiente nos dirigimos hacia Altamira, pasamos cerca de la plaza y vimos hacia el interior de las avenidas unos inmensos cúmulos de escombros mientras policías, bomberos y militares tenían cercado el lugar. Uno de esos edificios era el Neverí, lugar donde se centra parte de la historia que narra Abel Ibarra en su más reciente novela.
De entrada diré que la novela de Ibarra, Yo quiero ser como Ariel, deslumbra, sorprende y estremece por la manera como aborda la historia de un artista prácticamente desconocido para el común de las personas en Venezuela, el escenógrafo, actor y ceramista Ariel Severino, y particularmente la influencia en la cultura venezolana de la comunidad judía-sefardí, con la historia de Mercedes Chocrón Serfaty, hermana del célebre dramaturgo Isaac Chocrón, hijos del judío Elías Chocrón, quien se dedicó a comerciar telas en la Maracay de mediados de siglo.
La novela Yo quiero ser como Ariel transcurre en tres centros urbanos esenciales: Caracas, Nueva York y Roma-Spoleto-Milano. No hay una cronología formal, acaso tratada adrede por el autor, quien continuamente altera tanto el tiempo como el espacio para crear, muy probablemente, una secuencia de temporalidad atropellada y ruidosa del acontecimiento: el terremoto de Caracas ocurrido el 29 de julio de 1967, que inevitablemente sacudirá la historia que se deja entrever desde el inicio y se desencadena en las últimas páginas.

Yo quiero ser como Ariel
Abel Ibarra
Novela
Epsilon Publishing
Miami (Estados Unidos), 2025
ISBN: 979-8218580063
270 páginas
La obra se soporta en tres personajes clave que orientan la historia. El primero es Ariel Severino, personaje histórico quien llegó a Venezuela desde su natal Uruguay para participar en la película La balandra Isabel llegó esta tarde. Fue de los primeros escenógrafos en darle sentido estético y trascendencia a esta difícil disciplina en Venezuela. Para información del lector indicamos que este artista fue asistente del director de cine Franco Zeffirelli, uno de los grandes directores del neorrealismo italiano. Además, Severino realizó los primeros montajes de las obras teatrales de Isaac Chocrón y diseñó el logo de la orquesta de Billo Frómeta. Ibarra lo describe como un hombre que, por su aspecto físico europeo, alto y de una amplia formación artística y cultural, especie de dandi moderno, era la atracción de las mujeres de la sociedad caraqueña de los años 50-60.
Mercedes Chocrón Serfaty es el segundo personaje clave en esta novela cargada de pasiones, altamente sensual-erótica y donde esta mujer, hija de un acaudalado mercader de telas, enciende lujurias por su encanto y desenvolvimiento. Poseía, además, un excepcional parecido con la actriz Audrey Hepburn. Parte de la trama —diría que es el centro— tiene a este personaje en un primerísimo plano y posiblemente sea la mirada femenina que hace trascender la historia y quizás la misma novela. Sensual, de mirada aguda y presta a conocer el mundo sin preocuparse demasiado por las miradas de ciertas tías santurronas, asume su vida con absoluta libertad e impone su huella en la historia. Los otros personajes que sobrevuelan alrededor de Mercedes Chocrón, como Esther Bustamante, prima de Mercedes y especie de dama de compañía, María de las Casas McGill, gran dama de la sociedad caraqueña, la cineasta Margot Benacerraf, sirven para cohesionar el mundo de la frivolidad que se muestra en Yo quiero ser como Ariel. La novela se desarrolla en gran parte al modo de un Gran Gatsby caribeño que, sin embargo, posee su propia personalidad y evoluciona en espacios diferentes, como Caracas o Milano, o similares como en Nueva York, donde el personaje de George Kobel es la atracción del mundillo cultural y quien introduce a Mercedes Chocrón en el mundo de la alta moda y también la seduce y convierte en su esposa. El relato se acerca a la novela de Scott Fitzgerald tanto por su opulencia y hedonismo como por la cercanía de algunos pocos espacios y gustos musicales, como el famoso hotel Plaza, donde Mercedes Serfaty debuta como modelo del diseñador ruso Olaf Cassini, y el disfrute del jazz en la Nueva York que va mostrando progresivamente sus rascacielos mientras ve arribar a sus puertos los migrantes judíos que huyen de la Europa empobrecida por las guerras, de finales del siglo XIX y mediados del siglo XX.
El tercer gran personaje que da sentido y trascendencia a la novela de Ibarra es el lenguaje. Es verdaderamente revelador la manera como Abel Ibarra logra crear imágenes sorprendentes, construye un mundo cargado de simbolismo, narra, describe milimétricamente hasta el detalle, no falta ni sobra palabra. El idioma de Cervantes boga libremente en las 270 páginas del libro, creando y recreando espacios, definiendo personajes, cargando de sentido el tiempo/espacio donde los personajes van apareciendo y se suman a decenas de nombres que cobran existencia y se definen a partir de sus vínculos familiares o por referencias profesionales. Asombra la manera tan sabia como Ibarra aporta información de ciertos personajes históricos y sus relaciones íntimas y nada conocidas históricamente, como la relación extramarital de Estrella Serfaty, esposa del judío Elías Chocrón, y el ex presidente venezolano Isaías Medina Angarita. O la influencia de Ariel Severino en el desarrollo escenográfico en la Scala de Milán, donde trabajó con el famoso director de cine Franco Zeffirelli.
Ibarra describe una Venezuela opulenta, ostentosa y desenfrenada, que se abre al mundo y donde la cultura, particularmente el teatro y las artes, son parte de la vida en una sociedad con una fuerte influencia extranjera, específicamente judía. Esto se evidencia en los detalles que aporta el autor de Yo quiero ser como Ariel al ir desglosando los rastros en los apellidos ancestrales de judíos sefardíes que cruzaron su sangre desde el norte de África y fueron moviéndose por el mapa europeo hasta llegar a los puertos, sea de Nueva York como de Puerto Cabello y La Guaira. El lenguaje exuberante, metafórico, se mezcla en clave musical, y el ambiente en la novela va cambiando de las notas alegres del jazz a las notas azules y melancólicas del blues, hasta las baladas amorosas italianas y las estrambóticas y personalísimas piezas musicales de la orquesta de la Billo’s Caracas Boys, con sus guarachas, como la adaptación que hace Billo Frómeta a la canción compuesta por el cubano José Carbó Menéndez “Yo quiero ser como Ariel”, de donde Ibarra toma el título para su novela.
Además de los nombres ya mencionados, desfilan por la novela de Ibarra personajes históricos relacionados con el mundo de la moda, el teatro, la música, el cine, el deporte, la política o por vínculos consanguíneos, de tradición y renombre: Richard Avedon, Ruth Finley, George Kobel —quien remeda al personaje de Scott Fitzgerald, Jay Gatsby, y termina casándose con Mercedes Chocrón—, Aaron Kobel, Porfirio Rubirosa, Rafael Leónidas Trujillo, Álvaro Clement, María Teresa Castillo, Harry Abend, Annie Abadie Abbo, Pynchas Brener, Julián Barceló, Fulgencio Batista, Sugar Ray Robinson, Cary Grant, Orson Welles, Jake LaMotta, Rita Hayworth, Fred Astaire, Aly Khan, Eleanor Lambert, Guillermo Meneses, Sofía Ímber, Horacio Peterson, Juana Sujo, Conigua Gaines, Man Ray, Jack Lemmon, Benny Goodman, Nina Simone o Ella Fitzgerald, entre muchos otros nombres que son presentados y descritos por Abel Ibarra en sus vínculos históricos, tanto por la trama como por sus relaciones afectivas o profesionales, muchos de ellos vinculados a lo que se denominó la New York Fashion Week, realizada en el Gran Hotel Plaza, donde Mercedes Chocrón debutó como modelo de Cassini, en la Gran Manzana. Es una novela del buen gusto, de la buena y excelente gastronomía como de la alta moda, el refinamiento de la educación y los modales y la ostentación, ganados por el sumo esfuerzo de la tradición familiar. Por ello el lenguaje utilizado por Ibarra desborda creatividad, elegancia y sobriedad. Está cargado de significado. Habla del mundo y lo mundano sin los extravíos ni excesos del morbo lingüístico que banaliza obscenamente el instante. Acá el lenguaje es amoroso, en momentos tormentoso, melancólico, y muchas veces ruidoso, alegre y con su carga chistosa de venezolanía.
La novela de Ibarra, si bien está fundamentada en los históricos acontecimientos del terremoto de Caracas, construye historias paralelas de algunos personajes que cuentan hechos de sus vidas que se entrelazan y establecen la propia historia de la novela, que termina imponiendo su verdad. De tal manera que al final de ésta el acontecimiento central, el terremoto con el derrumbe del edificio donde conviven Mercedes y Ariel con los hijos de ella, Joshua e Inés, sucede como un hecho propio del fuego amoroso, sensual y erótico de estos amantes. Mientras se entregan al placer la pasión alcanza el torbellino que estremece, tanto los cuerpos como las bases mismas del edificio..., y sólo la sombra del gato Ramsés queda como testigo silente de una historia de amor.
Es un extenso relato que muy bien daría pie para elaborar un brillante y esplendoroso guion cinematográfico. Esto porque la novela de Ibarra contiene todos los ingredientes para una extraordinaria película que muchos desearíamos contemplar.
Grata lectura de una novela que se percibe en la madurez intelectual de su autor, Abel Ibarra, de quien ya hemos leído otros escritos. En esta, Yo quiero ser como Ariel, Ibarra da muestras de su complejidad literaria junto con un decantado estilo y vasta erudición cultural.
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